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El peluquero

Desde que tus abuelitos Gil y Dorita se devolvieron a vivir a Colombia, no ha sido fácil para mí encontrar un peluquero. Betty, la señora que solía hacerlo, una vecina de los abuelitos —y una gran amiga de la abuelita—, me cortaba el pelo en su apartamento cuando iba a visitarlos. Como ahora no tengo muchas excusas para ir a ese lugar y Betty tiene ocupaciones adicionales, ya no es tan fácil como antes.

De todas maneras, con tantas cosas encima, tampoco es que me quede mucho tiempo para cortarme el pelo con frecuencia, así que solo lo hago cuando ya no hay mucho escape (es decir, cuando ya estoy tan mechudo y barbudo que empiezo a pensar que Trump va a enviar a ICE a deportarme).

Por un tiempo intenté con Michael, otro amigo cristiano que también es peluquero. Pero, entre otras cosas, su agenda, como la mía, vive muy llena, así que cuadrar los horarios le quedaba difícil. De modo que en algún sábado de hace unos tres o cuatro meses tuve que buscar una peluquería porque tenía un evento importante (!) y terminé en un sitio cercano a nuestra casa donde los peluqueros, que eran hispanos, oían reguetón a todo volumen (canciones que yo nunca había oído y cuyas letras eran más malogradas que las que sí conozco) y tenían conversaciones completamente obscenas y desagradables de lo que habían hecho la noche anterior que me torturaban los oídos. Así que entre “la música”, las letras de las canciones y la conversación, con sus constantes groserías y el obvio maltrato al español, el mejor momento de mi corte fue cuando salí del lugar.

Hace un par de meses retomé mi buenísima costumbre de tener caminatas de oración. Mis oraciones son muy auténticas y reales cuando camino a solas con Dios, mientras que en la casa me despisto más. Entonces comencé a orar por dos cosas muy puntuales: primero, por que Dios me abriera puertas para hablar de Jesús y el Espíritu me diera la valentía para hacerlo; segundo, por que pudiera por fin volver a oír la voz del Espíritu guiándome… que, para mi vergüenza, dejé apagar por las preocupaciones del mundo cuando tú naciste. Creo que la última vez que la había oído fue cuando nuestro buen Dios nos reveló que ibas a ser un niño y me dijo que te llamara Juan.

El día específico en que comencé a orar por que Dios me permitiera volver a hablarle a alguien de Jesús, un viernes, también tenía que cortarme el pelo (otro evento…) y no tenía adónde ir porque ni Betty ni Michael estaban disponibles. Yo había ido a trabajar a la biblioteca de Sunrise y mi plan era conseguir por ahí cerca una peluquería al terminar, antes de irme a la casa. Entonces ocurrió algo maravilloso cuando salí de la biblioteca. Volví a oír la voz de mi Señor que me decía: «Ve a la peluquería a la que fuiste la última vez, el peluquero necesita oír las buenas nuevas de Jesús».

Déjame hacer aquí un paréntesis. Por un lado, no hay nada que produzca más vida que la voz de Dios (ocurre en el corazón del hombre tal como en Génesis 1). Esto es cierto hasta cuando Dios nos está disciplinando: su voz, su Palabra —es decir, Jesús—, es vida por definición. Por eso cuando Dios le habla a Job, él se sana. No importa que sus amigos le hubieran hablado con palabras llenas de lógica… Dios no estaba en sus palabras y Job terminó sintiéndose peor después de oírlos. Sin embargo, cuando Dios le habla a Job, lo reprende, pero su corazón se sana. Porque las palabras de Dios son vida en abundancia. Así que cuando yo oí la voz de Dios, volví a sentir un torrente de vida que recorría todo mi ser. Por otro lado, la voz de Dios es siempre inesperada, tiene su dosis de humor negro y no se ajusta a nuestra lógica humana. ¿A la misma peluquería de la que había salido tan aburrido la última vez? Esas son las cosas que solo se le ocurren a Él.

