Juan Pablo, Mostaza
Nos enteramos de que mami estaba en su sexta semana de embarazo a finales de septiembre de 2021. La tarde en que mami se hizo la prueba y dio positivo, plenos de felicidad, nos arrodillamos para darle gracias a Dios. Ese mismo día, mami descargó una aplicación en el teléfono que, semana a semana, nos decía de qué tamaño estabas y qué cosas iban ocurriendo en tu desarrollo. Aprendimos que en ese instante eras del tamaño de una semilla de ajonjolí. Pero temprano en la mañana, papá había leído la parábola de la semilla de mostaza en su tiempo de oración:
El reino de los cielos es como una semilla de mostaza que un hombre sembró en su campo. Aunque es la más pequeña de todas las semillas, cuando crece es la más grande de las plantas del huerto. Se convierte en árbol, de modo que vienen las aves y anidan en sus ramas.
Mateo 13:31–33
Entendimos que era una palabra de Dios para ti, que eras mucho más que una semilla de ajonjolí: una semilla de mostaza que crecería hasta convertirse en un gran árbol que proporcionara sombra a quienes estuvieran bajo su cobertura y en el cual anidarían las aves del cielo. Desde ese día eres Mostaza. Fue la promesa que te dio el Señor.
Quisimos tener un embarazo a la antigua, con duola, sin saber si serías niño o niña antes de tu nacimiento y nuestro plan era que nacieras en un birth center con una partera, no en un hospital. Así que solo sabíamos que, si eras niña, te llamarías Gracia; si eras niño, Pablo, porque nuestro buen Dios apartó al apóstol desde antes de nacer para llevar el mensaje de gracia a los gentiles (Gá. 1:15–16). Así que de ahí viene Pablo. Fue el nombre que, en oración, papás escogieron para ti.
No obstante, el 19 de marzo de 2022, de nuevo en mi tiempo de oración, el Espíritu me llevó al pasaje en el cual el ángel Gabriel se apareció a Zacarías y le dijo:
No tengas miedo, Zacarías, pues ha sido escuchada tu oración. Tu esposa Elisabet te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan. Tendrás gozo y alegría y muchos se regocijarán por su nacimiento, porque él será un gran hombre delante del Señor… será lleno del Espíritu Santo aun antes de su nacimiento. Hará que muchos israelitas se vuelvan al Señor su Dios. Él irá primero, delante del Señor, con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con los hijos y guiar a los desobedientes a la sabiduría de los justos. De este modo preparará para el Señor un pueblo bien dispuesto.
Lucas 1:13–17
Lisette es una forma galicada del nombre Elisabet, así que supe de inmediato que el Espíritu me decía que eras un hijo varón y debíamos llamarte Juan. Más aún, el ángel Gabriel le dijo a Zacarías que su hijo sería lleno del Espíritu Santo desde antes de nacer, tal como Pablo. Así supe que vivirías para ir delante del Señor, preparándole un pueblo bien dispuesto. Por eso, yo recuerdo dos cosas del momento de tu nacimiento, cuando decidiste salir después de treinta y seis horas de trabajo de parto (¡nos tocó correr del birth center al hospital porque venías cabeza abajo pero viendo hacia adelante, y tu cabecita se trababa con el sacro de mami!). Primero, el vacío que sentí porque tenías el cordón umbilical enredado en el cuello, pues la doctora te había girado un poco desde adentro para poder sacarte; pero ella, con una agilidad impresionante de vaquero de película, desenredó el cordón casi instantáneamente y no hubo ningún problema. ¡Dios la bendiga! Segundo, un par de segundos después de ese susto, yo solo quería corroborar que eras niño, para celebrar una vez más que Dios había cumplido su palabra, así que lo primero que hice cuando naciste, lleno de felicidad por la promesa cumplida de mi Señor, fue gritar: ¡Es niño!
El Señor mismo decidió llamarte Juan. Eres Juan Pablo Díaz, Mostaza. Llamado desde antes de nacer para preparar el corazón de muchos y llevar el nombre de Jesús a las naciones.
Joaquín Jeremías, la Promesa
No estábamos en el punto más alto de efervescencia por un nuevo embarazo, pues entre Juan Pablo y tú habíamos sufrido tres pérdidas que nos habían cobrado una altísima factura en muchas áreas. Te anhelábamos, pero éramos cautelosos. Todo cambió cuando, un día, aparentemente de la nada, pero claramente lleno del Espíritu Santo, tu hermano, que aún no tenía tres años, le dijo a mami: «Mami, tienes un bebé en la panza». Mami quedó tan sorprendida que se hizo una prueba de embarazo y, en efecto, fue positiva. Debías tener unas dos semanas de vida. Fue bellísimo. Por consiguiente, nos enteramos por tu hermano de que llegarías a nuestras vidas y en nuestros corazones supimos que eras una promesa de Dios.
Poco después, tu hermano también nos dijo que serías un niño. No obstante, para este embarazo no podíamos darnos el lujo de que tener sorpresas. Planeamos un parto lo más expedito posible porque no queríamos arriesgar nada contigo ni dejar a tu hermano sin nosotros mucho tiempo cuando nacieras. Así, confirmamos tu sexo apenas pudimos y, una vez más, nos dimos cuenta de que tu hermano tenía razón: eras un niño.
