Archivo de la categoría: Cristianismo

Lo que hemos visto y oído

Durante toda la vida de Josué, el pueblo de Israel sirvió al Señor. Así sucedió también durante el tiempo en que estuvieron al frente de Israel los jefes que habían compartido el liderazgo con Josué y que sabían todo lo que el Señor había hecho por Israel (Jos. 24:31).

¿Por qué Israel sirvió al Señor durante toda la vida de Josué y de los jefes que compartieron el liderazgo con él? Porque «sabían todo lo que el Señor había hecho». No se lo contaron, sino que lo vivieron. ¿Cómo iban a negar que vieron detenerse las aguas del Jordán para que ellos cruzaran? ¿Cómo iban a negar que después de una estrategia de guerra rarísima (por no decir absurda) vieron caer las murallas de Jericó cuando tocaron las trompetas? ¿Cómo iban a negar que vieron que Dios le revelaba a Josué, entre todo el pueblo, quién había sido el rebelde que los llevó a la derrota de Hai? ¿Cómo iban a negar que vieron el sol y la luna detenerse para que pudieran derrotar por completo a los reyes amorreos? ¿Cómo iban a negar que justo cuando ellos llegaron a la tierra prometida las avispas atacaron a sus enemigos? ¿Cómo iban a negar que vieron a Josué derrotar a 31 reyes, conforme a la palabra que le había dado el Señor? Uno puede racionalizar un milagro o dos, pero cuando vivir en el milagro se vuelve el pan de cada día, las disculpas se acaban. No hay forma de negar que no son coincidencia o que uno se lo imagino.

De la misma manera, los apóstoles no podían negar lo que vieron, lo que oyeron, lo que tocaron con sus manos. Fue lo que experimentaron lo que los llevó a hablar. Por lo tanto, lo que hablaron fue lo que experimentaron. No otra cosa. Así cambiaron el mundo. Su teología no era nada diferente a lo que experimentaron. ¿Cómo iban a negar que lo vieron perdonando pecados y levantando paralíticos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron abriendo los ojos de los ciegos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron sanando la piel de un leproso? ¿Cómo iban a negar que lo vieron resucitando muertos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron caminar sobre el agua? ¿Cómo iban a negar que lo vieron calmando el viento y el mar en medio de una tempestad? ¿Cómo iban a negar que lo vieron alimentar a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, con cinco panes y dos peces? ¿Cómo iban a negar que lo vieron resucitar a Él de los muertos? ¿Cómo iban a negar todo el resto de cosas que vieron? Por eso dijeron Juan y Pedro lo siguiente:

Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que da vida. Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto, damos testimonio de ella y les anunciamos a ustedes la vida eterna que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado. Les anunciamos lo que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa. Este es el mensaje que hemos oído de él y que anunciamos (1 Jn. 1:1-5).

Mas respondiendo Pedro y Juan, les dijeron: Vosotros mismos juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. (Hch. 4:19–20).

Volviendo a Josué y a los líderes que estuvieron con él, cuando todos ellos murieron, «surgió otra generación que no conocía al Señor ni sabía lo que Él había hecho por Israel» (Jue. 2:10). Como esa generación no conocía a Dios, «cada uno hacía lo que le parecía mejor» (Jue. 17:6, 21:25). ¿Qué más iban a hacer? El libro de Jueces, desde el capítulo 2 en adelante, es un testimonio nauseabundo y absolutamente desagradable de lo que es un pueblo lleno de religión pero que no conoce a Dios y por lo tanto no ha visto sus obras ni experimentado su poder.

¿Es posible no creer después de haber visto, oído, tocado y experimentado el poder de Dios? Sí. Es posible. Y es precisamente esta la gente para la cual no hay perdón de sus pecados. Aquí caben el pueblo que pereció en el desierto por no haber creído a Dios después de sus portentosas obras a favor de ellos, Judas Iscariote y todos aquellos de quienes la carta a los Hebreos dice lo siguiente:

Es imposible que aquellos que han sido una vez iluminados, que han saboreado el don celestial, que han tenido parte en el Espíritu Santo, que han experimentado la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, pero después de todo esto se han apartado, renueven su arrepentimiento. Pues así, para su propio mal, vuelven a crucificar al Hijo de Dios y lo exponen a la vergüenza pública (He. 6:4-6).

Esta es la blasfemia contra el Espíritu Santo. De hecho, Jesús acusa a los fariseos de haber blasfemado contra el Espíritu cuando, después de haber visto el poder del Espíritu obrando a través de Él, niegan que sea el Espíritu quien ha obrado (Mt. 12:22-32).

He llegado a la conclusión bíblica (vetero- y neotestamentaria) de que la mucha teología es una tendencia de la carne para disimular ante los demás y ante uno mismo la falta de intimidad con Dios. Tiene mucha apariencia de piedad, pero niega la eficacia de ella. No obstante, el reino de los cielos no consiste en palabras, sino en poder. La única explicación bíblica cuando alguien dice creer pero no experimenta el poder —en vidas trasformadas, milagros y guía del Espíritu— es que tal persona está caminando conforme al mundo y la carne. Y como no experimentan nada, suplen con palabras vacías las enseñanzas de Cristo y las llenan de asteriscos y otrosíes para justificar “el silencio de Dios” al que su ateísmo práctico los ha llevado. No obstante, Pablo nos deja la siguiente lección:

No me atreveré a hablar de nada sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para que los no judíos lleguen a obedecer a Dios. Lo he hecho con palabras y obras, mediante poderosas señales y milagros, por el poder del Espíritu de Dios (Ro. 15:18-19).

Tengamos en cuenta que el testimonio de Pablo es diferente al de Pedro y Juan. Pablo no caminó con Jesús durante su ministerio terrenal. Pablo, como nosotros, pertenece a quienes habían de conocer a Cristo después de sus primeros discípulos. Sin embargo, la vida de Pablo muestra que el poder de Dios no estaba reservado solo para la primera generación de creyentes. Y como para ratificar que tal privilegio no era solo para Pablo, el anónimo autor de Hebreos reconoce que es también creyente de segunda generación pero que vio y experimentó los milagros y los dones del Espíritu Santo:

Esta salvación fue anunciada primeramente por el Señor y los que la oyeron nos la confirmaron. A la vez, Dios ratificó su testimonio acerca de ella con señales, prodigios, diversos milagros y dones distribuidos por el Espíritu Santo según su voluntad (He. 2:3-4).

Los autores del Nuevo Testamento no querían que solo creyéramos por su testimonio. Más bien, entendían que el cristianismo se trataba de que todo creyente pudiera experimentar el poder que levantó a Cristo de entre los muertos y su propósito era impulsarnos a ello. Por lo tanto, nuestro llamado como padres es a vivir guiados por el Espíritu Santo, de tal forma que su poder sea evidente para nuestros hijos. De esta manera, los llenamos de razones para creer y les quitamos las excusas para no hacerlo. Más aún, el llamado de todo líder es a vivir de esta misma manera, para que quienes los sigan tengan razones para creer y se queden sin excusas para no hacerlo.

No soy más protestante

Hace ya un tiempo que en mi corazón dejé de ser protestante. Poco a poco fui abriendo los ojos a las falencias del protestantismo hasta que se volvió insostenible para mí continuar profesándolo. Por supuesto, esto no me aleja un ápice de mi Señor Jesucristo. Al contrario, es mi anhelo de mayor cercanía con Él lo que me lleva a ello. Las razones puntuales son principalmente las siguientes:

  1. Entre sus famosas cinco solas (sola gracia, sola fe, sola Escritura, solo Cristo y solo a Dios sea la gloria), nada más una es suficiente y necesaria: solo Cristo. Solo a Dios sea la gloria es un corolario natural de solo Cristo.

  2. En cuanto a sola gracia y sola fe, son afirmaciones que contradicen la Escritura, y además se contradicen mutuamente. Por ejemplo, en términos soteriológicos, la gracia y la fe no pueden estar divorciadas, sino que van juntas (Efesios 2:8-9). Sola gracia o es universalismo o deriva fácilmente en ello, sola fe o es pelagianismo o deriva fácilmente en ello. Y si se necesitan juntas, pues no están solas. El problema, por supuesto, no es la gracia ni la fe; el problema es el adjetivo que les montó Lutero: solas.

  3. En cuanto a sola Escritura, es una reducción al absurdo por su solo planteamiento, pues fue hecha para contrarrestar el efecto de la tradición en la historia de la Iglesia, pero es una declaración cuyo único fundamento es la tradición que comienza con Lutero en 1517. Por supuesto que Dios habla a través de la Biblia, pero la Palabra por antonomasia en el Nuevo Testamento es Cristo, el Logos. Los protestantes, al hacer de la Biblia la Palabra de Dios, la terminaron idolatrando, produciendo una cantidad gigantesca de errores doctrinales; entre ellos, hacer más importante su interpretación de San Pablo que las palabras de Cristo. No obstante, es clarísimo de la misma Biblia, en los dos Testamentos, que Dios habla de muchas maneras, incluyendo la naturaleza (Salmo 19), los burros (Números 22) y personas increíblemente malvadas como el Sumo Sacerdote Caifás, quien orquestó la crucifixión de Jesús (Juan 11:49-51). El Espíritu Santo es la única Guía autorizada por Cristo para sus seguidores durante su ministerio terrenal, no otra. Y si creemos que Dios nos habla a través de la Biblia es porque creemos que el Espíritu Santo guió a los autores bíblicos a escribir de la forma en que lo hicieron. Pero esa misma guía del Espíritu sigue vigente y no solo habla Dios por medio de la Escritura, sino por medio de sueños, por su voz en nuestro propio corazón e incluso por medio de otros santos en la historia del cristianismo, quiere esto último decir… tradición.

