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Perdón

«Pero en ti se halla perdón,
y por eso debes ser temido».
Salmo 130:4.

He ahí una razón contundente por la cual temer a Dios: Porque en Él se halla perdón. Nosotros los humanos no podemos perdonar los pecados de quienes nos ofenden. Cuando decimos que perdonamos, lo que hacemos es no usar el pecado de la otra persona en su contra. Y eso es todo lo que hacemos.

PEDIR PERDÓN

Para comenzar a entender la idea, hablemos primero de pedir perdón. Cuando la persona A peca contra la persona B, A queda en deuda con B, sujeta a B, esclavizada a B. Pedir perdón es tres cosas: (1) reconocer que adquirimos una deuda con la otra persona por lo que hicimos, (2) aceptar que nuestra falta merece una restauración y (3) afirmar que vamos a dar todo de nosotros para restituir en la medida de lo posible a quien ofendimos. Si este no es el espíritu con el cual pedimos perdón, no es que haya mucho arrepentimiento de nuestra parte.

El Señor de los anillos tiene una ilustración poderosísima al respecto: Cuando lo que queda de la Comunidad del anillo llega a Gondor para hablar con Denethor, senescal regente, ya se había enterado él de la muerte de Boromir, su hijo. Pippin, uno de los hobbits, le cuenta que Boromir murió salvando su vida y la de los otros hobbits que lo acompañaban. Así, Pippin, inducido por la culpa, se ofrece para servir a Denethor en pago por la deuda (aunque vale la pena aclarar que en El señor de los anillos ni Pippin ni los otros hobbits ni ningún otro miembro de la comunidad del anillo fueron culpables de la muerte de Boromir; Boromit buscó su propia muerte). Como la solicitud de perdón debe formalizarse, hay una ceremonia oficial en la cual Pippin jura lealtad a Denethor hasta que el hobbit muera o el senescal lo libere de su carga. Para mostrar la fortaleza del juramento, Pippin queda atado en obediencia al demente Denethor y canta para él una elegía que revela el peso de su sacrificio.

La actitud de Pippin, aunque impulsiva, muestra que la solicitud de perdón debe ir acompañada de la voluntad de restitución. Si no, pedir perdón es mera verbosidad, un saludo a la bandera, un acto típico de nuestra sociedad actual en la cual no hay compromiso con la palabra.

PERDONAR

El episodio de El señor de los anillos también revela la incapacidad que tenemos de restitución real, porque sin importar qué hiciera Pippin, jamás podría traer de vuelta a Boromir. En la realidad cuando pecamos contra alguien tampoco tenemos la posibilidad de restituir por completo el mal causado (piénselo con cuidado y se dará cuenta de ello). En nuestra humana condición la restitución jamás va a ser total.

He ahí la grandeza del perdón. Perdonar no es un acto de minimizar el daño, sino de reconocer toda su magnitud y a pesar de esto no usarlo en contra del ofensor.

La etimología de perdón ayudará un poco: perdón se deriva del verbo perdonar, no al revés. Y perdonar viene del latín perdonāre, compuesto por el verbo donāre (donar, dar, regalar) y el prefijo aumentativo per-. El papel de per- aquí es clave; aún hoy usamos per- para magnificar la acción a la que nos referimos (perjurar es más que jurar, perturbar es más que turbar, etc.). De modo que perdonar es «regalar por completo un acreedor al deudor aquello que le debía». El per-dón es un regalo completo.

Así, quien pide perdón quizás solo equivaldría en magnanimidad a quien condona la deuda, pero perdonar va más allá de condonar. Hay mayor hidalguía en perdonar que en pedir perdón: quien perdona lo hace por el total de los daños, los que el ofensor puede restituir y los que no; quien pide perdón solo tiene poder de restituir una parte.

En El señor de los anillosDenethor libera a Pippin de su deuda y el hobbit recupera su libertad. La acción del senescal, más allá de su demencia, equivale al perdón otorgado. Pippin solo vuelve a ser libre cuando Denethor lo perdona. El perdón libera. Cuando perdonamos, liberamos. En cambio, quien no perdona es semejante a un esclavo porque el esclavo no tiene poder para liberar; el señor, el amo, sí puede. Paradójicamente, la humillación es un reconocimiento de mi alta posición; si no, ¿de dónde me estoy rebajando? Para bajarme, necesito estar arriba. Es el esclavo quien no puede perdonar.

PERDONAR DE VERDAD

No obstante, a pesar la grandeza que exhibe quien perdona, el perdón humano no es eliminación del pecado, sino el acto consciente de no usarlo contra quien nos ofendió, de liberar al ofensor de la deuda que adquirió con nosotros cuando actuó contra nosotros. En el mejor de los escenarios, aunque otro humano nos perdone, su perdón no va a hacer desaparecer ni nuestra falta ni la consecuencia de nuestra falta.

En el más literal de los sentidos, solo Dios puede perdonar pecados. Cuando Dios perdona, no solo no usa nuestros pecados en contra nuestra, sino que los elimina por completo. La profundidad del perdón trasciende nuestra comprensión racional,  por eso las citas bíblicas que mejor ilustran su alcance son todas poéticas o parabólicas (p. ej., Sal. 103:12,  Is. 1:18, Is. 43:25 y Mt. 18:21-35), mas no literales, porque el lenguaje literal es limitado. Cuando las palabras se acaban, hay realidades que solo podemos vislumbrar por medio de figuras literarias, como en «te amo hasta el cielo» o «dos por dos es infinito».