Pero yo he aprendido que a Dios no le discuto. Él siempre, siempre, siempre, tiene la razón. Así que eso hice. Me fui para la consabida peluquería a cortarme el pelo. Más aún, le dije: «Señor, si de veras eres tú, pues que el mismo peluquero de la vez pasada me corte el pelo sin que yo fuerce la situación». De modo que llegué, me senté a esperar y le escribí a mami que estaba en la misma peluquería de la última vez porque Dios me había dicho que fuera allá (go figure!). La música estaba a todo volumen, pero esta vez era salsa (¡y ahora sí me las sabía todas!). Además, había llevado un libro de mecánica estadística y grandes desvíos que estaba estudiando para un grant. Así que simplemente me senté a orar para que Dios obrara, mientras leía mi libro y cantaba en voz baja cuanta canción sonaba… cómo logré hacer las tres cosas es algo que me sigue pareciendo un milagro.

Había otro cliente esperando y cuatro peluqueros, el que me cortó el pelo la vez anterior inclusive. Todos estaban ocupados. Nadie me saludó cuando llegué. Pero yo estaba quieto y a la expectativa; mi plan era que quien me atendiera fuera el de la vez anterior, pero sin que yo forzara la situación. Una media hora después, el primer peluquero en desocuparse, salió e inmediatamente se fue por la puerta de adelante. Otra media hora después, se desocupó el segundo y se fue por la puerta de atrás. Quedaban dos peluqueros. Todos me habían ignorado como si no estuviera ahí. Yo seguía orando. En algún momento de esa primera hora, se desocupó el señor que antes me había cortado el pelo y atendió al otro cliente que estaba esperando. Más interesante fue que llegó otro cliente después de mí ¡y este peluquero lo atendió antes que a mí! En ese momento, como una hora después de haber llegado, el peluquero por fin me dirigió la palabra para excusarse diciendo que el otro cliente estaba desde antes, pero se había ido y regresado una vez más. Y pasó a conversar con el otro peluquero para decirle que me atendería el primero en desocuparse. Así que seguí orando, leyendo y cantando salsa ahí sentado.

Fueron como dos horas de espera cuando por fin quedó libre el peluquero de la vez anterior (cada corte y barba deben ser unos 40 minutos) . Me cortó el pelo, me hizo la barba y esta vez le intenté hacer conversación a ver si se abría alguna oportunidad de hablarle de Jesús. Al final, algo apenado, me dijo que guardara su número de teléfono para que la próxima vez pudiera reservar turno y no tuviera que esperar tanto. Me dijo que los domingos en la mañana el lugar estaba muy desocupado. Yo le dije que en ese horario no podía porque solíamos estar con mi familia en la iglesia. La mención de la iglesia le pareció muy interesante y comenzó él mismo a indagar por ello. Le conté que había una sede donde los servicios eran solo en español en Coral Springs y le pareció maravilloso porque él vivía por esos lados. Entonces le dije: «Quiero que sepa que vine aquí, porque Dios me dijo que viniera aquí a hablar con usted; por eso me quedé todo el tiempo esperando ahí sentado». El tipo quedó sorprendidísimo. Le pregunté si había algo en particular por lo cual pudiera orar por él. Me contó que su esposa estaba a punto de dar a luz su segunda hija, la primera en Estados Unidos. Estaba notoriamente ansioso por ello. Le dije que con mucho gusto oraba por él. Su familia y él comenzaron a asistir a la iglesia hispana. Una semana larga después, la niña nació.

Te cuento todo esto con los detalles desde el principio, para que veas cómo obra Dios. Todos los obstáculos que por tantos meses tuve para cortarme el pelo tenían un solo propósito: llevarme a este peluquero en quien Dios, en cuya mano están todos nuestros tiempos, ya tenía los ojos puestos. Más aún, Dios sabía desde la eternidad que aquel viernes yo iba a orar por que abriera las puertas para que yo le hablara a alguien de su amor y gracia y había preparado las cosas de acuerdo con mi oración. Esta idea es abrumadora. Por eso dice el Salmo

Tú, Señor, me has examinado y conocido.
Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme;
has entendido desde lejos mis pensamientos.
Has escudriñado mi andar y mi reposo,
y todos mis caminos te son conocidos.
Pues aún no está la palabra en mi lengua,
y, he aquí, Señor, tú la sabes toda
.
Tal conocimiento es demasiado para mí;
Alto es, no lo puedo comprender
¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!
¡Cuán grande es la suma de ellos!
Si los enumero, se multiplican más que la arena.