  4. En cuanto a sola fe, independiente de las obras, quizás sea la afirmación que más gente termine enviando a la condenación eterna en toda la historia del cristianismo. Nunca, nunca, dijo Jesús que la sola fe, independiente de las obras, fuera suficiente para la salvación. Ahora, Jesús dijo que la fe era necesaria, mas nunca dijo que la sola fe fuera suficiente. Tampoco es una enseñanza paulina. El contraste de las obras en Pablo no es con la fe sino con la gracia, como lo deja claro Romanos 11:6: «Y si por gracia, ya no es por obras» (cita que, a su vez, termina explicando a Efesios 2:8-9, que se ha prestado para confusiones). Más bien, uno de los más grandes aportes del cristianismo, sobre todo de San Pablo, es hacer explícito que no es posible actuar sin fe, pues todos actuamos de acuerdo a lo que creemos (¡incluso cuando pecamos!). Así las cosas, la separación de fe y obras en el protestantismo es casi indistinguible del gnosticismo: lo importante es creer de alguna forma abstracta mientras las obras suman cero. Entre tanto, los protestantes hacen mil malabares hermenéuticos para negar que Santiago afirma sin lugar a muchas interpretaciones que «el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe» (Santiago 2:24). ¡Y todo en nombre de la sola Escritura! U obvian que Pablo dijo que si tenemos fe pero nos falta amor, no somos nada y que es más importante el amor que la fe (1 Corintios 13).

  5. No creo que haya existido otro factor de desunión más grande en la historia de la Iglesia de Cristo que la reforma protestante, probablemente más que cualquier herejía. Se calculan más de 47 000 denominaciones protestantes en este momento en el mundo… y es frecuente que cada una de ellas afirme que su doctrina es la única válida, aun en comparación con otras denominaciones protestantes. Así, contra la oración sacerdotal de Jesús (que seamos uno, así como el Padre y el Hijo son uno; Juan 17:20-23), han sembrado más división en el reino de Dios que el arrianismo mismo, contradiciendo no solo las palabras de San Pablo (p. ej., Romanos 16:17, 1 Corintios 3) sino las del mismo Cristo (Mateo 12:25). ¡Y todo en nombre de la sola Escritura que profesan!

  6. El último rasgo, más sociológico y psicológico, es el fastidioso evangelicalismo gringo que parece ver en Estados Unidos el reino de Dios en la tierra (y como América Latina heredó su protestantismo de Estados Unidos principalmente, los protestantes latinoamericanos también así lo creen). Hasta en su escatología maniquea se han buscado la manera de meter a sus enemigos políticos, inventándose por ejemplo desde la Guerra Fría que Gog es Rusia para justificar sus oscuros movimientos, ignorando voluntariamente la milenaria tradición cristiana del país eslavo. En otro ejemplo reciente, se volvió común entre los creyentes de este país identificar al presidente Trump con Ciro rey de Persia, comparando a los evangélicos del país con los exiliados de Judá en Babilonia y Persia, al punto tal que cuando uno hablaba con ellos parecía que creyeran en la reencarnación. Por supuesto, no hay cabeza ni pies en el protestantismo, y eso incluye al evangelicalismo gringo, pero una muestra representativa de este tipo de pensamiento es el famoso escritor Eric Metaxas con afirmaciones como estas el día anterior a las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2024:

«Si su pastor no hace claro mañana desde el púlpito que usted debe votar en contra de la opción demócrata, que está a favor del asesinato de niños y del tráfico sexual, usted está en la obligación de dejar esa iglesia y llevarse sus diezmos con usted. ¡CRISTIANOS, esta es su responsabilidad!».

Sí. Casi todos ellos hablan de política a tiempo y fuera de tiempo y hacen más proselitismo que evangelización. Y la instrucción paulina no es a votar por este o aquel, sino a orar por quien sea que esté en el poder, cosa que rara vez los he visto haciendo cuando gobiernan aquellos con quienes no están de acuerdo. Su actitud es muestra fehaciente de que no creen en Jesús (ni en Pablo, ni en Santiago) y en su enseñanza sobre la oración eficaz del justo. Para ponerlo claramente, la solución a los problemas de Estados Unidos y del mundo no es Trump ni la derecha política, sino Jesús. Si las iglesias cristianas dejan de predicar a Jesús para enseñar otra cosa, son anatemas.

Tengo mucho por añadir con el tiempo a todo lo que aquí he escrito. Pero es claro que no puedo seguir profesando una creencia tan contraria a lo que me indica cualquier lectura superficial que pueda yo hacer de las palabras de Jesús. No soy más protestante.

No es lo mismo llorar en un Ferrari

No. No es lo mismo. Es peor. Mucho peor. Ante lo que fuera que produjo las lágrimas, el Ferrari solo hace más notoria la incapacidad, más nauseabundo el vacío, más profunda la soledad. El Ferrari es el descubrimiento, o peor, el recordatorio, de que las posesiones y capacidades no son la solución para la vida. Es lo que siente el practicante de una religión, la que sea, incluso la cristiana, cuando en un análisis sincero se da cuenta de que su creencia no se lleva sus dolores. El Ferrari y la religión sirven para lo mismo: para nada.

En cuanto a la religión cristiana el problema es que la abrumadora mayoría de sus practicantes la consideran una cosa más en su vida. «Tengo mi familia, mi carro, mi casa, mi profesión y mi religión cristiana». Como un cuadro que se cuelga en alguna parte de la casa. Pero no conocen a Cristo. Chesterton decía que el cristianismo no se intentó y se encontró faltante, sino que nadie lo intentó porque a todos les pareció demasiado difícil. En efecto, son pocos los Pablos de Tarso, los Wilberforce, los Müller.

Cristo —experimentarlo, vivirlo, seguirlo— no tiene nada que ver con la religión cristiana; ni con la católica ni con la protestante ni con la ortodoxa. Es más, si alguien de verdad sigue a Cristo, se hará enemistades con los religiosos de cualquier bando, sean fariseos o saduceos. Al final de cuentas, ellos todos representan lo mismo: el Ferrari.

Solo hay un camino, solo hay una verdad, solo hay Uno que es vida y cuyas palabras son Espíritu y son vida. De hecho, solo hay uno que es Palabra y no hay más para decir fuera de Él. Él era y es todo el mensaje por comunicar. El Ferrari (las riquezas, el hedonismo, el éxito, la religión…) solo sirve para agudizar el dolor de la existencia. Cristo es plenitud, así no haya nada más en la vida.

Lo que Pedro entendió

La pesca milagrosa de Jacopo Bassano

Después de la resurrección de Jesús, los discípulos volvieron a Galilea. Pedro decidió salir a pescar una vez más. Debía sentir una gran frustración por haber negado a su Señor. Aunque lo vio resucitado, tal vez pensaba que no había perdón y gracia suficientes para él, de modo que volvió a su antigua profesión de pescador, a aquella de la cual Jesús lo había llamado para que pescara hombres. Quizás creía que su pecado — haber negado a su amigo y Señor— lo descalificaba ya para su nuevo trabajo. Su posición en el nuevo reino estaba, por decir lo menos, comprometida; ni más ni menos, había negado al Mesías, al heredero prometido del trono de David en el nuevo reino. En sus propias palabras, como en el bolero, lo había dejado todo por seguir a Jesús: trabajo, familia, esposa, terrenos (Mateo 19:27-28; Lucas 18:28-30) y al final él solito se había descalificado negándolo. ¡Peor aún, su Señor había resucitado! Desde la subjetiva experiencia de Pedro, lo peor que le había podido pasar no era haber negado a Jesús, sino que, después de haberlo negado, Jesús resucitara. ¡Eso sí que es mala suerte! Aparte de que los muertos no resucitan, justo el que se resucita es Aquel a quien él negó, demostrando así que era el verdadero Mesías.

Claro que sí,  Pedro estaba convencido de que su traición lo descalificaba para cualquier posición en el nuevo reino del Mesías resucitado, si es que no lo hacía merecedor de la muerte. ¿Qué opciones tenía? Es difícil culparlo. Se devolvió a hacer lo que antes hacía: pescar. Y se llevó a otros «exdiscípulos» con él: Juan, Jacobo, Tomás, Natanael y otros dos no nombrados. Pero, siendo Pedro, su mala suerte lo acompañaba, y no pescó nada en toda la noche (como en aquella época no había neveras, era costumbre pescar en la noche para vender el pescado fresco en la mañana), así que debía estar doblemente frustrado. Para completar, llegó un desconocido a la orilla con una pregunta que les echaba en cara su mala suerte:

—¿Tienen algo de comer? —preguntó.

