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Dios calmó la tormenta en tu cumpleaños

Ayer fue tu cumpleaños número 3, hijo. ¡Estabas tan feliz! Mamá y yo te vemos todos los días y no nos cansamos de darle gracias a Dios por tu vida. Nuestra oración diaria es que sigas creciendo hasta convertirte en un gran árbol en el que las aves del cielo vengan y hagan sus nidos, y que seas un lugar de reposo y sombra para muchos bajo tus ramas. No obstante, solo hay una forma en la que eso va ser posible: si pones tu confianza en el Señor y no en los hombres, cosa que te incluye a ti (Dn. 4:19–27).

A mamá y a mí, y con toda seguridad al resto de la familia (mira este devocional que la abuelita Dorita escribió por tu cumpleaños), nos encanta ver que las promesas que Dios te hizo desde antes de nacer se van concretando en tu vida.

Hace un par de semanas, te caíste de la mesa de centro y te doblaste el pie. No pudiste moverte por un par de días, pero tú mismo oraste por tu sanidad y el Señor te sanó. Verte corriendo, saltando y gritando feliz por toda la casa que el Señor te había sanado llenó nuestros corazones. Desde ese momento, has orado todos los días dándole gracias a Dios por haberte sanado. Por supuesto, nadie se alegró más que Dios.  

Así, la semana pasada, cuando estuvimos donde los abuelitos M&M y viste que la abuelita Marthica estaba enferma de su pierna (de la ciática), pusiste tu mano en su pierna y oraste por ella pidiéndole a Dios que la sanara, ¡y toda la semana la abuelita estuvo bien!

Pues bien, ayer llovía torrencialmente en el sur de la Florida. Varios nos preguntaron si íbamos a cancelar la celebración en el parque que habíamos reservado. Pero tú oraste pidiéndole a Dios que escampara para que tú pudieras celebrar, ¡y así ocurrió! A pesar de que el día estaba completamente tapado, el cielo se despejó y pudiste jugar feliz toda la tarde, hasta saltando con tu primo Sebas en los charcos que dejó el aguacero. Porque ese es nuestro buen Dios: en su gracia, Él toma las cosas que no nos parecen tan buenas —como el aguacero que se interponía con tu celebración— y las transforma en bendiciones y motivo de felicidad.

Sin embargo, la cereza en el pastel estaba por llegar. Ya de vuelta en la casa, en nuestro momento devocional, cuando estábamos leyendo juntos la Biblia como solemos hacerlo cada noche, nuestra lectura correspondía precisamente con la historia en la que Jesús calma la tempestad. Entonces lo entendimos: Dios quería que te quedara claro, muy claro, que fue Él quien calmó la tormenta para ti. Porque te ama y quería regalártelo de cumpleaños para que pudieras disfrutar, sí; pero sobre todo para que pudieras fortalecer tu fe y dar testimonio de Él. No se me ocurre un regalo mejor.

Va a llegar el día en que tu fe será probada. Que en esos momentos recuerdes instantes como estos para fortalecerte, para que seas como un árbol plantado junto a corrientes de agua que da su fruto en su tiempo y su hoja no cae, y todo lo que hace prospera. No lo olvides nunca: al Dios que te ama hasta el viento y el mar le obedecen.

Testimonio e inteligencia.

Si yo testifico en mi favor, ese testimonio no es válido (Juan 5:31).

Estas palabras de Jesús me sorprendieron hace pocos días, hijo. Me llamaron la atención al menos por un par de razones: la humildad de mi Señor y su marcado contraste con el mundo.

En cuanto a lo segundo, las personas del mundo viven de promocionarse a sí mismas. En particular, en la academia y en Estados Unidos me parece exageradísimo (aunque mamá, que conoce muy de cerca el mundo corporativo colombiano, me dice que allá no es muy diferente la cosa). Hay a mi alrededor demasiadas personas de talento exiguo cuya única virtud para llegar a los cargos que ocupan ha sido su habilidad de vender su nombre. Si es molesto ver a una persona capaz promocionándose a sí misma, te darás cuenta cuán desagradable resulta ver a una incapaz escalando posiciones solamente porque se vende bien.

Es aquí donde contrasta tanto la humildad de mi Señor. ¡Es el mismísimo Dios hecho hombre hablando! ¡La Segunda Persona de la Trinidad! ¡El Hijo de Dios! ¡El Hijo del Hombre! Y sin embargo dice que si testificara de Él su testimonio no sería válido. Jesús cambió el mundo y partió la historia de la humanidad en dos sin dar testimonio de sí mismo. En su lugar, dio testimonio de Dios Padre y, en sus propias palabras, dejó que el Padre se encargara de dar testimonio de Él: «El Padre mismo ha testificado en mi favor» dijo unos versículos más adelante. En efecto, los cuatro Evangelios relatan que cuando Jesús fue bautizado, se oyó la voz de Dios Padre diciendo desde el cielo: «Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia» (por ejemplo, Lucas 3:22).

¿A quién vamos a seguir? Yo reconozco que muchas veces me promocioné a mi mismo. Pero para nosotros, los que hemos decidido seguir a Cristo, creerle a Él, imitarlo a Él, la única posibilidad es no darnos gloria a nosotros sino a nuestro Dios. Este es el criterio a usar cuando hable de mí mismo: si lo que voy a decir es para alabarme a mí, está mal; si lo que voy a decir es para dar testimonio de nuestro buen Dios, vale la pena.

Para redondear el asunto, leía aquel día también Deuteronomio 4:5-6:

Miren, yo les he enseñado los estatutos y leyes que me ordenó el Señor mi Dios, para que ustedes los pongan en práctica en la tierra de la que ahora van a tomar posesión. Obedézcanlos y pónganlos en práctica; así demostrarán su sabiduría e inteligencia ante las naciones. Ellas oirán todos estos estatutos y dirán: «¡En verdad, este es un pueblo sabio e inteligente; esta es una gran nación!».

Déjame ser completamente claro con esto: la ley de Moisés no es para que los creyentes la cumplamos. Sin embargo, la palabra escrita en el antiguo pacto es un tipo de la Palabra hecha carne en el nuevo pacto (Hebreos dice que la ley es sombra de los bienes venideros, no la presencia misma de estas realidades), es decir de Jesús, el Logos. Lo que esto quiere decir es que, aunque no estamos llamados a cumplir la ley de Moisés, la actitud que el antiguo pacto le pide al pueblo de Israel con respecto a la ley es la actitud que hemos de tener nosotros ante las palabras de nuestro Señor Jesucristo.

Así, la ecuación es clara: si obedezco y pongo en práctica las palabras de mi Señor, Él se encargará de mostrar mi sabiduría e inteligencia ante los demás. No yo, sino Él. Pegando las palabras de Jesús y las de Deuteronomio el mensaje es inequívoco: no importa que me mueva en el medio académico, en el que parecer inteligente es tan importante. No se trata de venderme yo, sino de darle la gloria a Él.

Llevo tres años buscando un nuevo trabajo y anhelo profundamente poder cambiar el que tengo, pero el fin no justifica los medios. Si el cambio va a ocurrir, que sea a la manera de Dios para que valga la pena para la eternidad. Si no, no me interesa.

El Señor es mi Juez.

¡Renunciamos!

Muchas cosas han ocurrido en los últimos días. Después de estar muy enfermo y estresado por mi trabajo, al punto de perder el sueño casi por completo y hasta llegar a creer que estaba en riesgo de un infarto, tras orar mucho con mamá, decidimos que lo mejor era renunciar.

La Universidad de Miami ha sido un empleador ingrato, por decir lo menos. Pero no quiero hacer de este escrito un memorial de agravios, aunque sí quisiera escribir alguna vez las cosas que allí me han ocurrido. En lo que aquí quiero enfocarme es en la razón por la cual tomé la decisión de retirarme de la Universidad (al menos de la Facultad de Medicina, porque existe una leve posibilidad de mudarme a la Facultad de Artes y Ciencias, que no descarto todavía por completo, aunque sí me siento muy inclinado a hacerlo).

Hace mucho que no quería seguir con este trabajo. Y no me refiero a meses, sino años. Por ejemplo, el año pasado, después de otra nueva grandísima desilusión, estuve al borde de hacerlo por las poco beneficiosas condiciones de trabajo para mí, que tienden a empeorar con los días y que están enterrando mi carrera. Pero como ahora soy padre de familia y mi trabajo es la fuente de ingresos para mamá y para ti, me contuve. Y aunque todo me dolía por dentro, con resignación seguí.

No obstante, la decisión me pesaba. Verás, la resignación es una forma de pecado porque revela falta de fe. Por eso me sentía tan inconforme. Porque, mamá y toda la familia lo sabe, llevo tres años buscando otro trabajo y no lo he conseguido. Una posible explicación a ello es que mi falta de productividad en mis años de depresión me llevó a no tener tantas publicaciones ni historial de grants, así que mi perfil puede no resultar tan atractivo. Así que me he sentido peleando contra el mundo y muchas veces he tenido que batallar con el sentido de frustración.

Pero hay algo que vas a aprender de mí, y es que con mi Señor la resignación no es una posibilidad. Yo estoy dispuesto (¡espero!) a sufrir por amor a mi Dios y por amor al prójimo, pero estoy muy poco dispuesto a resignarme a dejarme enterrar por una situación, como si no supiera que mi Dios es el Todopoderoso y me ama con locura. La resignación para el creyente es pecado porque revela falta de fe. Por eso me pesaba continuar. Por eso no podía continuar. Y sin embargo…

¿Qué me llevó a tomar la decisión? La voz de Dios hablando a mi corazón. ¿Cómo ocurrió? He estado leyendo Marcos por estos días. Había leído cómo Jesús alimentó a los cinco mil con cinco panes y dos peces y, poco después, cómo alimentó a cuatro mil con siete panes y unos pocos pescaditos.

Tiempo después (no sabemos qué tanto), Marcos narra que Jesús tuvo un altercado con los fariseos y se fue en la barca con los apóstoles, que habían olvidado llevar comida y solo tenían un pan. El Señor les dijo que debían cuidarse de la levadura de los fariseos y de Herodes (por cierto, ¡justo los religiosos y los políticos!). Los apóstoles se preguntaron si les estaba diciendo esto porque no llevaban comida, así que Jesús los llevó a la siguiente conversación (Marcos 8:14-21):

—¿Por qué están hablando de que no tienen pan? ¿Todavía no ven ni entienden? ¿Tienen el corazón endurecido? ¿Es que tienen ojos, pero no ven, y oídos, pero no oyen? ¿Acaso no recuerdan? Cuando partí los cinco panes para los cinco mil, ¿cuántas canastas llenas de pedazos recogieron?

—Doce —respondieron ellos.

—Y, cuando partí los siete panes para los cuatro mil, ¿cuántas cestas llenas de pedazos recogieron?

—Siete —dijeron.

—Y todavía no entienden.

No puedo describirte con palabras la paz que sentí en mi corazón en ese momento, el peso que se me quitó de los hombros. Mi buen Dios me recordaba lo que Él puede hacer y que, conforme a su promesa del Sermón del Monte de proveer para todas nuestras necesidades si buscamos primeramente el reino de Dios y su justicia, Él iba a tener cuidado de nosotros. Desde aquel momento empecé a recuperar el sueño y mi digestión se normalizó. Yo no voy a ser de los que no tienen fe, de los que se resignan como si no tuvieran Dios. Y es mi oración que Dios nos dé fuerzas a mamá y a mí para mostrarte —y a muchos más a partir de ti, nuestra semilla de Mostaza— cuánto vale la pena confiar en Él.

Aprender a caminar

Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

Mt. 5:48

Cuando Jesús habló en el Sermón del Monte sobre el verdadero amor y sobre la forma de amar del creyente —tal como el Padre nos ama—, cerró su enseñanza con la declaración contundente de que fuéramos perfectos como el Padre celestial. El pasaje es controversial, sobre todo entre personas que llaman a Jesús «Señor» pero no quieren hacer lo que Él les dice.

Lo primero que veo aquí es una idea que ya he tocado antes: el estándar de moral ha de ser Cristo, no el prójimo. Al mediocre le fascina compararse con otros a quienes él considera peores para sentirse bien consigo mismo. No obstante, como Jesús enseña, el parámetro no son los otros, sino Dios mismo. El verdadero nivel de moral personal se mide de la siguiente manera:

\text{Nivel de bondad personal} = \frac{\text{Bondad personal}}{\text{Bondad de Dios}} = 0,

porque Dios es el sumo bien y su cantidad de bondad es ilimitada (infinita), mientras que la de cada uno de nosotros es limitada (finita). Así que en términos de moral, solo hay dos opciones: o el vaso está lleno, o el vaso está vacío, no hay puntos medios; y el vaso siempre va a estar vacío si solo depende de nosotros porque no podemos poner en el numerador más que una cantidad finita de bien. Necesitamos que Dios mismo venga y llene la copa.1

Lo segundo que me parece notorio es que el llamado está dado dentro de un contexto particular: el del amor. Es decir, el llamado a ser perfecto no es acerca de cumplir normas morales, sino de amar bien:

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

Mt. 5:43-48

Tercero, lo más obvio: hay un llamado a ser perfectos. Pero esto molesta a muchos. Hay quienes leen el texto en cuestión y entienden que, a menos que sean perfectos, Dios no los ayudará. No obstante, eso no es lo que dice el pasaje ni lo que Jesús mostró durante su ministerio terrenal. La mejor clave para entender las palabras de Jesús suele ser el ejemplo de su vida misma: ¿Ayudó Jesús a personas que no eran perfectas? ¡Por supuesto! ¡Todo el tiempo! ¡De eso se trató su ministerio terrenal! ¡Esta es la esencia del nuevo pacto! Así que es totalmente incorrecto pensar que el pasaje enseña que Dios no nos ayudará si no somos perfectos. Y aun así, el llamado a ser perfectos permanece. Pablo lo entendió bien y por eso les dijo a los efesios que la meta era que llegaran a ser perfectos como Cristo (Ef. 4:13-15).

C. S. Lewis lo explica de la siguiente manera en Mero cristianismo (libro IV, capítulo 9, «Calculando el precio»): la gente acude a Dios para que la libre de pecados que la avergüenzan o que interfieren con su vida cotidiana. Y Dios, que es bueno, por supuesto lo hace. Sin embargo, Dios no va a parar con esos pecados, su objetivo es librarnos de las ataduras de todo pecado para que lleguemos a ser perfectos. ¿Quiere decir esto que Dios no se agradará de nosotros si no somos perfectos? ¡Por supuesto que no! Lewis continúa diciendo lo siguiente (tomando una analogía maravillosa de George McDonald, que es la inspiración de este escrito): Todo padre se deleita con los primeros intentos que hace su bebé por caminar; pero ningún padre va a quedar satisfecho con menos que el caminar libre, firme y valiente de un hijo adulto.

Como por estos días nuestro hijo Mostaza está aprendiendo a caminar, recordé esta enseñanza de Lewis y McDonald que tan profunda y clara me ha parecido por años. Es hermoso ver los pasitos torpes e inestables de mi hijo; yo lo veo y se me hinche el corazón de amor. Pero el mismo amor que siento me lleva a darme cuenta de que no me satisfaría verlo caminar así toda su vida. Porque lo amo, quiero que él pueda caminar libre, firme y estable por la vida. Así que, como una imagen vale más que mil palabras, cierro este escrito con los primeros pasos de mi hijo, que me recuerdan el amor de mi buen Padre celestial:2

Mostaza en sus primeros pasos

Notas

  1. Formalmente, el nivel de bondad personal se expresa como un límite: \lim_{b\rightarrow\infty}\frac{n}{b}, donde n es la bondad personal y b es la bondad de Dios. Para quien solo depende de su moral personal, el numerador es finito, con lo que el nivel de bondad decrece a cero. Pero el creyente que recibe el regalo de Dios, al vivir la verdad en amor, crece a un varón perfecto, hasta ser en todo como Cristo (Ef. 4:13-15). Es decir, n crece a b, con lo que el límite es 1.

  2. Hace aproximadamente siete años he querido hacer este escrito, desde que Juana, mi sobrina, aprendió a caminar. En aquel entonces tenía el video de sus primeros pasos en un antiguo teléfono, pero lo cambié y perdí el video. Ahora Dios me concede el privilegio de escribirlo no como tío sino como padre, porque Él es un Dios que cumple sus promesas.

Nuestra única fidelidad es con Cristo

La mayoría de los que se hacen llamar cristianos en realidad no lo son. Las iglesias están llenas de gente que va regularmente pero que no conoce a Cristo y, por ende, tampoco al Padre. No me sorprende mucho. Jesús dijo que muchos serían los llamados y pocos los escogidos. Y cuando le preguntaron si pocos se salvarían, respondió: «Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque muchos tratarán de entrar y no podrán». Mi único propósito en la vida con tu crianza, hijo, es guiarte para que tú también pases por la puerta estrecha.

El ambiente cristiano, muy de la mano con la cultura superficial en la que está inmerso, ha hecho de la frase «creer en Jesús» algo etéreo y recóndito en el alma y que tal vez pertenezca al mundo platónico de las ideas (cuya existencia es bastante cuestionable). El problema radica en la preposición en, así que hay una receta sencilla para que no te dejes llevar por tanta superficialidad: cambia en por a. «Creer en Jesús» no es otra cosa que «creerle a Jesús». Toma sus palabras a pie juntillas. No interpretes a Jesús a través de Pablo, George Müller o papá. Interpreta a Jesús por sus palabras y su vida. Míralo a Él directamente. Y después, a través del prisma de Jesús, interpreta a papá, a George Müller o a Pablo.

Esta enseñanza, que te repetiré una y otra vez, tiene diferentes aplicaciones en diferentes momentos. La de este instante involucra a Ron DeSantis, gobernador de Florida, que ha decretado que quienes de alguna forma ayuden a inmigrantes indocumentados, sea para darles trabajo o para llevarlos en carro, pagarán con cárcel. DeSantis dice ser cristiano (católico), pero no lo es. Su dios, como el de casi todos los conservadores de este país, es su ideología política. Pero Cristo dice lo siguiente con toda claridad:

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda.

»Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: “Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron”. Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?” El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí”.

»Luego dirá a los que estén a su izquierda: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed, y no me dieron nada de beber; fui forastero, y no me dieron alojamiento; necesité ropa, y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron”. Ellos también le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o como forastero, o necesitado de ropa, o enfermo, o en la cárcel, y no te ayudamos?” Él les responderá: “Les aseguro que todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí”.

»Aquellos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».

No hay lugar a interpretaciones difusas. Quienes dicen creer en Jesús pero no hacen lo que Jesús manda terminarán en el infierno. Más claramente, quienes no ayudaron, entre otros, al forastero (al inmigrante) recibirán tal castigo.

Pero para los que amamos a Jesús y nos esforzamos por amar al prójimo como Él nos amó, no hay la opción de no ayudar al inmigrante, con o sin documentos; al que está en la cárcel, inocente o culpable; al que tiene hambre, sed o frío; o mejor dicho, a quien nos necesite, en toda la medida de nuestras posibilidades, como el buen samaritano (extranjero odiado) con el judío moribundo de la historia. Si por ello hemos de pagar con cárcel, ¡bendito sea el Señor que nos permite sufrir por causa de su nombre! Nuestra medida, hijo, es el Señor Jesucristo. A Él debemos toda nuestra fidelidad. En nuestra familia, ayudaremos a todo el que lo necesite: liberales, conservadores, inmigrantes con o sin documentos, libres o encarcelados. Si algún día podemos ayudar a Ron DeSantis, le ayudaremos; y si algún día podemos ayudar a Joe Biden, también lo haremos. Porque en nuestra casa vamos a dar la gracia que de Él hemos recibido.

Los tiempos cambian y es imposible saber cómo pensará la gente cuando comprendas esto. Pero a hoy, mayo de 2023, en esta cultura estadounidense, los «creyentes» conservadores creían que, de haber persecución, vendría de los demócratas/liberales (una perspectiva que no es tan descabellada, la verdad). Lo que pocos esperaban era que la persecución les llegara por los republicanos/conservadores, que se juraban adalides de las libertades para el cristiano. A mí poco me sorprende; al fin y al cabo Cristo murió por la mano de paganos hedonistas y de religiosos conservadores. Ya lo ves.