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Lo que hemos visto y oído

Durante toda la vida de Josué, el pueblo de Israel sirvió al Señor. Así sucedió también durante el tiempo en que estuvieron al frente de Israel los jefes que habían compartido el liderazgo con Josué y que sabían todo lo que el Señor había hecho por Israel (Jos. 24:31).

¿Por qué Israel sirvió al Señor durante toda la vida de Josué y de los jefes que compartieron el liderazgo con él? Porque «sabían todo lo que el Señor había hecho». No se lo contaron, sino que lo vivieron. ¿Cómo iban a negar que vieron detenerse las aguas del Jordán para que ellos cruzaran? ¿Cómo iban a negar que después de una estrategia de guerra rarísima (por no decir absurda) vieron caer las murallas de Jericó cuando tocaron las trompetas? ¿Cómo iban a negar que vieron que Dios le revelaba a Josué, entre todo el pueblo, quién había sido el rebelde que los llevó a la derrota de Hai? ¿Cómo iban a negar que vieron el sol y la luna detenerse para que pudieran derrotar por completo a los reyes amorreos? ¿Cómo iban a negar que justo cuando ellos llegaron a la tierra prometida las avispas atacaron a sus enemigos? ¿Cómo iban a negar que vieron a Josué derrotar a 31 reyes, conforme a la palabra que le había dado el Señor? Uno puede racionalizar un milagro o dos, pero cuando vivir en el milagro se vuelve el pan de cada día, las disculpas se acaban. No hay forma de negar que no son coincidencia o que uno se lo imagino.

De la misma manera, los apóstoles no podían negar lo que vieron, lo que oyeron, lo que tocaron con sus manos. Fue lo que experimentaron lo que los llevó a hablar. Por lo tanto, lo que hablaron fue lo que experimentaron. No otra cosa. Así cambiaron el mundo. Su teología no era nada diferente a lo que experimentaron. ¿Cómo iban a negar que lo vieron perdonando pecados y levantando paralíticos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron abriendo los ojos de los ciegos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron sanando la piel de un leproso? ¿Cómo iban a negar que lo vieron resucitando muertos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron caminar sobre el agua? ¿Cómo iban a negar que lo vieron calmando el viento y el mar en medio de una tempestad? ¿Cómo iban a negar que lo vieron alimentar a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, con cinco panes y dos peces? ¿Cómo iban a negar que lo vieron resucitar a Él de los muertos? ¿Cómo iban a negar todo el resto de cosas que vieron? Por eso dijeron Juan y Pedro lo siguiente:

Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que da vida. Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto, damos testimonio de ella y les anunciamos a ustedes la vida eterna que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado. Les anunciamos lo que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa. Este es el mensaje que hemos oído de él y que anunciamos (1 Jn. 1:1-5).

Mas respondiendo Pedro y Juan, les dijeron: Vosotros mismos juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. (Hch. 4:19–20).

Volviendo a Josué y a los líderes que estuvieron con él, cuando todos ellos murieron, «surgió otra generación que no conocía al Señor ni sabía lo que Él había hecho por Israel» (Jue. 2:10). Como esa generación no conocía a Dios, «cada uno hacía lo que le parecía mejor» (Jue. 17:6, 21:25). ¿Qué más iban a hacer? El libro de Jueces, desde el capítulo 2 en adelante, es un testimonio nauseabundo y absolutamente desagradable de lo que es un pueblo lleno de religión pero que no conoce a Dios y por lo tanto no ha visto sus obras ni experimentado su poder.

¿Es posible no creer después de haber visto, oído, tocado y experimentado el poder de Dios? Sí. Es posible. Y es precisamente esta la gente para la cual no hay perdón de sus pecados. Aquí caben el pueblo que pereció en el desierto por no haber creído a Dios después de sus portentosas obras a favor de ellos, Judas Iscariote y todos aquellos de quienes la carta a los Hebreos dice lo siguiente:

Es imposible que aquellos que han sido una vez iluminados, que han saboreado el don celestial, que han tenido parte en el Espíritu Santo, que han experimentado la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, pero después de todo esto se han apartado, renueven su arrepentimiento. Pues así, para su propio mal, vuelven a crucificar al Hijo de Dios y lo exponen a la vergüenza pública (He. 6:4-6).

Esta es la blasfemia contra el Espíritu Santo. De hecho, Jesús acusa a los fariseos de haber blasfemado contra el Espíritu cuando, después de haber visto el poder del Espíritu obrando a través de Él, niegan que sea el Espíritu quien ha obrado (Mt. 12:22-32).

He llegado a la conclusión bíblica (vetero- y neotestamentaria) de que la mucha teología es una tendencia de la carne para disimular ante los demás y ante uno mismo la falta de intimidad con Dios. Tiene mucha apariencia de piedad, pero niega la eficacia de ella. No obstante, el reino de los cielos no consiste en palabras, sino en poder. La única explicación bíblica cuando alguien dice creer pero no experimenta el poder —en vidas trasformadas, milagros y guía del Espíritu— es que tal persona está caminando conforme al mundo y la carne. Y como no experimentan nada, suplen con palabras vacías las enseñanzas de Cristo y las llenan de asteriscos y otrosíes para justificar “el silencio de Dios” al que su ateísmo práctico los ha llevado. No obstante, Pablo nos deja la siguiente lección:

No me atreveré a hablar de nada sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para que los no judíos lleguen a obedecer a Dios. Lo he hecho con palabras y obras, mediante poderosas señales y milagros, por el poder del Espíritu de Dios (Ro. 15:18-19).

Tengamos en cuenta que el testimonio de Pablo es diferente al de Pedro y Juan. Pablo no caminó con Jesús durante su ministerio terrenal. Pablo, como nosotros, pertenece a quienes habían de conocer a Cristo después de sus primeros discípulos. Sin embargo, la vida de Pablo muestra que el poder de Dios no estaba reservado solo para la primera generación de creyentes. Y como para ratificar que tal privilegio no era solo para Pablo, el anónimo autor de Hebreos reconoce que es también creyente de segunda generación pero que vio y experimentó los milagros y los dones del Espíritu Santo:

Esta salvación fue anunciada primeramente por el Señor y los que la oyeron nos la confirmaron. A la vez, Dios ratificó su testimonio acerca de ella con señales, prodigios, diversos milagros y dones distribuidos por el Espíritu Santo según su voluntad (He. 2:3-4).