—No tenemos nada —respondieron perdedores desde la barca.  

El desconocido les dijo que arrojaran las redes a la derecha del bote. Pedro y los demás decidieron hacerlo probablemente con cierta actitud de whatever… y para su sorpresa las redes terminaron tan llenas de peces que no podían ni siquiera levantarlas. En ese momento, uno de los que estaba con Pedro (quizás uno de los dos no nombrados), se dio cuenta de que el desconocido era Jesús y se lo dijo a Pedro. Entonces Pedro, entendiéndolo todo, se arrojó al agua y se fue nadando hasta la orilla a verlo, sin esperar siquiera que la barca, llena de los pescados por el milagro, llegara.

¿Qué fue lo que entendió Pedro? Decir que se dio cuenta de que era más grande quien hacía el milagro que el milagro mismo es un lugar común que, aunque cierto, no hace justicia al tamaño de la revelación. Hay mucho más de fondo. Lo que Pedro entendió fue el escandaloso tamaño del amor y la gracia de su Señor, la abismal diferencia entre el verdadero Mesías y los gobernantes de las naciones (Mateo 20:25-28), las reglas del nuevo reino, porque su llamado seguía vigente. ¿Cómo es esto?

La pesca milagrosa posterior a la resurrección fue casi idéntica a la pesca milagrosa previa a la resurrección en la que Jesús llamó a Pedro (Lucas 5:1-11). Como la vez anterior, Pedro y sus amigos habían pasado toda la noche sin pescar (Lucas 5:5; Juan 21:3). Como la vez anterior, fue Jesús quien les dijo que volvieran a arrojar la red (Lucas 5:4; Juan 21:6) Como la vez anterior, Pedro estaba frustrado. Y como la vez anterior, iba con otros que presenciaron lo ocurrido; es más, probablemente quien le dijo a Pedro que el de la orilla era Jesús también había estado con él en la pesca milagrosa anterior y por eso cayó en cuenta (Lucas 5:9-10; Juan 21:1-2,7). Y, más importante, como la vez anterior, la escena culminó con el llamado de Jesús a Pedro (Lucas 5:10; Juan 21:15-17).

Volvamos pues a la frustración inicial de Pedro por haber negado a su Señor resucitado; por saber que, después de ser uno de los favoritos del Mesías, él y solo él había dilapidado la oportunidad más grande de su vida; todo esto sumado al dolor que le hacía llorar por haber traicionado a su amigo inocente. Lo que Pedro recibió cuando Jesús le repitió el milagro fue vida, una nueva vida. Y no hablamos aquí solo de la vida biológica de saber su cabeza sobre su cuello… aunque fuera un alivio que no suelen tener quienes traicionan a otros señores. No, no hablamos de bios, sino de zoe, de abundancia de vida (Juan 10:10). Pedro volvió a nacer: sus sueños fueron renovados, sus esperanzas fueron renovadas y su posición fue confirmada (no es un detalle menor: Apocalipsis 21:10,14). Porque esa es la forma de proceder del Señor de Pedro, del nuevo Rey de las naciones.

Jesús terminó diciéndole a Pedro que el apóstol iba a morir como mártir por Él en algún momento y, contrario a lo que la mayoría pensaría, esas palabras fueron bálsamo para el corazón atribulado de Pedro. Jesús mismo le estaba dando la seguridad de que, cuando fuera el momento de su muerte, no negaría a su Señor como la vez anterior, sino que lo iba a glorificar con ella. Jesús, siendo palabra y vida, Logos y Zoe, no puede hablar sin dar vida. Ni siquiera hablando de muerte deja de darnos vida (Juan 21:18-19).

Jesús habló y le ratificó a Pedro que Él lo amaba con amor eterno, que lo había llamado y que Él mismo sanaba el corazón del apóstol para que, llegado el momento, fuera capaz de ofrecer su bios, porque había recibido de Jesús zoe.  

Legado

C. R. Rao es un estadístico muy famoso, tiene más de cien años, es perfectamente lúcido y, como no es ningún tonto, sabe que su paso por este mundo está a punto de terminar.

Tiene muchísimos logros muy impresionantes. Fue un estudiante aventajado y tuvo la buena suerte de estar en el lugar y el momento correctos cuando la estadística estaba naciendo. En sus años de estudiante, fue discípulo de Ronald Fisher, el padre de la estadística moderna; más adelante, él mismo se convertiría en mentor de varios matemáticos excelentes. Desarrolló y probó resultados importantes, muchos de los cuales llevan su nombre y son usados por millones de personas en casi todas las demás ramas del conocimiento. Pocos entre nosotros podríamos decir que hemos logrado tanto. Sin embargo, ahora que está cerca del final, le preocupa que, una vez abandone esta vida, sus logros y su obra queden en el olvido.

No lo puedo culpar. Yo lo entiendo.

En efecto, a la mayoría de nosotros nadie nos recordará unas tres generaciones después de que vivamos. Pocos, como nuestro estadístico famoso, escaparán al anonimato más allá de este punto. Y entre esos pocos, solo un puñado serán recordados por todas las generaciones futuras. Más aún, nuestro planeta, nuestro sistema solar y nuestra galaxia van todos a colapsar en algún momento; incluso nuestro universo morirá de frío en un estado de máxima entropía, según la segunda ley de la termodinámica, si es que vivimos en un sistema cerrado. Por lo tanto, si no hay nada más en la vida que esta vida, todos caeremos en el olvido. Sin importar cuánto bien (¡o mal!) hayamos hecho, todo quedará en el olvido. Y, peor todavía, nada de lo que hayamos hecho va a importar. Nada. Absolutamente nada.

Eclesiastés, el libro del Antiguo Testamento, descubrió esta realidad hace miles de años; hace menos de cien, el existencialismo ateo la redescubrió también. Los humanos, finitos como somos, pero con anhelos de eternidad, necesitamos algo que sobrepase a la muerte o la muerte se apoderará de nosotros. Si no hay nada más en la vida que este mundo, no tenemos esperanza.

Ahora, podemos creer en la filosofía de que no hay nada más allá, y si somos lo suficientemente coherentes, abrazar el sinsentido que viene con ello. O podemos aceptar nuestros instintos de trascendencia, de eternidad, y creer que hay algo más, que no vivimos en un universo cerrado y que hay una realidad mayor más allá de este mundo. Hay que admitirlo, cualquiera de las dos opciones ha de aceptarse por fe. Pero como dijo C. S. Lewis, dado que todos nuestros anhelos humanos pueden satisfacerse, si descubrimos que tenemos deseos que nada en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos hechos para otro mundo. Así que el anhelo de eternidad traiciona a quienes niegan que exista una realidad mayor y que esta dé sentido a nuestras vidas.

Entonces, si este mundo ha de importar, es condición necesaria que exista un Dios que nos hiciera a su imagen, lo cual a su vez explicaría nuestro anhelo de eternidad. No obstante, si hay un Dios más allá de nuestro universo, no podemos alcanzarlo (por la misma razón que no podemos probar la existencia de un multiverso) a menos que Él se acerque y nos lleve con Él. Aquello que es finito nunca puede alcanzar lo infinito, pero es sencillo para lo infinito alcanzar lo finito sin perder su infinitud.

¡La buena noticia es que es esto exactamente lo que hizo Jesucristo! Él, teniendo forma de Dios, se hizo como uno de nosotros y pagó por nuestras vidas con la suya, para que pudiéramos vivir con Dios en la eternidad. Aquel que es Infinito se hizo finito para llevarnos a quienes somos finitos a lo infinito con Él.

La vida no tiene sentido si no hay Dios. Y, si hay un Dios, perfecto como es, nosotros, que somos imperfectos, no podemos alcanzarlo a menos que Él se acerque primero. Por esta razón el cristianismo tiene tanto sentido. Por esta razón Cristo es el único camino hacia Dios. Si Dios, nuestra existencia importa. Y si Jesucristo, importamos infinitamente en un sentido personal, existencial, como sugieren nuestros instintos.

Como nada podemos hacer para alcanzarlo, nuestra única opción es recibir por fe lo que Él hizo por nosotros. Eso es todo. Tan solo creer. Creer en nuestro corazón que Él es el Hijo de Dios, que vino a dar su vida por nosotros, pero fue levantado de entre los muertos para llevarnos al Padre. Nada más se requiere; sin embargo, se ofrece todo.

¿Contradice el Nuevo Testamento al Antiguo?

La piedad para Vittoria Colonna, de Miguel Ángel. El madero vertical de la cruz detrás de la Virgen María tiene una inscripción del Paraíso de Dante que dice: «No se piensa cuánta sangre costó» (Fuente: Wikipedia).

Me preguntan por qué el Nuevo Testamento (NT) dice algunas cosas que parecen contradecir al Antiguo Testamento (AT). Es una buena pregunta. En general, me parece que hay un problema de interpretación, más que de contradicción interna del texto. Retomaré aquí algo que escribí hace un tiempo en Instagram y lo ampliaré un poco más.

No piensen que he venido a anular la ley y los profetas; no he venido a anularlos, sino a darles cumplimiento.

