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El peluquero

Desde que tus abuelitos Gil y Dorita se devolvieron a vivir a Colombia, no ha sido fácil para mí encontrar un peluquero. Betty, la señora que solía hacerlo, una vecina de los abuelitos —y una gran amiga de la abuelita—, me cortaba el pelo en su apartamento cuando iba a visitarlos. Como ahora no tengo muchas excusas para ir a ese lugar y Betty tiene ocupaciones adicionales, ya no es tan fácil como antes.

De todas maneras, con tantas cosas encima, tampoco es que me quede mucho tiempo para cortarme el pelo con frecuencia, así que solo lo hago cuando ya no hay mucho escape (es decir, cuando ya estoy tan mechudo y barbudo que empiezo a pensar que Trump va a enviar a ICE a deportarme).

Por un tiempo intenté con Michael, otro amigo cristiano que también es peluquero. Pero, entre otras cosas, su agenda, como la mía, vive muy llena, así que cuadrar los horarios le quedaba difícil. De modo que en algún sábado de hace unos tres o cuatro meses tuve que buscar una peluquería porque tenía un evento importante (!) y terminé en un sitio cercano a nuestra casa donde los peluqueros, que eran hispanos, oían reguetón a todo volumen (canciones que yo nunca había oído y cuyas letras eran más malogradas que las que sí conozco) y tenían conversaciones completamente obscenas y desagradables de lo que habían hecho la noche anterior que me torturaban los oídos. Así que entre “la música”, las letras de las canciones y la conversación, con sus constantes groserías y el obvio maltrato al español, el mejor momento de mi corte fue cuando salí del lugar.

Hace un par de meses retomé mi buenísima costumbre de tener caminatas de oración. Mis oraciones son muy auténticas y reales cuando camino a solas con Dios, mientras que en la casa me despisto más. Entonces comencé a orar por dos cosas muy puntuales: primero, por que Dios me abriera puertas para hablar de Jesús y el Espíritu me diera la valentía para hacerlo; segundo, por que pudiera por fin volver a oír la voz del Espíritu guiándome… que, para mi vergüenza, dejé apagar por las preocupaciones del mundo cuando tú naciste. Creo que la última vez que la había oído fue cuando nuestro buen Dios nos reveló que ibas a ser un niño y me dijo que te llamara Juan.

El día específico en que comencé a orar por que Dios me permitiera volver a hablarle a alguien de Jesús, un viernes, también tenía que cortarme el pelo (otro evento…) y no tenía adónde ir porque ni Betty ni Michael estaban disponibles. Yo había ido a trabajar a la biblioteca de Sunrise y mi plan era conseguir por ahí cerca una peluquería al terminar, antes de irme a la casa. Entonces ocurrió algo maravilloso cuando salí de la biblioteca. Volví a oír la voz de mi Señor que me decía: «Ve a la peluquería a la que fuiste la última vez, el peluquero necesita oír las buenas nuevas de Jesús».

Déjame hacer aquí un paréntesis. Por un lado, no hay nada que produzca más vida que la voz de Dios (ocurre en el corazón del hombre tal como en Génesis 1). Esto es cierto hasta cuando Dios nos está disciplinando: su voz, su Palabra —es decir, Jesús—, es vida por definición. Por eso cuando Dios le habla a Job, él se sana. No importa que sus amigos le hubieran hablado con palabras llenas de lógica… Dios no estaba en sus palabras y Job terminó sintiéndose peor después de oírlos. Sin embargo, cuando Dios le habla a Job, lo reprende, pero su corazón se sana. Porque las palabras de Dios son vida en abundancia. Así que cuando yo oí la voz de Dios, volví a sentir un torrente de vida que recorría todo mi ser. Por otro lado, la voz de Dios es siempre inesperada, tiene su dosis de humor negro y no se ajusta a nuestra lógica humana. ¿A la misma peluquería de la que había salido tan aburrido la última vez? Esas son las cosas que solo se le ocurren a Él.

