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Sobre las traducciones modernas de la Biblia

INTRODUCCIÓN

Apareció un anónimo que se volvió viral en redes sociales criticando duramente y con toda ignorancia las traducciones modernas de la Biblia, argumentando que son satánicas porque omitieron versículos que aparecían en la Reina-Valera. Omar Daldi, presidente de la editorial cristiana Peniel respondió de manera muy clara y cita el anónimo completo, pero yo también quiero añadir una respuesta desde otro ángulo.

Así que empecemos por el principio: La Biblia está escrita en 3 idiomas: hebreo, arameo y griego. Casi todo el Antiguo Testamento (AT) está en hebreo, con la excepción de ciertas partes en los libros de Esdras y Daniel que están escritos en arameo. Es mayoritariamente aceptado entre los entendidos que el Nuevo Testamento (NT) se escribió originalmente en griego.

De los manuscritos originales, que suelen llamarse autógrafos, no poseemos ninguno; seguramente se perdieron; si no se perdieron, no los hemos encontrado. Como sucede con todos los escritos de la Antigüedad ocurre también con la Biblia: los eruditos tienen que intentar reconstruir el texto original a partir de los textos posteriores que tienen a disposición. Solo poseemos copias de copias de copias de los autógrafos. La gran diferencia entre la Biblia y otros textos de la Antigüedad es que de la Biblia poseemos múltiples referencias y muy tempranas. Por ejemplo, en 1947 se descubrieron los rollos del Mar Muerto, que contienen manuscritos del AT datados hasta del s. II a.C. Por otro lado, del Nuevo Testamento, hoy poseemos una cantidad casi exagerada de textos que son copias cercanas a los originales. Volveremos sobre este punto más adelante.

DEL TEXTUS RECEPTUS

Erasmo de Rotterdam fue un reconocido teólogo católico y filósofo holandés del siglo 16 d.C., experto en latín y griego. Erasmo tuvo la ambiciosa idea de producir una versión de la Biblia en latín mejor que la famosísima Vulgata Latina, traducida por San Jerónimo en el siglo 4 d.C. Llegó a decir que «era apenas justo que la carta de Pablo a los romanos estuviera en mejor latín». No porque Pablo hubiese escrito Romanos en latín — pues todo el NT se escribió en griego—, sino porque siendo la lengua más importante del Medioevo y principios de la Modernidad, era apenas natural que Erasmo quisiera honrar a Pablo con una bella traducción de su carta a la iglesia de Roma, la tierra del latín. A la postre, en lo que parece haber sido un arranque de vanidad, el holandés también tradujo, medio a las carreras, una versión griega, para poder contrastar su latín con el de la Vulgata. En una de esas grandes curiosidades de la historia, a pesar de su esmerado trabajo en la traducción latina y de su apresurada versión griega, la segunda fue la que se convirtió en un arrasador éxito de librería (pocos, de hecho, saben que él hizo una traducción latina) pues nunca antes se había imprimido un NT en griego. Este NT griego es el que hoy conocemos como Textus Receptus (TR)… que en otra curiosidad, tiene nombre latino.

El TR a su vez estuvo basado en otros manuscritos (de nombres más bien esotéricos como 1, 1rK, 2e, 2ap, 4ap, 7 y 817) entre los cuales el más antiguo data del siglo 11 d.C. Esto implica que las referencias que Erasmo usó fueron tardías, considerando que el NT se terminó de escribir antes del final del s. 1 d.C.. Es decir, a comienzos del siglo 16, usando manuscritos del siglo 11, Erasmo traduce un texto escrito en el siglo 1: su base de traducción es 1000 años posterior al momento en que se había terminado de escribir el NT. Esto no es en sí mismo un error de Erasmo, pues en aquella época había pocos manuscritos antiguos y eran de difícil acceso: en Basilea, donde llevó a cabo su proyecto, contó principalmente solo con 6 de estos.

Como ya dije, Erasmo produjo el TR de afán, y por ello la primera edición estuvo plagada de errores tipográficos; la segunda edición (1519) corrigió muchos de estos errores, aunque muchos quedaron; y en la tercera (1522), aunque todavía quedaban errores, cometió la barbaridad de añadir la llamada coma juanina en el texto a pesar de que sabía que no pertenecía a los originales (más adelante volveremos a este asunto). De todas maneras, el TR se convirtió en la base de traducción de los NT en los movimientos reformados de diferentes lenguas durante casi toda la Modernidad. Hasta el mismísimo Martín Lutero lo usó para traducir la Biblia al alemán. La versión King James, que podría considerarse análoga a la Reina-Valera en el idioma anglosajón; la versión de Tyndale, también en inglés; la Biblia rusa Sinodal; la traducción de Diodati al italiano y la Statenvertaling al holandés son algunos ejemplos, entre muchos más, de la versiones que se basaron en el TR.