Su voz volvió y calmó la sed que había en mí por volver a oírlo. Desde esa vez, muchas otras oportunidades sorprendentes he tenido de hablarles a otros de su amor. Ya te las contaré y también te contaré lo que he aprendido. Por ahora, considera la forma sorprendente en que Dios me respondió las dos peticiones en una, teniendo al tiempo cuidado de la vida eterna del peluquero: es algo que solo Él puede hacer. ¡Bendito sea mi buen Señor!

Dios calmó la tormenta en tu cumpleaños

Ayer fue tu cumpleaños número 3, hijo. ¡Estabas tan feliz! Mamá y yo te vemos todos los días y no nos cansamos de darle gracias a Dios por tu vida. Nuestra oración diaria es que sigas creciendo hasta convertirte en un gran árbol en el que las aves del cielo vengan y hagan sus nidos, y que seas un lugar de reposo y sombra para muchos bajo tus ramas. No obstante, solo hay una forma en la que eso va ser posible: si pones tu confianza en el Señor y no en los hombres, cosa que te incluye a ti (Dn. 4:19–27).

A mamá y a mí, y con toda seguridad al resto de la familia (mira este devocional que la abuelita Dorita escribió por tu cumpleaños), nos encanta ver que las promesas que Dios te hizo desde antes de nacer se van concretando en tu vida.

Hace un par de semanas, te caíste de la mesa de centro y te doblaste el pie. No pudiste moverte por un par de días, pero tú mismo oraste por tu sanidad y el Señor te sanó. Verte corriendo, saltando y gritando feliz por toda la casa que el Señor te había sanado llenó nuestros corazones. Desde ese momento, has orado todos los días dándole gracias a Dios por haberte sanado. Por supuesto, nadie se alegró más que Dios.  

Así, la semana pasada, cuando estuvimos donde los abuelitos M&M y viste que la abuelita Marthica estaba enferma de su pierna (de la ciática), pusiste tu mano en su pierna y oraste por ella pidiéndole a Dios que la sanara, ¡y toda la semana la abuelita estuvo bien!

Pues bien, ayer llovía torrencialmente en el sur de la Florida. Varios nos preguntaron si íbamos a cancelar la celebración en el parque que habíamos reservado. Pero tú oraste pidiéndole a Dios que escampara para que tú pudieras celebrar, ¡y así ocurrió! A pesar de que el día estaba completamente tapado, el cielo se despejó y pudiste jugar feliz toda la tarde, hasta saltando con tu primo Sebas en los charcos que dejó el aguacero. Porque ese es nuestro buen Dios: en su gracia, Él toma las cosas que no nos parecen tan buenas —como el aguacero que se interponía con tu celebración— y las transforma en bendiciones y motivo de felicidad.

Sin embargo, la cereza en el pastel estaba por llegar. Ya de vuelta en la casa, en nuestro momento devocional, cuando estábamos leyendo juntos la Biblia como solemos hacerlo cada noche, nuestra lectura correspondía precisamente con la historia en la que Jesús calma la tempestad. Entonces lo entendimos: Dios quería que te quedara claro, muy claro, que fue Él quien calmó la tormenta para ti. Porque te ama y quería regalártelo de cumpleaños para que pudieras disfrutar, sí; pero sobre todo para que pudieras fortalecer tu fe y dar testimonio de Él. No se me ocurre un regalo mejor.

Va a llegar el día en que tu fe será probada. Que en esos momentos recuerdes instantes como estos para fortalecerte, para que seas como un árbol plantado junto a corrientes de agua que da su fruto en su tiempo y su hoja no cae, y todo lo que hace prospera. No lo olvides nunca: al Dios que te ama hasta el viento y el mar le obedecen.

Witness and intelligence

“If I testify about myself, my testimony is not true” (John 5:31)

These words of Jesus surprised me a few days ago, my son. They caught my attention for at least two reasons: my Lord’s humility and its stark contrast with the world.

As for the latter, the people of the world live by promoting themselves. Particularly in academia and in the United States, this is overblown (although Mom, who knows the Colombian corporate world very well, tells me that it is not different there). There are too many people around me of meager talent whose only virtue to reach success has been their ability to sell their name. If it is annoying to see a capable person promoting himself, you will soon realize how unpleasant it is to see an incapable person climbing the ladder just because he sells himself well.