Pero yo he aprendido que a Dios no le discuto. Él siempre, siempre, siempre, tiene la razón. Así que eso hice. Me fui para la consabida peluquería a cortarme el pelo. Más aún, le dije: «Señor, si de veras eres tú, pues que el mismo peluquero de la vez pasada me corte el pelo sin que yo fuerce la situación». De modo que llegué, me senté a esperar y le escribí a mami que estaba en la misma peluquería de la última vez porque Dios me había dicho que fuera allá (go figure!). La música estaba a todo volumen, pero esta vez era salsa (¡y ahora sí me las sabía todas!). Además, había llevado un libro de mecánica estadística y grandes desvíos que estaba estudiando para un grant. Así que simplemente me senté a orar para que Dios obrara, mientras leía mi libro y cantaba en voz baja cuanta canción sonaba… cómo logré hacer las tres cosas es algo que me sigue pareciendo un milagro.

Había otro cliente esperando y cuatro peluqueros, el que me cortó el pelo la vez anterior inclusive. Todos estaban ocupados. Nadie me saludó cuando llegué. Pero yo estaba quieto y a la expectativa; mi plan era que quien me atendiera fuera el de la vez anterior, pero sin que yo forzara la situación. Una media hora después, el primer peluquero en desocuparse, salió e inmediatamente se fue por la puerta de adelante. Otra media hora después, se desocupó el segundo y se fue por la puerta de atrás. Quedaban dos peluqueros. Todos me habían ignorado como si no estuviera ahí. Yo seguía orando. En algún momento de esa primera hora, se desocupó el señor que antes me había cortado el pelo y atendió al otro cliente que estaba esperando. Más interesante fue que llegó otro cliente después de mí ¡y este peluquero lo atendió antes que a mí! En ese momento, como una hora después de haber llegado, el peluquero por fin me dirigió la palabra para excusarse diciendo que el otro cliente estaba desde antes, pero se había ido y regresado una vez más. Y pasó a conversar con el otro peluquero para decirle que me atendería el primero en desocuparse. Así que seguí orando, leyendo y cantando salsa ahí sentado.

Fueron como dos horas de espera cuando por fin quedó libre el peluquero de la vez anterior (cada corte y barba deben ser unos 40 minutos) . Me cortó el pelo, me hizo la barba y esta vez le intenté hacer conversación a ver si se abría alguna oportunidad de hablarle de Jesús. Al final, algo apenado, me dijo que guardara su número de teléfono para que la próxima vez pudiera reservar turno y no tuviera que esperar tanto. Me dijo que los domingos en la mañana el lugar estaba muy desocupado. Yo le dije que en ese horario no podía porque solíamos estar con mi familia en la iglesia. La mención de la iglesia le pareció muy interesante y comenzó él mismo a indagar por ello. Le conté que había una sede donde los servicios eran solo en español en Coral Springs y le pareció maravilloso porque él vivía por esos lados. Entonces le dije: «Quiero que sepa que vine aquí, porque Dios me dijo que viniera aquí a hablar con usted; por eso me quedé todo el tiempo esperando ahí sentado». El tipo quedó sorprendidísimo. Le pregunté si había algo en particular por lo cual pudiera orar por él. Me contó que su esposa estaba a punto de dar a luz su segunda hija, la primera en Estados Unidos. Estaba notoriamente ansioso por ello. Le dije que con mucho gusto oraba por él. Su familia y él comenzaron a asistir a la iglesia hispana. Una semana larga después, la niña nació.

Te cuento todo esto con los detalles desde el principio, para que veas cómo obra Dios. Todos los obstáculos que por tantos meses tuve para cortarme el pelo tenían un solo propósito: llevarme a este peluquero en quien Dios, en cuya mano están todos nuestros tiempos, ya tenía los ojos puestos. Más aún, Dios sabía desde la eternidad que aquel viernes yo iba a orar por que abriera las puertas para que yo le hablara a alguien de su amor y gracia y había preparado las cosas de acuerdo con mi oración. Esta idea es abrumadora. Por eso dice el Salmo

Tú, Señor, me has examinado y conocido.
Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme;
has entendido desde lejos mis pensamientos.
Has escudriñado mi andar y mi reposo,
y todos mis caminos te son conocidos.
Pues aún no está la palabra en mi lengua,
y, he aquí, Señor, tú la sabes toda
.
Tal conocimiento es demasiado para mí;
Alto es, no lo puedo comprender
¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!
¡Cuán grande es la suma de ellos!
Si los enumero, se multiplican más que la arena.

Su voz volvió y calmó la sed que había en mí por volver a oírlo. Desde esa vez, muchas otras oportunidades sorprendentes he tenido de hablarles a otros de su amor. Ya te las contaré y también te contaré lo que he aprendido. Por ahora, considera la forma sorprendente en que Dios me respondió las dos peticiones en una, teniendo al tiempo cuidado de la vida eterna del peluquero: es algo que solo Él puede hacer. ¡Bendito sea mi buen Señor!

No soy más protestante

Hace ya un tiempo que en mi corazón dejé de ser protestante. Poco a poco fui abriendo los ojos a las falencias del protestantismo hasta que se volvió insostenible para mí continuar profesándolo. Por supuesto, esto no me aleja un ápice de mi Señor Jesucristo. Al contrario, es mi anhelo de mayor cercanía con Él lo que me lleva a ello. Las razones puntuales son principalmente las siguientes:

  1. Entre sus famosas cinco solas (sola gracia, sola fe, sola Escritura, solo Cristo y solo a Dios sea la gloria), nada más una es suficiente y necesaria: solo Cristo. Solo a Dios sea la gloria es un corolario natural de solo Cristo.

  2. En cuanto a sola gracia y sola fe, son afirmaciones que contradicen la Escritura, y además se contradicen mutuamente. Por ejemplo, en términos soteriológicos, la gracia y la fe no pueden estar divorciadas, sino que van juntas (Efesios 2:8-9). Sola gracia o es universalismo o deriva fácilmente en ello, sola fe o es pelagianismo o deriva fácilmente en ello. Y si se necesitan juntas, pues no están solas. El problema, por supuesto, no es la gracia ni la fe; el problema es el adjetivo que les montó Lutero: solas.

  3. En cuanto a sola Escritura, es una reducción al absurdo por su solo planteamiento, pues fue hecha para contrarrestar el efecto de la tradición en la historia de la Iglesia, pero es una declaración cuyo único fundamento es la tradición que comienza con Lutero en 1517. Por supuesto que Dios habla a través de la Biblia, pero la Palabra por antonomasia en el Nuevo Testamento es Cristo, el Logos. Los protestantes, al hacer de la Biblia la Palabra de Dios, la terminaron idolatrando, produciendo una cantidad gigantesca de errores doctrinales; entre ellos, hacer más importante su interpretación de San Pablo que las palabras de Cristo. No obstante, es clarísimo de la misma Biblia, en los dos Testamentos, que Dios habla de muchas maneras, incluyendo la naturaleza (Salmo 19), los burros (Números 22) y personas increíblemente malvadas como el Sumo Sacerdote Caifás, quien orquestó la crucifixión de Jesús (Juan 11:49-51). El Espíritu Santo es la única Guía autorizada por Cristo para sus seguidores durante su ministerio terrenal, no otra. Y si creemos que Dios nos habla a través de la Biblia es porque creemos que el Espíritu Santo guió a los autores bíblicos a escribir de la forma en que lo hicieron. Pero esa misma guía del Espíritu sigue vigente y no solo habla Dios por medio de la Escritura, sino por medio de sueños, por su voz en nuestro propio corazón e incluso por medio de otros santos en la historia del cristianismo, quiere esto último decir… tradición.

  4. En cuanto a sola fe, independiente de las obras, quizás sea la afirmación que más gente termine enviando a la condenación eterna en toda la historia del cristianismo. Nunca, nunca, dijo Jesús que la sola fe, independiente de las obras, fuera suficiente para la salvación. Ahora, Jesús dijo que la fe era necesaria, mas nunca dijo que la sola fe fuera suficiente. Tampoco es una enseñanza paulina. El contraste de las obras en Pablo no es con la fe sino con la gracia, como lo deja claro Romanos 11:6: «Y si por gracia, ya no es por obras» (cita que, a su vez, termina explicando a Efesios 2:8-9, que se ha prestado para confusiones). Más bien, uno de los más grandes aportes del cristianismo, sobre todo de San Pablo, es hacer explícito que no es posible actuar sin fe, pues todos actuamos de acuerdo a lo que creemos (¡incluso cuando pecamos!). Así las cosas, la separación de fe y obras en el protestantismo es casi indistinguible del gnosticismo: lo importante es creer de alguna forma abstracta mientras las obras suman cero. Entre tanto, los protestantes hacen mil malabares hermenéuticos para negar que Santiago afirma sin lugar a muchas interpretaciones que «el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe» (Santiago 2:24). ¡Y todo en nombre de la sola Escritura! U obvian que Pablo dijo que si tenemos fe pero nos falta amor, no somos nada y que es más importante el amor que la fe (1 Corintios 13).