DE LA REINA-VALERA

¿Por qué es importante hablar del TR? Porque el TR también es la base griega sobre la cual se fundamenta la traducción al español del NT en la Reina-Valera (RVR). La versión RVR recibe dicho nombre porque fue traducida por Casiodoro de Reina en el año 1569, y posteriormente revisada y publicada por Cipriano de Valera en 1602.

La RVR ha llegado a ser de alta estima en el pueblo protestante hispano pues fue casi la única traducción con la que, marginados por el catolicismo, contaron durante siglos. La única que hasta hace muy pocos años podían llamar propia. Una de las características más notorias de la RVR es la belleza majestuosa de su español, ejemplo sobresaliente del llamado Siglo de Oro de la literatura española. Al punto que el muy católico Marcelino Menéndez Pelayo, filólogo español del s. XIX y miembro de la Real Academia de la Lengua, exaltó su calidad literaria y la consideró superior a varias versiones católicas.

CRÍTICA TEXTUAL

Con la llegada de la Modernidad y la Ilustración, surgieron nuevas ciencias o se dio formalidad a ciertas ramas del conocimiento ya existentes. Una de ellas fue la crítica textual. La tarea de la crítica textual es reconstruir los manuscritos antiguos de forma tal que los que hoy tenemos se asemejen cada vez más a los autógrafos. Como solo contamos con copias de copias de copias… de los manuscritos originales bíblicos, la crítica textual es una tarea importantísima: nos permite conocer con mayor exactitud el contenido de los textos originales. El problema es que dichas copias suelen tener errores —a veces inocentes y a veces no tanto— que oscurecen la labor.

Es importante mencionar aquí que la mayoría de obras de la Antigüedad plantean dificilísimas labores a los críticos textuales. Por ejemplo, los eruditos están fuertemente divididos hoy en cuanto a la existencia de Homero, el supuesto autor de la Iliada y la Odisea: una escuela grande, quizás mayoritaria, cree que tales historias son recopilaciones —y mejorías— llevadas a cabo durante varios siglos que decantaron en las obras que hoy conocemos. Otro ejemplo digno de mencionar es el de Alejandro Magno (siglo 4 a.C.), de quien solo tenemos noticia por biografías entre 3 y 8 siglos posteriores a su muerte (la más antigua siendo de Diodoro Sículo en el siglo 1 a.C., y la más confiable, la de Arriano en el siglo 2 d.C.), biografías que citan a su vez a los biógrafos originales y contemporáneos de Alejandro, como su general Ptolomeo; pero de tales escritos contemporáneos al heleno no tenemos siquiera una copia.

Por circunstancias que solo pueden atribuirse a la Providencia, con la Biblia, en particular el Nuevo Testamento, la situación es diferentísima: aunque los autógrafos están perdidos, en la actualidad poseemos más de 5800 manuscritos griegos, 10 000 manuscritos latinos y 9300 manuscritos de otras lenguas antiguas que son copias completas o fragmentarias de los originales, algunos tan cercanos a los autógrafos como el papiro en griego P52, datado del 125 d.C., y que contiene un fragmento del Evangelio de Juan. Sorprendente si se tiene en cuenta que los académicos datan el cuarto Evangelio entre 80-90 d.C. ¡El papiro dista entre 35-45 años del original! La cantidad y calidad de textos que hoy poseemos solo puede calificarse de desbordante y abrumadora.

Con base en los mejores y más antiguos manuscritos a disposición hoy, se ha compilado un gran texto que algunos llaman Textus Criticus (texto crítico, TC). El TC sirve de base para todas las traducciones modernas de la Biblia en todos los idiomas. En particular, en español es la base para versiones como la Nueva Versión Internacional (NVI), la Nueva Traducción Viviente (NTV), la Biblia de las Américas (BLA), la Biblia La Palabra Hispanoamericana (BLPH) y la Biblia Textual (BTX), entre otras.