Mt. 5:17 (NVI)

Hay dos formas de interpretar este pasaje, una correcta y otra contradictoria, como veremos. Con respecto a la segunda, muchos han interpretado esto como que Jesús vino a obedecer la ley de Moisés, pero eso no puede ser. Los Evangelios están llenos de referencias en los que Jesús intencionalmente se pasa la ley «por la galleta» para mostrar amor, que es el sumo bien. Veamos algunos ejemplos.

  1. La ley declaraba inmundo al leproso (Lv. 13), de modo que quien lo tocara quedaba también contaminado (Nm. 5:1-3). Sin embargo, el mismo Mateo que cita a Jesús en el Sermón del Monte diciendo que vino a cumplir la ley, lo primero que hace después de terminar tal discurso es contar que Jesús tocó a un leproso para sanarlo (Mt. 8:1-3).
  2. La ley declaraba que una mujer con flujo de sangre era inmunda y todo el que la tocara quedaba inmundo (Lv. 15:19-33). También declaraba que los muertos eran inmundos y todo el que los tocaba quedaba inmundo (Nm. 5:1-3), a tal punto que los sumos sacerdotes no podían tocar ni a sus seres más queridos (Lv. 21:10-11). Sin embargo, en una misma historia una mujer con flujo de sangre queda sana cuando toca a Jesús, y una niña muerta resucita cuando Jesús la toca (Mt. 9:18-26).
  3. La ley declaraba en varias partes que el día de reposo era irrompible, incluso en los diez mandamientos (Dt. 5:12-15) y que quien lo rompiera debía ser castigado con la muerte (Éx. 35:2-3). Sin embargo, cuando Jesús fue recriminado por trabajar en sábado dijo que sí, que eso era exactamente lo que estaba haciendo (Jn. 5:16-17). Incluso cuando sus discípulos tuvieron hambre y arrancaron espigas en día de reposo, cosa que prohibía la ley (Éx. 34:21), Jesús no los recriminó y antes los defendió ante los religiosos que querían obligarlos a cumplir la ley (Mt. 12:1-14).

¿Se contamina Jesús al tocar al leproso, a la mujer con el flujo de sangre o a la niña muerta? ¿O quedan más bien estas personas puras, sanas, vivas, al tocar a Jesús? ¡La respuesta es, por supuesto, la segunda! Si Jesús hubiera estado sujeto a la ley, habría quedado contaminado. No obstante, las palabras de Jesús dejan claro que Él es Señor de la ley, no siervo de ella (Mt. 12:8). La ley se sujeta a Él, no Él a la ley.

Entonces cuando Jesús dijo que no venía a abrogar la ley, sino a cumplirla, no se refería a sujetarse a ella, sino a darle cumplimiento. La imagen es la de un pagaré que está vigente hasta que la deuda queda cancelada (Col. 2:13-14). Abrogar la ley habría sido no pagarlo; saldar la deuda es cumplir el trato, con lo cual el pagaré —que es la ley de Moisés— queda anulado por cumplido (Ef. 2:14-15).

¿Contradice esto al AT? ¡Claro que no! Pablo les dice a los Gálatas que habría una contradicción si la ley de Moisés pudiera dar vida (Gá. 3:21). Pero la ley de Moisés era incapaz de hacer esto (y muchas cosas más). Si la ley hubiera podido dar vida, si hubiera podido justificar, si hubiera podido santificar, si de ella hubiera dependido que Dios obrara a mi favor, si de ella hubiera dependido que yo recibiera al Espíritu Santo, entonces el NT —y la promesa a Abraham, que es anterior a la ley de Moisés por varios siglos— implicaría una contradicción con el AT. Pero el antiguo pacto tenía los días contados (Gá. 3:19); terminaría cuando llegara el nuevo (Gá. 4:4). Puesto que la ley, el antiguo pacto, era inútil para producir todas las cosas anteriormente mencionadas (He. 7:18-19), es natural que su obsolescencia llegara (He. 8:13). De hecho, que este nuevo pacto llegaría, es algo que estaba profetizado desde el AT (Jer. 31:31-34).

El propósito de la ley era hacer explícito el pecado que había en mi corazón para guiarme a Cristo (Gá. 3:24). Es decir, la ley mostraba que no podía salvarme por mí mismo y necesitaba a otro, a Cristo, para que lo hiciera por mí (Mt. 19:16-26). Pero ahora que estoy en Cristo, la ley ya no es mi guía (Gá. 3:25), sino el Espíritu Santo (Gá. 5:18).

En cuanto a las promesas del AT, su propósito era apuntar a Cristo (Jn. 5:39). Volvemos así a la cita inicial que redondea todo este asunto (Mt. 5:17). Cristo cumplió la ley porque en Él se cumplió todo lo que estaba prometido (Jn. 19:30). Lejos de contradecirlo, en Cristo queda demostrada la veracidad del Antiguo Testamento.

La superficialidad no es una opción

A pesar de lo que muchos puedan pensar con respecto a la Biblia, los libros que la componen son obras maestras de la literatura universal. Por ejemplo, 1 Corintios posee una riqueza literaria superlativa. En particular, 1:17—2:2 es de tan alta facundia que abruma y revela la estatura intelectual de Pablo de Tarso. El texto es en realidad un poema. Como lo explica K. A. Bailey (en cuyas ideas basaré esta entrada), está escrito «en verso». Así que, con algo de transliteración del griego, voy a intentar hacer la profundidad literaria más clara:

A.     1. Pues no me envió Cristo a bautizar,
              2. sino a predicar el evangelio;
                   3. no con sabiduría de palabras,
                        4. para que no se haga vana la cruz de Cristo.
     B.     1. Porque la palabra de la cruz es locura a los que son destruidos;
                   2.  pero a los que se salvan, esto es, a nosotros,
                   2′. es poder de Dios
              1′. Pues está escrito: «Destruiré la sabiduría de los sabios»
              a.     («y desecharé el entendimiento de los entendidos»).
           C.     1. ¿Dónde está el sabio?
                         2.  ¿Dónde está el escriba?
                         2′. ¿Dónde el erudito de esta época?
                    1′. ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?
               D.     1. Pues ya que en la sabiduría de Dios,
                        2. el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría,
                   E.     1. agradó a Dios, mediante la locura de la predicación,
                            2. salvar a los creyentes.
                         F.     1. Porque los judíos piden señales,
                                  2. y los griegos buscan sabiduría;
                              G.     1. pero nosotros predicamos
                                       2. a Cristo crucificado,
                         F’.    1. para los judíos ciertamente tropezadero,
                                 2. y para los gentiles locura;
                    E’.     1. mas para los llamados        b. (tanto judíos como griegos)
                             2. Cristo [es] poder de Dios, y sabiduría de Dios.
               D’.     1. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres,
                         2. y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres
                                                 c. (pues consideren, hermanos, su propio llamamiento).
         C’.    1. No muchos de ustedes son sabios según la carne,
                      2.  ni muchos, poderosos;
                      2′. ni muchos, nobles;
                 1′. sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios
                                           d. (y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte)
                                           e(y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios,
                                               y lo que no es para deshacer lo que es).
     B’.     1. A fin de que nada en la carne se gloríe en la presencia de Dios,
                   2.  por quien ustedes están en Cristo Jesús,
                   2′. a quien Dios hizo sabiduría para nosotros
                        f. (esto es, justificación santificación y redención),
               1′. para que, como está escrito: «El que se gloríe, que lo haga en el Señor».
A’.     1. Y cuando fui a ustedes    g. (y fui a ustedes),
              2. no fui con excelencia de palabras     h. (ni de sabiduría)
                   3. para anunciarles el testimonio de Dios,
                        4. pues me propuse no saber entre ustedes de cosa alguna,
                            sino de Jesucristo, y de este crucificado.

Los antiguos poetas, como los contemporáneos, no buscaban tanto la rima de sonidos (aunque a veces sí), sino la rima de ideas. Para esto recurrían a una figura literaria muy elaborada llamada paralelismo. Este poema tiene siete unidades, dadas por las letras mayúsculas en la separación anterior. En ellas se presenta el llamado paralelismo invertido: la primera unidad está asociada con la última; la segunda, con la penúltima; la tercera, con la antepenúltima; y así sucesivamente hasta llegar a un punto de pivote en el medio del poema:

A.     Predico la cruz
     B.     Ellos, que son destruidos
              nosotros, que somos salvos
           C.     El sabio (el erudito) hecho necio
               D.     La sabiduría de Dios y la ignorancia del hombre
                   E.     La predicación salva a los creyentes
                         F.     Los judíos y los griegos rechazan
                              G.     Predicamos la cruz
                         F’.    Los judíos y los gentiles rechazan
                    E’.     Cristo es poder y sabiduría para los llamados
               D’.     La sabiduría de Dios y la debilidad del hombre
         C’.    Los sabios (los fuertes) avergonzados
     B’.     Ellos, que se jactan
               ustedes, que están en Cristo
A’.     Yo predico la cruz

LAS SEIS UNIDADES EXTERNAS (A-B-C-…-C’-B’-A’)

A y A’

Las líneas de A y A’ forman conjuntamente otra forma de paralelismo llamado paralelismo escalonado.  Es decir, la primera línea de A está relacionada con la primera de A’; la segunda línea de A, con la segunda de A’; la tercera de A, con la tercera de A’; y la cuarta de A, con la cuarta de A’:

A.     1. Pues no me envió Cristo a bautizar,
              2. sino a predicar el evangelio;
                   3. no con sabiduría de palabras,
                        4. para que no se haga vana la cruz de Cristo.

A’.     1. Y cuando fui a ustedes    g. (y fui a ustedes),
              2. no fui con excelencia de palabras     h. (ni de sabiduría)
                   3. para anunciarles el testimonio de Dios,
                        4. pues me propuse no saber entre ustedes de cosa alguna,
                            sino de Jesucristo, y de este crucificado.

Las ideas explícitas de cada párrafo son, a saber:

1. La venida de Pablo.
         2. No con palabras sabias.
                3. La predicación.
                       4. La cruz de Cristo.

El lector atento notará que en la anterior descripción las líneas 2 y 3 de A están invertidas, y que la 1 está negada; a diferencia de lo que acontece en A’, que coincide en todo con la descripción explícita. La mejor forma de entender esto es que probablemente Pablo pasó mucho tiempo —quizás años— escribiendo este poema, y las líneas iniciales eran:

A.     1. Pues Cristo me envió,
              2. no con palabras sabias;
                   3. sino a proclamar el evangelio,
                        4. para que no se haga vana la cruz de Cristo.

Sin embargo, como antes del inicio del poema Pablo estaba contrarrestando divisiones relacionadas con el bautismo de algunos miembros de la iglesia de Corinto, para poder insertar su poema y mantener el contexto cambia la línea 1 de A. Esto lo forzó a cambiar el orden de las líneas 2 y 3, pues de otra manera la frase perdería todo sentido.

B y B’

Las unidades B y B’ son internamente paralelismos invertidos también:

B.     1. Los que se destruyen.
                   2.  Los que se salvan.
                   2′. Poder de Dios.
         1′. Está escrito: «Destruiré».

Las líneas 1 y 1′ coinciden, así como las 2 y 2′. Alguien dirá que la semejanza está un poco refundida entre 2 y 2′, y quizás tenga algo de cierto en la construcción semántica. No obstante, la teología paulina y todo el Nuevo Testamento enseñan que la salvación solo es por el poder de Dios y no por méritos humanos. De otro lado, para compensar un poco esta dispersión entre 2 y 2′, Pablo hace que las dos líneas mantengan ritmo y rima pues en el griego coincide  el sonido de las voces finales y las líneas tienen 8 y 7 sílabas, respectivamente.

En cuanto a B’, el paralelismo invertido puede verse así:

B’.     1. Los que se glorían.
                   2.  Ustedes en Cristo.
                   2′. Sabiduría de Dios.
          1′. Está escrito: «Que se gloríen en el Señor».

Como si fuera poco el paralelismo invertido al interior de de B y B’, Pablo hace que las dos unidades funcionen como un paralelismo escalonado, tal como ocurrió con A y A’:

B.     1. Los que se destruyen.
              2. Los que se salvan.
                   2′. Poder de Dios.
                        1. Está escrito: «Destruiré».

B’.     1. Los que se glorían.
              2. Ustedes en Cristo.
                   2′. Sabiduría de Dios.
                        1. Está escrito: «Que se gloríen en el Señor».

C y C’

Al igual que B y B’, las unidades C y C’ también manejan internamente paralelismos invertidos:

C.     1. El sabio.
                         2.  El escriba (sabio judío).
                         2′. El erudito (sabio griego).
         1′. La sabiduría hecha locura.

C’.    1. Los sabios.
                      2.  Poderosos.
                      2′. Nobles.
          1′. Los sabios hechos necios.

Y así como con A y A’, y B y B’, las unidades C y C’ también forman un paralelismo escalonado, en el que el asunto de C es el conocimiento, y el de C’, el poder (además, ha de añadirse que en la sociedad judía de la época, las clases dominantes eran las religiosas, los escribas ostentaban también poder político):

C.     1. El sabio.
              2. El escriba.
                   2′. El erudito.
                        1. La sabiduría hecha locura.

C’.     1. Los sabios.
              2. Los poderosos.
                   2′. Los nobles.
                        1. Los sabios hechos necios.

Por último, vale la pena mencionar que en estas 24 líneas de A-B-C-C’-B’-A’, la última línea de cada unidad es el tema con el que comienza la primera línea de la siguiente, excepto en una ocasión (B’2-A’1):

A1 – – – Fui enviado.
A4 – – – La cruz de Cristo.
B1 – – – El mensaje de la cruz.
B4 – – – Los sabios.
C1 – – – El sabio.
C4 – – – Sabiduría del mundo.
C’1 – – – Los sabios según la carne.
C’4 – – – Los sabios avergonzados.
B’1 – – – Nadie puede jactarse en la carne.
B’2 – – – Jactarse en el Señor.
A’1 – – – Vine (¿?)
A’4 – – – Cristo crucificado

LAS SIETE UNIDADES INTERNAS (D-E-F-G-F’-E’-D’)

En medio de las 24 líneas de A-B-C-…-C’-B’-A’, están las siete unidades D-E-F-G-F’-E’-D’. Catorce líneas («versos») que crecen desde D en 7 líneas hasta el punto de pivote G y luego decrecen desde G en 7 líneas hasta D’. Además, las dos líneas de G tienen cada una 7 sílabas en el original griego. De manera que el 7 está presente de 3 formas en el centro del poema:

               D.     1. Pues ya que en la sabiduría de Dios,
                        2. el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría,
                   E.     1. agradó a Dios, mediante la locura de la predicación,
                            2. salvar a los creyentes.
                         F.     1. Porque los judíos piden señales,
                                  2. y los griegos buscan sabiduría;
                              G.     1. pero nosotros predicamos
                                       2. a Cristo crucificado,
                         F’.    1. para los judíos ciertamente tropezadero,
                                 2. y para los gentiles locura;
                    E’.     1. mas para los llamados        b. (tanto judíos como griegos)
                             2. Cristo [es] poder de Dios, y sabiduría de Dios.
               D’.     1. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres,
                         2. y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres
                                                 c. (pues consideren, hermanos, su propio llamamiento).

D-E-E’-D’

Puede verse también que la línea D1 repite el asunto de las dos líneas externas de C (C1 y C4), y D2 repite el asunto de las dos líneas internas de C (C2 y C3). Igualmente ocurre en la comparación de C’ y D’ (D’1 sienta el patrón de C’1 y C’4; y D’2 sienta el patrón de C’2 y C’3). Y para continuar la tendencia las unidades D-E-E’-D’ están conectadas como sigue:

               D.     La sabiduría de Dios (y el mundo).
                   E.     La predicación: locura de Dios (y los salvos)
                   E’.     La sabiduría de Dios (y los salvos).
               D’.     La locura de Dios (y el mundo).

F-G-F’

Los tres pares de unidades centrales son el clímax del poema. Las dos líneas de F riman en el griego, y las cuatro líneas de G-F’ tienen 7 sílabas cada una, cosa claramente deliberada. Los temas centrales de estas tres unidades son:

               El mundo y la sabiduría de Dios.
                   La predicación (y los que creen).
                         Judíos y griegos (que no creen).
                              La cruz.
                         Judíos y griegos (que no creen).
                    Cristo: la sabiduría de Dios (y los llamados).
               El mundo y la sabiduría de Dios.

CONCLUSIÓN

Mucho más puede decirse con respecto al aspecto literario de este poema. Pero me parece que con lo expuesto acá la situación queda más que clara.

  1. Pablo es un genio desproporcionado.
  2. Debió pasar meses, probablemente años, escribiendo este poema antes de plasmarlo en la primera carta a los Corintios.
  3. Por lo tanto, la inspiración divina funciona de muchas maneras. No es solo que de repente «le cayó la moneda». Esto también puede verse al menos en otros documentos paulinos: a) En la defensa que hace el apóstol del evangelio que recibió del cielo en la carta a los Gálatas; es decir, Gálatas está plasmando ideas que él ya tenía claras en su cabeza. b) En Romanos, su obra maestra; pues en esta carta expone con muchísimo más detalle la idea de su evangelio, que años antes había comenzado a plasmar por escrito en la carta a los Gálatas.
  4. Las críticas al cristianismo por superficial lo único que revelan es la superficialidad de quienes lo critican. Es hasta entendible que a algunos les parezca difícil de aceptar, pero es incomprensible que se le deseche como una simple superficialidad.
  5. Cuando Pablo dice en el medio del poema que no habla con palabras de humana sabiduría, lo está diciendo en sentido figurado. Pues queda claro que estas líneas son una obra maestra de la lengua griega. Más bien, lo que está diciendo es que todo su extraordinario conocimiento e intelecto lo rinde a los pies de la cruz de Cristo.
  6. Es inconcebible entonces que haya supuestos expertos en Biblia que no quieran conocer el griego y se jacten desde sus altares de no conocerlo. Tienen la misma credibilidad que un experto en Shakespeare que no quiere conocer el inglés o un experto en Cervantes que no quiere conocer el español. ¡No se puede apelar a la superficialidad en nombre del Logos!
  7. Por último, este poema revela por completo el pensamiento y la vida de Pablo: renunció al honor y al poder del mundo, cosa que era una locura, con el fin de aceptar la locura del evangelio de la cruz de Cristo. Más aún, el poema comienza (A), termina (A’) y tiene su clímax (G) en la cruz de Cristo y en su consiguiente predicación. Lo demás, así al mundo le parezca locura, es paisaje.

Yo sé que mi Redentor vive

Yo sé que mi Redentor vive,
y al fin se levantará sobre el polvo;
y después de desecha esta mi piel,
en mi carne he de ver a Dios;
al cual veré por mí mismo,
y mis ojos lo verán, y no otro,
aunque mi corazón desfallece dentro de mí.
Job 19:25-27

Pocos textos bíblicos me arroban el alma con tanta fuerza como esta declaración del patriarca uzita Job. Aunque los eruditos datan el libro de Job del siglo 6 a.C., al parecer la historia como tal se remonta a una tradición oral al menos tan antigua como el mismo Moisés; cosa que la situaría como una de las más antiguas historias bíblicas, si no la más antigua. Job está tan bien escrito, es tan virtuoso su verso, que el gran poeta británico Alfred Lord Tennyson lo llamó «el más grande poema de los tiempos antiguos y modernos».

Y este preludio le da fuerza a dos cosas que quiero decir. Primero, el mensaje de Job es universal. ¿Por qué? Porque Job era de la lejana y extraña tierra de Uz y al parecer la historia es anterior a la formación del pueblo de Israel. Por lo tanto, su mensaje trasciende el judaísmo; la antigüedad y lejanía geográfica conllevan el contexto de sabiduría ancestral que apela más allá de un grupo nacional o cultural particular. Es decir, la metanarrativa de Job sitúa la historia en un contexto que abarca a toda la humanidad.

Segundo, hay un clamor existencial profundo en las palabras de Job. La estructura poética, sobre todo esta tan bien lograda, trasmite un mensaje para el que la sola literalidad es inadecuada. Cierto, necesitamos como Job un Redentor que muera y resucite por nosotros, eso es claro de la literalidad. Pero el poema marca con increíble fuerza que, además de necesitarlo en medio de nuestros sufrimientos, lo anhelamos; y si ese anhelo no se hace realidad, la vida termina truncada, incompleta y sin sentido, como en un escrito de Jean Paul Sartre.

Por eso decía C. S. Lewis que si tenemos deseos y nada en este mundo puede satisfacerlos, es porque fuimos hechos para otro mundo. Y por eso Lewis y Tolkien concluyeron que el cristianismo es «el mito que se hizo realidad». Cristo resucitó, no le quepa la menor duda (para una introducción histórica a los argumentos vea aquí y aquí). Y al resucitar hizo la creencia de Job y de todos los cristianos no solo una historia que necesitábamos y anhelábamos cierta, sino una que es cierta.

La historia de Job, hace al menos 4500 años, tiene todo el mensaje del evangelio: necesitábamos un Redentor como nosotros —luego humano— para que muriera en lugar de nosotros, pero perfecto —luego divino— para que expiara nuestros pecados y Dios lo resucitara («Yo sé que mi Redentor vive // y al fin se levantará sobre el polvo»); y así después resucitarnos a nosotros en el cuerpo («en mi carne he de ver a Dios», «mis ojos lo verán, y no otro»).

La resurrección es completamente relevante para la historia de la humanidad. Como dijera el historiador Jaroslav Pelikan: «Si Cristo resucitó, nada más importa; y si Cristo no resucitó, nada más importa». Sobre lo segundo, en ausencia de la resurrección, la necesidad y el anhelo de Job —y de todos nosotros— quedarían insatisfechos. Y esto no solo en cuanto a lo individual, sino a lo social. De hecho, John Gray y Tom Holland, reconocidos intelectuales ateos británicos, han defendido que sin el legado del cristianismo nuestra sociedad perdería el sentido y el norte (aquí y aquí). Al fin y al cabo, ¿sobre qué principios edificaríamos una nueva sociedad poscristiana? Y en caso de encontrarlos, ¿en qué los sustentaríamos? Si no existe un Dios más allá de este mundo natural, la idea de bondad se vuelve subjetiva, maleable a nuestro antojo (fueron ateos, como el mismo Nietzsche, como el mismo Huxley, quienes plantearon que si Dios no existía, la moral objetiva tampoco existía). Pero si ese Dios que existe más allá no entra en contacto con nosotros acá, así exista no nos sirve de nada. Por lo tanto Cristo.

La Trinidad en el cristianismo hace posibles las dos cosas, cerrando el círculo de manera perfecta. La trascendencia (necesaria para que Dios sea Dios y nuestros principios morales sean objetivos, entre otras cosas), y la inmanencia (necesaria, entre otras cosas, para nosotros, para que nuestra vida tenga sentido y podamos tocar lo divino) están patentes en ella. El cristianismo genera un marco conceptual tan increíblemente consistente que los demás sistemas palidecen en congruencia y sustento. Por eso también dijera Lewis en la que es quizás su frase más célebre:

Creo en el cristianismo como creo que el sol se ha levantado: no solo porque lo veo, sino porque por él veo todo lo demás.

Gray y Holland consideran al cristianismo un mito necesario, pero uno que no se ha hecho realidad. Entienden su importancia histórica y social y, como Nietzche, no ven con qué más se pueda remplazar. Igualmente Richard Rorty, famoso filósofo ateo del siglo pasado, aunque mucho defendió la democracia, reconoció que no había nada sobre lo cual sustentarla; porque, como reconociera en otro lado, solo la creencia en un Dios trascendente produce verdades objetivas. Pero los Grays, Hollands, Rortys y Nietzches de este mundo fallan en llevar sus ideas hasta sus últimas consecuencias. Se tienen que engañar para seguir viviendo. Son más coherentes los Robin Williams, los Anthony Bourdains y los Aviciis. Pues de nuevo, si Cristo no resucitó, nada importa. Nuestra sociedad occidental se derrumba como un castillo de naipes y nuestra existencia queda sumida en la crisis existencialista que produce náuseas y un constante y válido cuestionamiento de por qué no el suicidio. ¡Cuánto desasosiego en mantener una mentira útil! Si Cristo no resucitó, nada más importa. Pablo lo reconoció también así desde el principio cuando dijo que si Cristo no había resucitado, lo que creíamos los cristianos no nos serviría de nada y solo seríamos dignos de conmiseración. Si Cristo no resucitó, la angustia del corazón de Job no halla reposo y no tiene justificación. Si Cristo no resucitó, su deseo de redención y trascendencia queda eternamente insatisfecho.

Pero si Cristo resucitó, nada más importa. En particular, los sufrimientos de este mundo se vuelven tan solo pasajeros en comparación con la gloriosa eternidad que viene más adelante. Porque «mi corazón [que] desfallece dentro de mí» sabe que hay algo más allá de la muerte física, que la realidad no termina en este sufrimiento terrenal. El amor queda sellado para siempre por un Dios que lo dio todo, hasta su vida, sin importarle que por ello lo despreciaran, para acercarme a Él. La justicia se mantiene viva, porque Él es nuestra justicia ante Dios. Y la poética esperanza de verlo a Él, de entrar en contacto con lo divino, de por fin satisfacer ante una eternidad de plenitud de gozo y delicias junto a Él aquellos anhelos que nada en este mundo podía satisfacer, hace que todo, hasta el peor sufrimiento terrenal, tenga sentido. Entonces puedo amar (es decir, hacer el bien) abnegadamente y lleno de auténtica felicidad, ¡aunque duela!, porque la recompensa que por Cristo viviré allá hace este sufrimiento de acá infinitesimalmente irrelevante.

La resurrección de Cristo, vemos en Job, responde a un anhelo tan antiguo como el hombre mismo. Cristo muerto y resucitado es la respuesta para toda la humanidad. La resurrección de Cristo es la prueba de que este sí fue el mito que se hizo realidad.

Particularismo cristiano

El cristianismo es bien diferente a todas las demás religiones. Esa es quizás la mayor motivación detrás del comentario usual según el cual «el cristianismo no es una religión, sino un estilo de vida». La explicación con que suele continuar la anterior afirmación es que en la religión el hombre busca acercarse a Dios, pero en el cristianismo es Dios mismo quien se acerca al hombre. Y es cierto, así es.

El cristianismo es la religión más patas arriba que existe porque me dice que no tengo que hacer nada, excepto creerle que ya todo lo hizo Él por mí. Todo. Lo único que yo tengo que hacer es creerle y entonces disfrutar lo que Él ya me regaló.

Es mi opinión que, en cuanto a planteamiento, el cristianismo es el único sistema coherente en el mercado de las ideas: si el Sumo Bien existe, ningún ser humano va a ser capaz de alcanzarlo por sí mismo. A pesar de que muchos se engañen, la verdad es que el Sumo Bien está fuera de nuestro alcance humano porque no somos tan buenos; mejor dicho, sin tanno somos buenos.

La gente suele decir que es buena porque no le hace mal a nadie. Aparte de que me resulta muy difícil tragarme ese sapo (no creo que exista alguien que no le haya hecho mal a nadie), la verdad es que, en estricta rigurosidad, la proposición «no le hago mal a nadie, luego soy bueno» no se sigue. De no hacer el mal lo único que podría deducirse —¡y eso asumiendo cierto pragmatismo moral!— es que uno no es malo; no que es bueno. Así que no solo es una afirmación de dudosa rigurosidad conceptual, sino imposible de creer en la práctica.

La realidad es que no somos buenos y, como no lo somos, pues no podemos alcanzar el Sumo Bien por nuestra propia cuenta. ¡Estamos tan separados del Sumo Bien como cualquier número lo está del infinito! (El infinito, por cierto, no es un número). Esto nos deja en un dilema terrible, porque si el sumo bien existe, por supuesto que querríamos y deberíamos estar allí, pero no tenemos cómo alcanzarlo. C. S. Lewis lo pone en estos términos en Mero cristianismo:

Este es el terrible dilema en el que nos hallamos. Si el universo no está gobernado por una bondad absoluta todos nuestros esfuerzos, a la larga, son inútiles. Pero si lo está, entonces nos estamos enemistando todos los días con esa bondad, y no es nada probable que mañana lo hagamos mejor, de modo que, nuevamente, nuestro caso es desesperado. No podemos estar sin ella ni podemos estar con ella.

He ahí la falla de todas las religiones: no se trata de hacer y hacer cosas para ver si al final en promedio soy mejor que peor, porque el promedio es por definición mediocre. Y mediocre en términos de moral es realmente malo (piense qué pasaría si en su próxima entrevista de trabajo usted tuviera la franqueza de decir: «Me considero moralmente mediocre»). En términos de moral, todo lo que caiga por debajo del perfecto estándar de bondad, por definición, no es bueno. La calificación definitiva en moral viene dada en dos posibilidades: o todo lo hago perfecto y mi calificación definitiva es 100, u obtengo un redondo y regordete 0 si en alguna cosa, por pequeña que fuera, me equivoqué. Porque si falto a un punto de la ley moral, ya falté a toda la ley. Seamos honestos, nuestra conciencia lo sabe, nuestra almohada y nuestro pasado atestiguan contra nosotros. Así las cosas, no importa qué hagamos, nunca vamos a dar la talla. Infinito menos cualquier número es infinito. La religión es un fracaso desde su concepción.

Sobre la particularidad del cristianismo

Cristo, por el contrario, plantea que solo por medio de Él es posible alcanzar el cielo, que Él es la verdad y la fuente de vida. Por eso nos tachan a los cristianos de discriminadores. ¡Cómo así que solo hay un camino! ¡Cómo así que solo hay una verdad! ¡Cómo así que solo Él es vida! ¡Es el colmo!

Pero esta objeción es problemática al menos en un par niveles: Primero, toda afirmación de verdad es, por definición excluyente:  2 + 2 = 4 excluye todas las demás posibilidades, que son infinitas no contables; ese solo hecho produce que todo el que diga cualquier otra cosa diferente a 2 + 2 = 4 está equivocado. Yo no discrimino; más bien, el error excluye de la verdad. Segundo, bajo el mismo criterio, quien afirme que todas las opciones son verdaderas, termina discriminando a quien piense que no todas lo son, con lo cual la crítica se cae por reducción al absurdo.

Las religiones, los sistemas filosóficos y las cosmovisiones suelen afirmar proposiciones enfrentadas, de manera que terminan excluyendo casi todas las demás posibilidades. Por ejemplo, el budismo surge en completa oposición al hinduísmo, luego las dos se contradicen (motivo de cruentas guerras por muchos siglos); el judaísmo dice que solo la práctica de sus incumplibles e insufribles leyes da vida (Lv. 18:5; como también lo reconoce Pablo en Ro. 10:4-5 y Gá. 3:12, y el mismísimo profeta Ezequiel en el Antiguo Testamento: Ez. 20:25) y basa su justicia en la herencia de sangre, con lo cual excluye a todo el que no es judío; el islamismo llama a la muerte de todos los infieles que no practiquen el islam; el politeísmo excluye al monoteísmo y viceversa; el neoateísmo es soberbio, grotesco y discrimina a todo el que sea teísta, en particular al cristianismo, al cual ataca con saña; las religiones politeístas, con sus dioses inmanentes, excluyen las monoteístas, cuyas divinidades son trascendentes; el hedonismo y el estoicismo se oponen entre sí. Y para terminar, la posición que afirma que todas las opciones existentes están erradas es en sí misma una cosmovisión que se presenta en franca contención con… todas las demás opciones existentes.   

Está en la naturaleza de toda afirmación —religiosa o no— excluir cosas, si es que con ella realmente se está informando algo. De hecho, en la construcción matemática de la teoría de información un evento informa más que otro en tanto excluya más posibilidades (entre más improbable un evento, mucho más informa, y viceversa). De otra parte, la palabra intelecto proviene de las dos raíces latinas inter y legos; es decir, escoger entre [opciones]. Es apenas natural que uno espere que una persona inteligente informe, que cuando diga algo deseche opciones. Más aún, aquella raíz latina legos proviene a su vez de una raíz indoeuropea de la cual también se deriva la palabra griega logos, que significa conocimiento o saber. Al final de cuentas, es imposible construir conocimiento, saber e instruir, sin excluir opciones.

Resulta entonces insostenible que una proposición cualquiera sea falsa solo porque excluya otras proposiciones. Las ideas se sostienen o se caen por el peso de sus ideas; por lo que excluyan, no porque excluyan. En particular, es insostenible que el cristianismo sea falso porque afirme que solo hay un camino al Sumo Bien: que Dios se acerque a nosotros, porque nosotros no podemos acercarnos a Él. Más bien, parece bastante obvia la carencia de las demás religiones cuando afirman que estamos en capacidad de alcanzar la excelencia moral por nuestra propia cuenta, porque un análisis de muy pocos segundos de nuestro pasado nos revelará a cada uno que hace tiempos nos quedamos cortos de ese estándar.

La verdad del cristianismo

Ahora, la falsedad de las otras religiones no hace verdadero al cristianismo porque se oponga a ellas, pero sí hace su mensaje internamente consistente. Necesitamos la ayuda de Dios para alcanzar a Dios. Necesitamos que quien satisfaga el estándar sirva de puente entre la tierra y el cielo, entre los humanos y Dios. Pero por definición quien satisfaga el estándar de perfección moral, quien alcance el Sumo Bien, tiene que ser Dios mismo. ¡Esa exactamente era la afirmación de Cristo sobre sí mismo!

La realidad es que el único castigo justo por mi incompetencia moral (es decir, mi pecado) es la muerte: si Dios es por definición Vida y Sumo Bien, pues no alcanzar el Sumo Bien significa no alcanzar la Vida. O sea, mi incompetencia moral significa la muerte; la paga del pecado es muerte. Sin muerte, no se sirve la justicia. Si no se sirve la justicia, Dios sería injusto, luego no sería Dios. Por eso no se equivocaban las religiones antiguas al ofrecer sacrificios (o algo o alguien pagaba por ellos o pagaban ellos). Se equivocaban en lo que sacrificaban —por naturaleza imperfecto—, mas no en sacrificar. Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados. Si no he de pagar yo, alguien como yo pero sin mis errores tiene que pagar. Por lo tanto, el único sacrificio válido por mi pecado debe ser humano como yo, pero perfecto y por ende también divino.

Ese es Cristo. ¿Cómo lo probó? Con su resurrección. Su resurrección no es solo un milagro físico con amplia documentación histórica (tema sobre el cual se puede decir mucho, pero no es el objeto de este escrito), sino la demostración de que Dios Padre aceptó el sacrificio: fue perfecto y por lo tanto, en cuanto humano, no merecía quedarse muerto; y en cuanto divino, no podía quedarse muerto. por lo cual el Espíritu Santo lo resucitó. La Trinidad completa obra en toda su capacidad en el momento cumbre de la historia: la Segunda Persona encarnada se ofreció en sacrificio por los pecados de los humanos y la Primera Persona aceptó el sacrificio, por lo cual la Tercera Persona la resucitó.  

El cristianismo parece entonces una locura, debemos conceder eso. Pero que parezca locura no lo hace falso y menos inconsistente. La verdad es que la única opción de subir al cielo es es que el cielo baje primero a la tierra y nos suba con él. Por lo tanto, si el cristianismo no es cierto, solo queda desesperanza. Al fin y al cabo, ya sabemos que las otras religiones son falsas. De modo que si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe.

Pero si Cristo resucitó, significa que Él es quien dijo ser y que sus palabras son verdaderas. La esperanza de la humanidad pende de una cruz y una tumba vacía (una introducción a la evidencia histórica de la resurrección de Cristo puede encontrarse acá). Él pagó por mis pecados para que yo tenga acceso al Sumo Bien, a la Vida, a la presencia de Dios. Lo único que tengo que hacer para estar en comunión con Él es aceptar el regalo que me hizo. Mi parte es pasiva: aceptar su regalo. Tengo comunión con Dios por lo que Cristo hizo por mí, no por nada que yo haya hecho o llegue a hacer. 

 

 

¿Se pierde la salvación?

Es difícil relacionarnos con quienes se creen mejores. Primero, porque nunca van a aceptar que necesitan ser amados y, por lo tanto, no van a recibir nuestro amor; segundo, porque les cuesta amar debido a que en su mundo imaginario nadie les da la talla. Por supuesto, creerse mejor, más, en cualquier sentido es fariseísmo puro y duro, orgullo. El orgullo nos deshumaniza, pues nos impide dar y recibir amor. Y el amor es, sobre todas las cosas, lo que más humanos nos hace. Por eso nadie quiere estar en una relación con una persona orgullosa, porque el orgulloso solo se ama a sí mismo. El orgulloso se aliena y nos aliena.

En medio de tantas cosas complicadas que tiene el sufrimiento, hay una que siempre me ha llamado la atención y me ha tenido perplejo ya por varios años: el sufrimiento mide como nada más nuestra capacidad de amar. Si la distancia se mide en metros y el peso en gramos, la medida del amor es el sufrimiento. Usted se da cuenta de qué tanto ama por la cantidad de sufrimiento que está dispuesto a sobrellevar por el objeto de su amor. De la misma manera se da cuenta de qué tan amado es.

Así, nuestra humanidad nos impulsa a amar y hace necesario que seamos amados. Por ello en el fondo todos anhelamos estar en una relación en la que nos acepten a pesar de nuestros errores y defectos. Semejante nivel de aceptación nos haría sentirnos vivos y libres. Nada nos da más libertad que ser amados a pesar de nosotros mismos; saber que, aunque nos equivoquemos, ahí estará la otra persona para acompañarnos y levantarnos. En medio de una relación de este tipo, el miedo a que mis errores me descalifiquen simplemente no existe, precisamente porque soy tan amado que ningún error me sacaría de ella. Ahora, es obvio que esto hace completamente canalla probar el límite del amor de la otra persona, puesto que requeriría hacerla sufrir innecesariamente solo para satisfacer un capricho de mi egoísmo; quien así actúa no ama.

El caso es que lo único que puede romper esta relación que venimos describiendo no son los errores internos de las partes, sino la decisión libre de cualquiera de ellas para acabar con la relación; es decir, la decisión de no amar más a la otra persona. Por ello no tiene sentido prohibir el divorcio. El divorcio tiene que ser una posibilidad real que ninguno de los dos toma voluntariamente porque ama al otro. El divorcio tiene que existir porque el amor es un decisión del libre albedrío.

El matrimonio es la decisión voluntaria entre dos personas que se aman de mantener su lazo de amor durante todo lo que les reste de vida. Es una relación en la que el uno busca el bienestar y la felicidad del otro. El matrimonio es una relación en la cual cada uno de los dos involucrados decide permanecer en amor para el otro a sabiendas de que este va a cometer equivocaciones, ¡y muchas! Es decir, el matrimonio es una relación en la que ninguno de los dos va a negarle al otro el privilegio del amor, aunque el otro se equivoque, aunque la vida duela.

La Biblia utiliza precisamente el matrimonio como analogía de la relación de los creyentes con Dios. Hay todo un libro de la Biblia —el Cantar de los Cantares— que describe en verso el estado ideal de esta relación apasionada de amor. Por eso les dice Pablo a los efesios que los maridos deben amar a sus esposas así como Cristo amó a su iglesia y se entregó a sí mismo por ella.

Es una analogía realmente profunda. Por ejemplo, hay una relación cercana entre los sacramentos de la ceremonia de bodas y el bautismo. En la ceremonia de bodas se oficializa la unión de la pareja; en el bautismo se oficializa la unión con Dios. También hay una relación cercana entre el disfrute sexual en el matrimonio y la plenitud de gozo y las delicias que se experimentan en la intimidad con Dios.

Ahora, aunque en las relaciones humanas es problemático estar con quien se cree perfecto, en la relación con Dios su perfección no es un problema precisamente porque Él sí es perfecto. Y su perfección nos garantiza en particular la perfección de su amor por nosotros. Dios no solamente ama. Dios es amor. Su esencia es amar, su esencia es amarnos. No podemos hacer nada para que Dios nos ame más o nos ame menos. Por su propia naturaleza ya nos ama y lo hace perfectamente. Esta es la garantía que tenemos de que Él no nos va a abandonar en nuestra relación con Él, así nos equivoquemos, así pequemos. El amor que Dios tiene por nosotros es precisamente el estándar bajo el cual deberían funcionar todas las relaciones humanas. Es su amor lo que lo hace un Dios perdonador. Es el amor lo que debería hacernos a nosotros perdonadores también.

Ahora, así como en la relación matrimonial existe la posibilidad del divorcio, en la relación con Dios también existe la posibilidad de terminar la relación. Pero sabemos que una de las partes no va a claudicar: Dios. Él nos va a amar y va a querer seguir sin importar lo que pase, lo que hagamos. Sin embargo, nosotros sí podemos tomar la decisión de terminar nuestra relación con Él. Así, el divorcio tiene también su análogo en la relación con Dios: la apostasía. La decisión consciente de rechazar su gracia y su amor. Tal vez es esta analogía la que también explica entonces lo terrible que resulta un divorcio.

Una vez Él ha ofrecido su gracia, la decisión de aceptar o rechazar su regalo es potestad nuestra, pertenece a nuestro libre albedrío. La salvación no es otra cosa que pasar a tener comunión con Dios. Si no queremos esa comunión, no somos salvos. Pero si decidimos entrar y permanecer, nada nos va a separar de Él; no hay pecado que pueda romper el lazo que ahora compartimos. Así como las vicisitudes de un buen matrimonio (¡y los buenos matrimonios han pasado muchas pruebas!) no lo van a destruir, mis errores con Dios no van a destruir mi relación con Él. Lo único que pudiera romper esa relación es que yo decida salir de esa relación, que me divorcie de Él, que apostate.

Más aún, en el desproporcionado amor de Dios, ¡Él está dispuesto a aceptar de vuelta al apóstata arrepentido! Esa es la increíble historia del profeta Oseas, que se casó con una prostituta llamada Gómer y que en repetidas ocasiones lo abandonó para irse en pos de sus amantes. También es la historia del hijo pródigo. Y no sé a usted, pero a mí esto me abruma, me trasciende en todos los sentidos; yo no encuentro la forma de entender tanto amor derrochado. Me conmueve hasta las lágrimas. Que aun si yo lo abandono —¡y yo lo abandoné!—, Él me reciba en sus brazos si llego arrepentido de mi apostasía; que aún si lo cambio y lo remplazo por otros ídolos, Él esté dispuesto a recibirme, como Oseas a Gómer, como el padre al hijo pródigo. No lo alcanzo a asir desde ningún punto de vista. Yo he estado en la posición de Dios en situaciones menos graves y no he podido amar más, se me ha acabado el amor. No entiendo cómo puede amar Él tanto, no me alcanza la vida para comprenderlo, solo puedo disfrutarlo. ¡Bendito sea mi Señor y Dios por extenderme sus brazos de amor y aceptarme de vuelta en su regazo! No sé qué sería de mí en otro escenario.

La apostasía es entonces lo que la Biblia llama el pecado imperdonable, la blasfemia contra el Espíritu Santo. Y lo es porque cualquier otro pecado de los hijos de Dios, pasado, presente o futuro, ya fue perdonado en la cruz. La deuda está saldada para nosotros de forma vitalicia si permanecemos en Él. Si decidimos desechar nuestra relación con Dios, menospreciando la sangre de Cristo derramada por amor a nosotros, entonces quedamos por fuera de la relación. Pero en ese caso no perdimos la salvación; más bien, la rechazamos. No obstante, si nos arrepentimos como el hijo pródigo (y nótese que lo que él hizo fue apostatar, pues desechó su relación con su padre pidiéndole incluso su herencia), el Señor en su misericordia nos estará esperando para darnos la bienvenida a su familia una vez más.

Así las cosas, ni el calvinismo ni el arminianismo tienen la razón en su maniquea disputa, que para colmo de males parece entre dos extremos errados. El calvinismo, aparte de representar a un dios injusto y caprichoso que escoge a unos para condenación y a otros para salvación, niega que el hombre tenga responsabilidad en aceptar o rechazar la gracia que se le ofrece. Por otro lado, el arminianismo se la pasa condenando y expulsando de la gracia al creyente por cada pecado cometido, cosa contraria al mensaje neotestamentario.

La salvación ha de entenderse como una relación entre dos personas que libremente han decidido entregarse el uno al otro. Cierto es que la preeminencia la tiene Dios: si no hubiera decidido acercarse, nada que nosotros hiciéramos pudiera habernos llevado a Él. Si Él no se hubiera hincado para ofrecerme el anillo, yo no hubiera tenido la forma de casarme nunca con Él. Pero una vez Él me ofrece ese anillo, el más fino de todos, comprado con el precio de su sangre inocente en el Calvario, es potestad mía recibirlo o rechazarlo. Yo, como la novia a quien se le propone matrimonio, puedo decir «Sí, acepto» o «No, gracias; no me interesa».

Y yo a Él le diría mil veces sí. Nunca más me voy a alejar de Él. Nunca. Él es mi sueño de amor hecho realidad.