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Acerca de Daniel Andrés

Qué incomodidad escribir sobre uno.

El teorema de incompletitud de Lewis

Ya me he referido en otros lados a uno de los teoremas de incompletitud de Gödel: que todo sistema finito de axiomas consistente es incompleto. Un corolario en la aplicación a la vida diaria es que nunca vamos a poder conocer toda la verdad a este lado del cielo, pues somos seres finitos en el tiempo: aun suponiendo consistencia (que partamos de axiomas que no lleven a contradicciones inherentes del sistema; ¡una suposición de por sí muy fuerte!), no podremos escapar a un sistema finito de axiomas porque solo tenemos x finitos años para poder plantear nuestros axiomas. Por ende, dado que estamos en las condiciones del teorema de Gödel, la conclusión es inescapable: no vamos a conocer todas las proposiciones verdaderas a este lado del cielo. En otras palabras, no vamos a conocer toda la verdad antes de morir.

No tiene nada de extraño. No somos Dios, luego no podemos conocerlo todo. Sin embargo, saberlo a ciencia cierta, con la aplastante fuerza que tienen las verdades matemáticas, duele, deprime. La sola idea es de por sí todo un motivo para desarrollar una nueva filosofía existencialista. Pero también produce un anhelo de eternidad, pues hay en mí un deseo profundo e inherente de conocer cada vez más.

No obstante, la verdad es que también hay una parte de mí (de todo aquel con mediana sensatez, me atrevería a decir) que no quiere conocerlo todo. Por un lado, el peso de la verdad es totalmente abrumador para nosotros los humanos. De hecho, así ocurre con la verdad parcial que conocemos. Y si las pocas verdades que conocemos duelen tanto, ¡cuánto más lo será el conocimiento total de la verdad! Razón tenía Salomón cuando dijo que «mientras más sabiduría, más problemas» y «mientras más se sabe, más se sufre».

Por otro lado, en una concepción cronológica nunca vamos a vivir eternamente en el sentido de infinitud. Los infinitos son límites ideales matemáticos. Pero al menos en tiempo cronológico no vamos a tener nunca la posibilidad de llegar al infinito. Al contrario, de nuevo suponiendo un cronos, como en un argumento inductivo, después de cada instante n (natural, finito) de tiempo seguirá otro instante n+1 (igualmente natural y finito) de tiempo. En plata blanca, al año 1 le sigue el año 2, al año 1000 le sigue el 1001 y así sucesivamente. Sin importar qué tan grande sea el tiempo en el que estemos, el que sigue siempre será finito. Luego aunque nunca muramos (como corresponde a la esperanza cristiana de la eternidad), no vamos a poder conocer nunca todo porque nunca vamos a vivir infinitos años.

Sin embargo, mi anhelo de conocer más sigue intacto. Así no lo conozca todo, así nunca esté preparado para conocerlo todo, así nunca quiera conocerlo todo, sí quiero conocer más. Y ello sí es posible en un tiempo cronológico en el que yo no deje de existir: cada vez voy a conocer más, aunque nunca vaya a saberlo todo.

Dicho anhelo de conocer más me lleva entonces a esgrimir el argumento con el que quiero continuar. Un argumento que me parece apenas acertado denominar como el teorema de incompletitud de Lewis:

«Si encontramos en nosotros un deseo que nada en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos hechos para otro mundo».

La frase se encuentra en el tercer libro de Mero Cristianismo, en el capítulo sobre la esperanza. Como casi todo lo que escribía Lewis, esta frase tiene todo el sentido. La sustentación de ella, puede hacerse à la Peter Kreeft:

Premisa 1: Todo deseo natural innato en nosotros corresponde a un objeto real que puede satisfacer dicho deseo.

Premisa 2: Existe (al menos) un deseo natural innato que nada en este mundo puede satisfacer.

Conclusión: Debe existir algo más allá de este mundo que puede satisfacer mi deseo.

No me detendré en la explicación de los puntos. Tal vez lo haga en un escrito posterior, aunque vale la pena resaltar que toda la discusión en la sección anterior sobre mi anhelo de conocimiento es de hecho un reconocimiento tácito de la segunda premisa del argumento. El lector interesado en el desarrollo de la idea puede remitirse al enlace (en inglés) del artículo de Peter Kreeft o a su debate con Richard Norman sobre el asunto. Quiero más bien darle un giro a esta conversación y centrarme en este teorema de incompletitud asumiéndolo cierto.

Soy incompleto porque nada en este mundo puede satisfacer del todo mis anhelos. Jesús lo puso en estos términos para la mujer samaritana hablando de la sed: «Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed». Ni siquiera las cosas que me satisfacen en este mundo lo hacen permanentemente. Nunca se sacia tanto mi sed que no quiera volver a beber después. Y así como no sucede con la bebida, tampoco pasa con la comida, el sexo, las relaciones o el conocimiento. Quiero conocer más, por ejemplo, y Gödel me dice que no puedo. Soy en mis anhelos como las hijas de la sanguijuela de Salomón.

Hay en este argumento de Lewis cierta semejanza con su argumento de la existencia de la ley moral en el primer libro de Mero cristianismo en el siguiente sentido: Lewis concluye en un argumento absolutamente arrollador, que la existencia de la ley moral implica la existencia de un Legislador moral que es bueno. Pero bueno no quiere aquí decir condescendiente o tierno, sino más bien correcto. En efecto, el argumento de Lewis es que el Legislador nos dejó una ley moral buena en el sentido de que sabemos qué es lo correcto, pero nuestra misma incapacidad para vivir a la altura de dicha ley nos atormenta permanentemente de forma tal que, al menos a partir de este argumento, sea imposible concluir que la palabra bondad aplicada al Legislador funcione aquí como sinónimo de condescendencia o ternura.

La semejanza entre los dos argumentos, me parece, está en que la radical incompletitud que sentimos a este lado del cielo también es tan estricta como dolorosa. Pues no hay una sola área de nuestras vidas en la cual podamos decir que nuestros anhelos quedan plenamente satisfechos. No en el sentido biológico (comida, sed, sexo y abrigo, por ejemplo), no en el sentido relacional (amistades ideales, familias perfectas, matrimonios sin problemas), no en el sentido intelectual (nunca ningún teorema o razonamiento filosófico o teológico ha sido tan profundo que no quiera conocer más, o que la mera epistemología satisfaga totalmente las profundidades de mi existencia) y no en el sentido espiritual (nunca sucede que, por ejemplo, en algún momento hayamos orado tanto que no necesitemos hacerlo más después).

La consecuencia es entonces de tremendo dolor a este lado del cielo. Nada satisface del todo. Nada. Na-da. Por lo tanto, si el argumento de Lewis es cierto —y a mí me parece que lo es— la esperanza de ver nuestros anhelos satisfechos está en la vida futura y eterna al lado del Jesús que le prometió a la samaritana darle un agua tal que no volvería a tener sed jamás.