Los autores del Nuevo Testamento no querían que solo creyéramos por su testimonio. Más bien, entendían que el cristianismo se trataba de que todo creyente pudiera experimentar el poder que levantó a Cristo de entre los muertos y su propósito era impulsarnos a ello. Por lo tanto, nuestro llamado como padres es a vivir guiados por el Espíritu Santo, de tal forma que su poder sea evidente para nuestros hijos. De esta manera, los llenamos de razones para creer y les quitamos las excusas para no hacerlo. Más aún, el llamado de todo líder es a vivir de esta misma manera, para que quienes los sigan tengan razones para creer y se queden sin excusas para no hacerlo.

La visión

Imagen generada por ChatGPT.

Otro rey había muerto. Once descendientes y 230 años después, la promesa seguía sin cumplirse. Este, más que todos los anteriores desde la división del reino, parecía que iba a ser el elegido. Siguió a Dios y comprendió sus caminos; conquistó a los filisteos y a los árabes; hizo tributarios a los amonitas; reestructuró y dotó a su ejército; hizo florecer la ciencia y la ingeniería en ciudades, campos y desiertos; y convirtió a su reino en potencia para admiración de todos los demás. Desde la división, ningún gobernante había expandido tanto el dominio de su reino. Pero el corazón del hombre es fácilmente corruptible, y el poder, que tiene voluntad propia, traicionó al rey, llevándolo a su muerte. El éxito se le subió a la cabeza y quiso hacer también de sacerdote, por lo cual Dios lo castigó con lepra, forzándolo a dejar su trono en vida, apartado de todos los demás, mientras su hijo gobernaba en su lugar durante once años, hasta de su muerte.

Cuando la bendición tarda en cumplirse, pesa como maldición y nos comienza a parecer que nos imaginamos la voz que la promulgó, que nunca fue verdad; la esperanza se aferra entonces a la promesa con una fuerza solo comparable a la infinita resignación que la espera produce. El pueblo estaba descorazonado, la familia real, desolada. Y precisamente en aquel momento, uno de los príncipes tuvo una visión tan magnífica como aterradora:

En el año de la muerte del rey, vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime.

El Dios de su pueblo, el de sus ancestros, estaba sentado en su trono alto y sublime, resplandeciendo con toda su gloria, mientras los serafines que lo rodeaban le cantaban permanentemente «¡Santo, santo, santo, Yahvé Sebaot, que llena toda la tierra de su gloria!».

No hay realeza que pueda preparar a príncipe alguno para presenciar tanta majestad. El príncipe estaba espantado. Pero en medio de su espanto, entendió. Había muerto el rey, pero el Rey vivía para siempre. Los reyes de la tierra —sin importar cuán ilustres— mueren como sus regidos —sin importar cuán vulgares—. Por lo tanto, la promesa no podía recaer sobre un simple ser mortal. Ni siquiera sobre uno angelical, pues los serafines, espectaculares como eran, tampoco podían contemplar de frente la gloria del Rey. El heredero debía ser superior a los hombres, ¡superior a los ángeles! Debía ser divino. El pacto con el rey pastor requería la encarnación del Dios verdadero en uno de sus descendientes. Solo de esta manera, ¡y de ninguna otra!, se cumpliría la promesa.

Su visión del Rey de los cielos determinó su llamado. Después de otro rey muerto, diría al nuevo monarca incrédulo:

¡Escuchen ahora ustedes, los de la dinastía de David! ¿No les basta con agotar la paciencia de los hombres, que hacen lo mismo con mi Dios? Por eso, el Señor mismo les dará una señal:
La virgen concebirá y dará a luz un hijo y lo llamará «Dios con nosotros».
Porque un niño nos es nacido,
un hijo nos es dado,
y el principado será sobre su hombro.
Y será su nombre
Admirable Consejero, Dios Fuerte,
Padre Eterno y Príncipe de Paz.
Su soberanía se extenderá
y su paz no tendrá fin.
Gobernará sobre el trono de David
y sobre su reino,
estableciéndolo y sosteniéndolo
con justicia y rectitud
desde ahora y para siempre.

No soy más protestante

Hace ya un tiempo que en mi corazón dejé de ser protestante. Poco a poco fui abriendo los ojos a las falencias del protestantismo hasta que se volvió insostenible para mí continuar profesándolo. Por supuesto, esto no me aleja un ápice de mi Señor Jesucristo. Al contrario, es mi anhelo de mayor cercanía con Él lo que me lleva a ello. Las razones puntuales son principalmente las siguientes:

  1. Entre sus famosas cinco solas (sola gracia, sola fe, sola Escritura, solo Cristo y solo a Dios sea la gloria), nada más una es suficiente y necesaria: solo Cristo. Solo a Dios sea la gloria es un corolario natural de solo Cristo.

  2. En cuanto a sola gracia y sola fe, son afirmaciones que contradicen la Escritura, y además se contradicen mutuamente. Por ejemplo, en términos soteriológicos, la gracia y la fe no pueden estar divorciadas, sino que van juntas (Efesios 2:8-9). Sola gracia o es universalismo o deriva fácilmente en ello, sola fe o es pelagianismo o deriva fácilmente en ello. Y si se necesitan juntas, pues no están solas. El problema, por supuesto, no es la gracia ni la fe; el problema es el adjetivo que les montó Lutero: solas.

  3. En cuanto a sola Escritura, es una reducción al absurdo por su solo planteamiento, pues fue hecha para contrarrestar el efecto de la tradición en la historia de la Iglesia, pero es una declaración cuyo único fundamento es la tradición que comienza con Lutero en 1517. Por supuesto que Dios habla a través de la Biblia, pero la Palabra por antonomasia en el Nuevo Testamento es Cristo, el Logos. Los protestantes, al hacer de la Biblia la Palabra de Dios, la terminaron idolatrando, produciendo una cantidad gigantesca de errores doctrinales; entre ellos, hacer más importante su interpretación de San Pablo que las palabras de Cristo. No obstante, es clarísimo de la misma Biblia, en los dos Testamentos, que Dios habla de muchas maneras, incluyendo la naturaleza (Salmo 19), los burros (Números 22) y personas increíblemente malvadas como el Sumo Sacerdote Caifás, quien orquestó la crucifixión de Jesús (Juan 11:49-51). El Espíritu Santo es la única Guía autorizada por Cristo para sus seguidores durante su ministerio terrenal, no otra. Y si creemos que Dios nos habla a través de la Biblia es porque creemos que el Espíritu Santo guió a los autores bíblicos a escribir de la forma en que lo hicieron. Pero esa misma guía del Espíritu sigue vigente y no solo habla Dios por medio de la Escritura, sino por medio de sueños, por su voz en nuestro propio corazón e incluso por medio de otros santos en la historia del cristianismo, quiere esto último decir… tradición.