COMPARACIÓN DE LAS TRADUCCIONES MODERNAS Y ANTIGUAS

Con todo el conocimiento que hoy tenemos, sería una necedad rayana en el absurdo no considerar los mejores manuscritos para hacer nuevas traducciones. El problema de las traducciones más antiguas es que los copistas de antaño a veces cometían errores tipográficos o añadían sus propias opiniones o comentarios al texto. Al tener tan poco material a disposición, los amanuenses o traductores de futuras versiones simplemente perpetuaban los errores de aquellos copistas. Hoy, gracias a Dios, sabemos mejor. Tenemos una crítica textual boyante y los hallazgos arqueológicos y filológicos nos permiten acercarnos con altísima precisión al contenido de los autógrafos. En general esto explica por qué las versiones modernas no contienen ciertos versículos que las antiguas versiones como la RVR sí tenían. ¡Muy probablemente tales versículos no figuraban en los textos más antiguos y confiables, sino que fueron añadidos por algún traductor, copista o comentarista en algún momento posterior de la historia! Estos versículos no figuraban en los autógrafos… autógrafos que eran la Palabra inspirada de Dios.

Las fallas que tienen todas estas versiones basadas en el TR no se pueden atribuir a los traductores modernos (Lutero, Tyndale, Reina, Valera, etc). Los traductores hicieron lo mejor que pudieron con la versión griega que tenían disponible en su momento (el TR) y grande corona les espera en el cielo por su labor. No obstante, como ya se explicó, el texto base de Erasmo sí tenía fallas, incluso para el estándar de la época. Para ilustrar esto, vale la pena hacer algunas comparaciones entre el Textus Receptus (TR) y el Textus Criticus (TC):

  • El TR fue escrito con base en 6 manuscritos; el TC por su parte está hecho con base en más de 5800 manuscritos griegos (sin contar los latinos y de otras lenguas que suman alrededor de 20 000).
  • El manuscrito más antiguo que usó Erasmo databa de 1200-1300 d.C.; por contraste, el TC usa manuscritos hasta del 125 d.C.
  • El TR tiene múltiples adiciones que no existen en el TC porque no figuran en los manuscritos más antiguos y más confiables. Para un recuento véase este enlace (en inglés).
  • Increíblemente, el TR omite palabras o frases que son importantes y que aparecen en el TC (por ejemplo, Mt. 24:36; 1 Co. 9:20; 1 Jn. 3:1).

Mención aparte merece la adición de la llamada coma juanina en el TR y que, sin ninguna mala intención, también copiaron Reina y Valera. La coma juanina es un comentario parentético en 1 Juan 5:7-8, una adición posterior de algún copista que quería reforzar la Trinidad. Para entenderlo más claramente, veamos el texto en RVR:

Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan (1 Jn. 5:7-8).

La coma juanina es la parte que aparece subayada y no figuraba en los manuscritos más antiguos. Tal inserción ha sido fuente de muchos problemas. Erasmo sabía que no era parte del texto bíblico y sin embargo decidió incorporarla en su traducción. No ha faltado quien haya defenestrado la Trinidad y la divinidad del Hijo afirmando que las dos son inventos posteriores de la iglesia para divinizar a Cristo. Por ejemplo, Isaac Newton con todo su poder intelectual se dio cuenta del asunto y lo utilizó como pretexto para justificar su conversión al arrianismo.

CONCLUSIÓN

Más allá de la belleza literaria, las comparaciones no dejan bien paradas a las traducciones existentes que usan el TR como base. El TC ha dejado claro que versículos como Mateo 17:21; 18:11; 23:14; Marcos 7:16; 9:44; 9:46; Lucas 17:36; 23:17; Juan 5:4; Hechos 8:37, entre otros, no hacían parte de los manuscritos originales.

Las diferencias son tan grandes que el gran teólogo y apologista cristiano William Lane Craig, considerado uno de los 50 más grandes filósofos vivos hoy día, sostiene que no es bueno usar las traducciones basadas en el TR (como la RVR y la King James) para estudios bíblicos serios, pues el TR se basa en «la familia bizantina de textos, que es la peor y la más corrompida de todas las familias de textos del NT». No pretende Craig una prohibición del uso de las versiones antiguas como la RVR, como si fuera la Inquisición. Sin embargo, más allá de su inherente belleza literaria, estos textos resultan poco útiles a la hora de estudiar la Biblia.

Yo en particular entiendo el apego a la RVR: aprendí a leer con ella y conozco de memoria largas porciones en esta versión. Sin embargo, cada vez que estoy estudiando textos en español, consulto múltiples traducciones modernas con base en el TC..