Cuando Jesús le dijo al paralítico que le perdonaba sus pecados, los fariseos se indignaron, puesto que para ellos Él no era Dios. Jesús estaba implicando con ello que era Dios. Si Jesús fuera solo hombre, como los fariseos creían, entonces no podría haber perdonado los pecados del lisiado. No tenía cómo. Dado el supuesto farisaico, la indignación resultaba obvia.

Dios al perdonar nuestros pecados va más allá de liberarnos de la deuda; Él los elimina por completo, restaura lo que pasó, restituye y transforma el mal que cometimos en bendición. Él es Santo, Santo, Santo —separado de nosotros— hasta en su capacidad de perdonar. Nuestro perdón nunca va a tener tanto alcance.

Entonces se entiende lo que dice el salmo: ¡cómo no temerle, si Él y solo Él tiene potestad para perdonar pecados! Sublimidad.

 

De nada

A diferencia de gracias, la expresión de nada puede estar entre las más desagradables del español (y del portugués). De nada prácticamente anula todo lo dicho anteriormente sobre el agradecimiento. Si digo de nada, estoy implicando que no he hecho nada; por ende, no hay nada por lo cual agradecer.

No es orgullo reconocer que hicimos algo por otra persona. Pero sí lo es decir que no fue nada, menospreciando lo hecho como si fuese una limosna, como si no hubiese requerido alguna forma de sacrificio o como si se hubiera hecho de mala gana. El orgullo existiría si nos valiéramos del favor para asirnos a alguna forma de superioridad (que puede darse en múltiples formas); una superioridad inexistente, porque un favor de verdad siempre es una forma de humillación: es poner mi vida en pausa para hacer algo por otro y, por lo tanto, un reconocimiento de la importancia del prójimo a expensas de la mía.

Lo especial de hacer algo por alguien, de mostrarle favor, es que hay un sacrificio personal voluntario. Negar ese sacrificio es robarle toda la esencia a la gracia mostrada. Hacer un favor es una forma de mostrar amor, porque el amor es dar y dar siempre implica despojo.

Por eso, reconociendo que el favor es voluntario, aun si requirió un gran sacrificio, es mejor decir «con gusto», «con amor» o no decir nada y tan solo abrazar, besar o sonreír disfrutando la plenitud que en la vida solo se siente tras haber mostrado gracia.

Si Dios no existiera, no habría nada que agradecer: a Él nada porque no existiría y a los demás tampoco porque no tendría sentido. De la misma manera, tampoco habría nada que hacer por Él ni por los demás. Si existiéramos por un proceso meramente natural en el cual lo único que importara fuera la supervivencia del más apto, los actos de bondad serían a lo sumo apariencias para alcanzar la propagación de los genes, pues todo lo que habría sería «indiferencia ciega y despiadada», en palabras de Richard Dawkins, el ateo y darwinista más famoso del mundo. La cosmovisión importa.

No quiero decir con esto que el ateo no sea capaz de ejercer actos de bondad. Digo que cada vez que muestra gracia o da gracias, su subconsciente creyente traiciona su ilusión de ateísmo. Porque si Dios no existe, la moral objetiva no existe, de modo que los actos de bondad no existen. Y si los actos de bondad no existen, nadie hace un favor real —nadie muestra gracia— y el que lo agradece lo hace… de nada.

Gracias

Hay cierto consenso en cuanto a que la palabra más bonita del portugués es saudade, del que la tomamos tal cual para el español; y la más bonita del inglés es serendipity, cuya adaptación al español es la poco elegante serendipia. Desde que supe de estas dos cosas hace ya varios años me he estado preguntando cuál sería mi palabra favorita en español y hasta ahora no había encontrado una, entre otras porque no hay un consenso tan claro como en inglés y portugués con las dos ya mencionadas.

Pues hoy me di cuenta de que mi palabra favorita en español es gracias. Sí, señores, esa que uno responde cuando alguien le hace un favor.

Hay una diferencia fundamental entre gracias en español y los correspondientes thanks del inglés y obrigado (obligado) del portugués. Thanks guarda una gran semejanza con el danke alemán hasta en la pronunciación y comparten la misma raíz protogermánica, cuyo significado se acerca más a recompensar. Por su parte, en portugués la palabra obrigado tiene el contexto más fuerte de quedar en deuda con quien hizo el favor; por lo tanto, la expresión verbal tiene que ver más conmigo que con el otro.

La gran belleza de gracias en español (como también ocurre con el italiano grazie y el francés merci) radica en reconocer que recibimos algo inmerecido de quien nos mostró su favor, recibimos gracia. Estamos agradecidos con alguien porque esa persona hizo algo por nosotros que no tenía por qué haber hecho.

Por lo tanto, gracias no asume merecimiento ni se centra en el yo, como ocurre en el inglés y el portugués. Gracias reconoce a quien mostró su favor y el inmerecimiento del beneficiario. De lo contrario, si lo recibido fuera merecido, quien lo recibe sería acreedor y quien lo otorga sería el obligado, en cuyo caso no habría nada que agradecer. No. Gracias reconoce que quien dispensó su favor lo hizo a partir de su libre albedrío, porque podría haber hecho cualquier otra cosa, pero mostró gracia.