  4. En cuanto a sola fe, independiente de las obras, quizás sea la afirmación que más gente termine enviando a la condenación eterna en toda la historia del cristianismo. Nunca, nunca, dijo Jesús que la sola fe, independiente de las obras, fuera suficiente para la salvación. Ahora, Jesús dijo que la fe era necesaria, mas nunca dijo que la sola fe fuera suficiente. Tampoco es una enseñanza paulina. El contraste de las obras en Pablo no es con la fe sino con la gracia, como lo deja claro Romanos 11:6: «Y si por gracia, ya no es por obras» (cita que, a su vez, termina explicando a Efesios 2:8-9, que se ha prestado para confusiones). Más bien, uno de los más grandes aportes del cristianismo, sobre todo de San Pablo, es hacer explícito que no es posible actuar sin fe, pues todos actuamos de acuerdo a lo que creemos (¡incluso cuando pecamos!). Así las cosas, la separación de fe y obras en el protestantismo es casi indistinguible del gnosticismo: lo importante es creer de alguna forma abstracta mientras las obras suman cero. Entre tanto, los protestantes hacen mil malabares hermenéuticos para negar que Santiago afirma sin lugar a muchas interpretaciones que «el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe» (Santiago 2:24). ¡Y todo en nombre de la sola Escritura! U obvian que Pablo dijo que si tenemos fe pero nos falta amor, no somos nada y que es más importante el amor que la fe (1 Corintios 13).

  5. No creo que haya existido otro factor de desunión más grande en la historia de la Iglesia de Cristo que la reforma protestante, probablemente más que cualquier herejía. Se calculan más de 47 000 denominaciones protestantes en este momento en el mundo… y es frecuente que cada una de ellas afirme que su doctrina es la única válida, aun en comparación con otras denominaciones protestantes. Así, contra la oración sacerdotal de Jesús (que seamos uno, así como el Padre y el Hijo son uno; Juan 17:20-23), han sembrado más división en el reino de Dios que el arrianismo mismo, contradiciendo no solo las palabras de San Pablo (p. ej., Romanos 16:17, 1 Corintios 3) sino las del mismo Cristo (Mateo 12:25). ¡Y todo en nombre de la sola Escritura que profesan!

  6. El último rasgo, más sociológico y psicológico, es el fastidioso evangelicalismo gringo que parece ver en Estados Unidos el reino de Dios en la tierra (y como América Latina heredó su protestantismo de Estados Unidos principalmente, los protestantes latinoamericanos también así lo creen). Hasta en su escatología maniquea se han buscado la manera de meter a sus enemigos políticos, inventándose por ejemplo desde la Guerra Fría que Gog es Rusia para justificar sus oscuros movimientos, ignorando voluntariamente la milenaria tradición cristiana del país eslavo. En otro ejemplo reciente, se volvió común entre los creyentes de este país identificar al presidente Trump con Ciro rey de Persia, comparando a los evangélicos del país con los exiliados de Judá en Babilonia y Persia, al punto tal que cuando uno hablaba con ellos parecía que creyeran en la reencarnación. Por supuesto, no hay cabeza ni pies en el protestantismo, y eso incluye al evangelicalismo gringo, pero una muestra representativa de este tipo de pensamiento es el famoso escritor Eric Metaxas con afirmaciones como estas el día anterior a las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2024:

«Si su pastor no hace claro mañana desde el púlpito que usted debe votar en contra de la opción demócrata, que está a favor del asesinato de niños y del tráfico sexual, usted está en la obligación de dejar esa iglesia y llevarse sus diezmos con usted. ¡CRISTIANOS, esta es su responsabilidad!».

Sí. Casi todos ellos hablan de política a tiempo y fuera de tiempo y hacen más proselitismo que evangelización. Y la instrucción paulina no es a votar por este o aquel, sino a orar por quien sea que esté en el poder, cosa que rara vez los he visto haciendo cuando gobiernan aquellos con quienes no están de acuerdo. Su actitud es muestra fehaciente de que no creen en Jesús (ni en Pablo, ni en Santiago) y en su enseñanza sobre la oración eficaz del justo. Para ponerlo claramente, la solución a los problemas de Estados Unidos y del mundo no es Trump ni la derecha política, sino Jesús. Si las iglesias cristianas dejan de predicar a Jesús para enseñar otra cosa, son anatemas.

Tengo mucho por añadir con el tiempo a todo lo que aquí he escrito. Pero es claro que no puedo seguir profesando una creencia tan contraria a lo que me indica cualquier lectura superficial que pueda yo hacer de las palabras de Jesús. No soy más protestante.

Lo que Pedro entendió

La pesca milagrosa de Jacopo Bassano

Después de la resurrección de Jesús, los discípulos volvieron a Galilea. Pedro decidió salir a pescar una vez más. Debía sentir una gran frustración por haber negado a su Señor. Aunque lo vio resucitado, tal vez pensaba que no había perdón y gracia suficientes para él, de modo que volvió a su antigua profesión de pescador, a aquella de la cual Jesús lo había llamado para que pescara hombres. Quizás creía que su pecado — haber negado a su amigo y Señor— lo descalificaba ya para su nuevo trabajo. Su posición en el nuevo reino estaba, por decir lo menos, comprometida; ni más ni menos, había negado al Mesías, al heredero prometido del trono de David en el nuevo reino. En sus propias palabras, como en el bolero, lo había dejado todo por seguir a Jesús: trabajo, familia, esposa, terrenos (Mateo 19:27-28; Lucas 18:28-30) y al final él solito se había descalificado negándolo. ¡Peor aún, su Señor había resucitado! Desde la subjetiva experiencia de Pedro, lo peor que le había podido pasar no era haber negado a Jesús, sino que, después de haberlo negado, Jesús resucitara. ¡Eso sí que es mala suerte! Aparte de que los muertos no resucitan, justo el que se resucita es Aquel a quien él negó, demostrando así que era el verdadero Mesías.

Claro que sí,  Pedro estaba convencido de que su traición lo descalificaba para cualquier posición en el nuevo reino del Mesías resucitado, si es que no lo hacía merecedor de la muerte. ¿Qué opciones tenía? Es difícil culparlo. Se devolvió a hacer lo que antes hacía: pescar. Y se llevó a otros «exdiscípulos» con él: Juan, Jacobo, Tomás, Natanael y otros dos no nombrados. Pero, siendo Pedro, su mala suerte lo acompañaba, y no pescó nada en toda la noche (como en aquella época no había neveras, era costumbre pescar en la noche para vender el pescado fresco en la mañana), así que debía estar doblemente frustrado. Para completar, llegó un desconocido a la orilla con una pregunta que les echaba en cara su mala suerte:

—¿Tienen algo de comer? —preguntó.

