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El peluquero

Desde que tus abuelitos Gil y Dorita se devolvieron a vivir a Colombia, no ha sido fácil para mí encontrar un peluquero. Betty, la señora que solía hacerlo, una vecina de los abuelitos —y una gran amiga de la abuelita—, me cortaba el pelo en su apartamento cuando iba a visitarlos. Como ahora no tengo muchas excusas para ir a ese lugar y Betty tiene ocupaciones adicionales, ya no es tan fácil como antes.

De todas maneras, con tantas cosas encima, tampoco es que me quede mucho tiempo para cortarme el pelo con frecuencia, así que solo lo hago cuando ya no hay mucho escape (es decir, cuando ya estoy tan mechudo y barbudo que empiezo a pensar que Trump va a enviar a ICE a deportarme).

Por un tiempo intenté con Michael, otro amigo cristiano que también es peluquero. Pero, entre otras cosas, su agenda, como la mía, vive muy llena, así que cuadrar los horarios le quedaba difícil. De modo que en algún sábado de hace unos tres o cuatro meses tuve que buscar una peluquería porque tenía un evento importante (!) y terminé en un sitio cercano a nuestra casa donde los peluqueros, que eran hispanos, oían reguetón a todo volumen (canciones que yo nunca había oído y cuyas letras eran más malogradas que las que sí conozco) y tenían conversaciones completamente obscenas y desagradables de lo que habían hecho la noche anterior que me torturaban los oídos. Así que entre “la música”, las letras de las canciones y la conversación, con sus constantes groserías y el obvio maltrato al español, el mejor momento de mi corte fue cuando salí del lugar.

Hace un par de meses retomé mi buenísima costumbre de tener caminatas de oración. Mis oraciones son muy auténticas y reales cuando camino a solas con Dios, mientras que en la casa me despisto más. Entonces comencé a orar por dos cosas muy puntuales: primero, por que Dios me abriera puertas para hablar de Jesús y el Espíritu me diera la valentía para hacerlo; segundo, por que pudiera por fin volver a oír la voz del Espíritu guiándome… que, para mi vergüenza, dejé apagar por las preocupaciones del mundo cuando tú naciste. Creo que la última vez que la había oído fue cuando nuestro buen Dios nos reveló que ibas a ser un niño y me dijo que te llamara Juan.

El día específico en que comencé a orar por que Dios me permitiera volver a hablarle a alguien de Jesús, un viernes, también tenía que cortarme el pelo (otro evento…) y no tenía adónde ir porque ni Betty ni Michael estaban disponibles. Yo había ido a trabajar a la biblioteca de Sunrise y mi plan era conseguir por ahí cerca una peluquería al terminar, antes de irme a la casa. Entonces ocurrió algo maravilloso cuando salí de la biblioteca. Volví a oír la voz de mi Señor que me decía: «Ve a la peluquería a la que fuiste la última vez, el peluquero necesita oír las buenas nuevas de Jesús».

Déjame hacer aquí un paréntesis. Por un lado, no hay nada que produzca más vida que la voz de Dios (ocurre en el corazón del hombre tal como en Génesis 1). Esto es cierto hasta cuando Dios nos está disciplinando: su voz, su Palabra —es decir, Jesús—, es vida por definición. Por eso cuando Dios le habla a Job, él se sana. No importa que sus amigos le hubieran hablado con palabras llenas de lógica… Dios no estaba en sus palabras y Job terminó sintiéndose peor después de oírlos. Sin embargo, cuando Dios le habla a Job, lo reprende, pero su corazón se sana. Porque las palabras de Dios son vida en abundancia. Así que cuando yo oí la voz de Dios, volví a sentir un torrente de vida que recorría todo mi ser. Por otro lado, la voz de Dios es siempre inesperada, tiene su dosis de humor negro y no se ajusta a nuestra lógica humana. ¿A la misma peluquería de la que había salido tan aburrido la última vez? Esas son las cosas que solo se le ocurren a Él.

Pero yo he aprendido que a Dios no le discuto. Él siempre, siempre, siempre, tiene la razón. Así que eso hice. Me fui para la consabida peluquería a cortarme el pelo. Más aún, le dije: «Señor, si de veras eres tú, pues que el mismo peluquero de la vez pasada me corte el pelo sin que yo fuerce la situación». De modo que llegué, me senté a esperar y le escribí a mami que estaba en la misma peluquería de la última vez porque Dios me había dicho que fuera allá (go figure!). La música estaba a todo volumen, pero esta vez era salsa (¡y ahora sí me las sabía todas!). Además, había llevado un libro de mecánica estadística y grandes desvíos que estaba estudiando para un grant. Así que simplemente me senté a orar para que Dios obrara, mientras leía mi libro y cantaba en voz baja cuanta canción sonaba… cómo logré hacer las tres cosas es algo que me sigue pareciendo un milagro.

Había otro cliente esperando y cuatro peluqueros, el que me cortó el pelo la vez anterior inclusive. Todos estaban ocupados. Nadie me saludó cuando llegué. Pero yo estaba quieto y a la expectativa; mi plan era que quien me atendiera fuera el de la vez anterior, pero sin que yo forzara la situación. Una media hora después, el primer peluquero en desocuparse, salió e inmediatamente se fue por la puerta de adelante. Otra media hora después, se desocupó el segundo y se fue por la puerta de atrás. Quedaban dos peluqueros. Todos me habían ignorado como si no estuviera ahí. Yo seguía orando. En algún momento de esa primera hora, se desocupó el señor que antes me había cortado el pelo y atendió al otro cliente que estaba esperando. Más interesante fue que llegó otro cliente después de mí ¡y este peluquero lo atendió antes que a mí! En ese momento, como una hora después de haber llegado, el peluquero por fin me dirigió la palabra para excusarse diciendo que el otro cliente estaba desde antes, pero se había ido y regresado una vez más. Y pasó a conversar con el otro peluquero para decirle que me atendería el primero en desocuparse. Así que seguí orando, leyendo y cantando salsa ahí sentado.

Fueron como dos horas de espera cuando por fin quedó libre el peluquero de la vez anterior (cada corte y barba deben ser unos 40 minutos) . Me cortó el pelo, me hizo la barba y esta vez le intenté hacer conversación a ver si se abría alguna oportunidad de hablarle de Jesús. Al final, algo apenado, me dijo que guardara su número de teléfono para que la próxima vez pudiera reservar turno y no tuviera que esperar tanto. Me dijo que los domingos en la mañana el lugar estaba muy desocupado. Yo le dije que en ese horario no podía porque solíamos estar con mi familia en la iglesia. La mención de la iglesia le pareció muy interesante y comenzó él mismo a indagar por ello. Le conté que había una sede donde los servicios eran solo en español en Coral Springs y le pareció maravilloso porque él vivía por esos lados. Entonces le dije: «Quiero que sepa que vine aquí, porque Dios me dijo que viniera aquí a hablar con usted; por eso me quedé todo el tiempo esperando ahí sentado». El tipo quedó sorprendidísimo. Le pregunté si había algo en particular por lo cual pudiera orar por él. Me contó que su esposa estaba a punto de dar a luz su segunda hija, la primera en Estados Unidos. Estaba notoriamente ansioso por ello. Le dije que con mucho gusto oraba por él. Su familia y él comenzaron a asistir a la iglesia hispana. Una semana larga después, la niña nació.

Te cuento todo esto con los detalles desde el principio, para que veas cómo obra Dios. Todos los obstáculos que por tantos meses tuve para cortarme el pelo tenían un solo propósito: llevarme a este peluquero en quien Dios, en cuya mano están todos nuestros tiempos, ya tenía los ojos puestos. Más aún, Dios sabía desde la eternidad que aquel viernes yo iba a orar por que abriera las puertas para que yo le hablara a alguien de su amor y gracia y había preparado las cosas de acuerdo con mi oración. Esta idea es abrumadora. Por eso dice el Salmo

Tú, Señor, me has examinado y conocido.
Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme;
has entendido desde lejos mis pensamientos.
Has escudriñado mi andar y mi reposo,
y todos mis caminos te son conocidos.
Pues aún no está la palabra en mi lengua,
y, he aquí, Señor, tú la sabes toda
.
Tal conocimiento es demasiado para mí;
Alto es, no lo puedo comprender
¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!
¡Cuán grande es la suma de ellos!
Si los enumero, se multiplican más que la arena.

Su voz volvió y calmó la sed que había en mí por volver a oírlo. Desde esa vez, muchas otras oportunidades sorprendentes he tenido de hablarles a otros de su amor. Ya te las contaré y también te contaré lo que he aprendido. Por ahora, considera la forma sorprendente en que Dios me respondió las dos peticiones en una, teniendo al tiempo cuidado de la vida eterna del peluquero: es algo que solo Él puede hacer. ¡Bendito sea mi buen Señor!