  5. No creo que haya existido otro factor de desunión más grande en la historia de la Iglesia de Cristo que la reforma protestante, probablemente más que cualquier herejía. Se calculan más de 47 000 denominaciones protestantes en este momento en el mundo… y es frecuente que cada una de ellas afirme que su doctrina es la única válida, aun en comparación con otras denominaciones protestantes. Así, contra la oración sacerdotal de Jesús (que seamos uno, así como el Padre y el Hijo son uno; Juan 17:20-23), han sembrado más división en el reino de Dios que el arrianismo mismo, contradiciendo no solo las palabras de San Pablo (p. ej., Romanos 16:17, 1 Corintios 3) sino las del mismo Cristo (Mateo 12:25). ¡Y todo en nombre de la sola Escritura que profesan!

  6. El último rasgo, más sociológico y psicológico, es el fastidioso evangelicalismo gringo que parece ver en Estados Unidos el reino de Dios en la tierra (y como América Latina heredó su protestantismo de Estados Unidos principalmente, los protestantes latinoamericanos también así lo creen). Hasta en su escatología maniquea se han buscado la manera de meter a sus enemigos políticos, inventándose por ejemplo desde la Guerra Fría que Gog es Rusia para justificar sus oscuros movimientos, ignorando voluntariamente la milenaria tradición cristiana del país eslavo. En otro ejemplo reciente, se volvió común entre los creyentes de este país identificar al presidente Trump con Ciro rey de Persia, comparando a los evangélicos del país con los exiliados de Judá en Babilonia y Persia, al punto tal que cuando uno hablaba con ellos parecía que creyeran en la reencarnación. Por supuesto, no hay cabeza ni pies en el protestantismo, y eso incluye al evangelicalismo gringo, pero una muestra representativa de este tipo de pensamiento es el famoso escritor Eric Metaxas con afirmaciones como estas el día anterior a las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2024:

«Si su pastor no hace claro mañana desde el púlpito que usted debe votar en contra de la opción demócrata, que está a favor del asesinato de niños y del tráfico sexual, usted está en la obligación de dejar esa iglesia y llevarse sus diezmos con usted. ¡CRISTIANOS, esta es su responsabilidad!».

Sí. Casi todos ellos hablan de política a tiempo y fuera de tiempo y hacen más proselitismo que evangelización. Y la instrucción paulina no es a votar por este o aquel, sino a orar por quien sea que esté en el poder, cosa que rara vez los he visto haciendo cuando gobiernan aquellos con quienes no están de acuerdo. Su actitud es muestra fehaciente de que no creen en Jesús (ni en Pablo, ni en Santiago) y en su enseñanza sobre la oración eficaz del justo. Para ponerlo claramente, la solución a los problemas de Estados Unidos y del mundo no es Trump ni la derecha política, sino Jesús. Si las iglesias cristianas dejan de predicar a Jesús para enseñar otra cosa, son anatemas.

Tengo mucho por añadir con el tiempo a todo lo que aquí he escrito. Pero es claro que no puedo seguir profesando una creencia tan contraria a lo que me indica cualquier lectura superficial que pueda yo hacer de las palabras de Jesús. No soy más protestante.

Plenitud de la existencia

El beso – Gustav Klimt

Empecé a sentirme deprimido más o menos en la mitad de mi doctorado, alrededor del año 2007. La precaria situación económica de mi familia en Colombia, una mala relación sentimental y mi casi completa inhabilidad para sobrevivir por mí mismo (que se volvió demasiado obvia cuando tuve que vivir sin mi familia en Brasil) me pasaron una factura cuya cuenta de cobro duró aproximadamente diez años.

Cuando llegué a Estados Unidos, la soledad me golpeó todavía más duro. Me di cuenta de que había hecho todos mis sueños realidad, pero no era feliz. Más aún, me di cuenta de que acumular más éxito no iba a producir esa felicidad que tanto anhelaba. Quería morirme, estuve al borde del suicidio varias veces, estaba bravo con Dios, detestaba mi inteligencia porque me hacía sentir aún más mal conmigo. Después de nunca haberle temido a nada, pasé a sentir terror de la noche; cuando llegaban las 4:00 pm, el pánico de saber que iba a oscurecer y yo volvería a estar solo se apoderaba de mí. ¿Cómo es que para todos los que me veían tenía yo tantos talentos pero me sentía cada vez más hundido? Terminé paralizado.

Mi página de Google académico lo muestra claramente: después de haber terminado mi tesis de doctorado en 2009, de donde salieron dos artículos (este y este), solo volví a publicar en 2017; es decir, ocho años después. Google académico muestra otros dos artículos, pero son medio falaces (uno es un preprint que no se pudo publicar por un error en el argumento y el otro fue un artículo de mi tesis de pregrado, que terminé en 2005, para calmar los ánimos de mi empleador).

2017 marca un antes y un después en mi vida. El punto más bajo al que llegué y el punto del cual mi Dios me rescató. Después de la más sincera oración de arrepentimiento en mi vida, tuve un encuentro personal con Cristo que trascendió todo lo que antes creía entender. Yo hablaba mucho de religión, había hecho conferencias por gran parte del mundo hispano hablando de la existencia de Dios, varias veces para miles de personas, pero nunca había tenido un encuentro con Dios. Como Job, puedo decir:

Hablaba lo que no entendía
cosas demasiado maravillosas para mí que yo no comprendía...
Oye, te ruego, y hablaré;
te preguntaré y tú me enseñaras.
De oídas te había oído;
mas ahora mis ojos te ven.

Mi mejor analogía para describir lo que pasó está inspirada en una escena de En busca del destino:

Pepito Pérez ha leído todo cuanto existe sobre el beso: los mejores libros de psicología sobre el efecto emocional del beso; la mejor literatura biológica y médica sobre su efecto fisiológico; los mejores poemas, novelas y cuentos —los románticos, los eróticos y los mundanos—. ¡No hay mayor experto en el beso que Pepito Pérez! Cuando habla, todos lo oyen porque es la autoridad. El problema es que Pepito Pérez nunca ha besado a la mujer que ama. Tal vez haya besado a otras, quizás a muchas, pero no a la que ama.

Cuando después de años —sin estorbos, sin afanes, solos los dos—, la besa al fin por vez primera con un beso interminable, y mientras la besa solo se le ocurre repetir en una oración desde lo más profundo de su corazón: «¡gracias, Dios mío!; ¡gracias, Dios mío!; ¡gracias, Dios mío!; ¡gracias, Dios mío!…», entonces se da cuenta de que no tenía ni la menor idea de qué era un beso y nunca podría expresar en palabras la plenitud existencial que experimentó.

Más aún, se da cuenta de que no importa si sus ideas sobre el beso eran ciertas o falsas, porque no añaden nada, no quitan nada, no pesan nada. Como un conjunto de medida nula, toda esa palabrería era tekel. La teoría y las palabras se quedan tan pero tan cortas que decir que no le hacen justicia alguna a la realidad es no hacerle justicia alguna a la realidad. Tomás de Aquino lo plasmó bien cuando, después de haber escrito todo cuanto publicó, tuvo un encuentro con Dios. «Me han sido reveladas semejantes cosas que lo que he escrito me parece paja», dijo. En ese sentido me declaro tomista.

Así, la dirección del Espíritu Santo se volvió tan clara para mí como el agua más pura, su voz se llevó todos mis miedos y la tristeza profunda se fue para nunca más volver. En 2018, en un tiempo de oración y ayuno, Dios me prometió que a partir de mis 40 años me iba a restituir todo lo que yo había perdido y que me iba a dar una esposa. Y así fue. A mis cuarenta años conocí a Lisette en Medellín. Dos días después de comenzar a hablarnos, le dije que mi plan era casarme con ella y aceptó. Un mes antes de cumplir 41, con la plena certeza de que Dios me había cumplido, ya estábamos juntos en Miami. Mi buen Dios cumplió y no ha parado de cumplir. Hoy tengo mi familia. Cada área de mi vida la ha restituido desde entonces.

¿Qué pasó con mi área académica? Una de las cosas que Dios se llevó fue mi bloqueo mental. En 2018 empecé a producir ideas otra vez. Poco a poco esas ideas se fueron materializando en artículos y desde entonces llevo todos estos años publicando en áreas tan diversas y en revistas tan bien reputadas que yo mismo me sorprendo: filosofía, física, epidemiología, genética de poblaciones, estadística, teoría de información e inteligencia artificial, entre otras. Y tengo muchas más ideas para publicar. Muchas más. Tantas que a veces me cuesta escoger a cuál dedicar mi próximo esfuerzo. Sé que vienen cosas mucho más grandes. Después de un paro mental y existencial de diez años, no queda área en la que Dios no haya metido su mano para restaurarla y cambiarla. Y sí, mi página de Google académico está ahí para demostrarlo.

No creo en religiones; no creo que la respuesta sea el catolicismo, el protestantismo o el anglicanismo; de hecho, tengo una perspectiva bastante pobre —por no decir negativa— de todos esos «ismos». Todos me parecen distracciones de la verdadera meta. Creo en Jesús, hablo de Jesús y de lo que Él ha hecho por mí. Yo vivo para Cristo, lo sigo a Él, le creo a Él. Como Pablo de Tarso, con Cristo estoy justamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí. Como Agustín de Hipona, mi corazón estuvo inquieto hasta que reposó en Él. Como Tomás de Aquino, todo lo que hice antes de encontrarme con Él parece paja. Como William Wilberforce, creo que Dios me llamó a un propósito más grande de lo que me puedo imaginar. Como George Müller, decidí morir a mí para vivir para Él, y quiero mostrarle al mundo que vale la pena confiar en Él.

No es lo mismo llorar en un Ferrari

No. No es lo mismo. Es peor. Mucho peor. Ante lo que fuera que produjo las lágrimas, el Ferrari solo hace más notoria la incapacidad, más nauseabundo el vacío, más profunda la soledad. El Ferrari es el descubrimiento, o peor, el recordatorio, de que las posesiones y capacidades no son la solución para la vida. Es lo que siente el practicante de una religión, la que sea, incluso la cristiana, cuando en un análisis sincero se da cuenta de que su creencia no se lleva sus dolores. El Ferrari y la religión sirven para lo mismo: para nada.

En cuanto a la religión cristiana el problema es que la abrumadora mayoría de sus practicantes la consideran una cosa más en su vida. «Tengo mi familia, mi carro, mi casa, mi profesión y mi religión cristiana». Como un cuadro que se cuelga en alguna parte de la casa. Pero no conocen a Cristo. Chesterton decía que el cristianismo no se intentó y se encontró faltante, sino que nadie lo intentó porque a todos les pareció demasiado difícil. En efecto, son pocos los Pablos de Tarso, los Wilberforce, los Müller.

Cristo —experimentarlo, vivirlo, seguirlo— no tiene nada que ver con la religión cristiana; ni con la católica ni con la protestante ni con la ortodoxa. Es más, si alguien de verdad sigue a Cristo, se hará enemistades con los religiosos de cualquier bando, sean fariseos o saduceos. Al final de cuentas, ellos todos representan lo mismo: el Ferrari.

Solo hay un camino, solo hay una verdad, solo hay Uno que es vida y cuyas palabras son Espíritu y son vida. De hecho, solo hay uno que es Palabra y no hay más para decir fuera de Él. Él era y es todo el mensaje por comunicar. El Ferrari (las riquezas, el hedonismo, el éxito, la religión…) solo sirve para agudizar el dolor de la existencia. Cristo es plenitud, así no haya nada más en la vida.

Nuestra única fidelidad es con Cristo

La mayoría de los que se hacen llamar cristianos en realidad no lo son. Las iglesias están llenas de gente que va regularmente pero que no conoce a Cristo y, por ende, tampoco al Padre. No me sorprende mucho. Jesús dijo que muchos serían los llamados y pocos los escogidos. Y cuando le preguntaron si pocos se salvarían, respondió: «Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque muchos tratarán de entrar y no podrán». Mi único propósito en la vida con tu crianza, hijo, es guiarte para que tú también pases por la puerta estrecha.

El ambiente cristiano, muy de la mano con la cultura superficial en la que está inmerso, ha hecho de la frase «creer en Jesús» algo etéreo y recóndito en el alma y que tal vez pertenezca al mundo platónico de las ideas (cuya existencia es bastante cuestionable). El problema radica en la preposición en, así que hay una receta sencilla para que no te dejes llevar por tanta superficialidad: cambia en por a. «Creer en Jesús» no es otra cosa que «creerle a Jesús». Toma sus palabras a pie juntillas. No interpretes a Jesús a través de Pablo, George Müller o papá. Interpreta a Jesús por sus palabras y su vida. Míralo a Él directamente. Y después, a través del prisma de Jesús, interpreta a papá, a George Müller o a Pablo.

Esta enseñanza, que te repetiré una y otra vez, tiene diferentes aplicaciones en diferentes momentos. La de este instante involucra a Ron DeSantis, gobernador de Florida, que ha decretado que quienes de alguna forma ayuden a inmigrantes indocumentados, sea para darles trabajo o para llevarlos en carro, pagarán con cárcel. DeSantis dice ser cristiano (católico), pero no lo es. Su dios, como el de casi todos los conservadores de este país, es su ideología política. Pero Cristo dice lo siguiente con toda claridad:

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda.

»Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: “Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron”. Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?” El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí”.

»Luego dirá a los que estén a su izquierda: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed, y no me dieron nada de beber; fui forastero, y no me dieron alojamiento; necesité ropa, y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron”. Ellos también le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o como forastero, o necesitado de ropa, o enfermo, o en la cárcel, y no te ayudamos?” Él les responderá: “Les aseguro que todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí”.

»Aquellos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».

No hay lugar a interpretaciones difusas. Quienes dicen creer en Jesús pero no hacen lo que Jesús manda terminarán en el infierno. Más claramente, quienes no ayudaron, entre otros, al forastero (al inmigrante) recibirán tal castigo.

Pero para los que amamos a Jesús y nos esforzamos por amar al prójimo como Él nos amó, no hay la opción de no ayudar al inmigrante, con o sin documentos; al que está en la cárcel, inocente o culpable; al que tiene hambre, sed o frío; o mejor dicho, a quien nos necesite, en toda la medida de nuestras posibilidades, como el buen samaritano (extranjero odiado) con el judío moribundo de la historia. Si por ello hemos de pagar con cárcel, ¡bendito sea el Señor que nos permite sufrir por causa de su nombre! Nuestra medida, hijo, es el Señor Jesucristo. A Él debemos toda nuestra fidelidad. En nuestra familia, ayudaremos a todo el que lo necesite: liberales, conservadores, inmigrantes con o sin documentos, libres o encarcelados. Si algún día podemos ayudar a Ron DeSantis, le ayudaremos; y si algún día podemos ayudar a Joe Biden, también lo haremos. Porque en nuestra casa vamos a dar la gracia que de Él hemos recibido.

Los tiempos cambian y es imposible saber cómo pensará la gente cuando comprendas esto. Pero a hoy, mayo de 2023, en esta cultura estadounidense, los «creyentes» conservadores creían que, de haber persecución, vendría de los demócratas/liberales (una perspectiva que no es tan descabellada, la verdad). Lo que pocos esperaban era que la persecución les llegara por los republicanos/conservadores, que se juraban adalides de las libertades para el cristiano. A mí poco me sorprende; al fin y al cabo Cristo murió por la mano de paganos hedonistas y de religiosos conservadores. Ya lo ves.

Legado

C. R. Rao es un estadístico muy famoso, tiene más de cien años, es perfectamente lúcido y, como no es ningún tonto, sabe que su paso por este mundo está a punto de terminar.

Tiene muchísimos logros muy impresionantes. Fue un estudiante aventajado y tuvo la buena suerte de estar en el lugar y el momento correctos cuando la estadística estaba naciendo. En sus años de estudiante, fue discípulo de Ronald Fisher, el padre de la estadística moderna; más adelante, él mismo se convertiría en mentor de varios matemáticos excelentes. Desarrolló y probó resultados importantes, muchos de los cuales llevan su nombre y son usados por millones de personas en casi todas las demás ramas del conocimiento. Pocos entre nosotros podríamos decir que hemos logrado tanto. Sin embargo, ahora que está cerca del final, le preocupa que, una vez abandone esta vida, sus logros y su obra queden en el olvido.

No lo puedo culpar. Yo lo entiendo.

En efecto, a la mayoría de nosotros nadie nos recordará unas tres generaciones después de que vivamos. Pocos, como nuestro estadístico famoso, escaparán al anonimato más allá de este punto. Y entre esos pocos, solo un puñado serán recordados por todas las generaciones futuras. Más aún, nuestro planeta, nuestro sistema solar y nuestra galaxia van todos a colapsar en algún momento; incluso nuestro universo morirá de frío en un estado de máxima entropía, según la segunda ley de la termodinámica, si es que vivimos en un sistema cerrado. Por lo tanto, si no hay nada más en la vida que esta vida, todos caeremos en el olvido. Sin importar cuánto bien (¡o mal!) hayamos hecho, todo quedará en el olvido. Y, peor todavía, nada de lo que hayamos hecho va a importar. Nada. Absolutamente nada.

