
Otro rey había muerto. Once descendientes y 230 años después, la promesa seguía sin cumplirse. Este, más que todos los anteriores desde la división del reino, parecía que iba a ser el elegido. Siguió a Dios y comprendió sus caminos; conquistó a los filisteos y a los árabes; hizo tributarios a los amonitas; reestructuró y dotó a su ejército; hizo florecer la ciencia y la ingeniería en ciudades, campos y desiertos; y convirtió a su reino en potencia para admiración de todos los demás. Desde la división, ningún gobernante había expandido tanto el dominio de su reino. Pero el corazón del hombre es fácilmente corruptible, y el poder, que tiene voluntad propia, traicionó al rey, llevándolo a su muerte. El éxito se le subió a la cabeza y quiso hacer también de sacerdote, por lo cual Dios lo castigó con lepra, forzándolo a dejar su trono en vida, apartado de todos los demás, mientras su hijo gobernaba en su lugar durante once años, hasta de su muerte.
Cuando la bendición tarda en cumplirse, pesa como maldición y nos comienza a parecer que nos imaginamos la voz que la promulgó, que nunca fue verdad; la esperanza se aferra entonces a la promesa con una fuerza solo comparable a la infinita resignación que la espera produce. El pueblo estaba descorazonado, la familia real, desolada. Y precisamente en aquel momento, uno de los príncipes tuvo una visión tan magnífica como aterradora:
En el año de la muerte del rey, vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime.
El Dios de su pueblo, el de sus ancestros, estaba sentado en su trono alto y sublime, resplandeciendo con toda su gloria, mientras los serafines que lo rodeaban le cantaban permanentemente «¡Santo, santo, santo, Yahvé Sebaot, que llena toda la tierra de su gloria!».
No hay realeza que pueda preparar a príncipe alguno para presenciar tanta majestad. El príncipe estaba espantado. Pero en medio de su espanto, entendió. Había muerto el rey, pero el Rey vivía para siempre. Los reyes de la tierra —sin importar cuán ilustres— mueren como sus regidos —sin importar cuán vulgares—. Por lo tanto, la promesa no podía recaer sobre un simple ser mortal. Ni siquiera sobre uno angelical, pues los serafines, espectaculares como eran, tampoco podían contemplar de frente la gloria del Rey. El heredero debía ser superior a los hombres, ¡superior a los ángeles! Debía ser divino. El pacto con el rey pastor requería la encarnación del Dios verdadero en uno de sus descendientes. Solo de esta manera, ¡y de ninguna otra!, se cumpliría la promesa.
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Su visión del Rey de los cielos determinó su llamado. Después de otro rey muerto, diría al nuevo monarca incrédulo:
¡Escuchen ahora ustedes, los de la dinastía de David! ¿No les basta con agotar la paciencia de los hombres, que hacen lo mismo con mi Dios? Por eso, el Señor mismo les dará una señal:
La virgen concebirá y dará a luz un hijo y lo llamará «Dios con nosotros».
Porque un niño nos es nacido,
un hijo nos es dado,
y el principado será sobre su hombro.
Y será su nombre
Admirable Consejero, Dios Fuerte,
Padre Eterno y Príncipe de Paz.
Su soberanía se extenderá
y su paz no tendrá fin.
Gobernará sobre el trono de David
y sobre su reino,
estableciéndolo y sosteniéndolo
con justicia y rectitud
desde ahora y para siempre.