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El peluquero

Desde que tus abuelitos Gil y Dorita se devolvieron a vivir a Colombia, no ha sido fácil para mí encontrar un peluquero. Betty, la señora que solía hacerlo, una vecina de los abuelitos —y una gran amiga de la abuelita—, me cortaba el pelo en su apartamento cuando iba a visitarlos. Como ahora no tengo muchas excusas para ir a ese lugar y Betty tiene ocupaciones adicionales, ya no es tan fácil como antes.

De todas maneras, con tantas cosas encima, tampoco es que me quede mucho tiempo para cortarme el pelo con frecuencia, así que solo lo hago cuando ya no hay mucho escape (es decir, cuando ya estoy tan mechudo y barbudo que empiezo a pensar que Trump va a enviar a ICE a deportarme).

Por un tiempo intenté con Michael, otro amigo cristiano que también es peluquero. Pero, entre otras cosas, su agenda, como la mía, vive muy llena, así que cuadrar los horarios le quedaba difícil. De modo que en algún sábado de hace unos tres o cuatro meses tuve que buscar una peluquería porque tenía un evento importante (!) y terminé en un sitio cercano a nuestra casa donde los peluqueros, que eran hispanos, oían reguetón a todo volumen (canciones que yo nunca había oído y cuyas letras eran más malogradas que las que sí conozco) y tenían conversaciones completamente obscenas y desagradables de lo que habían hecho la noche anterior que me torturaban los oídos. Así que entre “la música”, las letras de las canciones y la conversación, con sus constantes groserías y el obvio maltrato al español, el mejor momento de mi corte fue cuando salí del lugar.

Hace un par de meses retomé mi buenísima costumbre de tener caminatas de oración. Mis oraciones son muy auténticas y reales cuando camino a solas con Dios, mientras que en la casa me despisto más. Entonces comencé a orar por dos cosas muy puntuales: primero, por que Dios me abriera puertas para hablar de Jesús y el Espíritu me diera la valentía para hacerlo; segundo, por que pudiera por fin volver a oír la voz del Espíritu guiándome… que, para mi vergüenza, dejé apagar por las preocupaciones del mundo cuando tú naciste. Creo que la última vez que la había oído fue cuando nuestro buen Dios nos reveló que ibas a ser un niño y me dijo que te llamara Juan.

El día específico en que comencé a orar por que Dios me permitiera volver a hablarle a alguien de Jesús, un viernes, también tenía que cortarme el pelo (otro evento…) y no tenía adónde ir porque ni Betty ni Michael estaban disponibles. Yo había ido a trabajar a la biblioteca de Sunrise y mi plan era conseguir por ahí cerca una peluquería al terminar, antes de irme a la casa. Entonces ocurrió algo maravilloso cuando salí de la biblioteca. Volví a oír la voz de mi Señor que me decía: «Ve a la peluquería a la que fuiste la última vez, el peluquero necesita oír las buenas nuevas de Jesús».

Déjame hacer aquí un paréntesis. Por un lado, no hay nada que produzca más vida que la voz de Dios (ocurre en el corazón del hombre tal como en Génesis 1). Esto es cierto hasta cuando Dios nos está disciplinando: su voz, su Palabra —es decir, Jesús—, es vida por definición. Por eso cuando Dios le habla a Job, él se sana. No importa que sus amigos le hubieran hablado con palabras llenas de lógica… Dios no estaba en sus palabras y Job terminó sintiéndose peor después de oírlos. Sin embargo, cuando Dios le habla a Job, lo reprende, pero su corazón se sana. Porque las palabras de Dios son vida en abundancia. Así que cuando yo oí la voz de Dios, volví a sentir un torrente de vida que recorría todo mi ser. Por otro lado, la voz de Dios es siempre inesperada, tiene su dosis de humor negro y no se ajusta a nuestra lógica humana. ¿A la misma peluquería de la que había salido tan aburrido la última vez? Esas son las cosas que solo se le ocurren a Él.

Pero yo he aprendido que a Dios no le discuto. Él siempre, siempre, siempre, tiene la razón. Así que eso hice. Me fui para la consabida peluquería a cortarme el pelo. Más aún, le dije: «Señor, si de veras eres tú, pues que el mismo peluquero de la vez pasada me corte el pelo sin que yo fuerce la situación». De modo que llegué, me senté a esperar y le escribí a mami que estaba en la misma peluquería de la última vez porque Dios me había dicho que fuera allá (go figure!). La música estaba a todo volumen, pero esta vez era salsa (¡y ahora sí me las sabía todas!). Además, había llevado un libro de mecánica estadística y grandes desvíos que estaba estudiando para un grant. Así que simplemente me senté a orar para que Dios obrara, mientras leía mi libro y cantaba en voz baja cuanta canción sonaba… cómo logré hacer las tres cosas es algo que me sigue pareciendo un milagro.

Había otro cliente esperando y cuatro peluqueros, el que me cortó el pelo la vez anterior inclusive. Todos estaban ocupados. Nadie me saludó cuando llegué. Pero yo estaba quieto y a la expectativa; mi plan era que quien me atendiera fuera el de la vez anterior, pero sin que yo forzara la situación. Una media hora después, el primer peluquero en desocuparse, salió e inmediatamente se fue por la puerta de adelante. Otra media hora después, se desocupó el segundo y se fue por la puerta de atrás. Quedaban dos peluqueros. Todos me habían ignorado como si no estuviera ahí. Yo seguía orando. En algún momento de esa primera hora, se desocupó el señor que antes me había cortado el pelo y atendió al otro cliente que estaba esperando. Más interesante fue que llegó otro cliente después de mí ¡y este peluquero lo atendió antes que a mí! En ese momento, como una hora después de haber llegado, el peluquero por fin me dirigió la palabra para excusarse diciendo que el otro cliente estaba desde antes, pero se había ido y regresado una vez más. Y pasó a conversar con el otro peluquero para decirle que me atendería el primero en desocuparse. Así que seguí orando, leyendo y cantando salsa ahí sentado.

Fueron como dos horas de espera cuando por fin quedó libre el peluquero de la vez anterior (cada corte y barba deben ser unos 40 minutos) . Me cortó el pelo, me hizo la barba y esta vez le intenté hacer conversación a ver si se abría alguna oportunidad de hablarle de Jesús. Al final, algo apenado, me dijo que guardara su número de teléfono para que la próxima vez pudiera reservar turno y no tuviera que esperar tanto. Me dijo que los domingos en la mañana el lugar estaba muy desocupado. Yo le dije que en ese horario no podía porque solíamos estar con mi familia en la iglesia. La mención de la iglesia le pareció muy interesante y comenzó él mismo a indagar por ello. Le conté que había una sede donde los servicios eran solo en español en Coral Springs y le pareció maravilloso porque él vivía por esos lados. Entonces le dije: «Quiero que sepa que vine aquí, porque Dios me dijo que viniera aquí a hablar con usted; por eso me quedé todo el tiempo esperando ahí sentado». El tipo quedó sorprendidísimo. Le pregunté si había algo en particular por lo cual pudiera orar por él. Me contó que su esposa estaba a punto de dar a luz su segunda hija, la primera en Estados Unidos. Estaba notoriamente ansioso por ello. Le dije que con mucho gusto oraba por él. Su familia y él comenzaron a asistir a la iglesia hispana. Una semana larga después, la niña nació.

Te cuento todo esto con los detalles desde el principio, para que veas cómo obra Dios. Todos los obstáculos que por tantos meses tuve para cortarme el pelo tenían un solo propósito: llevarme a este peluquero en quien Dios, en cuya mano están todos nuestros tiempos, ya tenía los ojos puestos. Más aún, Dios sabía desde la eternidad que aquel viernes yo iba a orar por que abriera las puertas para que yo le hablara a alguien de su amor y gracia y había preparado las cosas de acuerdo con mi oración. Esta idea es abrumadora. Por eso dice el Salmo

Tú, Señor, me has examinado y conocido.
Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme;
has entendido desde lejos mis pensamientos.
Has escudriñado mi andar y mi reposo,
y todos mis caminos te son conocidos.
Pues aún no está la palabra en mi lengua,
y, he aquí, Señor, tú la sabes toda
.
Tal conocimiento es demasiado para mí;
Alto es, no lo puedo comprender
¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!
¡Cuán grande es la suma de ellos!
Si los enumero, se multiplican más que la arena.

Su voz volvió y calmó la sed que había en mí por volver a oírlo. Desde esa vez, muchas otras oportunidades sorprendentes he tenido de hablarles a otros de su amor. Ya te las contaré y también te contaré lo que he aprendido. Por ahora, considera la forma sorprendente en que Dios me respondió las dos peticiones en una, teniendo al tiempo cuidado de la vida eterna del peluquero: es algo que solo Él puede hacer. ¡Bendito sea mi buen Señor!

Lo que hemos visto y oído

Durante toda la vida de Josué, el pueblo de Israel sirvió al Señor. Así sucedió también durante el tiempo en que estuvieron al frente de Israel los jefes que habían compartido el liderazgo con Josué y que sabían todo lo que el Señor había hecho por Israel (Jos. 24:31).

¿Por qué Israel sirvió al Señor durante toda la vida de Josué y de los jefes que compartieron el liderazgo con él? Porque «sabían todo lo que el Señor había hecho». No se lo contaron, sino que lo vivieron. ¿Cómo iban a negar que vieron detenerse las aguas del Jordán para que ellos cruzaran? ¿Cómo iban a negar que después de una estrategia de guerra rarísima (por no decir absurda) vieron caer las murallas de Jericó cuando tocaron las trompetas? ¿Cómo iban a negar que vieron que Dios le revelaba a Josué, entre todo el pueblo, quién había sido el rebelde que los llevó a la derrota de Hai? ¿Cómo iban a negar que vieron el sol y la luna detenerse para que pudieran derrotar por completo a los reyes amorreos? ¿Cómo iban a negar que justo cuando ellos llegaron a la tierra prometida las avispas atacaron a sus enemigos? ¿Cómo iban a negar que vieron a Josué derrotar a 31 reyes, conforme a la palabra que le había dado el Señor? Uno puede racionalizar un milagro o dos, pero cuando vivir en el milagro se vuelve el pan de cada día, las disculpas se acaban. No hay forma de negar que no son coincidencia o que uno se lo imagino.

De la misma manera, los apóstoles no podían negar lo que vieron, lo que oyeron, lo que tocaron con sus manos. Fue lo que experimentaron lo que los llevó a hablar. Por lo tanto, lo que hablaron fue lo que experimentaron. No otra cosa. Así cambiaron el mundo. Su teología no era nada diferente a lo que experimentaron. ¿Cómo iban a negar que lo vieron perdonando pecados y levantando paralíticos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron abriendo los ojos de los ciegos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron sanando la piel de un leproso? ¿Cómo iban a negar que lo vieron resucitando muertos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron caminar sobre el agua? ¿Cómo iban a negar que lo vieron calmando el viento y el mar en medio de una tempestad? ¿Cómo iban a negar que lo vieron alimentar a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, con cinco panes y dos peces? ¿Cómo iban a negar que lo vieron resucitar a Él de los muertos? ¿Cómo iban a negar todo el resto de cosas que vieron? Por eso dijeron Juan y Pedro lo siguiente:

Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que da vida. Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto, damos testimonio de ella y les anunciamos a ustedes la vida eterna que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado. Les anunciamos lo que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa. Este es el mensaje que hemos oído de él y que anunciamos (1 Jn. 1:1-5).

Mas respondiendo Pedro y Juan, les dijeron: Vosotros mismos juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. (Hch. 4:19–20).

Volviendo a Josué y a los líderes que estuvieron con él, cuando todos ellos murieron, «surgió otra generación que no conocía al Señor ni sabía lo que Él había hecho por Israel» (Jue. 2:10). Como esa generación no conocía a Dios, «cada uno hacía lo que le parecía mejor» (Jue. 17:6, 21:25). ¿Qué más iban a hacer? El libro de Jueces, desde el capítulo 2 en adelante, es un testimonio nauseabundo y absolutamente desagradable de lo que es un pueblo lleno de religión pero que no conoce a Dios y por lo tanto no ha visto sus obras ni experimentado su poder.

¿Es posible no creer después de haber visto, oído, tocado y experimentado el poder de Dios? Sí. Es posible. Y es precisamente esta la gente para la cual no hay perdón de sus pecados. Aquí caben el pueblo que pereció en el desierto por no haber creído a Dios después de sus portentosas obras a favor de ellos, Judas Iscariote y todos aquellos de quienes la carta a los Hebreos dice lo siguiente:

Es imposible que aquellos que han sido una vez iluminados, que han saboreado el don celestial, que han tenido parte en el Espíritu Santo, que han experimentado la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, pero después de todo esto se han apartado, renueven su arrepentimiento. Pues así, para su propio mal, vuelven a crucificar al Hijo de Dios y lo exponen a la vergüenza pública (He. 6:4-6).

Esta es la blasfemia contra el Espíritu Santo. De hecho, Jesús acusa a los fariseos de haber blasfemado contra el Espíritu cuando, después de haber visto el poder del Espíritu obrando a través de Él, niegan que sea el Espíritu quien ha obrado (Mt. 12:22-32).

He llegado a la conclusión bíblica (vetero- y neotestamentaria) de que la mucha teología es una tendencia de la carne para disimular ante los demás y ante uno mismo la falta de intimidad con Dios. Tiene mucha apariencia de piedad, pero niega la eficacia de ella. No obstante, el reino de los cielos no consiste en palabras, sino en poder. La única explicación bíblica cuando alguien dice creer pero no experimenta el poder —en vidas trasformadas, milagros y guía del Espíritu— es que tal persona está caminando conforme al mundo y la carne. Y como no experimentan nada, suplen con palabras vacías las enseñanzas de Cristo y las llenan de asteriscos y otrosíes para justificar “el silencio de Dios” al que su ateísmo práctico los ha llevado. No obstante, Pablo nos deja la siguiente lección:

No me atreveré a hablar de nada sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para que los no judíos lleguen a obedecer a Dios. Lo he hecho con palabras y obras, mediante poderosas señales y milagros, por el poder del Espíritu de Dios (Ro. 15:18-19).

Tengamos en cuenta que el testimonio de Pablo es diferente al de Pedro y Juan. Pablo no caminó con Jesús durante su ministerio terrenal. Pablo, como nosotros, pertenece a quienes habían de conocer a Cristo después de sus primeros discípulos. Sin embargo, la vida de Pablo muestra que el poder de Dios no estaba reservado solo para la primera generación de creyentes. Y como para ratificar que tal privilegio no era solo para Pablo, el anónimo autor de Hebreos reconoce que es también creyente de segunda generación pero que vio y experimentó los milagros y los dones del Espíritu Santo:

Esta salvación fue anunciada primeramente por el Señor y los que la oyeron nos la confirmaron. A la vez, Dios ratificó su testimonio acerca de ella con señales, prodigios, diversos milagros y dones distribuidos por el Espíritu Santo según su voluntad (He. 2:3-4).

Los autores del Nuevo Testamento no querían que solo creyéramos por su testimonio. Más bien, entendían que el cristianismo se trataba de que todo creyente pudiera experimentar el poder que levantó a Cristo de entre los muertos y su propósito era impulsarnos a ello. Por lo tanto, nuestro llamado como padres es a vivir guiados por el Espíritu Santo, de tal forma que su poder sea evidente para nuestros hijos. De esta manera, los llenamos de razones para creer y les quitamos las excusas para no hacerlo. Más aún, el llamado de todo líder es a vivir de esta misma manera, para que quienes los sigan tengan razones para creer y se queden sin excusas para no hacerlo.

Nuestra única fidelidad es con Cristo

La mayoría de los que se hacen llamar cristianos en realidad no lo son. Las iglesias están llenas de gente que va regularmente pero que no conoce a Cristo y, por ende, tampoco al Padre. No me sorprende mucho. Jesús dijo que muchos serían los llamados y pocos los escogidos. Y cuando le preguntaron si pocos se salvarían, respondió: «Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque muchos tratarán de entrar y no podrán». Mi único propósito en la vida con tu crianza, hijo, es guiarte para que tú también pases por la puerta estrecha.

El ambiente cristiano, muy de la mano con la cultura superficial en la que está inmerso, ha hecho de la frase «creer en Jesús» algo etéreo y recóndito en el alma y que tal vez pertenezca al mundo platónico de las ideas (cuya existencia es bastante cuestionable). El problema radica en la preposición en, así que hay una receta sencilla para que no te dejes llevar por tanta superficialidad: cambia en por a. «Creer en Jesús» no es otra cosa que «creerle a Jesús». Toma sus palabras a pie juntillas. No interpretes a Jesús a través de Pablo, George Müller o papá. Interpreta a Jesús por sus palabras y su vida. Míralo a Él directamente. Y después, a través del prisma de Jesús, interpreta a papá, a George Müller o a Pablo.

Esta enseñanza, que te repetiré una y otra vez, tiene diferentes aplicaciones en diferentes momentos. La de este instante involucra a Ron DeSantis, gobernador de Florida, que ha decretado que quienes de alguna forma ayuden a inmigrantes indocumentados, sea para darles trabajo o para llevarlos en carro, pagarán con cárcel. DeSantis dice ser cristiano (católico), pero no lo es. Su dios, como el de casi todos los conservadores de este país, es su ideología política. Pero Cristo dice lo siguiente con toda claridad:

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda.

»Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: “Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron”. Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?” El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí”.

»Luego dirá a los que estén a su izquierda: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed, y no me dieron nada de beber; fui forastero, y no me dieron alojamiento; necesité ropa, y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron”. Ellos también le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o como forastero, o necesitado de ropa, o enfermo, o en la cárcel, y no te ayudamos?” Él les responderá: “Les aseguro que todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí”.

»Aquellos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».

No hay lugar a interpretaciones difusas. Quienes dicen creer en Jesús pero no hacen lo que Jesús manda terminarán en el infierno. Más claramente, quienes no ayudaron, entre otros, al forastero (al inmigrante) recibirán tal castigo.

Pero para los que amamos a Jesús y nos esforzamos por amar al prójimo como Él nos amó, no hay la opción de no ayudar al inmigrante, con o sin documentos; al que está en la cárcel, inocente o culpable; al que tiene hambre, sed o frío; o mejor dicho, a quien nos necesite, en toda la medida de nuestras posibilidades, como el buen samaritano (extranjero odiado) con el judío moribundo de la historia. Si por ello hemos de pagar con cárcel, ¡bendito sea el Señor que nos permite sufrir por causa de su nombre! Nuestra medida, hijo, es el Señor Jesucristo. A Él debemos toda nuestra fidelidad. En nuestra familia, ayudaremos a todo el que lo necesite: liberales, conservadores, inmigrantes con o sin documentos, libres o encarcelados. Si algún día podemos ayudar a Ron DeSantis, le ayudaremos; y si algún día podemos ayudar a Joe Biden, también lo haremos. Porque en nuestra casa vamos a dar la gracia que de Él hemos recibido.

Los tiempos cambian y es imposible saber cómo pensará la gente cuando comprendas esto. Pero a hoy, mayo de 2023, en esta cultura estadounidense, los «creyentes» conservadores creían que, de haber persecución, vendría de los demócratas/liberales (una perspectiva que no es tan descabellada, la verdad). Lo que pocos esperaban era que la persecución les llegara por los republicanos/conservadores, que se juraban adalides de las libertades para el cristiano. A mí poco me sorprende; al fin y al cabo Cristo murió por la mano de paganos hedonistas y de religiosos conservadores. Ya lo ves.

La paradoja hispana

El lenguaje es fascinante. Nos moldea y somos moldeados por él. No solo es una forma de comunicación, sino que en sí determina una cosmovisión. Cierto idioma nos permite ver cosas difícilmente discernibles en otro y nos limita de manera que otros no lo harían.