La conclusión de Craig es que si no queremos aprender griego y hebreo, quedaremos a merced de los traductores de las versiones, sean antiguas o modernas. Por lo tanto, quienes estamos interesados en profundizar en la Biblia deberíamos procurar el aprendizaje de las lenguas en las cuales ella se escribió.

Marx, Modernidad, humanismo y cristianismo

Leía esta columna de Antonio Cruz sobre Karl Marx y se me vinieron varias cosas a la cabeza. Comienza Cruz citando una frase reconocida del Manifiesto comunista que Marx escribiera con Engels:

El primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia. El proletariado se saldrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.

Un par de párrafos adelante pasa a decir el columnista que Marx era un humanista digno de su época, un hombre moderno que creía en la capacidad de la humanidad para quitarse la opresión y que su mayor contribución puede haber sido quitarle al capitalismo el aura de santidad que lo caracterizaba. Citando directamente a Cruz:

Al negar el pretendido orden sagrado y natural que protegía a la moderna sociedad mercantil y capitalista, Marx destapó la situación de dominación y explotación en que vivían tantas criaturas en las fábricas de la época. El progreso industrial y tecnológico dejó de verse ya como el resultado positivo de la historia de la razón humana, para mostrar su cara oculta de discriminación y creación de miseria.

Pensé entonces en una idea que siempre me ha dado vueltas con respecto aa Occidente en la segunda parte de la Modernidad: ¿De dónde tanta fe en el hombre? Sé que en este momento de la historia la idea suena medio trivial, finalmente la pérdida de fe en la humanidad es uno de las dos grandes pilares que sostienen a la Posmodernidad (el otro gran pilar, a mi entender, es el relativismo). Pero no entiendo la fe del hombre moderno en la humanidad, ni siquiera mirando el asunto desde su propia época. Sí, Marx tenía fe en la humanidad en el sentido de que las clases oprimidas serían capaces de quitarse el yugo de «la moderna sociedad mercantil y capitalista» que discriminaba y producía miseria. Pero ¿cómo se le escapa a su fe en la humanidad que son otros humanos, los que componen esa sociedad mercantil, quienes oprimen al proletariado? El hombre moderno, incluso aquel en pleno apogeo de la Modernidad, aun mirado desde la perspectiva de su época, no tenía muchas excusas para tenerse tanta fe ni como sociedad ni como individuo. Era (y sigue siendo) el mismo hombre oprimiendo al hombre.

Más aun, una revisión del pasado debería haber revelado a Marx que prácticamente todas las revoluciones exitosas cambiaban unos opresores por otros. La triste puesta en práctica de sus ideas en el futuro así lo demostró: la implementación del marxismo llevó a un remplazo —no desaparición— de las clases dominantes que, además de ser más reducidas, oprimieron con más fuerza al resto de la población.

Pero más allá de Marx, no entiendo, insisto, la fe del hombre en el hombre durante la segunda parte de la Modernidad. Hacía casi 10 años que se había publicado El origen de las especies de Darwin cuando Marx publicó El capital. Es más, Marx tuvo un interés grandísimo en las teorías del naturalista inglés desde el principio. Él conocía lo que Darwin había escrito y se le comió el cuento completo (la teoría de Darwin debe haber sido el producto más esperado de la segunda parte de la Modernidad. Uno de sus biógrafos dijo que si él no hubiera existido los positivistas se lo hubieran inventado). Darwin convenció a Marx y a todo el mundo de que todas las especies no eran más que una ameba evolucionada y que solo los más aptos sobrevivirían. El corolario obvio es que, dada la continuidad del proceso, las especies presentes, en particular la humana, solamente serían una transición a nuevos organismos que evolucionarían después. ¡Y Marx le creyó, y el hombre moderno le creyó! De manera que si solo somos una ameba evolucionada y no más que una especie de transición, no hay la más mínima razón para conferirle forma alguna de dignidad al hombre (como para pensar en el malestar de la opresión de las clases dominantes) o para tenerle alguna clase de fe a una humanidad cuya finalidad no es otra que propagar su descendencia, dependiendo de quién sea más apto que quién, sin importar los medios. Así, si el darwinismo es cierto, el alcance del marxismo no sería más que la pataleta de ahogado de los menos aptos en un intento por evitar la extinción… aunque Marx, curiosamente, perteneciera a la acomodada burguesía.