—No tenemos nada —respondieron perdedores desde la barca.  

El desconocido les dijo que arrojaran las redes a la derecha del bote. Pedro y los demás decidieron hacerlo probablemente con cierta actitud de whatever… y para su sorpresa las redes terminaron tan llenas de peces que no podían ni siquiera levantarlas. En ese momento, uno de los que estaba con Pedro (quizás uno de los dos no nombrados), se dio cuenta de que el desconocido era Jesús y se lo dijo a Pedro. Entonces Pedro, entendiéndolo todo, se arrojó al agua y se fue nadando hasta la orilla a verlo, sin esperar siquiera que la barca, llena de los pescados por el milagro, llegara.

¿Qué fue lo que entendió Pedro? Decir que se dio cuenta de que era más grande quien hacía el milagro que el milagro mismo es un lugar común que, aunque cierto, no hace justicia al tamaño de la revelación. Hay mucho más de fondo. Lo que Pedro entendió fue el escandaloso tamaño del amor y la gracia de su Señor, la abismal diferencia entre el verdadero Mesías y los gobernantes de las naciones (Mateo 20:25-28), las reglas del nuevo reino, porque su llamado seguía vigente. ¿Cómo es esto?

La pesca milagrosa posterior a la resurrección fue casi idéntica a la pesca milagrosa previa a la resurrección en la que Jesús llamó a Pedro (Lucas 5:1-11). Como la vez anterior, Pedro y sus amigos habían pasado toda la noche sin pescar (Lucas 5:5; Juan 21:3). Como la vez anterior, fue Jesús quien les dijo que volvieran a arrojar la red (Lucas 5:4; Juan 21:6) Como la vez anterior, Pedro estaba frustrado. Y como la vez anterior, iba con otros que presenciaron lo ocurrido; es más, probablemente quien le dijo a Pedro que el de la orilla era Jesús también había estado con él en la pesca milagrosa anterior y por eso cayó en cuenta (Lucas 5:9-10; Juan 21:1-2,7). Y, más importante, como la vez anterior, la escena culminó con el llamado de Jesús a Pedro (Lucas 5:10; Juan 21:15-17).

Volvamos pues a la frustración inicial de Pedro por haber negado a su Señor resucitado; por saber que, después de ser uno de los favoritos del Mesías, él y solo él había dilapidado la oportunidad más grande de su vida; todo esto sumado al dolor que le hacía llorar por haber traicionado a su amigo inocente. Lo que Pedro recibió cuando Jesús le repitió el milagro fue vida, una nueva vida. Y no hablamos aquí solo de la vida biológica de saber su cabeza sobre su cuello… aunque fuera un alivio que no suelen tener quienes traicionan a otros señores. No, no hablamos de bios, sino de zoe, de abundancia de vida (Juan 10:10). Pedro volvió a nacer: sus sueños fueron renovados, sus esperanzas fueron renovadas y su posición fue confirmada (no es un detalle menor: Apocalipsis 21:10,14). Porque esa es la forma de proceder del Señor de Pedro, del nuevo Rey de las naciones.

Jesús terminó diciéndole a Pedro que el apóstol iba a morir como mártir por Él en algún momento y, contrario a lo que la mayoría pensaría, esas palabras fueron bálsamo para el corazón atribulado de Pedro. Jesús mismo le estaba dando la seguridad de que, cuando fuera el momento de su muerte, no negaría a su Señor como la vez anterior, sino que lo iba a glorificar con ella. Jesús, siendo palabra y vida, Logos y Zoe, no puede hablar sin dar vida. Ni siquiera hablando de muerte deja de darnos vida (Juan 21:18-19).

Jesús habló y le ratificó a Pedro que Él lo amaba con amor eterno, que lo había llamado y que Él mismo sanaba el corazón del apóstol para que, llegado el momento, fuera capaz de ofrecer su bios, porque había recibido de Jesús zoe.  

¿Contradice el Nuevo Testamento al Antiguo?

La piedad para Vittoria Colonna, de Miguel Ángel. El madero vertical de la cruz detrás de la Virgen María tiene una inscripción del Paraíso de Dante que dice: «No se piensa cuánta sangre costó» (Fuente: Wikipedia).

Me preguntan por qué el Nuevo Testamento (NT) dice algunas cosas que parecen contradecir al Antiguo Testamento (AT). Es una buena pregunta. En general, me parece que hay un problema de interpretación, más que de contradicción interna del texto. Retomaré aquí algo que escribí hace un tiempo en Instagram y lo ampliaré un poco más.

No piensen que he venido a anular la ley y los profetas; no he venido a anularlos, sino a darles cumplimiento.

Mt. 5:17 (NVI)

Hay dos formas de interpretar este pasaje, una correcta y otra contradictoria, como veremos. Con respecto a la segunda, muchos han interpretado esto como que Jesús vino a obedecer la ley de Moisés, pero eso no puede ser. Los Evangelios están llenos de referencias en los que Jesús intencionalmente se pasa la ley «por la galleta» para mostrar amor, que es el sumo bien. Veamos algunos ejemplos.

  1. La ley declaraba inmundo al leproso (Lv. 13), de modo que quien lo tocara quedaba también contaminado (Nm. 5:1-3). Sin embargo, el mismo Mateo que cita a Jesús en el Sermón del Monte diciendo que vino a cumplir la ley, lo primero que hace después de terminar tal discurso es contar que Jesús tocó a un leproso para sanarlo (Mt. 8:1-3).
  2. La ley declaraba que una mujer con flujo de sangre era inmunda y todo el que la tocara quedaba inmundo (Lv. 15:19-33). También declaraba que los muertos eran inmundos y todo el que los tocaba quedaba inmundo (Nm. 5:1-3), a tal punto que los sumos sacerdotes no podían tocar ni a sus seres más queridos (Lv. 21:10-11). Sin embargo, en una misma historia una mujer con flujo de sangre queda sana cuando toca a Jesús, y una niña muerta resucita cuando Jesús la toca (Mt. 9:18-26).
  3. La ley declaraba en varias partes que el día de reposo era irrompible, incluso en los diez mandamientos (Dt. 5:12-15) y que quien lo rompiera debía ser castigado con la muerte (Éx. 35:2-3). Sin embargo, cuando Jesús fue recriminado por trabajar en sábado dijo que sí, que eso era exactamente lo que estaba haciendo (Jn. 5:16-17). Incluso cuando sus discípulos tuvieron hambre y arrancaron espigas en día de reposo, cosa que prohibía la ley (Éx. 34:21), Jesús no los recriminó y antes los defendió ante los religiosos que querían obligarlos a cumplir la ley (Mt. 12:1-14).