Eclesiastés, el libro del Antiguo Testamento, descubrió esta realidad hace miles de años; hace menos de cien, el existencialismo ateo la redescubrió también. Los humanos, finitos como somos, pero con anhelos de eternidad, necesitamos algo que sobrepase a la muerte o la muerte se apoderará de nosotros. Si no hay nada más en la vida que este mundo, no tenemos esperanza.

Ahora, podemos creer en la filosofía de que no hay nada más allá, y si somos lo suficientemente coherentes, abrazar el sinsentido que viene con ello. O podemos aceptar nuestros instintos de trascendencia, de eternidad, y creer que hay algo más, que no vivimos en un universo cerrado y que hay una realidad mayor más allá de este mundo. Hay que admitirlo, cualquiera de las dos opciones ha de aceptarse por fe. Pero como dijo C. S. Lewis, dado que todos nuestros anhelos humanos pueden satisfacerse, si descubrimos que tenemos deseos que nada en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos hechos para otro mundo. Así que el anhelo de eternidad traiciona a quienes niegan que exista una realidad mayor y que esta dé sentido a nuestras vidas.

Entonces, si este mundo ha de importar, es condición necesaria que exista un Dios que nos hiciera a su imagen, lo cual a su vez explicaría nuestro anhelo de eternidad. No obstante, si hay un Dios más allá de nuestro universo, no podemos alcanzarlo (por la misma razón que no podemos probar la existencia de un multiverso) a menos que Él se acerque y nos lleve con Él. Aquello que es finito nunca puede alcanzar lo infinito, pero es sencillo para lo infinito alcanzar lo finito sin perder su infinitud.

¡La buena noticia es que es esto exactamente lo que hizo Jesucristo! Él, teniendo forma de Dios, se hizo como uno de nosotros y pagó por nuestras vidas con la suya, para que pudiéramos vivir con Dios en la eternidad. Aquel que es Infinito se hizo finito para llevarnos a quienes somos finitos a lo infinito con Él.

La vida no tiene sentido si no hay Dios. Y, si hay un Dios, perfecto como es, nosotros, que somos imperfectos, no podemos alcanzarlo a menos que Él se acerque primero. Por esta razón el cristianismo tiene tanto sentido. Por esta razón Cristo es el único camino hacia Dios. Si Dios, nuestra existencia importa. Y si Jesucristo, importamos infinitamente en un sentido personal, existencial, como sugieren nuestros instintos.

Como nada podemos hacer para alcanzarlo, nuestra única opción es recibir por fe lo que Él hizo por nosotros. Eso es todo. Tan solo creer. Creer en nuestro corazón que Él es el Hijo de Dios, que vino a dar su vida por nosotros, pero fue levantado de entre los muertos para llevarnos al Padre. Nada más se requiere; sin embargo, se ofrece todo.

Eternidad

La eternidad no está dada en términos de tiempo, porque el tiempo comenzó a existir. Si definiéramos la eternidad temporalmente, tendríamos que darle un inicio a Dios y, con el correr de los segundos, aquello que llamamos Dios no lo sería, sino que estaría llegando a ser. Eternidad es otra cosa. Eternidad es la plenitud que se vive en el amor. Por eso Dios es trino, necesita serlo porque es también eterno: la eternidad de cada Persona de la Trinidad se encuentra en el amor —dado y recibido— con las Otras Dos.

En cuanto a nosotros, todo lo finito es corto. A este lado del cielo, ningún vínculo se va a asemejar a la intimidad con Dios. Nada más, nadie más, puede satisfacer la eternidad que nos arde y que llevamos dentro, sino Aquel que puede amar perfectamente. Solo Él.

No obstante, lo finito puede ser muy grande, ¡mucho!, con relación a otras cosas finitas. No serán perfectos nuestros lazos, pero tampoco serán por ello malos o menos deseables. Más bien, tanto más nos aproximaremos a la plenitud de allá cuanto mejor sea nuestro amor de acá.

Así, mientras llegamos allá, amamos acá; regalamos eternidad, aquella que Dios ha puesto en nuestros corazones, a quien tenemos acá (prójimo = próximo); con la esperanza de que nuestros amores serán potenciados allá y, en Él, también ellos se harán eternos.