This is where my Lord’s humility comes as such a contrast. It is the Incarnated God Himself who is speaking here! The Second Person of the Trinity! The Son of God! The Son of Man! And yet He says that if he were to testify about Himself, His testimony would not be valid. Jesus changed the world and split human history into two without testifying of Himself. Instead, He bore witness to God the Father and, in His own words, He left it to the Father to bear witness for Him: “The Father who sent me has himself borne witness about Me.” Indeed, the four Gospels tell us that when Jesus was baptized, the voice of God the Father was heard saying from heaven, “This is my beloved Son, with Whom I am well pleased” (see, e.g., Matthew 3:17).

Who are we going to follow? I admit that I promoted myself many times. But for us who have decided to follow Christ, believe in Him, and imitate Him, the only option is not to give glory to ourselves but to our God. Therefore, this is the criterion to use from this point on: if what I am going to say is to praise myself, it is wrong; if what I am going to say bears witness to our good God, it is worth it.

To round out the matter, I was also reading Deuteronomy 4: 5–6:

See, I have taught you statutes and rules, as the Lord my God commanded me, that you should do them in the land that you are entering to take possession of it. Keep them and do them, for that will be your wisdom and your understanding in the sight of the peoples, who, when they hear all these statutes, will say, ‘Surely this great nation is a wise and understanding people.’

Let me be absolutely clear about this: the Mosaic law is not for believers to fulfill. However, the written word in the old covenant is a type of the Word made flesh in the new one (Hebrews says that the law is a shadow of the good things to come, not the very presence of these realities), namely of Jesus, the Logos. What this means is that, although we are not called to fulfill the law of Moses, the attitude that the old covenant asks of the people of Israel with respect to the law is the attitude that we are to have with respect to the words of our Lord Jesus Christ.

Thus, the equation is clear: if I obey and practice the words of my Lord, He—not I, but He—will show my wisdom and understanding to others. Well, I am not looking for recognition anymore (it just took me 40+ years to figure this out!), but I feel great peace by knowing that my life is in God’s hands. What is important to me is that the words of Jesus have an unequivocal message: it does not matter that I live in an academic environment where appearing smart is seen as an asset because it’s not about selling myself; it’s about giving glory to Him.

I have been looking for a new job for three years and have deeply longed to change the one I now have, but the end does not justify the means. If change is going to happen, let it be in God’s way so that it will be worth it for eternity. If not, I am not interested.

Aprender a caminar

Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

Mt. 5:48

Cuando Jesús habló en el Sermón del Monte sobre el verdadero amor y sobre la forma de amar del creyente —tal como el Padre nos ama—, cerró su enseñanza con la declaración contundente de que fuéramos perfectos como el Padre celestial. El pasaje es controversial, sobre todo entre personas que llaman a Jesús «Señor» pero no quieren hacer lo que Él les dice.

Lo primero que veo aquí es una idea que ya he tocado antes: el estándar de moral ha de ser Cristo, no el prójimo. Al mediocre le fascina compararse con otros a quienes él considera peores para sentirse bien consigo mismo. No obstante, como Jesús enseña, el parámetro no son los otros, sino Dios mismo. El verdadero nivel de moral personal se mide de la siguiente manera:

\text{Nivel de bondad personal} = \frac{\text{Bondad personal}}{\text{Bondad de Dios}} = 0,

porque Dios es el sumo bien y su cantidad de bondad es ilimitada (infinita), mientras que la de cada uno de nosotros es limitada (finita). Así que en términos de moral, solo hay dos opciones: o el vaso está lleno, o el vaso está vacío, no hay puntos medios; y el vaso siempre va a estar vacío si solo depende de nosotros porque no podemos poner en el numerador más que una cantidad finita de bien. Necesitamos que Dios mismo venga y llene la copa.1

Lo segundo que me parece notorio es que el llamado está dado dentro de un contexto particular: el del amor. Es decir, el llamado a ser perfecto no es acerca de cumplir normas morales, sino de amar bien:

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

Mt. 5:43-48

Tercero, lo más obvio: hay un llamado a ser perfectos. Pero esto molesta a muchos. Hay quienes leen el texto en cuestión y entienden que, a menos que sean perfectos, Dios no los ayudará. No obstante, eso no es lo que dice el pasaje ni lo que Jesús mostró durante su ministerio terrenal. La mejor clave para entender las palabras de Jesús suele ser el ejemplo de su vida misma: ¿Ayudó Jesús a personas que no eran perfectas? ¡Por supuesto! ¡Todo el tiempo! ¡De eso se trató su ministerio terrenal! ¡Esta es la esencia del nuevo pacto! Así que es totalmente incorrecto pensar que el pasaje enseña que Dios no nos ayudará si no somos perfectos. Y aun así, el llamado a ser perfectos permanece. Pablo lo entendió bien y por eso les dijo a los efesios que la meta era que llegaran a ser perfectos como Cristo (Ef. 4:13-15).