¿Se contamina Jesús al tocar al leproso, a la mujer con el flujo de sangre o a la niña muerta? ¿O quedan más bien estas personas puras, sanas, vivas, al tocar a Jesús? ¡La respuesta es, por supuesto, la segunda! Si Jesús hubiera estado sujeto a la ley, habría quedado contaminado. No obstante, las palabras de Jesús dejan claro que Él es Señor de la ley, no siervo de ella (Mt. 12:8). La ley se sujeta a Él, no Él a la ley.

Entonces cuando Jesús dijo que no venía a abrogar la ley, sino a cumplirla, no se refería a sujetarse a ella, sino a darle cumplimiento. La imagen es la de un pagaré que está vigente hasta que la deuda queda cancelada (Col. 2:13-14). Abrogar la ley habría sido no pagarlo; saldar la deuda es cumplir el trato, con lo cual el pagaré —que es la ley de Moisés— queda anulado por cumplido (Ef. 2:14-15).

¿Contradice esto al AT? ¡Claro que no! Pablo les dice a los Gálatas que habría una contradicción si la ley de Moisés pudiera dar vida (Gá. 3:21). Pero la ley de Moisés era incapaz de hacer esto (y muchas cosas más). Si la ley hubiera podido dar vida, si hubiera podido justificar, si hubiera podido santificar, si de ella hubiera dependido que Dios obrara a mi favor, si de ella hubiera dependido que yo recibiera al Espíritu Santo, entonces el NT —y la promesa a Abraham, que es anterior a la ley de Moisés por varios siglos— implicaría una contradicción con el AT. Pero el antiguo pacto tenía los días contados (Gá. 3:19); terminaría cuando llegara el nuevo (Gá. 4:4). Puesto que la ley, el antiguo pacto, era inútil para producir todas las cosas anteriormente mencionadas (He. 7:18-19), es natural que su obsolescencia llegara (He. 8:13). De hecho, que este nuevo pacto llegaría, es algo que estaba profetizado desde el AT (Jer. 31:31-34).

El propósito de la ley era hacer explícito el pecado que había en mi corazón para guiarme a Cristo (Gá. 3:24). Es decir, la ley mostraba que no podía salvarme por mí mismo y necesitaba a otro, a Cristo, para que lo hiciera por mí (Mt. 19:16-26). Pero ahora que estoy en Cristo, la ley ya no es mi guía (Gá. 3:25), sino el Espíritu Santo (Gá. 5:18).

En cuanto a las promesas del AT, su propósito era apuntar a Cristo (Jn. 5:39). Volvemos así a la cita inicial que redondea todo este asunto (Mt. 5:17). Cristo cumplió la ley porque en Él se cumplió todo lo que estaba prometido (Jn. 19:30). Lejos de contradecirlo, en Cristo queda demostrada la veracidad del Antiguo Testamento.

Eternidad

La eternidad no está dada en términos de tiempo, porque el tiempo comenzó a existir. Si definiéramos la eternidad temporalmente, tendríamos que darle un inicio a Dios y, con el correr de los segundos, aquello que llamamos Dios no lo sería, sino que estaría llegando a ser. Eternidad es otra cosa. Eternidad es la plenitud que se vive en el amor. Por eso Dios es trino, necesita serlo porque es también eterno: la eternidad de cada Persona de la Trinidad se encuentra en el amor —dado y recibido— con las Otras Dos.

En cuanto a nosotros, todo lo finito es corto. A este lado del cielo, ningún vínculo se va a asemejar a la intimidad con Dios. Nada más, nadie más, puede satisfacer la eternidad que nos arde y que llevamos dentro, sino Aquel que puede amar perfectamente. Solo Él.

No obstante, lo finito puede ser muy grande, ¡mucho!, con relación a otras cosas finitas. No serán perfectos nuestros lazos, pero tampoco serán por ello malos o menos deseables. Más bien, tanto más nos aproximaremos a la plenitud de allá cuanto mejor sea nuestro amor de acá.

Así, mientras llegamos allá, amamos acá; regalamos eternidad, aquella que Dios ha puesto en nuestros corazones, a quien tenemos acá (prójimo = próximo); con la esperanza de que nuestros amores serán potenciados allá y, en Él, también ellos se harán eternos.

La superficialidad no es una opción

A pesar de lo que muchos puedan pensar con respecto a la Biblia, los libros que la componen son obras maestras de la literatura universal. Por ejemplo, 1 Corintios posee una riqueza literaria superlativa. En particular, 1:17—2:2 es de tan alta facundia que abruma y revela la estatura intelectual de Pablo de Tarso. El texto es en realidad un poema. Como lo explica K. A. Bailey (en cuyas ideas basaré esta entrada), está escrito «en verso». Así que, con algo de transliteración del griego, voy a intentar hacer la profundidad literaria más clara:

A.     1. Pues no me envió Cristo a bautizar,
              2. sino a predicar el evangelio;
                   3. no con sabiduría de palabras,
                        4. para que no se haga vana la cruz de Cristo.
     B.     1. Porque la palabra de la cruz es locura a los que son destruidos;
                   2.  pero a los que se salvan, esto es, a nosotros,
                   2′. es poder de Dios
              1′. Pues está escrito: «Destruiré la sabiduría de los sabios»
              a.     («y desecharé el entendimiento de los entendidos»).
           C.     1. ¿Dónde está el sabio?
                         2.  ¿Dónde está el escriba?
                         2′. ¿Dónde el erudito de esta época?
                    1′. ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?
               D.     1. Pues ya que en la sabiduría de Dios,
                        2. el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría,
                   E.     1. agradó a Dios, mediante la locura de la predicación,
                            2. salvar a los creyentes.
                         F.     1. Porque los judíos piden señales,
                                  2. y los griegos buscan sabiduría;
                              G.     1. pero nosotros predicamos
                                       2. a Cristo crucificado,
                         F’.    1. para los judíos ciertamente tropezadero,
                                 2. y para los gentiles locura;
                    E’.     1. mas para los llamados        b. (tanto judíos como griegos)
                             2. Cristo [es] poder de Dios, y sabiduría de Dios.
               D’.     1. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres,
                         2. y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres
                                                 c. (pues consideren, hermanos, su propio llamamiento).
         C’.    1. No muchos de ustedes son sabios según la carne,
                      2.  ni muchos, poderosos;
                      2′. ni muchos, nobles;
                 1′. sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios
                                           d. (y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte)
                                           e(y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios,
                                               y lo que no es para deshacer lo que es).
     B’.     1. A fin de que nada en la carne se gloríe en la presencia de Dios,
                   2.  por quien ustedes están en Cristo Jesús,
                   2′. a quien Dios hizo sabiduría para nosotros
                        f. (esto es, justificación santificación y redención),
               1′. para que, como está escrito: «El que se gloríe, que lo haga en el Señor».
A’.     1. Y cuando fui a ustedes    g. (y fui a ustedes),
              2. no fui con excelencia de palabras     h. (ni de sabiduría)
                   3. para anunciarles el testimonio de Dios,
                        4. pues me propuse no saber entre ustedes de cosa alguna,
                            sino de Jesucristo, y de este crucificado.

