Plenitud de la existencia

El beso – Gustav Klimt

Empecé a sentirme deprimido más o menos en la mitad de mi doctorado, alrededor del año 2007. La precaria situación económica de mi familia en Colombia, una mala relación sentimental y mi casi completa inhabilidad para sobrevivir por mí mismo (que se volvió demasiado obvia cuando tuve que vivir sin mi familia en Brasil) me pasaron una factura cuya cuenta de cobro duró aproximadamente diez años.

Cuando llegué a Estados Unidos, la soledad me golpeó todavía más duro. Me di cuenta de que había hecho todos mis sueños realidad, pero no era feliz. Más aún, me di cuenta de que acumular más éxito no iba a producir esa felicidad que tanto anhelaba. Quería morirme, estuve al borde del suicidio varias veces, estaba bravo con Dios, detestaba mi inteligencia porque me hacía sentir aún más mal conmigo. Después de nunca haberle temido a nada, pasé a sentir terror de la noche; cuando llegaban las 4:00 pm, el pánico de saber que iba a oscurecer y yo volvería a estar solo se apoderaba de mí. ¿Cómo es que para todos los que me veían tenía yo tantos talentos pero me sentía cada vez más hundido? Terminé paralizado.

Mi página de Google académico lo muestra claramente: después de haber terminado mi tesis de doctorado en 2009, de donde salieron dos artículos (este y este), solo volví a publicar en 2017; es decir, ocho años después. Google académico muestra otros dos artículos, pero son medio falaces (uno es un preprint que no se pudo publicar por un error en el argumento y el otro fue un artículo de mi tesis de pregrado, que terminé en 2005, para calmar los ánimos de mi empleador).

2017 marca un antes y un después en mi vida. El punto más bajo al que llegué y el punto del cual mi Dios me rescató. Después de la más sincera oración de arrepentimiento en mi vida, tuve un encuentro personal con Cristo que trascendió todo lo que antes creía entender. Yo hablaba mucho de religión, había hecho conferencias por gran parte del mundo hispano hablando de la existencia de Dios, varias veces para miles de personas, pero nunca había tenido un encuentro con Dios. Como Job, puedo decir:

Hablaba lo que no entendía
cosas demasiado maravillosas para mí que yo no comprendía...
Oye, te ruego, y hablaré;
te preguntaré y tú me enseñaras.
De oídas te había oído;
mas ahora mis ojos te ven.

Mi mejor analogía para describir lo que pasó está inspirada en una escena de En busca del destino:

Pepito Pérez ha leído todo cuanto existe sobre el beso: los mejores libros de psicología sobre el efecto emocional del beso; la mejor literatura biológica y médica sobre su efecto fisiológico; los mejores poemas, novelas y cuentos —los románticos, los eróticos y los mundanos—. ¡No hay mayor experto en el beso que Pepito Pérez! Cuando habla, todos lo oyen porque es la autoridad. El problema es que Pepito Pérez nunca ha besado a la mujer que ama. Tal vez haya besado a otras, quizás a muchas, pero no a la que ama.

Cuando después de años —sin estorbos, sin afanes, solos los dos—, la besa al fin por vez primera con un beso interminable, y mientras la besa solo se le ocurre repetir en una oración desde lo más profundo de su corazón: «¡gracias, Dios mío!; ¡gracias, Dios mío!; ¡gracias, Dios mío!; ¡gracias, Dios mío!…», entonces se da cuenta de que no tenía ni la menor idea de qué era un beso y nunca podría expresar en palabras la plenitud existencial que experimentó.

Más aún, se da cuenta de que no importa si sus ideas sobre el beso eran ciertas o falsas, porque no añaden nada, no quitan nada, no pesan nada. Como un conjunto de medida nula, toda esa palabrería era tekel. La teoría y las palabras se quedan tan pero tan cortas que decir que no le hacen justicia alguna a la realidad es no hacerle justicia alguna a la realidad. Tomás de Aquino lo plasmó bien cuando, después de haber escrito todo cuanto publicó, tuvo un encuentro con Dios. «Me han sido reveladas semejantes cosas que lo que he escrito me parece paja», dijo. En ese sentido me declaro tomista.

Así, la dirección del Espíritu Santo se volvió tan clara para mí como el agua más pura, su voz se llevó todos mis miedos y la tristeza profunda se fue para nunca más volver. En 2018, en un tiempo de oración y ayuno, Dios me prometió que a partir de mis 40 años me iba a restituir todo lo que yo había perdido y que me iba a dar una esposa. Y así fue. A mis cuarenta años conocí a Lisette en Medellín. Dos días después de comenzar a hablarnos, le dije que mi plan era casarme con ella y aceptó. Un mes antes de cumplir 41, con la plena certeza de que Dios me había cumplido, ya estábamos juntos en Miami. Mi buen Dios cumplió y no ha parado de cumplir. Hoy tengo mi familia. Cada área de mi vida la ha restituido desde entonces.

¿Qué pasó con mi área académica? Una de las cosas que Dios se llevó fue mi bloqueo mental. En 2018 empecé a producir ideas otra vez. Poco a poco esas ideas se fueron materializando en artículos y desde entonces llevo todos estos años publicando en áreas tan diversas y en revistas tan bien reputadas que yo mismo me sorprendo: filosofía, física, epidemiología, genética de poblaciones, estadística, teoría de información e inteligencia artificial, entre otras. Y tengo muchas más ideas para publicar. Muchas más. Tantas que a veces me cuesta escoger a cuál dedicar mi próximo esfuerzo. Sé que vienen cosas mucho más grandes. Después de un paro mental y existencial de diez años, no queda área en la que Dios no haya metido su mano para restaurarla y cambiarla. Y sí, mi página de Google académico está ahí para demostrarlo.

No creo en religiones; no creo que la respuesta sea el catolicismo, el protestantismo o el anglicanismo; de hecho, tengo una perspectiva bastante pobre —por no decir negativa— de todos esos «ismos». Todos me parecen distracciones de la verdadera meta. Creo en Jesús, hablo de Jesús y de lo que Él ha hecho por mí. Yo vivo para Cristo, lo sigo a Él, le creo a Él. Como Pablo de Tarso, con Cristo estoy justamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí. Como Agustín de Hipona, mi corazón estuvo inquieto hasta que reposó en Él. Como Tomás de Aquino, todo lo que hice antes de encontrarme con Él parece paja. Como William Wilberforce, creo que Dios me llamó a un propósito más grande de lo que me puedo imaginar. Como George Müller, decidí morir a mí para vivir para Él, y quiero mostrarle al mundo que vale la pena confiar en Él.

6 comentarios en “Plenitud de la existencia

  1. Avatar de Carolina ZapataCarolina Zapata

    Gracias Dani por compartir del talento, la gracia y la sabiduría que Dios te ha entregado. Gracias porque escribes para que otros corazones se llenen de esperanza y eso es lo que logras.

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  2. Avatar de jorge varonjorge varon

    Sentí ganas de llorar cuando leí este artículo. Cómo la felicidad de un Padre que sabe que su hijo fue feliz y seguramente, por la fidelidad de Dios, sigue siendo feliz.

    Sigue irradiando luz hermano.

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