Es este argumento el que le da sentido al concepto de justicia, que también emerge como consecuencia del argumento moral para la existencia de Dios. Finalmente, si usted cree que la justicia existe (y su inconsciente lo traiciona si dice que no pero se indigna ante los abusos que todos conocemos), tiene que aceptar que la justicia nunca se va a poder servir totalmente solo con esta vida terrena. Piense por ejemplo en un Hitler o un Stalin; los dos murieron sin pagar por sus barbaridades. Si este mundo es todo lo que hay, la justicia en la cual usted cree no existe. Pero si usted de verdad cree que la justicia existe —con lo cual su anhelo innato de justicia ha de verse cumplido—, debe aceptar entonces la existencia de un mundo más allá en el que todos seremos juzgados. Un mundo en el cual Hitler y Stalin pagarán por sus excesos y la justicia quedará satisfecha.

Este argumento también mostraría que las religiones panteístas, aquellas cuyos dioses están encarcelados en este mundo como el alma al cuerpo en el mito platónico de la caverna, son falsas: si los deseos humanos naturales e innatos que poseemos no se pueden satisfacer en este mundo, entonces los dioses que son parte de este mundo, como lo afirman dichas religiones, no pueden satisfacer nuestros más básicos anhelos. Nunca veremos la justicia satisfecha, por ejemplo, si todo lo que hay son pequeños dioses exclusivamente inmanentes que no tienen la posibilidad de trascender nuestro universo.

¿Qué más podemos hacer entonces sino responder como la samaritana lo hizo ante las palabras de Jesús: «¡Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni siga viniendo aquí a sacarla!»?

Quiero irme entonces por una variación más personal en esta parte final de mi escrito. Ese anhelo de estar por fin completos (lo cual solo es posible en Cristo, si la Biblia es cierta, como lo creo yo) incluye el de que por fin se vaya el peso de nuestros propios errores, de nuestros pecados. No me refiero aquí a que el pecado condene al creyente (porque no hay tal), sino a que los pecados tienen consecuencias terrenas con las cuales tenemos que vivir incluso después de haber visto la Luz.

El contexto de la cita que relata el encuentro de Jesús con la samaritana revela que el evento ocurrió alrededor del mediodía, cuando el sol calentaba más. La samaritana estaba en un pozo sacando agua cuando llegó Jesús a su encuentro. La razón por la cual ella estaba recogiendo agua a esa hora, cuando no había nadie más, es porque tenía fama de vida licenciosa. Y la fama no era gratuita. La ley obligaba a tales personas a mantenerse apartadas para no contaminar a las demás. Puesto que el mediodía, la hora más calurosa, era el instante en el que a nadie más se le ocurriría salir de la casa en pleno desierto a recoger agua, ella tenía que salir a esta hora para no enfrentar el oprobio y la desaprobación de sus pares por el peso de sus propios pecados (los de ella). El solo hecho de salir a hacerlo cada día (o cada tantos días, no importa) de la forma en que lo hacía, debía funcionar como un horroroso recordatorio del peso de sus faltas. Así nadie más saliera a restregarle su pecado en la cara.

Por esta razón, cuando Jesús lleno de amor se le acerca, sin juzgarla, sin temor a contaminarse con ella, le ofrece algo que ella no puede rechazar: le ofrece no tener que ir al pozo a esa hora a buscar agua nunca más. No solo le ofrece llevarse su impureza, sino la necesidad de estársela recordando a sí misma toda la vida. Le ofrece el agua del perdón, con la cual el condenatorio sol del mediodía no podría volver a acusarla cuando volviera al pozo para su sustento biológico. Tal es la promesa de Jesús, y a ella yo también me aferro con fuerza descomunal. En este sentido interno su cumplimiento es total porque la limpieza del pecado es total, aún antes de la muerte.

Pero en el sentido externo de las consecuencias de nuestros actos, la limpieza es parcial porque resulta prácticamente imposible para nosotros deshacerlas todas en este mundo. Piense por ejemplo en aquella guerra fratricida entre musulmanes y judíos, extendida ya por más de tres milenios, por culpa de la desobediencia de Abraham con Agar. El cumplimiento definitivo del anhelo que tenemos muchos de deshacer las consecuencias de nuestros pecados y poder finalmente descansar solo va a ser realidad completa cuando Dios restaure todas las cosas. Como la justicia, la promesa de Jesús a la samaritana es que nuestro anhelo de limpieza total por las consecuencias de nuestros propios errores solo ocurrirá allá, una vez estemos para siempre en el cielo con el Señor.

Bendito sea el Señor del cielo por darnos no solo una creencia, sino un sistema consistente en el cual podemos concluir y esperar de acuerdo a certezas que sus promesas un día se cumplirán y la vida ya no dolerá, y los ojos ya no llorarán. Él sanará, Él hará plena la vida y de su plenitud tomaremos todos gracia sobre gracia para poder por fin reposar eternamente vivos a su lado en paz.

De golondrinas, soledades y amores

Esta es una entrada diferente. Y no me molesta que vengan más como estas. Ya no. Me tomó muchos años entender que Jesús hablaba y actuaba lleno de gracia y de verdad. No solo lleno de verdad. Me tomó romperme por dentro como un cristal fino que cae de un piso alto. El texto se lee mejor con esta canción de fondo.

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala en sus cristales

jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha al contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres…

esas… ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar,

y otra vez a la tarde aún más hermosas

sus flores abrirán.

Pero aquellas cuajadas de rocío

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer como lágrimas del día…

esas… ¡no volverán!

Volverán del amor a tus oídos

las palabras ardientes a sonar;

tu corazón de su profundo sueño

tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas,

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido…, desengáñate,

así no te amarán.

Yo también he llorado. Más que casi todos los hombres, para ser sincero. Las lágrimas se volvieron mi pan de día y de noche. ¡Dios! No me hablen de soledades que todavía les tengo miedo. Yo sé cómo se siente cuando la vida es como la canción: no podés dormir si ya están todas las luces apagadas. ¡Ah, sí! Yo sé lo que es no querer llegar solo a la casa en la noche para no enfrentarse con el silencio. Sé lo que es ser adulto y empezar a ver formas entre las sombras y sentirse tan ridículo como asustado. Sé lo que es cometer errores —¡muchos errores!— para tapar las soledades. La soledad me dejó tan marcado que ni siquiera en este momento, cumpliendo uno de los más grandes sueños de mi vida, quiero seguir donde estoy para no estar más solo. Quiero volver a Miami y estar junto a mis papás, a mi mejor amigo, a mi iglesia, a la gente de mi gimnasio.

Y sé lo que es haber amado tanto que la copa del amor quedara desocupada, seca e incapacitada para dar un poquito más, porque ni poniendo la copa boca abajo caería ya siquiera una gota invisible de amor. Sé lo que es haber puesto la copa boca arriba para recibir de nuevo de alguien algo que la llenara para poder seguir dando y no recibir nada. Sé la acusación que viene por no poder dar más. Y sé lo acusador, vil y despreciable que llegué a ser porque no recibí más. Sé lo que es sentir que el amor, el que daba y el que recibía, se fuera como las golondrinas y no volviera nunca más. Yo lo sé. Yo sé lo que duelen las penas de amores. No las que duran semanas, meses o años. Las que duran décadas. Sé lo que es sentir el lado horrible y casi despiadado de que fuerte es como la muerte el amor, que darlo todo por ello solo lleva al menosprecio. Así.