C. S. Lewis lo explica de la siguiente manera en Mero cristianismo (libro IV, capítulo 9, «Calculando el precio»): la gente acude a Dios para que la libre de pecados que la avergüenzan o que interfieren con su vida cotidiana. Y Dios, que es bueno, por supuesto lo hace. Sin embargo, Dios no va a parar con esos pecados, su objetivo es librarnos de las ataduras de todo pecado para que lleguemos a ser perfectos. ¿Quiere decir esto que Dios no se agradará de nosotros si no somos perfectos? ¡Por supuesto que no! Lewis continúa diciendo lo siguiente (tomando una analogía maravillosa de George McDonald, que es la inspiración de este escrito): Todo padre se deleita con los primeros intentos que hace su bebé por caminar; pero ningún padre va a quedar satisfecho con menos que el caminar libre, firme y valiente de un hijo adulto.

Como por estos días nuestro hijo Mostaza está aprendiendo a caminar, recordé esta enseñanza de Lewis y McDonald que tan profunda y clara me ha parecido por años. Es hermoso ver los pasitos torpes e inestables de mi hijo; yo lo veo y se me hinche el corazón de amor. Pero el mismo amor que siento me lleva a darme cuenta de que no me satisfaría verlo caminar así toda su vida. Porque lo amo, quiero que él pueda caminar libre, firme y estable por la vida. Así que, como una imagen vale más que mil palabras, cierro este escrito con los primeros pasos de mi hijo, que me recuerdan el amor de mi buen Padre celestial:2

Mostaza en sus primeros pasos

Notas

  1. Formalmente, el nivel de bondad personal se expresa como un límite: \lim_{b\rightarrow\infty}\frac{n}{b}, donde n es la bondad personal y b es la bondad de Dios. Para quien solo depende de su moral personal, el numerador es finito, con lo que el nivel de bondad decrece a cero. Pero el creyente que recibe el regalo de Dios, al vivir la verdad en amor, crece a un varón perfecto, hasta ser en todo como Cristo (Ef. 4:13-15). Es decir, n crece a b, con lo que el límite es 1.

  2. Hace aproximadamente siete años he querido hacer este escrito, desde que Juana, mi sobrina, aprendió a caminar. En aquel entonces tenía el video de sus primeros pasos en un antiguo teléfono, pero lo cambié y perdí el video. Ahora Dios me concede el privilegio de escribirlo no como tío sino como padre, porque Él es un Dios que cumple sus promesas.

Nuestra única fidelidad es con Cristo

La mayoría de los que se hacen llamar cristianos en realidad no lo son. Las iglesias están llenas de gente que va regularmente pero que no conoce a Cristo y, por ende, tampoco al Padre. No me sorprende mucho. Jesús dijo que muchos serían los llamados y pocos los escogidos. Y cuando le preguntaron si pocos se salvarían, respondió: «Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque muchos tratarán de entrar y no podrán». Mi único propósito en la vida con tu crianza, hijo, es guiarte para que tú también pases por la puerta estrecha.

El ambiente cristiano, muy de la mano con la cultura superficial en la que está inmerso, ha hecho de la frase «creer en Jesús» algo etéreo y recóndito en el alma y que tal vez pertenezca al mundo platónico de las ideas (cuya existencia es bastante cuestionable). El problema radica en la preposición en, así que hay una receta sencilla para que no te dejes llevar por tanta superficialidad: cambia en por a. «Creer en Jesús» no es otra cosa que «creerle a Jesús». Toma sus palabras a pie juntillas. No interpretes a Jesús a través de Pablo, George Müller o papá. Interpreta a Jesús por sus palabras y su vida. Míralo a Él directamente. Y después, a través del prisma de Jesús, interpreta a papá, a George Müller o a Pablo.