Lo que hemos visto y oído

Durante toda la vida de Josué, el pueblo de Israel sirvió al Señor. Así sucedió también durante el tiempo en que estuvieron al frente de Israel los jefes que habían compartido el liderazgo con Josué y que sabían todo lo que el Señor había hecho por Israel (Jos. 24:31).

¿Por qué Israel sirvió al Señor durante toda la vida de Josué y de los jefes que compartieron el liderazgo con él? Porque «sabían todo lo que el Señor había hecho». No se lo contaron, sino que lo vivieron. ¿Cómo iban a negar que vieron detenerse las aguas del Jordán para que ellos cruzaran? ¿Cómo iban a negar que después de una estrategia de guerra rarísima (por no decir absurda) vieron caer las murallas de Jericó cuando tocaron las trompetas? ¿Cómo iban a negar que vieron que Dios le revelaba a Josué, entre todo el pueblo, quién había sido el rebelde que los llevó a la derrota de Hai? ¿Cómo iban a negar que vieron el sol y la luna detenerse para que pudieran derrotar por completo a los reyes amorreos? ¿Cómo iban a negar que justo cuando ellos llegaron a la tierra prometida las avispas atacaron a sus enemigos? ¿Cómo iban a negar que vieron a Josué derrotar a 31 reyes, conforme a la palabra que le había dado el Señor? Uno puede racionalizar un milagro o dos, pero cuando vivir en el milagro se vuelve el pan de cada día, las disculpas se acaban. No hay forma de negar que no son coincidencia o que uno se lo imagino.

De la misma manera, los apóstoles no podían negar lo que vieron, lo que oyeron, lo que tocaron con sus manos. Fue lo que experimentaron lo que los llevó a hablar. Por lo tanto, lo que hablaron fue lo que experimentaron. No otra cosa. Así cambiaron el mundo. Su teología no era nada diferente a lo que experimentaron. ¿Cómo iban a negar que lo vieron perdonando pecados y levantando paralíticos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron abriendo los ojos de los ciegos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron sanando la piel de un leproso? ¿Cómo iban a negar que lo vieron resucitando muertos? ¿Cómo iban a negar que lo vieron caminar sobre el agua? ¿Cómo iban a negar que lo vieron calmando el viento y el mar en medio de una tempestad? ¿Cómo iban a negar que lo vieron alimentar a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, con cinco panes y dos peces? ¿Cómo iban a negar que lo vieron resucitar a Él de los muertos? ¿Cómo iban a negar todo el resto de cosas que vieron? Por eso dijeron Juan y Pedro lo siguiente:

Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que da vida. Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto, damos testimonio de ella y les anunciamos a ustedes la vida eterna que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado. Les anunciamos lo que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa. Este es el mensaje que hemos oído de él y que anunciamos (1 Jn. 1:1-5).

Mas respondiendo Pedro y Juan, les dijeron: Vosotros mismos juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. (Hch. 4:19–20).

Volviendo a Josué y a los líderes que estuvieron con él, cuando todos ellos murieron, «surgió otra generación que no conocía al Señor ni sabía lo que Él había hecho por Israel» (Jue. 2:10). Como esa generación no conocía a Dios, «cada uno hacía lo que le parecía mejor» (Jue. 17:6, 21:25). ¿Qué más iban a hacer? El libro de Jueces, desde el capítulo 2 en adelante, es un testimonio nauseabundo y absolutamente desagradable de lo que es un pueblo lleno de religión pero que no conoce a Dios y por lo tanto no ha visto sus obras ni experimentado su poder.

¿Es posible no creer después de haber visto, oído, tocado y experimentado el poder de Dios? Sí. Es posible. Y es precisamente esta la gente para la cual no hay perdón de sus pecados. Aquí caben el pueblo que pereció en el desierto por no haber creído a Dios después de sus portentosas obras a favor de ellos, Judas Iscariote y todos aquellos de quienes la carta a los Hebreos dice lo siguiente:

Es imposible que aquellos que han sido una vez iluminados, que han saboreado el don celestial, que han tenido parte en el Espíritu Santo, que han experimentado la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, pero después de todo esto se han apartado, renueven su arrepentimiento. Pues así, para su propio mal, vuelven a crucificar al Hijo de Dios y lo exponen a la vergüenza pública (He. 6:4-6).

Esta es la blasfemia contra el Espíritu Santo. De hecho, Jesús acusa a los fariseos de haber blasfemado contra el Espíritu cuando, después de haber visto el poder del Espíritu obrando a través de Él, niegan que sea el Espíritu quien ha obrado (Mt. 12:22-32).

He llegado a la conclusión bíblica (vetero- y neotestamentaria) de que la mucha teología es una tendencia de la carne para disimular ante los demás y ante uno mismo la falta de intimidad con Dios. Tiene mucha apariencia de piedad, pero niega la eficacia de ella. No obstante, el reino de los cielos no consiste en palabras, sino en poder. La única explicación bíblica cuando alguien dice creer pero no experimenta el poder —en vidas trasformadas, milagros y guía del Espíritu— es que tal persona está caminando conforme al mundo y la carne. Y como no experimentan nada, suplen con palabras vacías las enseñanzas de Cristo y las llenan de asteriscos y otrosíes para justificar “el silencio de Dios” al que su ateísmo práctico los ha llevado. No obstante, Pablo nos deja la siguiente lección:

No me atreveré a hablar de nada sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para que los no judíos lleguen a obedecer a Dios. Lo he hecho con palabras y obras, mediante poderosas señales y milagros, por el poder del Espíritu de Dios (Ro. 15:18-19).

Tengamos en cuenta que el testimonio de Pablo es diferente al de Pedro y Juan. Pablo no caminó con Jesús durante su ministerio terrenal. Pablo, como nosotros, pertenece a quienes habían de conocer a Cristo después de sus primeros discípulos. Sin embargo, la vida de Pablo muestra que el poder de Dios no estaba reservado solo para la primera generación de creyentes. Y como para ratificar que tal privilegio no era solo para Pablo, el anónimo autor de Hebreos reconoce que es también creyente de segunda generación pero que vio y experimentó los milagros y los dones del Espíritu Santo:

Esta salvación fue anunciada primeramente por el Señor y los que la oyeron nos la confirmaron. A la vez, Dios ratificó su testimonio acerca de ella con señales, prodigios, diversos milagros y dones distribuidos por el Espíritu Santo según su voluntad (He. 2:3-4).

Los autores del Nuevo Testamento no querían que solo creyéramos por su testimonio. Más bien, entendían que el cristianismo se trataba de que todo creyente pudiera experimentar el poder que levantó a Cristo de entre los muertos y su propósito era impulsarnos a ello. Por lo tanto, nuestro llamado como padres es a vivir guiados por el Espíritu Santo, de tal forma que su poder sea evidente para nuestros hijos. De esta manera, los llenamos de razones para creer y les quitamos las excusas para no hacerlo. Más aún, el llamado de todo líder es a vivir de esta misma manera, para que quienes los sigan tengan razones para creer y se queden sin excusas para no hacerlo.

No soy más protestante

Hace ya un tiempo que en mi corazón dejé de ser protestante. Poco a poco fui abriendo los ojos a las falencias del protestantismo hasta que se volvió insostenible para mí continuar profesándolo. Por supuesto, esto no me aleja un ápice de mi Señor Jesucristo. Al contrario, es mi anhelo de mayor cercanía con Él lo que me lleva a ello. Las razones puntuales son principalmente las siguientes:

  1. Entre sus famosas cinco solas (sola gracia, sola fe, sola Escritura, solo Cristo y solo a Dios sea la gloria), nada más una es suficiente y necesaria: solo Cristo. Solo a Dios sea la gloria es un corolario natural de solo Cristo.

  2. En cuanto a sola gracia y sola fe, son afirmaciones que contradicen la Escritura, y además se contradicen mutuamente. Por ejemplo, en términos soteriológicos, la gracia y la fe no pueden estar divorciadas, sino que van juntas (Efesios 2:8-9). Sola gracia o es universalismo o deriva fácilmente en ello, sola fe o es pelagianismo o deriva fácilmente en ello. Y si se necesitan juntas, pues no están solas. El problema, por supuesto, no es la gracia ni la fe; el problema es el adjetivo que les montó Lutero: solas.

  3. En cuanto a sola Escritura, es una reducción al absurdo por su solo planteamiento, pues fue hecha para contrarrestar el efecto de la tradición en la historia de la Iglesia, pero es una declaración cuyo único fundamento es la tradición que comienza con Lutero en 1517. Por supuesto que Dios habla a través de la Biblia, pero la Palabra por antonomasia en el Nuevo Testamento es Cristo, el Logos. Los protestantes, al hacer de la Biblia la Palabra de Dios, la terminaron idolatrando, produciendo una cantidad gigantesca de errores doctrinales; entre ellos, hacer más importante su interpretación de San Pablo que las palabras de Cristo. No obstante, es clarísimo de la misma Biblia, en los dos Testamentos, que Dios habla de muchas maneras, incluyendo la naturaleza (Salmo 19), los burros (Números 22) y personas increíblemente malvadas como el Sumo Sacerdote Caifás, quien orquestó la crucifixión de Jesús (Juan 11:49-51). El Espíritu Santo es la única Guía autorizada por Cristo para sus seguidores durante su ministerio terrenal, no otra. Y si creemos que Dios nos habla a través de la Biblia es porque creemos que el Espíritu Santo guió a los autores bíblicos a escribir de la forma en que lo hicieron. Pero esa misma guía del Espíritu sigue vigente y no solo habla Dios por medio de la Escritura, sino por medio de sueños, por su voz en nuestro propio corazón e incluso por medio de otros santos en la historia del cristianismo, quiere esto último decir… tradición.

  4. En cuanto a sola fe, independiente de las obras, quizás sea la afirmación que más gente termine enviando a la condenación eterna en toda la historia del cristianismo. Nunca, nunca, dijo Jesús que la sola fe, independiente de las obras, fuera suficiente para la salvación. Ahora, Jesús dijo que la fe era necesaria, mas nunca dijo que la sola fe fuera suficiente. Tampoco es una enseñanza paulina. El contraste de las obras en Pablo no es con la fe sino con la gracia, como lo deja claro Romanos 11:6: «Y si por gracia, ya no es por obras» (cita que, a su vez, termina explicando a Efesios 2:8-9, que se ha prestado para confusiones). Más bien, uno de los más grandes aportes del cristianismo, sobre todo de San Pablo, es hacer explícito que no es posible actuar sin fe, pues todos actuamos de acuerdo a lo que creemos (¡incluso cuando pecamos!). Así las cosas, la separación de fe y obras en el protestantismo es casi indistinguible del gnosticismo: lo importante es creer de alguna forma abstracta mientras las obras suman cero. Entre tanto, los protestantes hacen mil malabares hermenéuticos para negar que Santiago afirma sin lugar a muchas interpretaciones que «el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe» (Santiago 2:24). ¡Y todo en nombre de la sola Escritura! U obvian que Pablo dijo que si tenemos fe pero nos falta amor, no somos nada y que es más importante el amor que la fe (1 Corintios 13).

  5. No creo que haya existido otro factor de desunión más grande en la historia de la Iglesia de Cristo que la reforma protestante, probablemente más que cualquier herejía. Se calculan más de 47 000 denominaciones protestantes en este momento en el mundo… y es frecuente que cada una de ellas afirme que su doctrina es la única válida, aun en comparación con otras denominaciones protestantes. Así, contra la oración sacerdotal de Jesús (que seamos uno, así como el Padre y el Hijo son uno; Juan 17:20-23), han sembrado más división en el reino de Dios que el arrianismo mismo, contradiciendo no solo las palabras de San Pablo (p. ej., Romanos 16:17, 1 Corintios 3) sino las del mismo Cristo (Mateo 12:25). ¡Y todo en nombre de la sola Escritura que profesan!

  6. El último rasgo, más sociológico y psicológico, es el fastidioso evangelicalismo gringo que parece ver en Estados Unidos el reino de Dios en la tierra (y como América Latina heredó su protestantismo de Estados Unidos principalmente, los protestantes latinoamericanos también así lo creen). Hasta en su escatología maniquea se han buscado la manera de meter a sus enemigos políticos, inventándose por ejemplo desde la Guerra Fría que Gog es Rusia para justificar sus oscuros movimientos, ignorando voluntariamente la milenaria tradición cristiana del país eslavo. En otro ejemplo reciente, se volvió común entre los creyentes de este país identificar al presidente Trump con Ciro rey de Persia, comparando a los evangélicos del país con los exiliados de Judá en Babilonia y Persia, al punto tal que cuando uno hablaba con ellos parecía que creyeran en la reencarnación. Por supuesto, no hay cabeza ni pies en el protestantismo, y eso incluye al evangelicalismo gringo, pero una muestra representativa de este tipo de pensamiento es el famoso escritor Eric Metaxas con afirmaciones como estas el día anterior a las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2024:

«Si su pastor no hace claro mañana desde el púlpito que usted debe votar en contra de la opción demócrata, que está a favor del asesinato de niños y del tráfico sexual, usted está en la obligación de dejar esa iglesia y llevarse sus diezmos con usted. ¡CRISTIANOS, esta es su responsabilidad!».

Sí. Casi todos ellos hablan de política a tiempo y fuera de tiempo y hacen más proselitismo que evangelización. Y la instrucción paulina no es a votar por este o aquel, sino a orar por quien sea que esté en el poder, cosa que rara vez los he visto haciendo cuando gobiernan aquellos con quienes no están de acuerdo. Su actitud es muestra fehaciente de que no creen en Jesús (ni en Pablo, ni en Santiago) y en su enseñanza sobre la oración eficaz del justo. Para ponerlo claramente, la solución a los problemas de Estados Unidos y del mundo no es Trump ni la derecha política, sino Jesús. Si las iglesias cristianas dejan de predicar a Jesús para enseñar otra cosa, son anatemas.

Tengo mucho por añadir con el tiempo a todo lo que aquí he escrito. Pero es claro que no puedo seguir profesando una creencia tan contraria a lo que me indica cualquier lectura superficial que pueda yo hacer de las palabras de Jesús. No soy más protestante.

Testimonio e inteligencia.

Si yo testifico en mi favor, ese testimonio no es válido (Juan 5:31).

Estas palabras de Jesús me sorprendieron hace pocos días, hijo. Me llamaron la atención al menos por un par de razones: la humildad de mi Señor y su marcado contraste con el mundo.

En cuanto a lo segundo, las personas del mundo viven de promocionarse a sí mismas. En particular, en la academia y en Estados Unidos me parece exageradísimo (aunque mamá, que conoce muy de cerca el mundo corporativo colombiano, me dice que allá no es muy diferente la cosa). Hay a mi alrededor demasiadas personas de talento exiguo cuya única virtud para llegar a los cargos que ocupan ha sido su habilidad de vender su nombre. Si es molesto ver a una persona capaz promocionándose a sí misma, te darás cuenta cuán desagradable resulta ver a una incapaz escalando posiciones solamente porque se vende bien.

Es aquí donde contrasta tanto la humildad de mi Señor. ¡Es el mismísimo Dios hecho hombre hablando! ¡La Segunda Persona de la Trinidad! ¡El Hijo de Dios! ¡El Hijo del Hombre! Y sin embargo dice que si testificara de Él su testimonio no sería válido. Jesús cambió el mundo y partió la historia de la humanidad en dos sin dar testimonio de sí mismo. En su lugar, dio testimonio de Dios Padre y, en sus propias palabras, dejó que el Padre se encargara de dar testimonio de Él: «El Padre mismo ha testificado en mi favor» dijo unos versículos más adelante. En efecto, los cuatro Evangelios relatan que cuando Jesús fue bautizado, se oyó la voz de Dios Padre diciendo desde el cielo: «Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia» (por ejemplo, Lucas 3:22).

¿A quién vamos a seguir? Yo reconozco que muchas veces me promocioné a mi mismo. Pero para nosotros, los que hemos decidido seguir a Cristo, creerle a Él, imitarlo a Él, la única posibilidad es no darnos gloria a nosotros sino a nuestro Dios. Este es el criterio a usar cuando hable de mí mismo: si lo que voy a decir es para alabarme a mí, está mal; si lo que voy a decir es para dar testimonio de nuestro buen Dios, vale la pena.

Para redondear el asunto, leía aquel día también Deuteronomio 4:5-6:

Miren, yo les he enseñado los estatutos y leyes que me ordenó el Señor mi Dios, para que ustedes los pongan en práctica en la tierra de la que ahora van a tomar posesión. Obedézcanlos y pónganlos en práctica; así demostrarán su sabiduría e inteligencia ante las naciones. Ellas oirán todos estos estatutos y dirán: «¡En verdad, este es un pueblo sabio e inteligente; esta es una gran nación!».

Déjame ser completamente claro con esto: la ley de Moisés no es para que los creyentes la cumplamos. Sin embargo, la palabra escrita en el antiguo pacto es un tipo de la Palabra hecha carne en el nuevo pacto (Hebreos dice que la ley es sombra de los bienes venideros, no la presencia misma de estas realidades), es decir de Jesús, el Logos. Lo que esto quiere decir es que, aunque no estamos llamados a cumplir la ley de Moisés, la actitud que el antiguo pacto le pide al pueblo de Israel con respecto a la ley es la actitud que hemos de tener nosotros ante las palabras de nuestro Señor Jesucristo.