Los antiguos poetas, como los contemporáneos, no buscaban tanto la rima de sonidos (aunque a veces sí), sino la rima de ideas. Para esto recurrían a una figura literaria muy elaborada llamada paralelismo. Este poema tiene siete unidades, dadas por las letras mayúsculas en la separación anterior. En ellas se presenta el llamado paralelismo invertido: la primera unidad está asociada con la última; la segunda, con la penúltima; la tercera, con la antepenúltima; y así sucesivamente hasta llegar a un punto de pivote en el medio del poema:

A.     Predico la cruz
     B.     Ellos, que son destruidos
              nosotros, que somos salvos
           C.     El sabio (el erudito) hecho necio
               D.     La sabiduría de Dios y la ignorancia del hombre
                   E.     La predicación salva a los creyentes
                         F.     Los judíos y los griegos rechazan
                              G.     Predicamos la cruz
                         F’.    Los judíos y los gentiles rechazan
                    E’.     Cristo es poder y sabiduría para los llamados
               D’.     La sabiduría de Dios y la debilidad del hombre
         C’.    Los sabios (los fuertes) avergonzados
     B’.     Ellos, que se jactan
               ustedes, que están en Cristo
A’.     Yo predico la cruz

LAS SEIS UNIDADES EXTERNAS (A-B-C-…-C’-B’-A’)

A y A’

Las líneas de A y A’ forman conjuntamente otra forma de paralelismo llamado paralelismo escalonado.  Es decir, la primera línea de A está relacionada con la primera de A’; la segunda línea de A, con la segunda de A’; la tercera de A, con la tercera de A’; y la cuarta de A, con la cuarta de A’:

A.     1. Pues no me envió Cristo a bautizar,
              2. sino a predicar el evangelio;
                   3. no con sabiduría de palabras,
                        4. para que no se haga vana la cruz de Cristo.

A’.     1. Y cuando fui a ustedes    g. (y fui a ustedes),
              2. no fui con excelencia de palabras     h. (ni de sabiduría)
                   3. para anunciarles el testimonio de Dios,
                        4. pues me propuse no saber entre ustedes de cosa alguna,
                            sino de Jesucristo, y de este crucificado.

Las ideas explícitas de cada párrafo son, a saber:

1. La venida de Pablo.
         2. No con palabras sabias.
                3. La predicación.
                       4. La cruz de Cristo.

El lector atento notará que en la anterior descripción las líneas 2 y 3 de A están invertidas, y que la 1 está negada; a diferencia de lo que acontece en A’, que coincide en todo con la descripción explícita. La mejor forma de entender esto es que probablemente Pablo pasó mucho tiempo —quizás años— escribiendo este poema, y las líneas iniciales eran:

A.     1. Pues Cristo me envió,
              2. no con palabras sabias;
                   3. sino a proclamar el evangelio,
                        4. para que no se haga vana la cruz de Cristo.

Sin embargo, como antes del inicio del poema Pablo estaba contrarrestando divisiones relacionadas con el bautismo de algunos miembros de la iglesia de Corinto, para poder insertar su poema y mantener el contexto cambia la línea 1 de A. Esto lo forzó a cambiar el orden de las líneas 2 y 3, pues de otra manera la frase perdería todo sentido.

B y B’

Las unidades B y B’ son internamente paralelismos invertidos también:

B.     1. Los que se destruyen.
                   2.  Los que se salvan.
                   2′. Poder de Dios.
         1′. Está escrito: «Destruiré».

Las líneas 1 y 1′ coinciden, así como las 2 y 2′. Alguien dirá que la semejanza está un poco refundida entre 2 y 2′, y quizás tenga algo de cierto en la construcción semántica. No obstante, la teología paulina y todo el Nuevo Testamento enseñan que la salvación solo es por el poder de Dios y no por méritos humanos. De otro lado, para compensar un poco esta dispersión entre 2 y 2′, Pablo hace que las dos líneas mantengan ritmo y rima pues en el griego coincide  el sonido de las voces finales y las líneas tienen 8 y 7 sílabas, respectivamente.

En cuanto a B’, el paralelismo invertido puede verse así:

B’.     1. Los que se glorían.
                   2.  Ustedes en Cristo.
                   2′. Sabiduría de Dios.
          1′. Está escrito: «Que se gloríen en el Señor».

Como si fuera poco el paralelismo invertido al interior de de B y B’, Pablo hace que las dos unidades funcionen como un paralelismo escalonado, tal como ocurrió con A y A’:

B.     1. Los que se destruyen.
              2. Los que se salvan.
                   2′. Poder de Dios.
                        1. Está escrito: «Destruiré».

B’.     1. Los que se glorían.
              2. Ustedes en Cristo.
                   2′. Sabiduría de Dios.
                        1. Está escrito: «Que se gloríen en el Señor».

C y C’

Al igual que B y B’, las unidades C y C’ también manejan internamente paralelismos invertidos:

C.     1. El sabio.
                         2.  El escriba (sabio judío).
                         2′. El erudito (sabio griego).
         1′. La sabiduría hecha locura.

C’.    1. Los sabios.
                      2.  Poderosos.
                      2′. Nobles.
          1′. Los sabios hechos necios.

Y así como con A y A’, y B y B’, las unidades C y C’ también forman un paralelismo escalonado, en el que el asunto de C es el conocimiento, y el de C’, el poder (además, ha de añadirse que en la sociedad judía de la época, las clases dominantes eran las religiosas, los escribas ostentaban también poder político):

C.     1. El sabio.
              2. El escriba.
                   2′. El erudito.
                        1. La sabiduría hecha locura.

C’.     1. Los sabios.
              2. Los poderosos.
                   2′. Los nobles.
                        1. Los sabios hechos necios.

Por último, vale la pena mencionar que en estas 24 líneas de A-B-C-C’-B’-A’, la última línea de cada unidad es el tema con el que comienza la primera línea de la siguiente, excepto en una ocasión (B’2-A’1):

A1 – – – Fui enviado.
A4 – – – La cruz de Cristo.
B1 – – – El mensaje de la cruz.
B4 – – – Los sabios.
C1 – – – El sabio.
C4 – – – Sabiduría del mundo.
C’1 – – – Los sabios según la carne.
C’4 – – – Los sabios avergonzados.
B’1 – – – Nadie puede jactarse en la carne.
B’2 – – – Jactarse en el Señor.
A’1 – – – Vine (¿?)
A’4 – – – Cristo crucificado

LAS SIETE UNIDADES INTERNAS (D-E-F-G-F’-E’-D’)

En medio de las 24 líneas de A-B-C-…-C’-B’-A’, están las siete unidades D-E-F-G-F’-E’-D’. Catorce líneas («versos») que crecen desde D en 7 líneas hasta el punto de pivote G y luego decrecen desde G en 7 líneas hasta D’. Además, las dos líneas de G tienen cada una 7 sílabas en el original griego. De manera que el 7 está presente de 3 formas en el centro del poema:

               D.     1. Pues ya que en la sabiduría de Dios,
                        2. el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría,
                   E.     1. agradó a Dios, mediante la locura de la predicación,
                            2. salvar a los creyentes.
                         F.     1. Porque los judíos piden señales,
                                  2. y los griegos buscan sabiduría;
                              G.     1. pero nosotros predicamos
                                       2. a Cristo crucificado,
                         F’.    1. para los judíos ciertamente tropezadero,
                                 2. y para los gentiles locura;
                    E’.     1. mas para los llamados        b. (tanto judíos como griegos)
                             2. Cristo [es] poder de Dios, y sabiduría de Dios.
               D’.     1. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres,
                         2. y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres
                                                 c. (pues consideren, hermanos, su propio llamamiento).

D-E-E’-D’

Puede verse también que la línea D1 repite el asunto de las dos líneas externas de C (C1 y C4), y D2 repite el asunto de las dos líneas internas de C (C2 y C3). Igualmente ocurre en la comparación de C’ y D’ (D’1 sienta el patrón de C’1 y C’4; y D’2 sienta el patrón de C’2 y C’3). Y para continuar la tendencia las unidades D-E-E’-D’ están conectadas como sigue:

               D.     La sabiduría de Dios (y el mundo).
                   E.     La predicación: locura de Dios (y los salvos)
                   E’.     La sabiduría de Dios (y los salvos).
               D’.     La locura de Dios (y el mundo).

F-G-F’

Los tres pares de unidades centrales son el clímax del poema. Las dos líneas de F riman en el griego, y las cuatro líneas de G-F’ tienen 7 sílabas cada una, cosa claramente deliberada. Los temas centrales de estas tres unidades son:

               El mundo y la sabiduría de Dios.
                   La predicación (y los que creen).
                         Judíos y griegos (que no creen).
                              La cruz.
                         Judíos y griegos (que no creen).
                    Cristo: la sabiduría de Dios (y los llamados).
               El mundo y la sabiduría de Dios.

CONCLUSIÓN

Mucho más puede decirse con respecto al aspecto literario de este poema. Pero me parece que con lo expuesto acá la situación queda más que clara.

  1. Pablo es un genio desproporcionado.
  2. Debió pasar meses, probablemente años, escribiendo este poema antes de plasmarlo en la primera carta a los Corintios.
  3. Por lo tanto, la inspiración divina funciona de muchas maneras. No es solo que de repente «le cayó la moneda». Esto también puede verse al menos en otros documentos paulinos: a) En la defensa que hace el apóstol del evangelio que recibió del cielo en la carta a los Gálatas; es decir, Gálatas está plasmando ideas que él ya tenía claras en su cabeza. b) En Romanos, su obra maestra; pues en esta carta expone con muchísimo más detalle la idea de su evangelio, que años antes había comenzado a plasmar por escrito en la carta a los Gálatas.
  4. Las críticas al cristianismo por superficial lo único que revelan es la superficialidad de quienes lo critican. Es hasta entendible que a algunos les parezca difícil de aceptar, pero es incomprensible que se le deseche como una simple superficialidad.
  5. Cuando Pablo dice en el medio del poema que no habla con palabras de humana sabiduría, lo está diciendo en sentido figurado. Pues queda claro que estas líneas son una obra maestra de la lengua griega. Más bien, lo que está diciendo es que todo su extraordinario conocimiento e intelecto lo rinde a los pies de la cruz de Cristo.
  6. Es inconcebible entonces que haya supuestos expertos en Biblia que no quieran conocer el griego y se jacten desde sus altares de no conocerlo. Tienen la misma credibilidad que un experto en Shakespeare que no quiere conocer el inglés o un experto en Cervantes que no quiere conocer el español. ¡No se puede apelar a la superficialidad en nombre del Logos!
  7. Por último, este poema revela por completo el pensamiento y la vida de Pablo: renunció al honor y al poder del mundo, cosa que era una locura, con el fin de aceptar la locura del evangelio de la cruz de Cristo. Más aún, el poema comienza (A), termina (A’) y tiene su clímax (G) en la cruz de Cristo y en su consiguiente predicación. Lo demás, así al mundo le parezca locura, es paisaje.

Yo sé que mi Redentor vive

Yo sé que mi Redentor vive,
y al fin se levantará sobre el polvo;
y después de desecha esta mi piel,
en mi carne he de ver a Dios;
al cual veré por mí mismo,
y mis ojos lo verán, y no otro,
aunque mi corazón desfallece dentro de mí.
Job 19:25-27

Pocos textos bíblicos me arroban el alma con tanta fuerza como esta declaración del patriarca uzita Job. Aunque los eruditos datan el libro de Job del siglo 6 a.C., al parecer la historia como tal se remonta a una tradición oral al menos tan antigua como el mismo Moisés; cosa que la situaría como una de las más antiguas historias bíblicas, si no la más antigua. Job está tan bien escrito, es tan virtuoso su verso, que el gran poeta británico Alfred Lord Tennyson lo llamó «el más grande poema de los tiempos antiguos y modernos».

Y este preludio le da fuerza a dos cosas que quiero decir. Primero, el mensaje de Job es universal. ¿Por qué? Porque Job era de la lejana y extraña tierra de Uz y al parecer la historia es anterior a la formación del pueblo de Israel. Por lo tanto, su mensaje trasciende el judaísmo; la antigüedad y lejanía geográfica conllevan el contexto de sabiduría ancestral que apela más allá de un grupo nacional o cultural particular. Es decir, la metanarrativa de Job sitúa la historia en un contexto que abarca a toda la humanidad.

Segundo, hay un clamor existencial profundo en las palabras de Job. La estructura poética, sobre todo esta tan bien lograda, trasmite un mensaje para el que la sola literalidad es inadecuada. Cierto, necesitamos como Job un Redentor que muera y resucite por nosotros, eso es claro de la literalidad. Pero el poema marca con increíble fuerza que, además de necesitarlo en medio de nuestros sufrimientos, lo anhelamos; y si ese anhelo no se hace realidad, la vida termina truncada, incompleta y sin sentido, como en un escrito de Jean Paul Sartre.

Por eso decía C. S. Lewis que si tenemos deseos y nada en este mundo puede satisfacerlos, es porque fuimos hechos para otro mundo. Y por eso Lewis y Tolkien concluyeron que el cristianismo es «el mito que se hizo realidad». Cristo resucitó, no le quepa la menor duda (para una introducción histórica a los argumentos vea aquí y aquí). Y al resucitar hizo la creencia de Job y de todos los cristianos no solo una historia que necesitábamos y anhelábamos cierta, sino una que es cierta.

La historia de Job, hace al menos 4500 años, tiene todo el mensaje del evangelio: necesitábamos un Redentor como nosotros —luego humano— para que muriera en lugar de nosotros, pero perfecto —luego divino— para que expiara nuestros pecados y Dios lo resucitara («Yo sé que mi Redentor vive // y al fin se levantará sobre el polvo»); y así después resucitarnos a nosotros en el cuerpo («en mi carne he de ver a Dios», «mis ojos lo verán, y no otro»).

La resurrección es completamente relevante para la historia de la humanidad. Como dijera el historiador Jaroslav Pelikan: «Si Cristo resucitó, nada más importa; y si Cristo no resucitó, nada más importa». Sobre lo segundo, en ausencia de la resurrección, la necesidad y el anhelo de Job —y de todos nosotros— quedarían insatisfechos. Y esto no solo en cuanto a lo individual, sino a lo social. De hecho, John Gray y Tom Holland, reconocidos intelectuales ateos británicos, han defendido que sin el legado del cristianismo nuestra sociedad perdería el sentido y el norte (aquí y aquí). Al fin y al cabo, ¿sobre qué principios edificaríamos una nueva sociedad poscristiana? Y en caso de encontrarlos, ¿en qué los sustentaríamos? Si no existe un Dios más allá de este mundo natural, la idea de bondad se vuelve subjetiva, maleable a nuestro antojo (fueron ateos, como el mismo Nietzsche, como el mismo Huxley, quienes plantearon que si Dios no existía, la moral objetiva tampoco existía). Pero si ese Dios que existe más allá no entra en contacto con nosotros acá, así exista no nos sirve de nada. Por lo tanto Cristo.

La Trinidad en el cristianismo hace posibles las dos cosas, cerrando el círculo de manera perfecta. La trascendencia (necesaria para que Dios sea Dios y nuestros principios morales sean objetivos, entre otras cosas), y la inmanencia (necesaria, entre otras cosas, para nosotros, para que nuestra vida tenga sentido y podamos tocar lo divino) están patentes en ella. El cristianismo genera un marco conceptual tan increíblemente consistente que los demás sistemas palidecen en congruencia y sustento. Por eso también dijera Lewis en la que es quizás su frase más célebre:

Creo en el cristianismo como creo que el sol se ha levantado: no solo porque lo veo, sino porque por él veo todo lo demás.

Gray y Holland consideran al cristianismo un mito necesario, pero uno que no se ha hecho realidad. Entienden su importancia histórica y social y, como Nietzche, no ven con qué más se pueda remplazar. Igualmente Richard Rorty, famoso filósofo ateo del siglo pasado, aunque mucho defendió la democracia, reconoció que no había nada sobre lo cual sustentarla; porque, como reconociera en otro lado, solo la creencia en un Dios trascendente produce verdades objetivas. Pero los Grays, Hollands, Rortys y Nietzches de este mundo fallan en llevar sus ideas hasta sus últimas consecuencias. Se tienen que engañar para seguir viviendo. Son más coherentes los Robin Williams, los Anthony Bourdains y los Aviciis. Pues de nuevo, si Cristo no resucitó, nada importa. Nuestra sociedad occidental se derrumba como un castillo de naipes y nuestra existencia queda sumida en la crisis existencialista que produce náuseas y un constante y válido cuestionamiento de por qué no el suicidio. ¡Cuánto desasosiego en mantener una mentira útil! Si Cristo no resucitó, nada más importa. Pablo lo reconoció también así desde el principio cuando dijo que si Cristo no había resucitado, lo que creíamos los cristianos no nos serviría de nada y solo seríamos dignos de conmiseración. Si Cristo no resucitó, la angustia del corazón de Job no halla reposo y no tiene justificación. Si Cristo no resucitó, su deseo de redención y trascendencia queda eternamente insatisfecho.

Pero si Cristo resucitó, nada más importa. En particular, los sufrimientos de este mundo se vuelven tan solo pasajeros en comparación con la gloriosa eternidad que viene más adelante. Porque «mi corazón [que] desfallece dentro de mí» sabe que hay algo más allá de la muerte física, que la realidad no termina en este sufrimiento terrenal. El amor queda sellado para siempre por un Dios que lo dio todo, hasta su vida, sin importarle que por ello lo despreciaran, para acercarme a Él. La justicia se mantiene viva, porque Él es nuestra justicia ante Dios. Y la poética esperanza de verlo a Él, de entrar en contacto con lo divino, de por fin satisfacer ante una eternidad de plenitud de gozo y delicias junto a Él aquellos anhelos que nada en este mundo podía satisfacer, hace que todo, hasta el peor sufrimiento terrenal, tenga sentido. Entonces puedo amar (es decir, hacer el bien) abnegadamente y lleno de auténtica felicidad, ¡aunque duela!, porque la recompensa que por Cristo viviré allá hace este sufrimiento de acá infinitesimalmente irrelevante.

La resurrección de Cristo, vemos en Job, responde a un anhelo tan antiguo como el hombre mismo. Cristo muerto y resucitado es la respuesta para toda la humanidad. La resurrección de Cristo es la prueba de que este sí fue el mito que se hizo realidad.