Sé lo que es haber notado un día después de mucho tiempo que casi estaba completando una semana sin haber hablado una palabra con nadie. Sé qué es considerar internarse en una clínica psiquiátrica porque mi vida rayaba la locura y al menos en un manicomio las enfermeras me hablarían, habría alguien que me cuidaría. Yo lo sé. Yo lo sé.

Sé que si Dios no hubiera tenido de mí misericordia ya hoy no estaría aquí. Dios me puso al lado relaciones justo en el momento final: mi mejor amigo me recogió, evitó que cometiera una locura y me llamó a cuentas por mis errores; mis papás llegaron a vivir conmigo de Colombia (¡ellos son el instrumento de Dios fundamental por el cual logré salir adelante!); Claudia y su familia me acogieron con un amor familiar casi desconocido; por la pura majestad de la Providencia entré a ser parte de un grupo de hombres tan excelentes que ni merezco estar al lado de ellos; entré a hacer parte de un gimnasio en el que, más que clientes, somos un grupo de amigos… porque juntos somos más fuertes.

Yo sé lo que se siente la soledad. Sé lo que se sienten los desamores. Sé lo que es llegar al punto en el que no es posible dar más y todo lo que uno pide es gracia, misericordia, que alguien por favor solo por un momento ame sin pedir nada. ¡Porque no fui capaz de dar nada! Pero necesitaba amor, mucho amor. Yo lo sé. Sí que lo sé.

Sé lo que es anhelar morirse para estar por fin en la presencia de Dios, así sea sin coronas, con tal de no estar más aquí y que me enjuguen ya todas las lágrimas y se acabe el dolor. Yo lo sé. Dios sabe que lo sé.

Pero no necesitaba morirme para estar en la presencia de mi Señor (al que tampoco puedo amar perfectamente, de todas maneras, pero más sobre eso en otra entrada). Al menos no físicamente. Porque hay un sentido en el que sí era necesario morir para entrar en su presencia. Entonces y solo entonces —porque Dios es amor pero no iba Él a negociar su divinidad en mi vida ni iba a aceptar un trono compartido— pude entrar en el santuario de Dios, y solo en su presencia entendí que habían llegado allí las golondrinas que migraron. En Él encontraron descanso de su eterno vagar las golondrinas de mis desengaños, de mis desencantos, de mis desamores, de mis soledades.

Ah, Bécquer, yo sé dónde se fueron tus golondrinas. Los hijos de Coré me lo dijeron. Allá estaban las mías. Mi Señor me las estaba guardando, mi Señor me estaba guardando, mi Señor me estaba aguardando:

Hasta el pájaro encuentra casa

y un nido la golondrina

para poner a sus crías

cerca de tus altares,

¡oh Señor del universo,

rey mío y Dios mío!

Sobre democracia, cristianismo y voto

Debido a que ya parece ser un hecho que los candidatos a la presidencia de Estados Unidos serán Donald Trump y Hillary Clinton, reencauché una entrada no tan vieja en la cual explicaba por qué el voto utilitarista es una muy mala idea desde la perspectiva ética, tomando el caso de las últimas elecciones presidenciales en Colombia en las cuales las únicas dos opciones disponibles eran pésimas. Esta entrada continúa la idea y defiende la idea del voto en blanco o el no voto en ciertos casos.

Hay una razón por la cual el voto no es obligatorio en la mayoría de países del mundo (excepto doce, Corea del Norte inclusive): la obligación política a la libertad política es una obvia contradicción. Más bien, como con todos los otros derechos, el voto ha de ejercerse responsablemente. Ello implica que cualquier decisión que se tome al respecto debe ponderarse cuidadosamente pues, paradójicamente, son los derechos los que necesitan responsabilidad en su ejercicio, no los deberes.

Supongamos que existe un país llamado Rusimania donde las únicas dos opciones de voto son Hitler y Stalin y ninguno de los dos oculta en época electoral sus intenciones de ser como fueron en la historia. Me parece que elegir a cualquiera de los dos porque el ciudadano tiene el supuesto deber social de hacerlo es validar sus ideas y sus actos. Entendiendo que en un caso como este la persona responsable no debería votar por ninguno, la pregunta interesante es ¿dónde pone cada quien el límite?

Ahora, si en las opciones de voto hubiese al menos un candidato que de verdad valiera la pena, sería totalmente irresponsable no votar dado que se esté en capacidad de hacerlo. Pero no fue tal el caso de las últimas elecciones en Colombia y no lo es en las actuales de Estados Unidos.

Creo que nuestra sociedad tiene idealizada la democracia como el sistema de gobierno óptimo de una sociedad. No obstante, como dijera Churchill, la democracia es solo «el peor sistema de gobierno que conocemos, con la excepción de todos los demás» (los matemáticos dirían que a lo sumo es un máximo local, no global).

Desde una cosmovisión cristiana, el problema de entender la democracia como «la versión laica del protestantismo», en las palabras del ex-presidente colombiano Alfonso López Michelsen (que no era protestante), es que genera en el ciudadano cristiano un sentido de obligación religiosa al voto que no debe existir, independientemente de los candidatos. Nuestra obligación inobjetable es orar por las autoridades y respetarlas, no votar por ellas. El Estado Jireh es el dios de quienes no tienen Dios, dada la obvia ausencia de una entidad superior. Pero los cristianos, aunque entendemos que Dios puede usar a los gobernantes, como en efecto ocurre, tenemos estándares más altos.

Para ver el voto como un deber del creyente, los candidatos también deben comportarse conforme a la ética cristiana. Roto ese eslabón, el ciudadano cristiano se libera de la obligación moral al voto. John Adams dijo lo siguiente durante la fundación de Estados Unidos: «Nuestra Constitución se hizo para un pueblo religioso y moral, pero es totalmente inadecuada para el gobierno de cualquier otro pueblo». La democracia posee la misma característica de la Constitución de Estados Unidos a la cual aludió Adams que, considero, es la principal razón por la cual poco funciona en Oriente Medio y tiende a funcionar mejor en países de tradición judeo-cristiana, principalmente protestantes: la democracia se hizo para un pueblo religioso y moral. Removidas tales características, la democracia pierde  fuerza y en muy poco se diferencia de cualquier otro sistema de gobierno.

El amor en los tiempos del cólera y Gabo

Mi calificación: 5.0/5.0.

Sabía que iba a ser mi favorito de Gabo desde antes de leerlo, quizás porque Florentino tiene mucho de autobiográfico.

Gabo me dañó la cabeza desde quinto de primaria, cuando leí en mi libro de Español y Literatura una frase suya en la que aseguraba pelearse ferozmente con cada palabra que ponía en el texto y, decía él, las palabras siempre le terminaban ganando. Y me sesgó. Porque a mí me arrolla leer a Gabo por la precisión minuciosa con la que seleccionaba cada palabra, cada frase. Al leerlo siempre tengo la sensación de que no podría ir otra palabra en el texto diferente a la que usó, y que no podría ubicarse la palabra elegida en ningún otro lugar de la frase.