Así, la ecuación es clara: si obedezco y pongo en práctica las palabras de mi Señor, Él se encargará de mostrar mi sabiduría e inteligencia ante los demás. No yo, sino Él. Pegando las palabras de Jesús y las de Deuteronomio el mensaje es inequívoco: no importa que me mueva en el medio académico, en el que parecer inteligente es tan importante. No se trata de venderme yo, sino de darle la gloria a Él.

Llevo tres años buscando un nuevo trabajo y anhelo profundamente poder cambiar el que tengo, pero el fin no justifica los medios. Si el cambio va a ocurrir, que sea a la manera de Dios para que valga la pena para la eternidad. Si no, no me interesa.

El Señor es mi Juez.

El aire acondicionado

La semana pasada se nos dañó el aire acondicionado. Justo cuando el calor del año (el verano, que aquí comienza en primavera) comenzaba y la temperatura se había disparado aquí en el sur de la Florida. Hablamos con el tío Francisco y nos recomendó a una persona honesta que viniera a repararlo.

La persona llegó al final de la tarde y trabajó por ahí una hora y media en el techo y en nuestro apartamento. Hizo los arreglos que tenía que hacer y el aire aparentemente quedó funcionando. Sin embargo, salimos a la piscina y al volver nos dimos cuenta de que la máquina botaba aire pero no enfriaba. Dos veces le hice una pequeña reparación en la misma línea de lo que vi hacer al señor que vino a arreglarlo pero seguía sin funcionar. Soplaba sin enfriar.

Ya era hora de acostarte (alrededor de las 8:00 pm), así que lo dejamos prendido, soplando, con la ilusión de que enfriara, pero no parecía. Al momento de dormirte, que es una de nuestras rutinas favoritas (cuando ya estamos acostados, yo leo la Biblia, tú tomas tetero agarrado de las orejas de mamá, meditamos en la lectura, apagamos la luz, oramos… a veces te duermes rápido y a veces das muchas vueltas…), yo me quedé orando en silencio que el aire funcionara.

Cuando finalmente te dormiste, mamá y yo salimos de la habitación. Le dije que oráramos los dos por el aire acondicionado y le habláramos con la autoridad que Dios nos había dado. Así que eso hicimos: primero oramos pidiéndole a Dios que hiciera el milagro; después, le hablamos al aire acondicionado (por eso la gente dice que los creyentes estamos locos…) y le dijimos que funcionara en el nombre de Jesús… ¡y comenzó a enfriar!

Yo no cabía en la ropa de la felicidad. Honestamente, el beneficio de que el aire enfriara se me volvió secundario al momento de orar. Ya ahí lo que importaba era la emoción de la oración respondida. Yo me devolvía como cada cinco minutos a ver el termostato y entre más bajaba la temperatura, más me emocionaba.

Fue espectacular. El Señor fue fiel a su palabra (Mateo 18:19-21) y se nos convirtió en una oportunidad excelente de experimentar y testificar del poder de Dios a nuestro favor.

Me trajo a la memoria una historia de George Müller en la que, según la recuerdo de mis lecturas, en un invierno se le dañó la calefacción del orfanato y el daño estaba en alguna parte desconocida del ducto, que estaba dentro de una pared. La persona que fue a repararlo le dijo preocupada que era muy difícil adivinar dónde estaba el daño. Así que Müller oró y el Señor les mostró el lugar específico, de manera que solo tuvieron que abrir ese pedazo para que la calefacción volviera a funcionar.

Aprender a caminar

Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

Mt. 5:48

Cuando Jesús habló en el Sermón del Monte sobre el verdadero amor y sobre la forma de amar del creyente —tal como el Padre nos ama—, cerró su enseñanza con la declaración contundente de que fuéramos perfectos como el Padre celestial. El pasaje es controversial, sobre todo entre personas que llaman a Jesús «Señor» pero no quieren hacer lo que Él les dice.

Lo primero que veo aquí es una idea que ya he tocado antes: el estándar de moral ha de ser Cristo, no el prójimo. Al mediocre le fascina compararse con otros a quienes él considera peores para sentirse bien consigo mismo. No obstante, como Jesús enseña, el parámetro no son los otros, sino Dios mismo. El verdadero nivel de moral personal se mide de la siguiente manera:

\text{Nivel de bondad personal} = \frac{\text{Bondad personal}}{\text{Bondad de Dios}} = 0,

porque Dios es el sumo bien y su cantidad de bondad es ilimitada (infinita), mientras que la de cada uno de nosotros es limitada (finita). Así que en términos de moral, solo hay dos opciones: o el vaso está lleno, o el vaso está vacío, no hay puntos medios; y el vaso siempre va a estar vacío si solo depende de nosotros porque no podemos poner en el numerador más que una cantidad finita de bien. Necesitamos que Dios mismo venga y llene la copa.1

Lo segundo que me parece notorio es que el llamado está dado dentro de un contexto particular: el del amor. Es decir, el llamado a ser perfecto no es acerca de cumplir normas morales, sino de amar bien:

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

Mt. 5:43-48

Tercero, lo más obvio: hay un llamado a ser perfectos. Pero esto molesta a muchos. Hay quienes leen el texto en cuestión y entienden que, a menos que sean perfectos, Dios no los ayudará. No obstante, eso no es lo que dice el pasaje ni lo que Jesús mostró durante su ministerio terrenal. La mejor clave para entender las palabras de Jesús suele ser el ejemplo de su vida misma: ¿Ayudó Jesús a personas que no eran perfectas? ¡Por supuesto! ¡Todo el tiempo! ¡De eso se trató su ministerio terrenal! ¡Esta es la esencia del nuevo pacto! Así que es totalmente incorrecto pensar que el pasaje enseña que Dios no nos ayudará si no somos perfectos. Y aun así, el llamado a ser perfectos permanece. Pablo lo entendió bien y por eso les dijo a los efesios que la meta era que llegaran a ser perfectos como Cristo (Ef. 4:13-15).

C. S. Lewis lo explica de la siguiente manera en Mero cristianismo (libro IV, capítulo 9, «Calculando el precio»): la gente acude a Dios para que la libre de pecados que la avergüenzan o que interfieren con su vida cotidiana. Y Dios, que es bueno, por supuesto lo hace. Sin embargo, Dios no va a parar con esos pecados, su objetivo es librarnos de las ataduras de todo pecado para que lleguemos a ser perfectos. ¿Quiere decir esto que Dios no se agradará de nosotros si no somos perfectos? ¡Por supuesto que no! Lewis continúa diciendo lo siguiente (tomando una analogía maravillosa de George McDonald, que es la inspiración de este escrito): Todo padre se deleita con los primeros intentos que hace su bebé por caminar; pero ningún padre va a quedar satisfecho con menos que el caminar libre, firme y valiente de un hijo adulto.

Como por estos días nuestro hijo Mostaza está aprendiendo a caminar, recordé esta enseñanza de Lewis y McDonald que tan profunda y clara me ha parecido por años. Es hermoso ver los pasitos torpes e inestables de mi hijo; yo lo veo y se me hinche el corazón de amor. Pero el mismo amor que siento me lleva a darme cuenta de que no me satisfaría verlo caminar así toda su vida. Porque lo amo, quiero que él pueda caminar libre, firme y estable por la vida. Así que, como una imagen vale más que mil palabras, cierro este escrito con los primeros pasos de mi hijo, que me recuerdan el amor de mi buen Padre celestial:2

Mostaza en sus primeros pasos

Notas

  1. Formalmente, el nivel de bondad personal se expresa como un límite: \lim_{b\rightarrow\infty}\frac{n}{b}, donde n es la bondad personal y b es la bondad de Dios. Para quien solo depende de su moral personal, el numerador es finito, con lo que el nivel de bondad decrece a cero. Pero el creyente que recibe el regalo de Dios, al vivir la verdad en amor, crece a un varón perfecto, hasta ser en todo como Cristo (Ef. 4:13-15). Es decir, n crece a b, con lo que el límite es 1.

  2. Hace aproximadamente siete años he querido hacer este escrito, desde que Juana, mi sobrina, aprendió a caminar. En aquel entonces tenía el video de sus primeros pasos en un antiguo teléfono, pero lo cambié y perdí el video. Ahora Dios me concede el privilegio de escribirlo no como tío sino como padre, porque Él es un Dios que cumple sus promesas.

Nuestra única fidelidad es con Cristo

La mayoría de los que se hacen llamar cristianos en realidad no lo son. Las iglesias están llenas de gente que va regularmente pero que no conoce a Cristo y, por ende, tampoco al Padre. No me sorprende mucho. Jesús dijo que muchos serían los llamados y pocos los escogidos. Y cuando le preguntaron si pocos se salvarían, respondió: «Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque muchos tratarán de entrar y no podrán». Mi único propósito en la vida con tu crianza, hijo, es guiarte para que tú también pases por la puerta estrecha.

El ambiente cristiano, muy de la mano con la cultura superficial en la que está inmerso, ha hecho de la frase «creer en Jesús» algo etéreo y recóndito en el alma y que tal vez pertenezca al mundo platónico de las ideas (cuya existencia es bastante cuestionable). El problema radica en la preposición en, así que hay una receta sencilla para que no te dejes llevar por tanta superficialidad: cambia en por a. «Creer en Jesús» no es otra cosa que «creerle a Jesús». Toma sus palabras a pie juntillas. No interpretes a Jesús a través de Pablo, George Müller o papá. Interpreta a Jesús por sus palabras y su vida. Míralo a Él directamente. Y después, a través del prisma de Jesús, interpreta a papá, a George Müller o a Pablo.

Esta enseñanza, que te repetiré una y otra vez, tiene diferentes aplicaciones en diferentes momentos. La de este instante involucra a Ron DeSantis, gobernador de Florida, que ha decretado que quienes de alguna forma ayuden a inmigrantes indocumentados, sea para darles trabajo o para llevarlos en carro, pagarán con cárcel. DeSantis dice ser cristiano (católico), pero no lo es. Su dios, como el de casi todos los conservadores de este país, es su ideología política. Pero Cristo dice lo siguiente con toda claridad:

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda.

»Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: “Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron”. Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?” El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí”.

»Luego dirá a los que estén a su izquierda: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed, y no me dieron nada de beber; fui forastero, y no me dieron alojamiento; necesité ropa, y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron”. Ellos también le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o como forastero, o necesitado de ropa, o enfermo, o en la cárcel, y no te ayudamos?” Él les responderá: “Les aseguro que todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí”.

»Aquellos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».

No hay lugar a interpretaciones difusas. Quienes dicen creer en Jesús pero no hacen lo que Jesús manda terminarán en el infierno. Más claramente, quienes no ayudaron, entre otros, al forastero (al inmigrante) recibirán tal castigo.

Pero para los que amamos a Jesús y nos esforzamos por amar al prójimo como Él nos amó, no hay la opción de no ayudar al inmigrante, con o sin documentos; al que está en la cárcel, inocente o culpable; al que tiene hambre, sed o frío; o mejor dicho, a quien nos necesite, en toda la medida de nuestras posibilidades, como el buen samaritano (extranjero odiado) con el judío moribundo de la historia. Si por ello hemos de pagar con cárcel, ¡bendito sea el Señor que nos permite sufrir por causa de su nombre! Nuestra medida, hijo, es el Señor Jesucristo. A Él debemos toda nuestra fidelidad. En nuestra familia, ayudaremos a todo el que lo necesite: liberales, conservadores, inmigrantes con o sin documentos, libres o encarcelados. Si algún día podemos ayudar a Ron DeSantis, le ayudaremos; y si algún día podemos ayudar a Joe Biden, también lo haremos. Porque en nuestra casa vamos a dar la gracia que de Él hemos recibido.

Los tiempos cambian y es imposible saber cómo pensará la gente cuando comprendas esto. Pero a hoy, mayo de 2023, en esta cultura estadounidense, los «creyentes» conservadores creían que, de haber persecución, vendría de los demócratas/liberales (una perspectiva que no es tan descabellada, la verdad). Lo que pocos esperaban era que la persecución les llegara por los republicanos/conservadores, que se juraban adalides de las libertades para el cristiano. A mí poco me sorprende; al fin y al cabo Cristo murió por la mano de paganos hedonistas y de religiosos conservadores. Ya lo ves.

Manifiesto de amor y perdón

Estos últimos tiempos han sido de una desilusión tras otra. He experimentado abandono y rechazo como nunca antes. Me he equivocado con otros y otros se han equivocado conmigo; varias de estas equivocaciones han sido recíprocas. Y me he dado cuenta de una constante: el ser humano se muere por recibir misericordia pero le cuesta mucho darla. Con una mano estamos tocándole los pies a Dios mientras le pedimos que nos perdone y nos restaure la relación íntima con Él, y con la otra estamos bloqueando a quienes nos ofendieron no permitiendo que se acerquen de nuevo. Todos hemos sido culpables de esto. No obstante, la situación tiene su lado bonito: nuestra propia dificultad para perdonar elucida en algo la profundidad del amor divino al habernos absuelto cabalmente de todas las ofensas a quienes ahora somos sus hijos. Es decir, ¡no solamente nos perdona, sino que nos acerca más haciéndonos parte de su familia!

Perdonar es una muestra muy grande de amor, quizás la más grande. Perdonar no es hacer de cuenta que no nos hirieron, sino ser completamente conscientes del daño que recibimos y aun así ofrecer restauración en cuanto dependa de nosotros. No es fácil. Quien diga que perdonar es fácil seguramente no entiende muy bien de qué se trata el perdón. Ni siquiera para Dios fue fácil: requirió la encarnación y muerte del Hijo, con lo que se vio interrumpida la más perfecta relación que ha existido en la eternidad, la única perfecta, de hecho; la de la Trinidad. Le dolió a Quien murió y les dolió a Quienes se les rompió el corazón viendo su agonía y experimentando por primera vez el rompimiento de una intimidad que por siempre había sido la más ejemplar e idónea que pudiéramos imaginar. El precio de lo que hizo Cristo por nosotros es todo menos chico. Por ello Dietrich Bonhoeffer insistía en que la gracia era gratis (gracia y gratis son casi sinónimas), no barata. En efecto, es tan costosa que nunca ninguno de nosotros hubiera podido obtener por nuestra propia cuenta la restauración con Dios que ella entrega, porque no tendríamos cómo pagarla.

Algunos de quienes me abandonaron o decidieron atacarme tienen razones para ello, otros —la mayoría me parece— no. Y el corazón me duele, obvio; experimentar rechazo es muy doloroso. He hecho todo lo que se me ha ocurrido en limpia conciencia para restaurar casi todas esas relaciones y en la mayoría de los casos no funciona. Solo hay juicio, que es más doloroso cuando viene desde adentro de la iglesia. Y aún más doloroso cuando no he cometido nada malo o cuando me han infligido un daño igual o mayor que el que en mis errores pudiera haber hecho yo; sin embargo. Pero solo acusan; no perdonan ni piden perdón.

Así que esta es mi conclusión: tenga o no la responsabilidad de los errores, no puedo obligar a otros a que me perdonen o muestren amor y restauración. El amor y el perdón han de entregarse libremente, no pueden ser exigidos. Pero sí puedo perdonar y amar yo en lo que esté al alcance de mis posibilidades. No sé cómo no hacerlo si después voy a llegar de rodillas a los pies de la cruz pidiendo perdón, gracia, amor y restauración para mí. Es difícil perdonar y amar así, claro. Cada vez se me complica más confiar hasta en quienes no me han hecho nada. Pero yo decido mostrar amor y gracia. Si en algún momento no es eso lo que estoy mostrando, oro que el Espíritu Santo me lo revele para poder corregirlo. Mi decisión es amar como Cristo me ha amado.

¿Me voy a equivocar amando? Por supuesto. No soy Dios. Soy un simple mortal lleno de debilidades. Yo, como todos los demás, peco. Pero si peco, me comprometo a pedir perdón; si pecan contra mí, me comprometo a perdonar; y en cualquier caso, me comprometo a buscar la restauración. Si no, no sé cómo podría acercarme a Dios. Y si no puedo acercarme a Dios, no tengo nada.

Fe

¿Por qué no le creemos a Dios?

Hay dos razones por las cuales no confiamos en algo o alguien.

  1. Porque el objeto de nuestra confianza no es digno de ella.
  2. Porque, así sea digno de confianza, no lo conocemos lo suficiente para saber que podemos confiar en él.

Dios nunca nos pidió que confiáramos en Él a ciegas. Dios no es tonto y no nos creó tontos. Si vamos a confiar en lo que sea, en quien sea, ese algo o alguien tiene que ganarse nuestra confianza, y eso lo incluye a Él. Fe es confianza, y no podemos creer, confiar, en aquello que no conocemos. Creer sin motivos para hacerlo no es fe, es necedad.

A Dios no le complace la necedad, por eso no nos llama a confiar en Él sin conocerlo, sino a conocerlo para que podamos confiar en Él. Dios quiere dos cosas:

  1. Que veamos que es digno de confianza;
  2. Que, una vez nos demos cuenta de lo anterior, confiemos, le creamos.

Dios es un ser personal. El Padre es una Persona, el Hijo es una Persona, el Espíritu Santo es una Persona. Puede que Dios sea omnipotente, omnipresente, omnisciente y todos los omnis, pero sigue siendo un ser personal. Como tal, anhela y desea lo que desean las personas. Cuando nos gusta alguien y queremos que se enamore de nosotros, buscamos mostrarle lo mejor que tenemos para evidenciar que somos dignos de su amor. Con Dios no es diferente. David dijo:

Prueben y vean que el Señor es bueno;
dichosos los que en él se refugian.

Este prueben no es el de demostrar, como si fuese un teorema matemático, sino el de degustar, como cuando llegamos a una tienda de helados y nos dan cucharaditas de cada sabor. Dios quiere que degustemos el sabor de su bondad, nos demos cuenta de que nos gusta (el punto 1 de arriba) y pidamos el helado (punto 2). Él no está diciendo: «¡Pida todo este plato y le tiene que gustar!», sino: «Toma esta pruebita y te vas a dar cuenta cuán bien sabe».

A medida que el conocimiento va creciendo, la confianza también se va incrementando, hasta el punto que podamos decir con el salmista:

Tus promesas han superado muchas pruebas,
por eso tu siervo las ama.

Esperaríamos, pues, que la fe aumentara con el tiempo y, precisamente por ello, no podríamos pretender que una persona se encuentre en el mismo estadio de fe que las demás. Pablo también lo entendió así, razón por la cual escribió que a cada uno Dios le ha dado una medida de fe.

Esto, por cierto, anula las acusaciones de injusticia en el cristianismo cuando los detractores sostienen que Dios juzga a todas las personas con el mismo rasero. No. Dios va a pedirle cuentas a cada quien de acuerdo con lo que cada persona conoció de Él. Pablo en Romanos 1 dice que muchos se condenarán porque lo que pueden conocer de Dios por medio de la naturaleza les da cantidades de información sobre Él y lo rechazan. En el siguiente capítulo, Romanos 2, pasa a decir que el testimonio del propio corazón será el juez de quienes no fueron evangelizados. Romanos 1 y Romanos 2 defienden entonces que la naturaleza y el corazón del hombre atestiguan a favor de Dios y por estas cosas serán juzgados quienes nunca oyeron de Cristo. Es decir, de acuerdo a la medida de fe que les fue dada: a la cantidad de confianza que podían desarrollar con el conocimiento que tenían.

EL CONOCIMIENTO DE DIOS

Quiero pasar aquí a otro punto importante: el conocimiento de Dios. Finalmente, nuestra fe en Él va a incrementarse en la medida que lo conozcamos.

Uno de los detalles más cálidos de toda la Biblia es que conocer no es una palabra que se utilice solamente en el sentido intelectual. Aunque claramente conocer siempre involucra la parte intelectual (por lo cual, el cristiano no tiene excusa para permanecer en la ignorancia), la Biblia lleva la connotación de la palabra a un lugar mucho más elevado.

Esto tiene todo que ver con que la verdad en la Biblia no es solo un concepto, sino una persona: Cristo (Jn. 1:1; 14:6). Si la verdad es solo un concepto, entonces el conocimiento no puede ser sino meramente intelectual. Pero si la verdad es una persona, el conocimiento intelectual es increíblemente reducido con respecto al conocimiento total que podemos tener de la persona.

Por ello, no es suficiente que leamos en un libro cómo se siente besar a la persona amada. Puede ser la descripción más pura, apasionada o vivencial del beso. Pero la descripción de un beso no se aviene con besar a quien amamos. Por esto inventamos el arte, la poesía: hay cosas que la literalidad de las palabras no alcanza a trasmitir; no obstante, ¡ni el poema más bello sobre un beso se compararía con besar a la amada!

¡Oh, si él me besara con los besos de su boca!
Porque mejores son tus amores que el vino.

Ni siquiera Cantares puede eliminar aquella sensación. Más bien, cuando leo el poema de Salomón lo que en mí se despierta es un deseo inmenso de amar así, de ser amado así. La sola lectura no colma mis expectativas. El conocimiento intelectual de todo ese amor no me es suficiente. Yo quiero, anhelo, sueño, vivir todo ese amor.

Así es con Dios. Conocerlo es amarlo. Tal es la razón por la cual Cantares está en la Biblia, tal es la razón por la cual el Salmo 45 está en la Biblia. Son poemas de amor, pero ilustran una realidad más profunda: cómo quiere Dios que sea nuestra relación con Él.

Llegamos de este modo a uno de los detalles más interesantes de la palabra conocer en la Biblia. La Biblia utiliza conocer para referirse a la unión en intimidad sexual de la pareja bendecida por Dios (p. ej., Mt. 1:24-25). Esta comprensión de conocer me abruma, me trasciende. Embebe el simple conocimiento intelectual dentro del mucho más abarcador placer sexual en una relación de amor, que es el máximo placer que pudiéramos experimentar en nuestros cuerpos mortales. Nadie que haya amado así se atrevería a decir que prefiere el amor contado en un libro. El conocimiento de la persona amada trasciende por lejos el conocimiento intelectual.

¿Qué tiene que ver todo esto con la fe? ¡Todo! Es imposible amar sin confiar, sin tener fe en la persona amada. Y no tiene sentido amar lo que no conocemos (por eso el mandamiento es amar al prójimo, es decir al próximo; no al lejano que no conocemos). Una de las características que Pablo menciona del amor es que todo lo cree. Es imposible amar a otro sin tener(le) fe.

Así las cosas, conocer a Dios debería implicar amarlo, y si lo amamos es porque le creemos.

Cuando Dios nos está diciendo que lo conozcamos, no nos está pidiendo reducirlo a un teorema. Nos está diciendo: «Vengan y experimenten la intimidad conmigo como nunca la han experimentado; vengan y prueben que Dios es bueno; vengan y gusten el placer de estar conmigo, que mi mayor placer es amar; vengan y se dan cuenta de que conmigo hay delicias y plenitud de gozo; conózcanme, conózcanme hasta la intimidad, y vean que pueden confiar en mí; yo no soy como los otros amores, yo no los abandonaré».

Así quiere Dios que lo conozcamos. Por eso, repito, está Cantares en la Biblia. La enseñanza cristiana es clara: la plenitud que se vive por la confianza en Dios, la fe en Él, tiene una única analogía terrena: el placer sexual con la mujer amada… pareciera que vale la pena intentarlo.

EL TEMOR DE DIOS

En un ensayo bellísimo de Immanuel Kant, diferenciaba el filósofo lo bello y lo sublime. «La emoción en ambos es agradable, pero de muy diferente modo». Las dos atraen, pero lo sublime es más grande: «la emoción de lo sublime es más poderosa que la de lo bello». Mozart es bello, mucho; Bach, sublime. La ciencia es bella; la matemática, sublime. El placer es bello; el amor, sublime. Los alisios son bellos; los huracanes, sublimes. Lo inmanente es bello; lo trascendente, sublime. Lo bello es pequeño; lo sublime, grande. Lo bello atrae; lo sublime aterra y atrae. Lo bello es bello; lo sublime es también bello.

Cuando Job habló sobre las cosas demasiado maravillosas, aludía a la sublimidad de la mente de Dios. Cuando David expresó en sus salmos que al contemplar el cielo y las estrellas se sabía minúsculo, se refería a la sublimidad de la creación divina.

Ahora, Dios sí es bello, como tanto se enfatiza en nuestras iglesias hoy día. Pero Dios es mucho más que bello. Es sublime. Su grandeza atrae y al tiempo repele. Su perfección me hace querer acercarme y al mismo tiempo me espanta al revelar toda la impureza de mi corazón. Su brillo es tal que sería imposible mirarlo de frente y no quedar ciego. Su santidad es tal que es imposible verlo cara a cara y quedar vivo. Nuestra finitud no tiene cómo asir la infinitud de su belleza, de su pureza, de su amor. Sus atributos nos trascienden. Él es Santo, Santo, Santo; nosotros, finitos, profanos.

Cuando Isaías vio a Dios, su primera reacción fue temer por su vida y por ello exclamó:

¡Ay de mí, estoy perdido!
Soy un hombre de labios impuros,
yo, que habito entre gente de labios impuros,
y he visto con mis propios ojos
al Rey, Señor del universo.

Cuando Daniel vio al Hijo del Hombre cayó de bruces y le dijo:

Señor mío, con la visión me han sobrevenido dolores, y no me queda fuerza.
¿Cómo, pues, podrá el siervo de mi Señor hablar con mi Señor?
Porque al instante me faltó la fuerza, y no me quedó aliento.

En caso de que alguien crea que son cosas del Antiguo Testamento, el asunto no es muy diferente en el Nuevo. Cuando el orgulloso Saulo, lleno de sí mismo, de su abolengo y credenciales, se encontró con Jesús, era alrededor del mediodía, pero una luz más refulgente que el sol lo envolvió, lo tumbó y lo cegó, según su mismo relato al rey Agripa. A lo cual, desde el piso, solo pudo preguntar humillado: ¿Quién eres, Señor?

Y cuando Juan, el mismísimo discípulo amado, que se debía sentir muy cómodo en la presencia de su Señor, contempló al Jesús glorificado —cuya descripción es tan bella como aterradora—, cayó como muerto.

Por esta razón es incomprensible la tendencia a considerar el temor de Dios como simple respeto o reverencia. No, no. El temor de Dios es exactamente eso: temor. La Biblia nos llama a temerle y tal cual debemos hacer: debemos temerle. Necesitamos entender que nada más por su misericordia no hemos sido consumidos. Si Dios es Dios, no hay otra posibilidad que morir si estamos frente a Él. Por eso necesitamos quien le dé la cara al Padre por nosotros; por nuestra propia cuenta no tenemos cómo sobrevivir a su encuentro.

La Biblia repite vez tras vez que temer a Dios es el principio de la sabiduría. Es de necios no asustarse ante su presencia. Es imposible intentar asir en nuestra mente la grandeza de Dios y no sentir terror. Nada hay más grande que Él, nadie es más poderoso que Él. Solo al Señor hemos de temer. Temor por otra cosa que no sea Él tiene solo un nombre: idolatría.

Temer a otra cosa, cualquiera que sea, implica que no hemos entendido del todo quién es Dios, por lo tanto, no confiamos en Él, no tenemos fe en Él. Porque también es imposible acercarse y no sentir su amor. Y su amor nos hace entender que esa Fiera Salvaje, con todo su inconmensurable poder, nos quiere proteger.

Una vez más me parece apropiado cerrar con la asombrosa descripción que hace C. S. Lewis de Aslan en El león, la bruja y el armario de sus geniales Crónicas de Narnia:

—¿Es… es un hombre? —preguntó Lucy.
—¡Aslan un hombre! —exclama el Sr. Castor con seriedad—. ¡Claro que no! Te digo que él es el rey del bosque y el hijo del gran emperador allende los mares. ¿No sabes quién es el rey de las bestias? Aslan es un león… el león, el gran león.
—¡Ahh! —exclamó Susana—, yo creía que era un hombre. ¿Es él… lo suficientemente seguro? Yo me sentiría nerviosa de encontrarme con un león.
—Seguro que te sentirás así, querida mía, sin lugar a dudas —dijo la Sra. Castor—, si existe alguien que pueda aparecerse ante Aslan sin que le tiemblen las piernas, ese alguien es más valiente que la mayoría, o sencillamente un tonto.
—¿Entonces él no es seguro? —dijo Lucy.
—¿Seguro? —repitió el Sr. Castor—. ¿No estás escuchando lo que dice la Sra. Castor? ¿Quién mencionó la palabra seguridad? Por supuesto que no es seguro. Pero él es bueno. Él es el rey, te lo aseguro.

Por supuesto que Cristo no es seguro. Pero Él es bueno. Él, solo Él, es el Rey. Se lo aseguro.

Tres libros y el perdón

El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos (Pr. 17:9).

Hace un par de meses leí tres libros en dos semanas y en ese momento hice un escrito conjunto sobre los tres. Así que en vez de hacer el usual comentario individual que suelo hacer de cada uno en Goodreads, pienso resumir mi pensamiento de los tres aquí. Nada tienen que ver con un análisis literario. Solo son mi excusa para hablar sobre el perdón.

El primero de los libros fue Barabbas de Pär Langerkvist, el segundo fue Redeeming Love de Francine Rivers y el tercero fue Oíme bien, Satanás del evangelista argentino Carlos Annacondia… nadie podría decir que no soy de lecturas variadas.

BARRABÁS

Pär Langerkvist fue un escritor sueco, obtuvo el premio Nobel en 1951 precisamente por su novela Barrabás. Aquí narra una historia de ficción sobre la vida de Barrabás desde el momento en que Pilato lo liberó en lugar de Jesucristo. Barrabás es la historia del perdón que Cristo le ofrecía al asesino. El Cristo inocente muere por Barrabas y el culpable asesino queda libre. El relato bíblico de Barrabás es la historia de la redención humana: en Barrabás está representada toda la humanidad: el justo murió por los injustos.

En la novela, después de que Barrabás escapó a su sentencia de muerte, se reunió con algunos de sus secuaces y con una prostituta en una cantina, los pensamientos de ella al ver al asesino meditabundo resumen bien la situación:

No sorprendía que [Barrabás] pareciera un poco extraño después de haber estado encadenado en un pozo por tanto tiempo, tan cercano a la muerte; si un hombre es sentenciado a muerte, está muerto; y si se le deja ir y se le indulta, todavía está muerto, porque así era como estaba y solo se levanta de nuevo de entre los muertos, lo cual no es lo mismo que estar vivo y ser como el resto de nosotros [Traducción mía].

¡Qué barbaridad! (Entre otras porque la prostituta parece haber definido con claridad lo que significa en el cristianismo el nuevo nacimiento). Barrabás, quisiera o no quisiera, debía vivir con el hecho de que Cristo había muerto por él, en su lugar. Tal vez a ningún ser humano se le han anunciado las buenas nuevas de la salvación con tanta claridad como a Barrabás; sin embargo, lo que fuera él a hacer con respecto al sacrificio de Cristo por su vida era cuestión suya.

Y así transcurre el libro, los pensamientos sobre el Galileo se arremolinan en la mente de Barrabás mientras en cada circunstancia de su vida tortuosa Cristo busca acercarse a él y él se niega. Al final, en la historia de Langerkvist, Barrabás muere también crucificado junto a Pedro y otros cristianos. Pero hasta la crucifixión no se ha entregado a Cristo. Como Barrabás era el más fuerte de todos los crucificados, fue el último en morir y así culmina el libro:

Solo Barrabás quedó allí colgando, aún vivo. Cuando sintió que la muerte se aproximaba, aquello a lo cual siempre había temido tanto, exclamó en la oscuridad, como si a ella le estuviera hablando, «A ti entrego mi alma».

Y rindió su espíritu [Traducción mía].

Debe concederse que es un final magistral a una muy bien contada historia que admite dos posibles fines: o se entregó a la oscuridad en un final que parecería increíblemente frío y fatalista o se entregó a Cristo para salvación en el último suspiro de su vida.

En cuanto a la primera posibilidad, me recuerda a Charles Templeton, un evangelista que en 1946 acompañara a Billy Graham en sus campañas. Dos años más adelante Templeton comenzó a tener dudas sobre su fe y diez años después se declaró públicamente escéptico. Billy Graham narró todo esto en su autobiografía Just as I am. Cuando Lee Strobel preparaba el material para su libro El caso de la fe, entrevistó a Templeton y le preguntó su opinión sobre Jesús. Dice Strobel que todas las facciones del exevangelista se suavizaron al hablar de Él; se deshizo en halagos y terminó diciendo cosas como «¡Yo… lo adoro!» y «Yo… lo extraño,» mientras sus ojos se inundaban de lágrimas. Pero no se rindió a Él (si tiene tiempo lea en este enlace la historia de este encuentro como la cuenta Strobel). Me es difícil no encontrar cierta similitud entre Charles Templeton y el Barrabás fatalista de Langerkvist. Juntos muriendo de sed al pie de la fuente.

El otro final admisible de la novela es que Barrabás haya orado al Cristo que se sacrificó por él y se haya rendido ante el Nazareno después de haber pasado su vida dando coces contra el aguijón. Un final que se me antoja deseable. Porque más allá del final de la novela, no estamos destinados a perdición. La voluntad de Dios es que todos seamos salvos y lleguemos al arrepentimiento, así sea en el último suspiro de nuestras vidas.

El sueco fue deliberadamente ambiguo en su cierre del libro. En el primer caso el fatalismo es obvio. En el segundo, la historia se transforma en otro bellísimo relato de redención.

AMOR REDENTOR

Y es este segundo caso el que me lleva ahora a hablar de Amor redentor, de Francine Rivers. Amor redentor es la novela más famosa de Rivers. En ella se hace un recuento de la historia del profeta Oseas trasladada a la California del siglo 19 en plena fiebre del oro. Durante todo el libro un hombre íntegro, también llamado Oseas, ama a una prostituta con la cual se casa y que vez tras vez lo abandona porque o no le cree al amor de su esposo o no se siente digna de dicho amor. La última vez que ella huyó, lo dejó por varios años. Rivers describe así el sentimiento de Oseas en aquella ocasión:

Bajando su cabeza, lloró.

Sí, había aprendido su propia impotencia. Había aprendido que un hombre puede vivir después de que una mujer le rompe el corazón. Había aprendido que podía vivir sin ella. Pero, oh, Dios, voy a extrañarla hasta que muera…

Mientras los tumultuosos pensamientos se acumulaban en su cabeza, se remontó a una Escritura sencilla a la cual se aferró: «Confía en el Señor de todo tu corazón, y no en tu propia inteligencia» [Traducción mía].

Lloré. Lloré mucho leyendo esta historia (en una curiosidad, como bien los saben mis amigos de mi iglesia local, Dios no ha dejado de recordarme y repetirme esta referencia bíblica en todo este tiempo).

Después de todos los intentos de Oseas, era de ella la decisión tanto de aceptar el amor como de amar. Al final vuelve por el resto de su vida con Oseas, quien siempre la amó.

OÍME BIEN, SATANÁS

Y así quiero terminar con este tercer libro. Annacondia, su autor, es un evangelista argentino y el responsable del tremendo avivamiento espiritual que ha vivido su país. Como me dijera mi pastor, «es un libro pequeño pero aleccionador». Annacondia es un tipo sencillo con mucho poder del Espíritu Santo que se manifiesta en sanidades, liberaciones de demonios y conversos al cristianismo por los miles. La forma en la cual Dios lo usa es admirable y deseable.

Pero más que el poder del Espíritu tan evidente en su vida (que me ha hecho clamar al Señor por una unción semejante en la mía), me llamó la atención la importancia que da al perdón: en su experiencia, la falta de perdón es responsable por que Satanás tome el control de la vida de las personas (¡incluso creyentes!):

Setenta por ciento de las personas que ingresan a la carpa de liberación lo hacen con tremendas posesiones demoníacas, pero en su mayoría el problema espiritual deriva de la falta de perdón.

Narra además cómo también la falta de perdón afecta la salud física:

La mayoría [de las personas] recibe sanidad física al encontrar sanidad interior por medio del perdón… El odio y el resentimiento traen castigo. Muchas veces son la causa de enfermedades que no sabemos de dónde provienen.

Y pasa a decir la siguiente frase contundente:

El perdón no es un sentimiento, es una decisión. Si usted quiere perdonar, el Señor le ayudará a hacerlo (énfasis mío).

El perdón, como el amor, es una decisión. De hecho, perdonar es uno de los más grandes actos de amor, quizás el más grande. Puede decirse que el perdón es condición suficiente del amor: perdonar implica amar.

Lo anterior tiene una doble implicación:

1. Si perdonamos es porque amamos, lo cual es equivalente a que si no amamos entonces no vamos a perdonar.

2. Si creemos que amar es una emoción, vamos a terminar creyendo que perdonar también lo es. El problema con esta mala creencia es que nadie perdona así porque nadie nunca siente ganas de perdonar. Todo en nuestra naturaleza nos lleva a no hacerlo. ¡No! El perdón es un acto de amor y como tal es una decisión.

Perdonar es una decisión porque perdonar es una forma de amar. Y amar es una decisión.

Más adelante dice Annacondia lo siguiente:

El apóstol Pablo nos enseña en Romanos 5.10,11, que «si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación». De la misma manera que al recibir a Cristo en nuestro corazón nos reconciliamos con Dios, dice también Pablo que Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, nos dio el ministerio de la reconciliación. No solamente con Él, sino con todos los que nos han ofendido o lastimado.

La palabra reconciliación proviene del latín reconciliatio y se refiere a la acción de restituir relaciones quebrantadas. A su vez, se traduce a la voz griega katallage, que significa cambiar por completo. Hay varios ejemplos de perdón y reconciliación, pero los más claros los llevó a cabo Jesús que perdonó a Judas, a Pedro y también a los que lo crucificaron, al decir: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

El mismo Espíritu Santo que ungió a Cristo es el que hoy está morando en nosotros. Cuando predico acerca del perdón, en varias ocasiones veo personas gritar: «¡Señor, perdono!». En ese instante reciben el milagro que con tanto anhelo y fe piden, y son llenas del Espíritu Santo. Esto lo podemos ejemplificar de la siguiente manera: si quiere llenar una botella con agua pero la sumerge con el tapón puesto, pueden pasar horas y horas que no entrará ni una gota de líquido. Debe sacar ese tapón y la botella se llenará. Lo mismo sucede en nuestras vidas, usted debe perdonar. Saque ese tapón que no deja que el Espíritu de Dios fluya con libertad en su vida.

La ilustración de la botella es impresionante. Certera. Pero me llamó la atención también que habla de la forma en que el perdón implica reconciliación, es decir «restituir relaciones quebrantadas». Es aquí donde corresponde la cita bíblica con que empecé este escrito: «El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos». Es difícil creer que haya habido perdón cuando no hay reconciliación porque insistir en la ofensa (o sea, no perdonar) divide.

CONCLUSIÓN

Al final, el cristianismo se trata de perdón en tres formas: El que nos ofrece Dios, el que solicitamos a Dios y a quienes hemos ofendido, y el que otorgamos a quienes nos han ofendido.

1. El perdón ofrecido. Dios nos ofrece el perdón de nuestros pecados. Pero es decisión de cada quien (con consecuencias eternas) si recibe o no el perdón que Dios ofrece. Una posibilidad es ser el Templeton que aun admirando a Cristo se negó a recibirlo o el fatalista Barrabás que peleó toda la vida contra Él y no lo aceptó.

La otra posibilidad es el Barrabás redimido que en su hora final se entregó, o la esposa de Oseas en la novela de Rivers (¡también redimida!) que al final volvió decidida a amar y dejarse amar. Amar y dejarse amar son cosas que requieren humildad.

2. El perdón pedido. Aceptar el perdón de Dios es obviamente reconocer que lo he ofendido. Si no, ¿de qué me está perdonando? Por lo tanto, el perdón pedido implica reconocer que hemos pecado contra Dios y por ello le pedimos perdón. El perdón pedido también nos lleva a reconocer que hemos pecado contra otros y a pedirles perdón.

Arrepentimiento significa empezar a obrar conforme al perdón que pedimos. Trascender las palabras y dejar de hacer lo que estábamos haciendo para ofender a Dios y a otras personas, e intentar restituir en la medida de lo posible.

3. El perdón otorgado. Es notorio que cuando Cristo enseña a orar en el Sermón del Monte, pudo haberse detenido a explicar cualquier punto del Padrenuestro, pero la única explicación que dio fue sobre la frase «Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores». En efecto, cuando Cristo terminó de enseñar este modelo de oración, lo único que añadió con respecto a ella fue: «Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero, si no perdonan a otros su ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas». Es decir, si no perdonamos, nuestras oraciones no son escuchadas. Es más, si no perdonamos, estamos rechazando también el perdón de Dios para nuestra vida.

Hace poco también leía en Proverbios 16:6 que «con amor y verdad se perdona el pecado». Me impresionó. Se requieren las dos (por eso dice Juan que el Logos venía lleno de gracia y de verdad). Perdonar no es hacer de cuenta que la falta no pasó o restarle importancia, lo cual faltaría a la verdad. Perdonar requiere comprensión de la gravedad de la ofensa (verdad) y aún así decidir no usar la falta contra el ofensor e incluso amarlo y restituirlo. La medida de la verdad revela el alcance del amor en el perdón.

Amigo lector, llore delante de Dios ante el abrumador peso de las ofensas que le ha tocado vivir. Pero entienda que su Dios es más fuerte: el poder para amar a pesar de ellas (perdonar) es el regalo que el Señor nos dio en la cruz del Calvario.

Yo sé que duele. Sin contar las pequeñas faltas de otros contra mí, a mí también me ha tocado tomar la decisión de perdonar a quienes me han hecho mucho daño: he vivido el desprecio y la soberbia de unos que me han alejado de los que amo, las traiciones de otros que me han derrumbado todas las ilusiones y la voluntad de vivir, y la violencia familiar que ninguna persona debería vivir. Pero yo decidí perdonar. No porque yo sea muy bueno, pues tengo muy claro que mi capacidad viene de Dios.

Además, para ser sincero, en retribución o por intentar protegerme, hice casi lo mismo con otros en el pasado. Y también tuve que ser lo suficientemente hombre para pedir perdón a Dios y a quienes había ofendido con mis grotescas faltas. Si no perdonaba y no pedía perdón, no iba a disfrutar nunca mi relación con Dios (y piénselo: si Dios existe y su amor y su bondad son infinitos, nada hay en esta vida mejor que estar en comunión con Él). No perdonar a otros y no pedirles perdón a ellos y a Dios habría sido rechazar el sacrificio de Jesucristo en la cruz por mí, me habría privado de lo mejor que he vivido en toda mi vida: caminar de la mano de Dios y experimentar el increíble poder que levantó a Cristo de entre los muertos.

No pretendo entender todo lo que usted ha vivido. No tendría cómo. Pero de acuerdo con lo que yo he vivido sí puedo decirle que es posible perdonar. El poder del Espíritu Santo que resucitó al Señor de entre los muertos va a respaldarlo.

Oro en este momento por usted.