Por ejemplo, se suele llamar «paradoja hispana» al sorprendente hecho de que los hispanos de primera generación en Estados Unidos solemos ser más longevos que los blancos, a pesar de las obvias diferencias socioeconómicas (menor nivel de educación, menores ingresos y peor acceso a la salud, en comparación con los blancos). El hecho ha solido atribuirse a menores tasas de tabaquismo, pero esta explicación no solo peca por reduccionista, sino que es anatema por simplona y aburrida.

María Magdalena Llabre, directora asociada del Departamento de Psicología de la Universidad de Miami, tiene una hipótesis diferente. Llabre sugiere que hay aspectos culturales, sobre todo del lenguaje, que tienen cierto efecto psicosomático. Por ejemplo, el verbo inglés to be significa ‘ser’ y ‘estar’, y puesto que en el inglés no hay diferencia entre los dos significados, una expresión como I am sick traduce no solamente ‘estoy enfermo’, sino ‘soy enfermo’. En español captamos la diferencia claramente: la primera es temporal, la segunda es hipocondría.

Una buena forma de testear la hipótesis de Llabre sería evaluar la longevidad en hispanos de segunda generación, dividiéndolos entre quienes mantuvieron el español y los que lo perdieron. Obviamente, más allá de la lengua, hay otros factores de la cultura a tener en cuenta, como nuestras dinámicas familiares y sociales, tan marcadamente diferentes de las típicas gringas. Pero me parece seguro decir que tales factores están altamente correlacionados con el idioma. O, en buen espanglish, que el idioma es un proxy de la cultura.

En este sentido es notorio cómo los hispanos de segunda generación, mucho más inmersos en la cultura estadounidense que sus padres, viven cierta transformación que está intrínsecamente ligada al idioma. Por ejemplo, cuando los cubanos de segunda generación que han alcanzado las clases altas de Miami interactúan en inglés, incluso entre ellos, su tono de su voz es suave, quedo, y su postura corporal más compuesta. No obstante, cuando repentinamente cambian a español, como buenos costeños, no solo suben tono y volumen, sino que manotean más, se ríen más (y más fuerte) y, en general, su lenguaje corporal se hace más relajado. Este fenómeno es divertidísimo y curiosísimo para el observador externo; parece una teletransportación permanente entre Coral Gables y Hialeah.

Más aún, cuando me he adentrado en conversaciones profundas y personales con hispanos de segunda generación, me he dado cuenta de que hasta las preocupaciones y la percepción de los problemas varían con el idioma. Es decir, con los cambios de idioma, incluso los instantáneos, viene un cambio en la cultura, una forma diferente de vivir y de entender la vida. Por cierto, el efecto de la cultura lo vio Valdano en el fútbol hace tres décadas:

El fútbol es cultura porque responde siempre a una determinada forma de ser… el fútbol se termina pareciendo al sitio donde crece. Los alemanes juegan con disciplina y eficacia; cualquier equipo brasileño tiene la creatividad y el ritmo de su tierra; cuando apostaron por otro orden fracasaron, porque si bien los jugadores aceptan la imposición, no lo sienten. Argentina tiene un exceso de exhibicionismo individual y una carencia de respuesta colectiva así en la cancha como en la vida. Si esas fronteras se van haciendo difusas es porque el fútbol, además de parecerse al lugar donde se juega, no escapa a su tiempo, y ésta es época de uniformización. La selección española no tiene un estilo propio, quizá por las diversas identidades que hacen a sus autonomías y que tienen en el fútbol su correspondencia.

El País, 11 de julio de 1994.

Se vive como se habla. Y se habla —y se juega fútbol— como se vive. La de Llabre es entonces una explicación muchísimo más interesante y coherente de la paradoja hispana. Más aún, la paradoja hispana nos tendría que hacer pensar en los grandes beneficios de nuestra cultura, sobre todo comparada con aspectos poco favorables de la cultura gringa, como el individualismo y la vida para el trabajo, con su consecuente monotonía. Por supuesto, nuestra cultura natal tiene cosas poco deseables, las que nos trajeron a este país en primera instancia, pero también en esto es posible examinar las dos culturas y retener lo bueno de cada una de ellas.

Dizque tabaquismo…