Creo que mi relación literaria con Gabo nunca ha estado fundamentada tanto en los relatos desarrollados en sus libros (que suelen ser interesantísimos, divertidísimos y muy bien contados), como en el cariño que tenía por el español, la capacidad que poseía para moldearlo a su albedrío con la maestría de un domador que lo hacía dócil a su pluma. Gabo no trataba el idioma como Picasso a sus amantes. Trataba el español con tanto respeto, cuidado, pasión, precisión y ternura, como lo hiciera Florentino Ariza con Fermina Daza. Y a mí, que soy un romántico del buen español, son esas las historias que me enamoran.

Atenas y Jerusalén

«¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?», se preguntó Tertuliano en una frase que lo ha inmortalizado en la historia del pensamiento. La idea tiene contexto, se dio en medio de unas de las primeras amenazas a la doctrina cristiana: el gnosticismo y el marcionismo, degeneraciones del platonismo que, una vez infiltradas, pusieron al cristianismo en peligro. La frase completa, que tiene hasta el toque poético de las declaraciones de los antiguos, reza: «¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿Qué la Academia con la Iglesia? ¿Qué los herejes con los cristianos?». Tertuliano defendía que la razón no podía explicar todas las cosas, y menos toda la revelación. Podrá diferirse con Tertuliano en cuanto a los aspectos que él considera más allá de la razón, pero como veremos, es difícil estar en desacuerdo con él en que sí existen cosas que son verdaderas y están mucho más allá de Atenas.

***

Una de las razones por las cuales hablamos hoy de posmodernidad (más allá de la modernidad) tiene que ver con el desasosiego que produjo la razón durante la modernidad. No era solo que la ciencia pudiera beneficiarnos y perjudicarnos al tiempo (por ejemplo, la misma ciencia que permitía una vacuna, permitía al tiempo la construcción de un arma biológica). No. Es que el mismo conocimiento exploraba sus límites a medida que avanzaba.

Primero, las matemáticas son insuficientes para probar todo lo matemático. Los teoremas de incompletitud de Gödel mostraron que hay proposiciones matemáticas verdaderas pero indemostrables bajo cualquier conjunto de axiomas consistente y que la consistencia misma del sistema axiomático no se puede demostrar.

Segundo, en el razonamiento inductivo e inferencial de la ciencia es imposible obtener completa certeza hasta de lo que creemos conocer. Por ejemplo, una vacuna funciona con un porcentaje de efectividad que usualmente es muy alto, pero nunca es 100% confiable. Es decir, la probabilidad de estar equivocado en un hallazgo científico es positiva, como con tanta frecuencia ocurre: aproximadamente el 90% de las publicaciones científicas son falsas.

Tercero, la finitud de nuestro universo implica el total desconocimiento científico de cuál pueda ser la causa de su existencia: la ciencia por su propia construcción solo puede dar cuenta de lo que ocurre dentro del universo; pero la causa que produce tal universo ha de ser externa a él. Por lo tanto, la pregunta ¿Cuál es la causa de la existencia del universo? no puede responderse desde la ciencia. Y menos aún ¿Por qué existe el universo? Antes de que supiéramos que nuestro universo tuvo origen estas preguntas no torturaban a los intelectuales, pues hasta inicios del siglo veinte se asumió en la cultura occidental que el universo era eterno, como lo había planteado Aristóteles. Solo las cosas que comenzaron a existir necesitan explicación de su causa. Las que nunca han existido o siempre han existido no la necesitan.

Cuarto, la ciencia no puede responder todas las preguntas ni siquiera dentro del mundo natural. Por ejemplo, lo que sabemos hoy del inicio del universo hace imposible que sepamos qué ocurrió en los primeros 10-35 segundos de su existencia. Es probable que hasta ese momento las leyes naturales ni siquiera existieran. ¿Cómo vamos a decir algo científico sin leyes naturales? De hecho, tampoco puede responder la ciencia a la pregunta ¿Cómo surgieron las leyes naturales? No tiene cómo. De otra parte, la física cuántica nos enseña que si conocemos el momento de una partícula, no podemos conocer su posición; y si conocemos su posición, no podemos conocer su momento. Luego, ni siquiera con las leyes naturales en completa operación podemos responder todas las preguntas respecto al mundo natural.

El primer punto muestra que el conocimiento matemático es incompleto. El segundo punto muestra que el conocimiento científico es imperfecto. Los puntos tercero y cuarto muestran que el conocimiento científico es incompleto. La ciencia no tiene todas las respuestas. Además, según los puntos segundo, tercero y cuarto, vemos que el materialismo, la posición filosófica según la cual solo existe la materia, tan en boga actualmente en el nuevo ateísmo, no tiene fundamento, porque la(s) causa(s) del universo y las leyes naturales han de ser externas a la naturaleza. Los mismos puntos también revelan que el llamado cientifismo, un reencauche barato del positivismo de Comte, según el cual solo la ciencia sirve para conocer la verdad, es falso… ¡si la ciencia ni siquiera puede conocer todo lo que ocurre en el mundo natural!

Vale la pena añadir aquí que no todo razonamiento lógico tiene la misma fuerza epistemológica. Por ejemplo, los resultados matemáticos, pertenecientes a la lógica deductiva, son siempre verdaderos una vez se asumen ciertos los supuestos. Pero los razonamientos científicos, inductivos e inferenciales por naturaleza, no gozan de tanta precisión y su veracidad siempre será a lo más una probabilidad. Por eso es tan irracional, ilógico y carente de verdad cuando alguien afirma que cierta teoría o descubrimiento tiene la misma validez que 1+1=2. Ningún descubrimiento científico tiene la fuerza epistemológica de 1+1=2. Ninguno.

***

¡Quién lo iba a creer! ¡El conocimiento del siglo veinte dándole la razón a Tertualiano, uno de los padres de la Iglesia! Entonces, ¿era Tertuliano anti-intelectual? La sola sugerencia es ofensiva por la ignorancia que despliega. La producción intelectual de Tertuliano fue vastísima: más de treinta obras suyas existen hoy completas, junto con fragmentos de otras más, y alrededor de quince se perdieron. Como se dijo al principio, Tertuliano no afirma que ninguna verdad sea conocible por la razón, sino que existen verdades que no pueden conocerse por la razón. En dicho sentido, Tertuliano no dice nada diferente a lo que dijo Gödel o a lo que reveló la ciencia moderna. ¿Acusaremos también a Gödel de anti-intelectual?

En otras palabras, la afirmación de Tertualiano no es necesariamente que existan cosas verdaderas que contradigan la razón, sino que existen cosas verdaderas que están más allá de la razón. Es entonces importante diferenciar tres conceptos relevantes: razón, lógica y verdad. La razón es la capacidad que tenemos los seres humanos para entender el mundo, explicarlo y modificarlo. La lógica (deductiva como en la matemática, inductiva como en la ciencia o abductiva como en la historia) es la herramienta que usamos para ello. Y la verdad es la real naturaleza de las cosas, aquello que queremos alcanzar.

De modo que existen dos formas en que podemos no alcanzar la verdad. La primera de ellas cuando razonamos adecuadamente, de acuerdo con las correctas normas de la lógica, pero nos encontramos con sus limitaciones de incompletitud e imperfección. Tal parece ser el sentido que daba Tertualiano a su afirmación.

Pero también hay una segunda posibilidad de no alcanzar la verdad y es cuando usamos mal la lógica, cuando razonamos de manera inadecuada. Hay muchas formas en las que la razón puede fallar. La razón falla cuando nos negamos a ver las cosas con la mayor rigurosidad lógica posible, cuando nos equivocamos en un razonamiento deductivo (como en una demostración matemática errada), cuando en un razonamiento inferencial creemos que la conclusión es infalible (que el conocimiento científico es tan cierto como 1+1=2), etc. De hecho, el mismo Tertuliano fue víctima de esto, pues se desvió de la enseñanza del cristianismo y terminó por completo en la herejía del montanismo.

En pocos puntos podrían encontrarse coincidencias filosóficas entre Carl Sagan, famoso físico ateo y defensor del materialismo, y Phillip Johnson, padre del diseño inteligente. Pero hay un punto en el que coinciden los dos: la persona más fácil de engañar es usted mismo. Es muy fácil que por diversas razones creamos que algo es racional (razonado con buena lógica) cuando no lo es. Considero que esta es la principal razón por la cual no logramos acceder a la verdad. No porque haya verdades que estén más allá de la razón, sino porque fallamos en nuestros razonamientos.

Los cristianos creemos que Dios es la verdad. El Padre es la verdad (1 Jn. 5:20), el Hijo es la Verdad (Jn. 14:6), el Espíritu Santo es la verdad (1 Jn. 5:6). Si Dios es la verdad, entonces cuando no descubrimos la verdad sobre Él es por una de las dos razones anteriores, más probablemente la segunda: razonamos mal.

Al final, no me preocupa tanto que lo que Dios sea o haga a alguien le parezca irracional, porque nuestra razón es falible y limitada. Lo que quiero ver, en el caso de los críticos, es que muestren que, en lo que el cristianismo afirma sobre Él, una de tales afirmaciones es ilógica. Pero no lo he visto. Y a estas alturas ya dudo que lo vea. El problema del mal, la reconciliación de la existencia de un Dios bueno y todopoderoso con la existencia del mal en el mundo, era el candidato que mejor se perfilaba para ello, y no pudo. En cambio, lo que sí he visto, son argumentaciones lógicas que hacen más plausible su existencia. Mi fe descansa tranquila en un Dios que no solo no niega la Razón, sino que la satisface y va más allá de la mía.

La conciencia tranquila y el utilitarismo

En una de las columnas más absurdas que he visto en el último tiempo (no leía algo que me indignara tanta desde cuando José Obdulio defendía las barbaridades del gobierno de Uribe en los periódicos colombianos), Ricardo Silva Romero dice literalmente lo siguiente sobre la segunda vuelta electoral entre Óscar Iván Zuluaga —el candidato de Uribe— y Juan Manuel Santos: «Yo no voto en blanco porque me temo que mi conciencia tranquila no le sirve de nada a la realidad».

Aunque Silva Romero pretende una  apología —¡Malísima! ¡Pésima!— de su voto por Santos en la segunda vuelta, mi intención con esta entrada no es decirle a nadie por quién votar. No me interesa esa discusión (Sin embargo, antes de continuar y para evitar malentendidos, declaro que voy a votar en blanco. Yo no estoy dispuesto a empeñar mi conciencia por un voto y cualquiera de los dos candidatos me produce insatisfacción profunda). Me interesa la evaluación de la frase ya citada de Silva Romero y analizar algunos de los problemas que tiene.

Cuando Silva Romero dice que no vota en blanco porque su conciencia tranquila no le sirve a la realidad, está asumiendo una postura que en el estudio de la moral se conoce como utilitarismo, en la cual lo correcto equivale a lo que es útil, lo que funciona, lo que sirve; y por ende lo incorrecto termina equivaliendo a lo que es inútil, lo que no funciona, lo que no sirve. Tal perspectiva es peligrosísima y dudo que el mismo Silva Romero quiera vivir a la altura del razonamiento que plantea, pues la utilidad —o inutilidad— de las cosas, situaciones o personas, depende del cristal con el que se mire y por tanto es un criterio completamente subjetivo (lo que yo considero útil puede no serlo para usted e incluso puede serle perjudicial), luego relativo.

Por ejemplo, en una flagrante contradicción, critica Silva Romero en esta misma columna a Uribe por poner «en duda las elecciones cuando le conviene»; es decir, cuando a Uribe le es útil. Su acusación es verdadera, pero cabe preguntarse: ¿con qué autoridad moral y lógica, las dos, crítica el columnista al expresidente cuando el primero está defendiendo precisamente esa posición de lo que no le sirve a su realidad? La verdad es que cuando Silva Romero decidió que lo correcto era lo que servía (y lo incorrecto,  lo que no servía, como el voto en blanco, según él) terminó validando completamente a Uribe, al uribismo y a su candidato. ¿No podrían argumentar precisamente bajo el mismo razonamiento quienes respalden el uribismo que votan por Zuluaga porque al país le sirve más terminar los diálogos de La Habana y seguir la guerra hasta debilitar más a las Farc o derrotarlas militarmente? Sí. De hecho, es exactamente eso lo que argumentan. Y Silva Romero, aunque pretende atacar al uribismo, lo termina validando con su concepción utilitarista de la moral.

Cuando Silva Romero alude a su conciencia tranquila, a lo que parece referirse es que cree que hay ciertos principios morales objetivos cuyo cumplimiento satisfaría la tranquilidad de su conciencia (en otro caso, ¿de qué lo intranquilizaría esta?). Por lo tanto, cuando dice que su conciencia tranquila no sirve de nada a la realidad y por ello la va a contradecir, lo que está diciendo es que no va a cumplir aquellos principios morales a los que su conciencia lo impulsa. Para utilizar los términos del derecho penal, no está actuando con culpa sino con dolo: sabe explícitamente que algo está mal pero lo hace. San Pablo decía que lo que no proviene de fe es pecado; es decir, si alguien actúa en contra de lo que cree, se equivoca. Bajo este mismo principio respondió Martín Lutero en la Dieta de Worms cuando la iglesia católica le pidió retractarse de la posición que había asumido:

A menos que me ilustren y convenzan con evidencia de las Sagradas Escrituras o con diferentes sustentos o razonamientos abiertos y claros —y mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios—, ni puedo retractarme ni lo voy a hacer, porque no es sabio ni seguro actuar en contra de la conciencia. Esa es mi posición. No puedo hacer algo diferente. ¡Que Dios me ayude! Amén (citado en James M. Kittleson, Luther the Reformer [Minneapolis: Augsburg, 1986], p. 61. Traducción mía).

Duélale a quien le duela, San Pablo y Lutero tenían razón. Procurar lo útil yendo en contra de la conciencia es necio e inseguro. De lo contrario, en el contexto que ocupa al columnista, tendríamos que terminar validando que alguien fuerce a otro a votar en contra de su conciencia porque el candidato está convencido de que lo que le conviene a él y a la sociedad es ganar; tendríamos que terminar validando que un contratista soborne a un funcionario para quedarse con un contrato jugoso; que las grandes compañías compren congresistas para aprobar leyes que los favorezcan; peor aún, tendríamos que terminar aceptando la existencia de grupos paramilitares porque esa es una forma útil de defenderse de la guerrilla… pero un momento, ah, es que eso es Colombia, la Colombia que tiene tan indignado a Silva Romero.

Desde una perspectiva darwinista, tendríamos que validar abusos sexuales a mujeres porque lo que realmente conviene a la especie es la procreación y entre más embarazadas haya mejor; tendríamos que validar el adulterio por la misma razón (Peter Singer, catedrático de bioética de Princeton, justificó el famoso episodio entre Clinton y Lewinsky diciendo que él era de los más aptos y el darwinismo lo compelía a propagar sus genes por doquier, que el adulterio es puro determinismo genético y selección natural). El agnóstico David Berlinski dice en su libro The devil’s delusion que aunque muchos se proclamen adalides del relativismo moral (y el utilitarismo es relativista), ni siquiera sus mayores defensores están preparados para vivir en un mundo así (p. 41). En fin, los extremos a los que podría llegarse bajo el punto de negar la conciencia por ir tras lo útil son, como dije al principio peligrosísimos. A gran escala, el utilitarismo justificó las prácticas del nazismo alemán y, paradójicamente, de su ideológicamente opuesto comunismo soviético. Así de contradictorio es.

Alguien podría decir que los ejemplos son exagerados, que es solo un voto. Pero si es solo un voto, por un lado, ¿por qué empeñar la conciencia por tan poco?, por otro lado, ¿qué va a decirles Silva Romero a todos los que individualmente venden su voto?, y en ese caso ¿a los que compran el voto? Dice Silva Romero que él prefiere «vigilar a un politiquero a ser vigilado por un predicador», ¿qué pretende decir después cuando el que sea presidente entre los dos candidatos, no importa cuál, haga algo que sea completamente utilitarista y contrario a la conciencia? «Iba contra de la conciencia pero hice lo que me parecía que servía» dirá quien sea presidente. Y Silva Romero tendrá que comer callado. Toda la indignidad moral que quiere plasmar en su columna hay que leerla a lo sumo, como dijo él mismo, «con humor». Su perspectiva utilitarista hace insustancial cualquier crítica que haga a las cosas que lo indignan. ¡He ahí la gran contradicción de la mentalidad liberal!

Ese utilitarismo, que trasciende en mucho unas elecciones, es lo que nos tiene tan emproblemados como sociedad. Terminó validando, vea usted, la mentalidad del todo vale. Y no. En una democracia toda la gracia del voto es ejercerlo a conciencia. En el voto y en cualquier otro asunto en el que se invoque la conciencia, San Pablo y Lutero tenían razón.

Marx, Modernidad, humanismo y cristianismo

Leía esta columna de Antonio Cruz sobre Karl Marx y se me vinieron varias cosas a la cabeza. Comienza Cruz citando una frase reconocida del Manifiesto comunista que Marx escribiera con Engels:

El primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia. El proletariado se saldrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.

Un par de párrafos adelante pasa a decir el columnista que Marx era un humanista digno de su época, un hombre moderno que creía en la capacidad de la humanidad para quitarse la opresión y que su mayor contribución puede haber sido quitarle al capitalismo el aura de santidad que lo caracterizaba. Citando directamente a Cruz:

Al negar el pretendido orden sagrado y natural que protegía a la moderna sociedad mercantil y capitalista, Marx destapó la situación de dominación y explotación en que vivían tantas criaturas en las fábricas de la época. El progreso industrial y tecnológico dejó de verse ya como el resultado positivo de la historia de la razón humana, para mostrar su cara oculta de discriminación y creación de miseria.

Pensé entonces en una idea que siempre me ha dado vueltas con respecto aa Occidente en la segunda parte de la Modernidad: ¿De dónde tanta fe en el hombre? Sé que en este momento de la historia la idea suena medio trivial, finalmente la pérdida de fe en la humanidad es uno de las dos grandes pilares que sostienen a la Posmodernidad (el otro gran pilar, a mi entender, es el relativismo). Pero no entiendo la fe del hombre moderno en la humanidad, ni siquiera mirando el asunto desde su propia época. Sí, Marx tenía fe en la humanidad en el sentido de que las clases oprimidas serían capaces de quitarse el yugo de «la moderna sociedad mercantil y capitalista» que discriminaba y producía miseria. Pero ¿cómo se le escapa a su fe en la humanidad que son otros humanos, los que componen esa sociedad mercantil, quienes oprimen al proletariado? El hombre moderno, incluso aquel en pleno apogeo de la Modernidad, aun mirado desde la perspectiva de su época, no tenía muchas excusas para tenerse tanta fe ni como sociedad ni como individuo. Era (y sigue siendo) el mismo hombre oprimiendo al hombre.

Más aun, una revisión del pasado debería haber revelado a Marx que prácticamente todas las revoluciones exitosas cambiaban unos opresores por otros. La triste puesta en práctica de sus ideas en el futuro así lo demostró: la implementación del marxismo llevó a un remplazo —no desaparición— de las clases dominantes que, además de ser más reducidas, oprimieron con más fuerza al resto de la población.

Pero más allá de Marx, no entiendo, insisto, la fe del hombre en el hombre durante la segunda parte de la Modernidad. Hacía casi 10 años que se había publicado El origen de las especies de Darwin cuando Marx publicó El capital. Es más, Marx tuvo un interés grandísimo en las teorías del naturalista inglés desde el principio. Él conocía lo que Darwin había escrito y se le comió el cuento completo (la teoría de Darwin debe haber sido el producto más esperado de la segunda parte de la Modernidad. Uno de sus biógrafos dijo que si él no hubiera existido los positivistas se lo hubieran inventado). Darwin convenció a Marx y a todo el mundo de que todas las especies no eran más que una ameba evolucionada y que solo los más aptos sobrevivirían. El corolario obvio es que, dada la continuidad del proceso, las especies presentes, en particular la humana, solamente serían una transición a nuevos organismos que evolucionarían después. ¡Y Marx le creyó, y el hombre moderno le creyó! De manera que si solo somos una ameba evolucionada y no más que una especie de transición, no hay la más mínima razón para conferirle forma alguna de dignidad al hombre (como para pensar en el malestar de la opresión de las clases dominantes) o para tenerle alguna clase de fe a una humanidad cuya finalidad no es otra que propagar su descendencia, dependiendo de quién sea más apto que quién, sin importar los medios. Así, si el darwinismo es cierto, el alcance del marxismo no sería más que la pataleta de ahogado de los menos aptos en un intento por evitar la extinción… aunque Marx, curiosamente, perteneciera a la acomodada burguesía.

Decía Francis Schaeffer que toda cosmovisión debe contener al menos tres elementos constitutivos: Una historia de origen de las cosas, una explicación de qué salió mal y una propuesta de cómo arreglar lo que salió mal (creación, caída y redención). Darwin proporcionó al hombre moderno un relato de creación sin recurso a Dios que contenía en sí mismo la explicación de qué salió mal: nada le importa a la selección natural si el cambio que produjo el azar es bueno o malo (moralmente hablando); solo importa la supervivencia del más apto para garantizar la continuidad de la especie. Marx por su parte plantea una forma social y económica de redención. Pero no hay en ello exaltación del hombre, sino una fuerte degradación.

El intento de Marx, muchos lo han notado, era el de un cristianismo sin Dios. Como lo menciona Cruz, «Marx convirtió su teoría de la evolución de la historia humana en una religión secular» y El capital se convirtió en «la Biblia de la clase trabajadora». El mismo Marx así lo entendía, creo, y por eso estuvo tan interesado en Darwin: el inglés aportaba la historia de creación sin recurso a Dios que necesitaba Marx para dar soporte a su teoría humanista de trasfondo completamente materialista. Y aunque aquí estoy hablando del marxismo, la exaltación del hombre fue una característica de casi toda la Modernidad. Así, aunque el cristianismo fuera uno de los grandes soportes metafísicos (si no el más grande) que diera respaldo al desarrollo de la ciencia, y la Reforma fuera su impulso social, el conocimiento y el bienestar produjeron tan marcado ensoberbecimiento del hombre moderno que este olvidó la razón de ser de la ciencia y del desarrollo que había obtenido. Pablo de Tarso explica perfectamente la tragedia de Marx y del hombre moderno: «Se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal» (Ro. 1:22-23a). El humanismo que la Modernidad predicaba, dado tal fundamento tan endeble, carecía de todo sentido.

En oposición, el teísmo no solo plantea que Dios creó al hombre, sino que lo creó a su imagen y semejanza. Es decir, Dios crea al hombre y lo diferencia del resto de la creación poniéndolo por encima. Pero el teísmo cristiano va aun más allá: afirma que Dios se hace hombre en Jesucristo y, no conforme con ello, este Dios humanado muere por el hombre para redimirlo. Se pregunta uno entonces ¿qué cosmovisión puede ser más humanista que el cristianismo? ¿Qué otra perspectiva de la humanidad pudiera conferirle más dignidad al hombre que una en la cual el Dios del universo lo crea con características semejantes a las de la divinidad (libre elección, uso de razón, conciencia…) y, cuando por su albedrío el hombre decide dejar a Dios de lado, Él por amor se hace hombre y muere para redimirlo?

¡Ninguna! ¡Menos una cosmovisión materialista o naturalista! Este fue el reconocimiento que llevó a los filósofos modernos del existencialismo secular al sentimiento de náusea: ni valor ni sentido tiene la existencia humana en ausencia de Dios (Y recordemos que el existencialismo primero fue cristiano y esperanzador, como lo planteó décadas antes Kierkegaard; no nauseabundo y vomitivo, como lo volvió Sartre). Algunos filósofos actuales, notablemente Peter Singer, profesor Ira W. deCamp de bioética (¡!) de la Universidad de Princeton, llevando esta idea a sus últimas consecuencias, han concluido coherentemente (si uno acepta la premisa de que Dios no existe) que la moral no existe y que no hay dignidad inherente en el hombre. Por eso, acorde con su concepción, Singer defiende por ejemplo el infanticidio; pero ni siquiera en la forma de abortos, sino en la matanza real de niños, bajo el argumento de que finalmente ni tienen una conciencia desarrollada como los humanos adultos. Pero dada la premisa de que Dios no existe, ¿qué diferencia haría que los adultos sí tengan conciencia? ¿Por qué no matar adultos? ¿Por qué no matarlos indiscriminadamente?

No. Solo el teísmo le confiere dignidad al hombre. Y solo el cristianismo reviste al hombre de tal nivel de dignidad que Dios, considerando su valor, se hace hombre para morir por él y redimirlo. Los seres humanos en la Tierra, aquel punto azul pálido, sí están revestidos de dignidad. Así lo entendió David cuando escribió el Salmo 8:

Cuando contemplo tus cielos,
obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que allí fijaste,

me pregunto:

«¿Qué es el hombre, para que en él pienses?
¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?»

Pues lo hiciste poco menos que un dios,
y lo coronaste de gloria y de honra:

lo entronizaste sobre la obra de tus manos,
todo lo sometiste a su dominio;

todas las ovejas, todos los bueyes,
todos los animales del campo,

las aves del cielo, los peces del mar,
y todo lo que surca los senderos del mar.

Y, paradójicamente, aunque la cosmovisión cristiana reviste al hombre de dignidad como ninguna otra, el hecho de que Dios en Jesucristo tuviera que rescatar al hombre del atolladero en el que se había metido y del cual no podía salir solo (la caída) funciona como la misma razón por la cual, aunque digno, el orgullo humano no tiene cabida, a diferencia de concepciones humanistas como las de la Modernidad. En ausencia de Dios, todo en el hombre es «infección y podrida llaga», como dijera el profeta veterotestamentario. O, como lo dijera el apóstol después, en ausencia de Dios el hombre es «vil y despreciable».

Sí, Dios creó al hombre digno, pero el hombre revolcó en el fango esa dignidad y la ensució tanto que ya él mismo no se la encontró. Sin embargo, Dios lo consideró tan valioso que no titubeó en hacerse hombre y morir por él, para restaurarle su valor intrínseco. Ese valor supremo de dignidad, entendido como comunión con Dios, está disponible para todo el que lo reconozca por la fe. Fue Dios quien creó digno al hombre, y es Dios quien le rescata la dignidad al hacer que Jesús muriera por sus pecados. «No por obras, para que nadie se jacte».

The Wolf at the Door, Jack Higgins. Y sobre los libros virtuales

The Wolf at the Door, Jack Higgins (Penguin Books).

Mi calificación: 2.3/5.0.

Hace años, por ahí unos quince, no leía un libro de Jack Higgins. Tal vez el último fue Year of the Tiger, pero no me pregunte de qué se trata porque no me acuerdo (En comparación con otros tipos de literatura, he leído muy pocas novelas desde que salí del colegio). El caso es que Higgins es uno de mis autores de novelas de acción-suspenso favoritos, así que solo por eso disfruté volver a leerlo después de tanto tiempo.

The Wolf at the Door es un libro más de la famosa saga de Higgins con Sean Dillon, uno de sus personajes consentidos. El libro sí tiene algo de suspenso, entendido como aquella ansiedad de seguir leyendo para saber qué viene. No obstante, en lo poco que tiene de acción es lento y soso. Nada parecido a Night of the Fox, el primer libro del autor que se me cruzó a los doce años y uno de mis favoritos desde entonces.

Por otro lado, este es el primer libro que termino oficialmente en formato electrónico y eso me ha dejado con más impresiones que el contenido del libro como tal. Primero, es el único libro que he comprado por iBooks —la aplicación de Apple para comprar libros— y no pretendo comprar más; por Kindle —la aplicación respectiva de Amazon— sí tengo varios porque son muchísimo más baratos.

Segundo, me molestan las políticas a las que uno accede, al menos con Apple, por la compra de sus contenidos virtuales. Parecen más las políticas de un arriendo perpetuo, con todas las limitaciones que eso conlleva. Si yo pago por un libro, quiero tener derecho a usarlo como quiera. Pero no sucede eso con los libros virtuales, cuyo uso es restringidísimo. Por ejemplo, si el comprador quiere copiárselo a otra persona, exactamente igual a que le sacara una fotocopia al físico, no puede hacerlo. Si lo que preocupa a editoriales y distribuidores es la piratería, sin estar yo de acuerdo con ella, creo que por ahí ya perdieron porque cualquier persona consigue pirateado en la red el libro que se le venga en gana. De modo que quienes compramos lo hacemos por honradez o por la satisfacción de saber propio el material del que disponemos (a mí, lo reconozco, lo segundo me ayuda bastante con lo primero)… pero ese es precisamente el punto: que no disponemos. Por ejemplo, en iBooks es imposible copiar y pegar una cita, mientras que en Kindle es imposible hacerlo sin boletearse por toda la red.

Y tercero, está el problema del formato exclusivo. Me parece que los libros deberían venir en un formato único que pudiera leerse en cualquier aplicación de lectura. Me refiero a que no se puede leer un libro para Kindle en iBooks —o Nook— o viceversa. Este sistema actual es más similar al de un libro amarrado al estante de una biblioteca. Y ese es precisamente el punto: Ni es una biblioteca ni es un préstamo; se trata de una librería a la que yo le compré un libro que ahora es mío. En la práctica, sin embargo, no sucede así con los libros electrónicos. En la práctica nos venden la idea de lo segundo, pero una vez hecha la compra quedamos anclados en lo primero. Una tumbada. ¿Qué pasa por ejemplo si alguna vez quiebran Amazon o Apple? ¿Perdemos nuestros libros?

Aun así, me ha gustado leer libros en este formato. Tiendo a pensar que los problemas mencionados se resolverán con el tiempo, no sé si esté siendo muy optimista. Eso sí, lo tengo claro: prefiero los libros físicos y sigo soñando con tener una biblioteca gigante que adorne mi casa, ojalá con un par de antigüedades bien bonitas: La Biblia del oso y el Principia.

Gifted hands, Ben Carson

Gifted hands, Ben Carson (Zondervan, 240 páginas).

Mi calificación: 4.2/5.0.

Supe por primera vez de Carson gracias a un listado en el que aparecen los 20 científicos y pensadores cristianos más reconocidos en el mundo anglo (también aparece en otro listado de 20 cristianos influyentes en la academia). Por eso me interesé en conocer más de él y terminé comprando su libro.

El libro, autobiográfico, me gustó mucho: La historia de cómo Ben Carson, un negro de familia muy pobre, que atravesó circunstancias complicadas, gracias a la disciplina y a la religión (protestante adventista), dos cosas que le inculcó su madre, llegó a convertirse en el mejor neurocirujano del mundo por logros que lo ubican muy por encima del resto de personas en su profesión.

Gracias a la disciplina y a su religión, como lo enfatiza él mismo en todo el libro, Carson pasó de ser el peor estudiante del colegio a convertirse en el mejor. Entró becado a Yale para hacer luego un fellowship en Johns Hopkins, donde ha permanecido hasta hoy. Dentro de sus logros profesionales se cuenta el de ser el primer médico en separar a dos siameses unidos por la cabeza y dejarlos vivos a los dos. Fue además pionero exitoso en un método llamado hemisferectomía, consistente en la extracción de medio cerebro en niños que sufren ataques y aun así dejarlos vivos y funcionales. Su carrera impresionante está llena de logros como estos. El libro tiene su versión en el cine, protagonizada por Cuba Gooding Jr., se puede ver completa aquí.

Carson es claro en enfatizar el papel de la disciplina y la religión en todo el libro. En un ejemplo de autoridad bien ejercida, la madre les prohíbe a él y a su hermano ver más de dos programas de televisión a la semana y, en cambio, les exige que todas las semanas lean dos libros de la biblioteca pública y le presenten los resúmenes de esos respectivos libros. La disciplina que Carson aprendió gracias a esto demostró ser una bendición en su vida y por ella desarrolló un gusto por el estudio que lo puso por encima de los demás.

Carson reconoce que su historia de vida tiene un alto efecto motivacional y la comparte con muchos jóvenes. Quiere sobre todo motivar a los jóvenes de su raza: que se interesen más por la academia, no solo por los deportes o la música, para salir adelante y volverse reconocidos o exitosos.

Mi edición, conmemorativa de los 20 años de lanzado el libro, tiene un mensaje de Sonya Carson, madre de Ben. Trascribo en español el párrafo final de su carta porque me gustó mucho:

Recuerde esto en tanto recorre la vida. ¡La persona que más tiene que ver con lo que a usted le sucede es usted! Usted toma las decisiones; usted decide si se va a rendir o a pagar el precio cuando la situación se torne complicada. Al final, es usted quien decide si usted será un éxito o no, haciendo todo lo legalmente necesario para llegar adonde quiere. Usted es el capitán de su barco. Si no tiene éxito, solo puede culparse a usted.

Impresionantes palabras de una mujer que en la niñez de sus hijos prácticamente no sabía leer ni escribir y que, con mucho sacrificio, los sacó adelante. Por ese enfoque es que no clasificaría el libro como una biografía de autoayuda, pues no dice que todo e perfecto, bonito y rosa, sino que enfatiza la responsabilidad «personal e instrasferible» a la hora de procurar la excelencia.

Es un libro cuya lectura recomiendo definitivamente a jóvenes y padres.

Darwin —y su teoría— sobre los negros

At some future period, not very distant as measured by centuries, the civilised races of man will almost certainly exterminate, and replace, the savage races throughout the world.… The break between man and his nearest allies will then be wider, for it will intervene between man in a more civilised state, as we may hope, even than the Caucasian, and some ape as low as a baboon, instead of as now between the negro or Australian and the gorilla.

Charles Darwin, Descent of Man

Traducción a continuación:

En algún momento futuro, no muy lejano si lo medimos en siglos, casi ciertamente las razas humanas civilizadas exterminarán y remplazarán a las razas salvajes en todo el mundo… Entonces la brecha entre el hombre y sus más cercanos aliados se hará más amplia, porque sobrevendrá entre el hombre —en un estado más civilizado, cabe esperar, aún mayor que el del hombre caucásico— y algunos simios tan inferiores como el papio, no como la brecha actual entre el negro o el australino y el gorila.

Charles Darwin, El origen del hombre