Esta enseñanza, que te repetiré una y otra vez, tiene diferentes aplicaciones en diferentes momentos. La de este instante involucra a Ron DeSantis, gobernador de Florida, que ha decretado que quienes de alguna forma ayuden a inmigrantes indocumentados, sea para darles trabajo o para llevarlos en carro, pagarán con cárcel. DeSantis dice ser cristiano (católico), pero no lo es. Su dios, como el de casi todos los conservadores de este país, es su ideología política. Pero Cristo dice lo siguiente con toda claridad:

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda.

»Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: “Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron”. Y le contestarán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?” El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí”.

»Luego dirá a los que estén a su izquierda: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed, y no me dieron nada de beber; fui forastero, y no me dieron alojamiento; necesité ropa, y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron”. Ellos también le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o como forastero, o necesitado de ropa, o enfermo, o en la cárcel, y no te ayudamos?” Él les responderá: “Les aseguro que todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí”.

»Aquellos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».

No hay lugar a interpretaciones difusas. Quienes dicen creer en Jesús pero no hacen lo que Jesús manda terminarán en el infierno. Más claramente, quienes no ayudaron, entre otros, al forastero (al inmigrante) recibirán tal castigo.

Pero para los que amamos a Jesús y nos esforzamos por amar al prójimo como Él nos amó, no hay la opción de no ayudar al inmigrante, con o sin documentos; al que está en la cárcel, inocente o culpable; al que tiene hambre, sed o frío; o mejor dicho, a quien nos necesite, en toda la medida de nuestras posibilidades, como el buen samaritano (extranjero odiado) con el judío moribundo de la historia. Si por ello hemos de pagar con cárcel, ¡bendito sea el Señor que nos permite sufrir por causa de su nombre! Nuestra medida, hijo, es el Señor Jesucristo. A Él debemos toda nuestra fidelidad. En nuestra familia, ayudaremos a todo el que lo necesite: liberales, conservadores, inmigrantes con o sin documentos, libres o encarcelados. Si algún día podemos ayudar a Ron DeSantis, le ayudaremos; y si algún día podemos ayudar a Joe Biden, también lo haremos. Porque en nuestra casa vamos a dar la gracia que de Él hemos recibido.

Los tiempos cambian y es imposible saber cómo pensará la gente cuando comprendas esto. Pero a hoy, mayo de 2023, en esta cultura estadounidense, los «creyentes» conservadores creían que, de haber persecución, vendría de los demócratas/liberales (una perspectiva que no es tan descabellada, la verdad). Lo que pocos esperaban era que la persecución les llegara por los republicanos/conservadores, que se juraban adalides de las libertades para el cristiano. A mí poco me sorprende; al fin y al cabo Cristo murió por la mano de paganos hedonistas y de religiosos conservadores. Ya lo ves.

A Mostaza en su primer año

No tengo para ti añoranzas que un padre cualquier tendría. No te estoy educando para que ganes los Premios Nobel de física y literatura, la medalla Fields o para que seas el fittest man on Earth. Los galardones humanos tienen dos grandes defectos: el primero, que el orín y la polilla los corroen, se destruyen con el uso; el segundo, que muchos de los que se los ganan no se los merecen, y muchos más de los que no se los ganan, sí.

Pero tú, hagas lo que hagas —seas físico, literato, crossfitter o matemático —¡o cualquier otra cosa!, ¡lo que quieras ser!—, hazlo para la gloria del Dios que te ama. Quizás los hombres te honren por hacer las cosas bien, pero no hagas de su reconocimiento tu motivación. Aunque el mundo no te reconozca, tienes un Dios en el cielo que te ve y se complace con tu excelencia para Él. Y su recompensa no es solo grande, sino eterna. ¡Eterna!

No importa si solo tienes dos centavos, entrégaselos con todo tu corazón. No es la cantidad en comparación con otros (muchos pueden dar más, pero para ellos es solo el sobrado); sino la calidad y la cantidad, las dos, en relación a ti. Es decir, dalo todo y hazlo de corazón por tu Señor, porque Él lo dio todo por ti. Es cierto que no te costó nada recibir lo que te dio. Pero gratis no es lo mismo que barato. Su regalo es infinitamente caro, y la única forma de honrarlo es darle todo de ti.

Déjalo todo en la cancha. Todo lo que tienes. Entrégalo todo, dáselo todo. Y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará.