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La visión

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Otro rey había muerto. Once descendientes y 230 años después, la promesa seguía sin cumplirse. Este, más que todos los anteriores desde la división del reino, parecía que iba a ser el elegido. Siguió a Dios y comprendió sus caminos; conquistó a los filisteos y a los árabes; hizo tributarios a los amonitas; reestructuró y dotó a su ejército; hizo florecer la ciencia y la ingeniería en ciudades, campos y desiertos; y convirtió a su reino en potencia para admiración de todos los demás. Desde la división, ningún gobernante había expandido tanto el dominio de su reino. Pero el corazón del hombre es fácilmente corruptible, y el poder, que tiene voluntad propia, traicionó al rey, llevándolo a su muerte. El éxito se le subió a la cabeza y quiso hacer también de sacerdote, por lo cual Dios lo castigó con lepra, forzándolo a dejar su trono en vida, apartado de todos los demás, mientras su hijo gobernaba en su lugar durante once años, hasta de su muerte.

Cuando la bendición tarda en cumplirse, pesa como maldición y nos comienza a parecer que nos imaginamos la voz que la promulgó, que nunca fue verdad; la esperanza se aferra entonces a la promesa con una fuerza solo comparable a la infinita resignación que la espera produce. El pueblo estaba descorazonado, la familia real, desolada. Y precisamente en aquel momento, uno de los príncipes tuvo una visión tan magnífica como aterradora:

En el año de la muerte del rey, vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime.

El Dios de su pueblo, el de sus ancestros, estaba sentado en su trono alto y sublime, resplandeciendo con toda su gloria, mientras los serafines que lo rodeaban le cantaban permanentemente «¡Santo, santo, santo, Yahvé Sebaot, que llena toda la tierra de su gloria!».

No hay realeza que pueda preparar a príncipe alguno para presenciar tanta majestad. El príncipe estaba espantado. Pero en medio de su espanto, entendió. Había muerto el rey, pero el Rey vivía para siempre. Los reyes de la tierra —sin importar cuán ilustres— mueren como sus regidos —sin importar cuán vulgares—. Por lo tanto, la promesa no podía recaer sobre un simple ser mortal. Ni siquiera sobre uno angelical, pues los serafines, espectaculares como eran, tampoco podían contemplar de frente la gloria del Rey. El heredero debía ser superior a los hombres, ¡superior a los ángeles! Debía ser divino. El pacto con el rey pastor requería la encarnación del Dios verdadero en uno de sus descendientes. Solo de esta manera, ¡y de ninguna otra!, se cumpliría la promesa.

Su visión del Rey de los cielos determinó su llamado. Después de otro rey muerto, diría al nuevo monarca incrédulo:

¡Escuchen ahora ustedes, los de la dinastía de David! ¿No les basta con agotar la paciencia de los hombres, que hacen lo mismo con mi Dios? Por eso, el Señor mismo les dará una señal:
La virgen concebirá y dará a luz un hijo y lo llamará «Dios con nosotros».
Porque un niño nos es nacido,
un hijo nos es dado,
y el principado será sobre su hombro.
Y será su nombre
Admirable Consejero, Dios Fuerte,
Padre Eterno y Príncipe de Paz.
Su soberanía se extenderá
y su paz no tendrá fin.
Gobernará sobre el trono de David
y sobre su reino,
estableciéndolo y sosteniéndolo
con justicia y rectitud
desde ahora y para siempre.

La superficialidad no es una opción

A pesar de lo que muchos puedan pensar con respecto a la Biblia, los libros que la componen son obras maestras de la literatura universal. Por ejemplo, 1 Corintios posee una riqueza literaria superlativa. En particular, 1:17—2:2 es de tan alta facundia que abruma y revela la estatura intelectual de Pablo de Tarso. El texto es en realidad un poema. Como lo explica K. A. Bailey (en cuyas ideas basaré esta entrada), está escrito «en verso». Así que, con algo de transliteración del griego, voy a intentar hacer la profundidad literaria más clara:

A.     1. Pues no me envió Cristo a bautizar,
              2. sino a predicar el evangelio;
                   3. no con sabiduría de palabras,
                        4. para que no se haga vana la cruz de Cristo.
     B.     1. Porque la palabra de la cruz es locura a los que son destruidos;
                   2.  pero a los que se salvan, esto es, a nosotros,
                   2′. es poder de Dios
              1′. Pues está escrito: «Destruiré la sabiduría de los sabios»
              a.     («y desecharé el entendimiento de los entendidos»).
           C.     1. ¿Dónde está el sabio?
                         2.  ¿Dónde está el escriba?
                         2′. ¿Dónde el erudito de esta época?
                    1′. ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?
               D.     1. Pues ya que en la sabiduría de Dios,
                        2. el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría,
                   E.     1. agradó a Dios, mediante la locura de la predicación,
                            2. salvar a los creyentes.
                         F.     1. Porque los judíos piden señales,
                                  2. y los griegos buscan sabiduría;
                              G.     1. pero nosotros predicamos
                                       2. a Cristo crucificado,
                         F’.    1. para los judíos ciertamente tropezadero,
                                 2. y para los gentiles locura;
                    E’.     1. mas para los llamados        b. (tanto judíos como griegos)
                             2. Cristo [es] poder de Dios, y sabiduría de Dios.
               D’.     1. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres,
                         2. y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres
                                                 c. (pues consideren, hermanos, su propio llamamiento).
         C’.    1. No muchos de ustedes son sabios según la carne,
                      2.  ni muchos, poderosos;
                      2′. ni muchos, nobles;
                 1′. sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios
                                           d. (y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte)
                                           e(y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios,
                                               y lo que no es para deshacer lo que es).
     B’.     1. A fin de que nada en la carne se gloríe en la presencia de Dios,
                   2.  por quien ustedes están en Cristo Jesús,
                   2′. a quien Dios hizo sabiduría para nosotros
                        f. (esto es, justificación santificación y redención),
               1′. para que, como está escrito: «El que se gloríe, que lo haga en el Señor».
A’.     1. Y cuando fui a ustedes    g. (y fui a ustedes),
              2. no fui con excelencia de palabras     h. (ni de sabiduría)
                   3. para anunciarles el testimonio de Dios,
                        4. pues me propuse no saber entre ustedes de cosa alguna,
                            sino de Jesucristo, y de este crucificado.

Los antiguos poetas, como los contemporáneos, no buscaban tanto la rima de sonidos (aunque a veces sí), sino la rima de ideas. Para esto recurrían a una figura literaria muy elaborada llamada paralelismo. Este poema tiene siete unidades, dadas por las letras mayúsculas en la separación anterior. En ellas se presenta el llamado paralelismo invertido: la primera unidad está asociada con la última; la segunda, con la penúltima; la tercera, con la antepenúltima; y así sucesivamente hasta llegar a un punto de pivote en el medio del poema:

A.     Predico la cruz
     B.     Ellos, que son destruidos
              nosotros, que somos salvos
           C.     El sabio (el erudito) hecho necio
               D.     La sabiduría de Dios y la ignorancia del hombre
                   E.     La predicación salva a los creyentes
                         F.     Los judíos y los griegos rechazan
                              G.     Predicamos la cruz
                         F’.    Los judíos y los gentiles rechazan
                    E’.     Cristo es poder y sabiduría para los llamados
               D’.     La sabiduría de Dios y la debilidad del hombre
         C’.    Los sabios (los fuertes) avergonzados
     B’.     Ellos, que se jactan
               ustedes, que están en Cristo
A’.     Yo predico la cruz

LAS SEIS UNIDADES EXTERNAS (A-B-C-…-C’-B’-A’)

A y A’

Las líneas de A y A’ forman conjuntamente otra forma de paralelismo llamado paralelismo escalonado.  Es decir, la primera línea de A está relacionada con la primera de A’; la segunda línea de A, con la segunda de A’; la tercera de A, con la tercera de A’; y la cuarta de A, con la cuarta de A’:

A.     1. Pues no me envió Cristo a bautizar,
              2. sino a predicar el evangelio;
                   3. no con sabiduría de palabras,
                        4. para que no se haga vana la cruz de Cristo.

A’.     1. Y cuando fui a ustedes    g. (y fui a ustedes),
              2. no fui con excelencia de palabras     h. (ni de sabiduría)
                   3. para anunciarles el testimonio de Dios,
                        4. pues me propuse no saber entre ustedes de cosa alguna,
                            sino de Jesucristo, y de este crucificado.

Las ideas explícitas de cada párrafo son, a saber:

1. La venida de Pablo.
         2. No con palabras sabias.
                3. La predicación.
                       4. La cruz de Cristo.

El lector atento notará que en la anterior descripción las líneas 2 y 3 de A están invertidas, y que la 1 está negada; a diferencia de lo que acontece en A’, que coincide en todo con la descripción explícita. La mejor forma de entender esto es que probablemente Pablo pasó mucho tiempo —quizás años— escribiendo este poema, y las líneas iniciales eran:

A.     1. Pues Cristo me envió,
              2. no con palabras sabias;
                   3. sino a proclamar el evangelio,
                        4. para que no se haga vana la cruz de Cristo.

Sin embargo, como antes del inicio del poema Pablo estaba contrarrestando divisiones relacionadas con el bautismo de algunos miembros de la iglesia de Corinto, para poder insertar su poema y mantener el contexto cambia la línea 1 de A. Esto lo forzó a cambiar el orden de las líneas 2 y 3, pues de otra manera la frase perdería todo sentido.

B y B’

Las unidades B y B’ son internamente paralelismos invertidos también:

B.     1. Los que se destruyen.
                   2.  Los que se salvan.
                   2′. Poder de Dios.
         1′. Está escrito: «Destruiré».

Las líneas 1 y 1′ coinciden, así como las 2 y 2′. Alguien dirá que la semejanza está un poco refundida entre 2 y 2′, y quizás tenga algo de cierto en la construcción semántica. No obstante, la teología paulina y todo el Nuevo Testamento enseñan que la salvación solo es por el poder de Dios y no por méritos humanos. De otro lado, para compensar un poco esta dispersión entre 2 y 2′, Pablo hace que las dos líneas mantengan ritmo y rima pues en el griego coincide  el sonido de las voces finales y las líneas tienen 8 y 7 sílabas, respectivamente.

En cuanto a B’, el paralelismo invertido puede verse así:

B’.     1. Los que se glorían.
                   2.  Ustedes en Cristo.
                   2′. Sabiduría de Dios.
          1′. Está escrito: «Que se gloríen en el Señor».

Como si fuera poco el paralelismo invertido al interior de de B y B’, Pablo hace que las dos unidades funcionen como un paralelismo escalonado, tal como ocurrió con A y A’:

B.     1. Los que se destruyen.
              2. Los que se salvan.
                   2′. Poder de Dios.
                        1. Está escrito: «Destruiré».

B’.     1. Los que se glorían.
              2. Ustedes en Cristo.
                   2′. Sabiduría de Dios.
                        1. Está escrito: «Que se gloríen en el Señor».

C y C’

Al igual que B y B’, las unidades C y C’ también manejan internamente paralelismos invertidos:

C.     1. El sabio.
                         2.  El escriba (sabio judío).
                         2′. El erudito (sabio griego).
         1′. La sabiduría hecha locura.

C’.    1. Los sabios.
                      2.  Poderosos.
                      2′. Nobles.
          1′. Los sabios hechos necios.

Y así como con A y A’, y B y B’, las unidades C y C’ también forman un paralelismo escalonado, en el que el asunto de C es el conocimiento, y el de C’, el poder (además, ha de añadirse que en la sociedad judía de la época, las clases dominantes eran las religiosas, los escribas ostentaban también poder político):

C.     1. El sabio.
              2. El escriba.
                   2′. El erudito.
                        1. La sabiduría hecha locura.

C’.     1. Los sabios.
              2. Los poderosos.
                   2′. Los nobles.
                        1. Los sabios hechos necios.

Por último, vale la pena mencionar que en estas 24 líneas de A-B-C-C’-B’-A’, la última línea de cada unidad es el tema con el que comienza la primera línea de la siguiente, excepto en una ocasión (B’2-A’1):

A1 – – – Fui enviado.
A4 – – – La cruz de Cristo.
B1 – – – El mensaje de la cruz.
B4 – – – Los sabios.
C1 – – – El sabio.
C4 – – – Sabiduría del mundo.
C’1 – – – Los sabios según la carne.
C’4 – – – Los sabios avergonzados.
B’1 – – – Nadie puede jactarse en la carne.
B’2 – – – Jactarse en el Señor.
A’1 – – – Vine (¿?)
A’4 – – – Cristo crucificado

LAS SIETE UNIDADES INTERNAS (D-E-F-G-F’-E’-D’)

En medio de las 24 líneas de A-B-C-…-C’-B’-A’, están las siete unidades D-E-F-G-F’-E’-D’. Catorce líneas («versos») que crecen desde D en 7 líneas hasta el punto de pivote G y luego decrecen desde G en 7 líneas hasta D’. Además, las dos líneas de G tienen cada una 7 sílabas en el original griego. De manera que el 7 está presente de 3 formas en el centro del poema:

               D.     1. Pues ya que en la sabiduría de Dios,
                        2. el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría,
                   E.     1. agradó a Dios, mediante la locura de la predicación,
                            2. salvar a los creyentes.
                         F.     1. Porque los judíos piden señales,
                                  2. y los griegos buscan sabiduría;
                              G.     1. pero nosotros predicamos
                                       2. a Cristo crucificado,
                         F’.    1. para los judíos ciertamente tropezadero,
                                 2. y para los gentiles locura;
                    E’.     1. mas para los llamados        b. (tanto judíos como griegos)
                             2. Cristo [es] poder de Dios, y sabiduría de Dios.
               D’.     1. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres,
                         2. y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres
                                                 c. (pues consideren, hermanos, su propio llamamiento).

D-E-E’-D’

Puede verse también que la línea D1 repite el asunto de las dos líneas externas de C (C1 y C4), y D2 repite el asunto de las dos líneas internas de C (C2 y C3). Igualmente ocurre en la comparación de C’ y D’ (D’1 sienta el patrón de C’1 y C’4; y D’2 sienta el patrón de C’2 y C’3). Y para continuar la tendencia las unidades D-E-E’-D’ están conectadas como sigue:

               D.     La sabiduría de Dios (y el mundo).
                   E.     La predicación: locura de Dios (y los salvos)
                   E’.     La sabiduría de Dios (y los salvos).
               D’.     La locura de Dios (y el mundo).

F-G-F’

Los tres pares de unidades centrales son el clímax del poema. Las dos líneas de F riman en el griego, y las cuatro líneas de G-F’ tienen 7 sílabas cada una, cosa claramente deliberada. Los temas centrales de estas tres unidades son:

               El mundo y la sabiduría de Dios.
                   La predicación (y los que creen).
                         Judíos y griegos (que no creen).
                              La cruz.
                         Judíos y griegos (que no creen).
                    Cristo: la sabiduría de Dios (y los llamados).
               El mundo y la sabiduría de Dios.

CONCLUSIÓN

Mucho más puede decirse con respecto al aspecto literario de este poema. Pero me parece que con lo expuesto acá la situación queda más que clara.

  1. Pablo es un genio desproporcionado.
  2. Debió pasar meses, probablemente años, escribiendo este poema antes de plasmarlo en la primera carta a los Corintios.
  3. Por lo tanto, la inspiración divina funciona de muchas maneras. No es solo que de repente «le cayó la moneda». Esto también puede verse al menos en otros documentos paulinos: a) En la defensa que hace el apóstol del evangelio que recibió del cielo en la carta a los Gálatas; es decir, Gálatas está plasmando ideas que él ya tenía claras en su cabeza. b) En Romanos, su obra maestra; pues en esta carta expone con muchísimo más detalle la idea de su evangelio, que años antes había comenzado a plasmar por escrito en la carta a los Gálatas.
  4. Las críticas al cristianismo por superficial lo único que revelan es la superficialidad de quienes lo critican. Es hasta entendible que a algunos les parezca difícil de aceptar, pero es incomprensible que se le deseche como una simple superficialidad.
  5. Cuando Pablo dice en el medio del poema que no habla con palabras de humana sabiduría, lo está diciendo en sentido figurado. Pues queda claro que estas líneas son una obra maestra de la lengua griega. Más bien, lo que está diciendo es que todo su extraordinario conocimiento e intelecto lo rinde a los pies de la cruz de Cristo.
  6. Es inconcebible entonces que haya supuestos expertos en Biblia que no quieran conocer el griego y se jacten desde sus altares de no conocerlo. Tienen la misma credibilidad que un experto en Shakespeare que no quiere conocer el inglés o un experto en Cervantes que no quiere conocer el español. ¡No se puede apelar a la superficialidad en nombre del Logos!
  7. Por último, este poema revela por completo el pensamiento y la vida de Pablo: renunció al honor y al poder del mundo, cosa que era una locura, con el fin de aceptar la locura del evangelio de la cruz de Cristo. Más aún, el poema comienza (A), termina (A’) y tiene su clímax (G) en la cruz de Cristo y en su consiguiente predicación. Lo demás, así al mundo le parezca locura, es paisaje.

Yo sé que mi Redentor vive

Yo sé que mi Redentor vive,
y al fin se levantará sobre el polvo;
y después de desecha esta mi piel,
en mi carne he de ver a Dios;
al cual veré por mí mismo,
y mis ojos lo verán, y no otro,
aunque mi corazón desfallece dentro de mí.
Job 19:25-27

Pocos textos bíblicos me arroban el alma con tanta fuerza como esta declaración del patriarca uzita Job. Aunque los eruditos datan el libro de Job del siglo 6 a.C., al parecer la historia como tal se remonta a una tradición oral al menos tan antigua como el mismo Moisés; cosa que la situaría como una de las más antiguas historias bíblicas, si no la más antigua. Job está tan bien escrito, es tan virtuoso su verso, que el gran poeta británico Alfred Lord Tennyson lo llamó «el más grande poema de los tiempos antiguos y modernos».

Y este preludio le da fuerza a dos cosas que quiero decir. Primero, el mensaje de Job es universal. ¿Por qué? Porque Job era de la lejana y extraña tierra de Uz y al parecer la historia es anterior a la formación del pueblo de Israel. Por lo tanto, su mensaje trasciende el judaísmo; la antigüedad y lejanía geográfica conllevan el contexto de sabiduría ancestral que apela más allá de un grupo nacional o cultural particular. Es decir, la metanarrativa de Job sitúa la historia en un contexto que abarca a toda la humanidad.

Segundo, hay un clamor existencial profundo en las palabras de Job. La estructura poética, sobre todo esta tan bien lograda, trasmite un mensaje para el que la sola literalidad es inadecuada. Cierto, necesitamos como Job un Redentor que muera y resucite por nosotros, eso es claro de la literalidad. Pero el poema marca con increíble fuerza que, además de necesitarlo en medio de nuestros sufrimientos, lo anhelamos; y si ese anhelo no se hace realidad, la vida termina truncada, incompleta y sin sentido, como en un escrito de Jean Paul Sartre.

Por eso decía C. S. Lewis que si tenemos deseos y nada en este mundo puede satisfacerlos, es porque fuimos hechos para otro mundo. Y por eso Lewis y Tolkien concluyeron que el cristianismo es «el mito que se hizo realidad». Cristo resucitó, no le quepa la menor duda (para una introducción histórica a los argumentos vea aquí y aquí). Y al resucitar hizo la creencia de Job y de todos los cristianos no solo una historia que necesitábamos y anhelábamos cierta, sino una que es cierta.

La historia de Job, hace al menos 4500 años, tiene todo el mensaje del evangelio: necesitábamos un Redentor como nosotros —luego humano— para que muriera en lugar de nosotros, pero perfecto —luego divino— para que expiara nuestros pecados y Dios lo resucitara («Yo sé que mi Redentor vive // y al fin se levantará sobre el polvo»); y así después resucitarnos a nosotros en el cuerpo («en mi carne he de ver a Dios», «mis ojos lo verán, y no otro»).

La resurrección es completamente relevante para la historia de la humanidad. Como dijera el historiador Jaroslav Pelikan: «Si Cristo resucitó, nada más importa; y si Cristo no resucitó, nada más importa». Sobre lo segundo, en ausencia de la resurrección, la necesidad y el anhelo de Job —y de todos nosotros— quedarían insatisfechos. Y esto no solo en cuanto a lo individual, sino a lo social. De hecho, John Gray y Tom Holland, reconocidos intelectuales ateos británicos, han defendido que sin el legado del cristianismo nuestra sociedad perdería el sentido y el norte (aquí y aquí). Al fin y al cabo, ¿sobre qué principios edificaríamos una nueva sociedad poscristiana? Y en caso de encontrarlos, ¿en qué los sustentaríamos? Si no existe un Dios más allá de este mundo natural, la idea de bondad se vuelve subjetiva, maleable a nuestro antojo (fueron ateos, como el mismo Nietzsche, como el mismo Huxley, quienes plantearon que si Dios no existía, la moral objetiva tampoco existía). Pero si ese Dios que existe más allá no entra en contacto con nosotros acá, así exista no nos sirve de nada. Por lo tanto Cristo.

La Trinidad en el cristianismo hace posibles las dos cosas, cerrando el círculo de manera perfecta. La trascendencia (necesaria para que Dios sea Dios y nuestros principios morales sean objetivos, entre otras cosas), y la inmanencia (necesaria, entre otras cosas, para nosotros, para que nuestra vida tenga sentido y podamos tocar lo divino) están patentes en ella. El cristianismo genera un marco conceptual tan increíblemente consistente que los demás sistemas palidecen en congruencia y sustento. Por eso también dijera Lewis en la que es quizás su frase más célebre:

Creo en el cristianismo como creo que el sol se ha levantado: no solo porque lo veo, sino porque por él veo todo lo demás.

Gray y Holland consideran al cristianismo un mito necesario, pero uno que no se ha hecho realidad. Entienden su importancia histórica y social y, como Nietzche, no ven con qué más se pueda remplazar. Igualmente Richard Rorty, famoso filósofo ateo del siglo pasado, aunque mucho defendió la democracia, reconoció que no había nada sobre lo cual sustentarla; porque, como reconociera en otro lado, solo la creencia en un Dios trascendente produce verdades objetivas. Pero los Grays, Hollands, Rortys y Nietzches de este mundo fallan en llevar sus ideas hasta sus últimas consecuencias. Se tienen que engañar para seguir viviendo. Son más coherentes los Robin Williams, los Anthony Bourdains y los Aviciis. Pues de nuevo, si Cristo no resucitó, nada importa. Nuestra sociedad occidental se derrumba como un castillo de naipes y nuestra existencia queda sumida en la crisis existencialista que produce náuseas y un constante y válido cuestionamiento de por qué no el suicidio. ¡Cuánto desasosiego en mantener una mentira útil! Si Cristo no resucitó, nada más importa. Pablo lo reconoció también así desde el principio cuando dijo que si Cristo no había resucitado, lo que creíamos los cristianos no nos serviría de nada y solo seríamos dignos de conmiseración. Si Cristo no resucitó, la angustia del corazón de Job no halla reposo y no tiene justificación. Si Cristo no resucitó, su deseo de redención y trascendencia queda eternamente insatisfecho.

Pero si Cristo resucitó, nada más importa. En particular, los sufrimientos de este mundo se vuelven tan solo pasajeros en comparación con la gloriosa eternidad que viene más adelante. Porque «mi corazón [que] desfallece dentro de mí» sabe que hay algo más allá de la muerte física, que la realidad no termina en este sufrimiento terrenal. El amor queda sellado para siempre por un Dios que lo dio todo, hasta su vida, sin importarle que por ello lo despreciaran, para acercarme a Él. La justicia se mantiene viva, porque Él es nuestra justicia ante Dios. Y la poética esperanza de verlo a Él, de entrar en contacto con lo divino, de por fin satisfacer ante una eternidad de plenitud de gozo y delicias junto a Él aquellos anhelos que nada en este mundo podía satisfacer, hace que todo, hasta el peor sufrimiento terrenal, tenga sentido. Entonces puedo amar (es decir, hacer el bien) abnegadamente y lleno de auténtica felicidad, ¡aunque duela!, porque la recompensa que por Cristo viviré allá hace este sufrimiento de acá infinitesimalmente irrelevante.

La resurrección de Cristo, vemos en Job, responde a un anhelo tan antiguo como el hombre mismo. Cristo muerto y resucitado es la respuesta para toda la humanidad. La resurrección de Cristo es la prueba de que este sí fue el mito que se hizo realidad.

Teología abierta: Análisis exegético

Ha venido tomando creciente fuerza en ciertos círculos protestantes, principalmente angloparlantes, una interpretación sobre la soberanía de Dios y el libre albedrío del hombre conocida como teología abierta. En palabras breves, la teología abierta afirma que Dios no conoce el futuro con exactitud, luego el futuro está abierto para Él (de aquí se deriva su nombre).

Según los teólogos abiertos, la ignorancia de Dios con respecto al futuro no menoscaba su omnisciencia porque, dicen ellos, el futuro no existe. Así, si el futuro no existe, no hay nada que Dios desconozca, de modo que su omnisciencia no se ve comprometida. No obstante, ha de aclararse que para el teólogo abierto los eventos futuros que Dios no conoce son los relativos a las acciones humanas —y posiblemente las angélicas—, mas sí conoce los eventos futuros que solo dependen de la naturaleza, como el momento y ubicación del siguiente terremoto, digamos.

Dice el teólogo abierto que Dios conoce todas las posibles opciones que tiene la persona a disposición en cada momento, pero no la decisión particular que va a tomar. Es decir, Dios tiene un gran árbol de decisión que se va actualizando a medida que avanza el tiempo y los humanos escogen una de las opciones particulares que Dios conoce. En otras palabras, antes de que una persona actúe, Dios conoce las acciones que podría hacer pero no la particular que hará. Solo cuando el futuro se vuelve presente termina Dios sabiendo a ciencia cierta qué decidieron los humanos. No antes.

El teísmo abierto es en su fundamento una reacción al calvinismo. El dios del calvinismo determina de antemano todo lo que existe —quiénes serán condenados eternamente inclusive—, por lo tanto es también la causa directa de todo el mal y el sufrimiento en el mundo. Tal concepción deja en jaque al Dios de la Biblia, que es bueno y amor, y el teólogo abierto así lo reconoce correctamente. La gran motivación del teólogo abierto es entonces quitarle a Dios la carga que el calvinismo le impondría: ser la causa directa del mal y el sufrimiento en el mundo. La dificultad está en que intercambia un problema por otro: para corregir al dios malvado del calvinismo, termina estableciendo uno ignaro. De este modo, mientras que el calvinismo atenta contra la bondad y el amor de Dios, el teísmo abierto lo hace contra su omnisciencia. Paradójicamente, esta situación indicaría que en el fondo el teísta abierto es un calvinista frustrado, porque si mantuviera la presciencia divina como se ha entendido tradicionalmente, no encontraría él otra salida que el determinismo de las acciones humanas. Gregory Boyd —el más conocido defensor del teísmo abierto hoy día— es explícito en esto, pues en su respuesta al calvinista John Piper dice: «John [Piper] y yo estamos de acuerdo en que si Dios conoce algo de antemano, ese algo debe estar predeterminado».1

ANÁLISIS EXEGÉTICO

El problema con afirmar que el Dios de la Biblia no conoce las acciones futuras de los hombres es que niega todo el espíritu de la revelación en los dos Testamentos. Nunca ha sido claro de los teólogos abiertos cómo prescinden de la profecía, que se extiende desde los primeros capítulos del Génesis en el llamado protoevangelio (Gn. 3:15) hasta el final del Apocalipsis (Ap. 22). De hecho, durante prácticamente todo el libro de Isaías, Dios está forzando una comparación que tiene por un lado a los falsos dioses y sus profetas que vaticinaban mentiras, y por el otro, al Dios de la Biblia y sus oráculos que sí se cumplían (p. ej., 41:21-29; 43:9; 44:6-8, 25-28; 45:21; 48:1-6; etc., etc.).

Isaías 44 es particularmente notorio: Isaías llama por el nombre a Ciro, el rey persa que ordenaría dos siglos —y dos imperios— después la reconstrucción de Jerusalén y del templo. Si el teísmo abierto es cierto, ¿cómo sabía Dios qué acciones iba a tomar el rey Ciro 200 años después? Más aún, ¿cómo sabía qué nombre iba a recibir? De manera sorpresiva, Michael Saia, teólogo abierto, cita otros casos similares con Isaac, Ismael y el mismo Jesús, cuyos nombres dependieron de la elección de sus padres, pero fueron predichos en profecía.2

Increíblemente, la respuesta de Saia en este punto es que Dios puede hacer que las personas actúen de acuerdo con sus propósitos.2 Saia está de acuerdo con Boyd  en que aunque Dios predetermina algunas cosas, no lo hace con todas.3 Pasajes como la predicción de Cristo de la negación de Pedro (Mt. 26:33-36) fuerzan la capitulación del teólogo abierto de la creencia en que todas las acciones de los hombres están abiertas para Dios, obligándolos a aceptar que solo algunas acciones humanas están abiertas para Él. Pero esta capitulación tiene más de claudicación que de paradoja, pues ¿por qué no determina Dios todas las decisiones humanas de manera que evite el mal? Al fin y al cabo, contrarrestar el problema del mal es la mayor motivación del teólogo abierto.

Aludiendo al pasaje de la predicción de la negación de Pedro, Boyd ha intentado explicarlo más recientemente con base en Hebreos 3:13-15, diciendo que nuestras acciones pasadas terminan condicionando las futuras; es decir, hay una solidificación del carácter. Así las cosas, Jesús pudo conocer en la última cena el comportamiento de Pedro porque sus acciones previas (las de Pedro) lo llevarían a negar a Cristo, y Él, que era muy inteligente, se habría dado cuenta de ello por lo cual conoció de antemano que el pescador lo negaría.4 Cuán problemático resulta este razonamiento es evidente una vez se piensa con calma en la propuesta; algunos puntos vienen con prontitud a la mente:

  1. Reduce la profecía a una simple deducción lógica.
  2. La explicación es ad hoc; parece un intento desesperado —aunque tal vez inconsciente—de encajar el zapato derecho del teísmo abierto en el pie izquierdo de la predicción de Cristo. Al fin y al cabo, ni siquiera suponiendo que el teísmo abierto fuera cierto parecería claro que Pedro se encontrara en tal punto de endurecimiento.
  3. La exégesis es débil y difícil de soportar: muchos pecados que cometemos no son por el endurecimiento gradual, por la cauterización de la conciencia (1 Ti. 4:1-3), sino por la tendencia de nuestra carne (p.ej., en los primeros pecados de los niños) o el engaño de Satanás (p. ej., en la caída del hombre en el huerto del Edén en Gn. 3, o en el engaño de Ananías y Safira en Hch. 5:1-4). Me resulta muy difícil aceptar que el Pablo de Romanos 7 pecara por haberse permitido endurecerse de forma tal que al final no le quedaran opciones. El punto es que la Biblia muestra que no solo pecamos por endurecimiento del corazón, de manera que concluir que Pedro pecara por «solidificación del carácter» es ex profeso. Una explicación más simple es que Pedro pecó por vil cobardía.
  4. Estaría diciendo que aunque Dios no puede determinar el futuro, los hombres sí pueden.
  5. La cita de Hebreos sí alude a un endurecimiento que en otros pasajes es claro, pero tiene más que ver con el rechazo de la salvación que con la comisión de pecados en la persona salva.

 

La enfermedad de Ezequías y el arrepentimiento de los ninivitas

Algunos segmentos bíblicos en los que Dios parece cambiar de opinión después de que los humanos actúan de cierta forma son la principal fuente escritural que esgrimen los defensores de esta postura. Quizás los pasajes favoritos del teólogo abierto son el arrepentimiento de los ninivitas que evitó su destrucción cuando Jonás les predicó, y la enfermedad y curación de Ezequías. 

Los dos relatos apuntan a un problema de fondo del calvinismo (y ya dijimos que el teísta abierto es un calvinista frustrado): parece que Dios cambiara de opinión, particularmente cuando lo buscamos en arrepentimiento. La verdad, la mejor interpretación se daría bajo la lupa del molinismo que, a través del conocimiento medio de Dios, reconcilia el libre albedrío del hombre con la soberanía divina, sin negar la primacía de esta, respetando a su vez la integridad del texto bíblico que el calvinismo y la teología abierta desechan. Pero como esta no es una entrada sobre las muchas virtudes del molinismo, sino sobre el teísmo abierto y sus múltiples falencias, el molinismo tendrá que esperar su propio escrito futuro. De modo que resumiré las dos historias, aunque me centraré en la de Ezequías, porque el mismo análisis se extiende sin complicaciones a la de Jonás y Nínive.

En la primera, Jonás relata que Dios lo llamó a Nínive para predicar la destrucción de la ciudad, el profeta hizo caso con renuencia, fue y anunció la destrucción, pero los ninivitas lo oyeron y se arrepintieron, por lo cual Dios «cambió de parecer, y no llevó a cabo la destrucción que les había anunciado» (Jon. 3).

En la segunda, una de las más documentadas del Antiguo Testamento (2 R. 20:1-11, 2 Cr. 32:24, Is. 38), se nos narra que el buen rey Ezequías en algún momento cayó enfermo; entonces el profeta Isaías recibió palabra de Dios para decirle: «Morirás, y no vivirás», en contundente conjugación del indicativo futuro simple, que no dejaba espacio a que Dios estuviera «cañando». Isaías se retiró de la presencia de Ezequías y este inmediatamente se volcó al Señor en clamor por su sanidad y su vida. Así, antes de que Isaías hubiera salido del palacio, recibió la orden divina de volver a la presencia del rey y decirle que Dios lo había oído, sería sanado y viviría quince años más.

El teólogo abierto hace suyas aquí de las dificultades interpretativas que estos textos plantearían al calvinista, pues si todo está determinado, ¿cómo es que Dios afirma una cosa y la cambia después? Por esta razón argumenta que la única explicación para la contundencia de la declaración del profeta Isaías es que Dios no conociera la acción futura de Ezequías. Así, al final de cuentas, cuando el rey oró, Dios conoció su curso de acción (el del hombre) y actuó acorde con el nuevo conocimiento adquirido.

Pero esta interpretación es problemática. Salta a la vista una literalidad excesiva en la exégesis que no se compadece con el trasfondo del texto. Tomar las cosas con tan desproporcionada literalidad termina convirtiendo a Dios no solo en un ignaro, sino en un mentiroso. Porque, si vamos a juzgar por el uso literal de los tiempos verbales, Dios ha debido decir que Ezequías moriría, en indicativo condicional, en lugar de haber usado el indicativo futuro, que además de enfático estaría injustificado, puesto que Dios no conocía el futuro.

Dice John Lennox que en el afán de tratar la Biblia como más que un libro, no podemos terminar tratándola como menos que un libro.5 Y lo dice porque nadie que escriba narrativa lo hace en términos exclusivamente literales, de modo que exigir a la Biblia que todo su contenido deba entenderse tan solo en lenguaje literal termina despojándola de su riqueza literaria, haciéndola una lectura pobre y sosa, y menguando el alcance de su significado. Un análisis objetivo del relato de Ezequías hace obvio que los escritores no buscaban menoscabar la omnisciencia de Dios, sino exaltar su bondad y poder al sanar a un rey que, sin importarle su alcurnia, se humilló delante de Uno más grande que él. Y estas cosas han de ser obvias aun para el incrédulo que se acerque desapasionadamente al texto; tal incrédulo seguramente encontrará motivos para no estar de acuerdo con la historia, tal vez por ella termine incluso atacando la bondad de Dios, pero seguramente entenderá que no es la intención del texto acotar la presciencia divina.

El profeta Ezequiel sugiere una interpretación mejor, describiendo con menudo detalle cómo Dios mudaría sus tajantes aseveraciones, según el comportamiento humano:

«Tú, hijo de hombre, diles a los hijos de tu pueblo: “Al justo no lo salvará su propia justicia si comete algún pecado; y la maldad del impío no le será motivo de tropiezo si se convierte. Si el justo peca, no se podrá salvar por su justicia anterior. Si yo le digo al justo: ‘¡Vivirás!’, pero él se atiene a su propia justicia y hace lo malo, no se le tomará en cuenta su justicia, sino que morirá por la maldad que cometió. En cambio, si le digo al malvado: ‘¡Morirás!’, pero luego él se convierte de su pecado y actúa con justicia y rectitud, y devuelve lo que tomó en prenda y restituye lo que robó, y obedece los preceptos de vida, sin cometer ninguna iniquidad, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tomará en cuenta ninguno de los pecados que antes cometió, sino que vivirá por haber actuado con justicia y rectitud”» (Ez. 33:12-16).

No obstante, un versículo antes dice: 

«Diles: “Tan cierto como que yo vivo —afirma el Señor omnipotente—, que no me alegro con la muerte del malvado, sino con que se convierta de su mala conducta y viva. ¡Conviértete, pueblo de Israel; conviértete de tu conducta perversa! ¿Por qué habrás de morir?”» (33:11).

Ni en el relato de Jonás y los ninivitas ni en el relato de la enfermedad y curación de Ezequías hay siquiera la más leve insinuación a que Dios cambie de parecer porque no sepa cuáles serían las decisiones futuras de los hombres. Más bien, en aquellos textos queda implícitamente claro que son el amor y la bondad de Dios los que lo mueven a perdonar al pecador arrepentido. La implicación (lo implícito) de estas dos historias se vuelve manifiesta explicación (lo explícito) en boca de Ezequiel, como lo revela la última cita: a Dios le alegra que el pecador en su libre albedrío se convierta de su pecado y viva.

El teólogo abierto falta a los más elementales criterios de hermenéutica bíblica: (1) que la Escritura es su propio intérprete, y (2) que un texto sacado de contexto es un pretexto. Nada en la Biblia, excepto una terrible descontextualización, sugiere que Dios  no conozca el futuro, y sus cambios de parecer tienen más de inmenso derroche de misericordia que de incapacidad para conocer lo porvenir.

 

BIBLIOGRAFÍA

  1. Boyd, G. 1998. A Response to John Piper, página visitada el 24 de noviembre de 2017.
  2. Saia, M. 2014. Does God Know the Future? Second Edition. Xulon Press, loc. 2706.
  3. Ibid, loc. 2705.
  4. Boyd G. God Limits His Control. En Jowers D. Four Views on Divine Providence. Zondervan, loc. 3706
  5. Lennox, J. 2011. Seven Days that Divide the World. Zondervan, p. 26.