El nombre que papá y mamá escogieron para ti en oración fue Joaquín, en honor a uno de los últimos reyes del reino de Judá, cuya historia es fascinante. El hecho más sobresaliente en la vida de Joaquín, también llamado Jeconías, es que figura en la genealogía de Jesús (Mt. 1:11–12), cosa increíblemente sorpresiva, pues el profeta Jeremías le dijo que, por sus muchos pecados, sería exiliado y ninguno de sus descendientes heredaría el trono de David (Jer. 22:24–30). ¿Cómo es entonces que el rey Joaquín termina teniendo parte en la genealogía de Jesús? Los finales de Reyes y Crónicas comienzan a aclararlo:
En el día veintisiete del mes duodécimo del año treinta y siete del exilio de Joaquín, rey de Judá, Evil Merodac, rey de Babilonia, en el año primero de su reinado, sacó a Joaquín de la cárcel. Lo trató amablemente y le dio una posición más alta que la de los otros reyes que estaban con él en Babilonia. Joaquín dejó su ropa de prisionero y por el resto de su vida comió a la mesa del rey. Además, durante toda su vida Joaquín gozó de una pensión diaria que le proveía el rey de Babilonia.
2 Reyes 25:27–30
El rey Joaquín se arrepintió y buscó misericordia de Dios, al punto tal que Dios le concedió a Salatiel como hijo, aparentemente adoptivo, en el exilio. Un detalle no menor es que esta idea ha sido aceptada por los judíos de todos los tiempos, aun antes de Cristo (les toca, porque si no, el mesías que llevan esperando en su falsa religión no tiene ningún asidero). De esta manera, desde el punto de vista del Antiguo Testamento, la adopción de José a Jesús queda validada por la adopción de Joaquín a Salatiel. La implicación es que Jesús es tan descendiente de la línea real davídica como Salatiel. Así, la gracia que obra en la vida de Joaquín es solo un abrebocas de la Gracia que habría de venir por su descendencia. Por eso te llamas Joaquín.
¿Y Jeremías? Todo el embarazo de mami estuve orando por que Dios nos diera un nombre para ti, como nos había dado el nombre Juan para tu hermano. Pero esa palabra no llegaba. Ahora, yo sé en quién he creído; sabía que Dios cumpliría y no te dejaría sin una promesa como la de tu hermano. Y por supuesto lo hizo. Mi lectura de la Biblia el día que naciste correspondía al Salmo 71:
En ti he sido sustentado desde el vientre,
de las entrañas de mi madre tú fuiste el que me sacó;
de ti será siempre mi alabanza…
Mi boca publicará tu justicia
y tus hechos de salvación todo el día…
Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud,
y hasta ahora he manifestado tus maravillas.
Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares,
hasta que anuncie tu poder a la posteridad,
y tu potencia a todos los que han de venir,
y tu justicia oh Dios hasta lo excelso.
Salmo 71:6, 15, 17–19
Leer este salmo justo el día de tu nacimiento fue muy impactante, por decir lo menos. Para empezar, Dios nos decía que Él mismo estaba a cargo en ese mismísimo momento. También nos decía Dios que Él había cuidado de ti desde el vientre de mamá para que llevaras su palabra y sus promesas a las generaciones siguientes. Es decir, tal como Él nos lo había prometido para tu hermano, ahora nos lo prometía para ti. ¡Ese es mi buen Señor! Por eso serías Jeremías, porque como al que profetizó la venida del Nuevo Pacto, Dios mismo te conoció desde antes de formarte —conforme a la palabra de tu hermano— y te santificó desde antes de tu nacimiento —conforme al Salmo 71— (Jer. 1:4–5). Entonces nos quedó completamente claro que eras la promesa de nuestro buen Señor para nuestras vidas. Joaquín Jeremías Díaz, la Promesa. Llamado desde antes de nacer y cuidado por el mismo Dios en su nacimiento para llevar, como Jeremías (Jer. 31:31–34), las buenas noticias del Nuevo Pacto a las generaciones futuras.
—
Escucha, hijo mío, acoge mis palabras
y los años de tu vida aumentarán.
Yo te guío por el camino de la sabiduría,
te dirijo por sendas de rectitud.
Cuando camines, no encontrarás obstáculos;
cuando corras, no tropezarás.
Aférrate a la instrucción, no la dejes escapar;
cuídala bien, que ella es tu vida…
La senda de los justos se asemeja
a los primeros albores de la aurora:
su esplendor va en aumento
hasta que el día alcanza su plenitud.
Pero el camino de los malvados es como la más densa oscuridad;
¡ni siquiera saben con qué tropiezan!
Hijo mío, atiende a mis consejos;
escucha atentamente lo que digo.
No pierdas de vista mis palabras;
guárdalas muy dentro de tu corazón.
Ellas dan vida a quienes las hallan;
son la salud de todo el cuerpo.
Por sobre todas las cosas cuida tu corazón,
porque de él mana la vida.
Aleja de tu boca la perversidad;
aparta de tus labios las palabras corruptas.
Pon la mirada en lo que tienes delante;
fija la vista en lo que está frente a ti.
Endereza las sendas por donde andas;
allana todos tus caminos.
No te desvíes ni a diestra ni a siniestra;
apártate de la maldad.
Proverbios 4:10–13, 18–27