Decía Francis Schaeffer que toda cosmovisión debe contener al menos tres elementos constitutivos: Una historia de origen de las cosas, una explicación de qué salió mal y una propuesta de cómo arreglar lo que salió mal (creación, caída y redención). Darwin proporcionó al hombre moderno un relato de creación sin recurso a Dios que contenía en sí mismo la explicación de qué salió mal: nada le importa a la selección natural si el cambio que produjo el azar es bueno o malo (moralmente hablando); solo importa la supervivencia del más apto para garantizar la continuidad de la especie. Marx por su parte plantea una forma social y económica de redención. Pero no hay en ello exaltación del hombre, sino una fuerte degradación.

El intento de Marx, muchos lo han notado, era el de un cristianismo sin Dios. Como lo menciona Cruz, «Marx convirtió su teoría de la evolución de la historia humana en una religión secular» y El capital se convirtió en «la Biblia de la clase trabajadora». El mismo Marx así lo entendía, creo, y por eso estuvo tan interesado en Darwin: el inglés aportaba la historia de creación sin recurso a Dios que necesitaba Marx para dar soporte a su teoría humanista de trasfondo completamente materialista. Y aunque aquí estoy hablando del marxismo, la exaltación del hombre fue una característica de casi toda la Modernidad. Así, aunque el cristianismo fuera uno de los grandes soportes metafísicos (si no el más grande) que diera respaldo al desarrollo de la ciencia, y la Reforma fuera su impulso social, el conocimiento y el bienestar produjeron tan marcado ensoberbecimiento del hombre moderno que este olvidó la razón de ser de la ciencia y del desarrollo que había obtenido. Pablo de Tarso explica perfectamente la tragedia de Marx y del hombre moderno: «Se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal» (Ro. 1:22-23a). El humanismo que la Modernidad predicaba, dado tal fundamento tan endeble, carecía de todo sentido.

En oposición, el teísmo no solo plantea que Dios creó al hombre, sino que lo creó a su imagen y semejanza. Es decir, Dios crea al hombre y lo diferencia del resto de la creación poniéndolo por encima. Pero el teísmo cristiano va aun más allá: afirma que Dios se hace hombre en Jesucristo y, no conforme con ello, este Dios humanado muere por el hombre para redimirlo. Se pregunta uno entonces ¿qué cosmovisión puede ser más humanista que el cristianismo? ¿Qué otra perspectiva de la humanidad pudiera conferirle más dignidad al hombre que una en la cual el Dios del universo lo crea con características semejantes a las de la divinidad (libre elección, uso de razón, conciencia…) y, cuando por su albedrío el hombre decide dejar a Dios de lado, Él por amor se hace hombre y muere para redimirlo?

¡Ninguna! ¡Menos una cosmovisión materialista o naturalista! Este fue el reconocimiento que llevó a los filósofos modernos del existencialismo secular al sentimiento de náusea: ni valor ni sentido tiene la existencia humana en ausencia de Dios (Y recordemos que el existencialismo primero fue cristiano y esperanzador, como lo planteó décadas antes Kierkegaard; no nauseabundo y vomitivo, como lo volvió Sartre). Algunos filósofos actuales, notablemente Peter Singer, profesor Ira W. deCamp de bioética (¡!) de la Universidad de Princeton, llevando esta idea a sus últimas consecuencias, han concluido coherentemente (si uno acepta la premisa de que Dios no existe) que la moral no existe y que no hay dignidad inherente en el hombre. Por eso, acorde con su concepción, Singer defiende por ejemplo el infanticidio; pero ni siquiera en la forma de abortos, sino en la matanza real de niños, bajo el argumento de que finalmente ni tienen una conciencia desarrollada como los humanos adultos. Pero dada la premisa de que Dios no existe, ¿qué diferencia haría que los adultos sí tengan conciencia? ¿Por qué no matar adultos? ¿Por qué no matarlos indiscriminadamente?

No. Solo el teísmo le confiere dignidad al hombre. Y solo el cristianismo reviste al hombre de tal nivel de dignidad que Dios, considerando su valor, se hace hombre para morir por él y redimirlo. Los seres humanos en la Tierra, aquel punto azul pálido, sí están revestidos de dignidad. Así lo entendió David cuando escribió el Salmo 8:

Cuando contemplo tus cielos,
obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que allí fijaste,

me pregunto:

«¿Qué es el hombre, para que en él pienses?
¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?»

Pues lo hiciste poco menos que un dios,
y lo coronaste de gloria y de honra:

lo entronizaste sobre la obra de tus manos,
todo lo sometiste a su dominio;

todas las ovejas, todos los bueyes,
todos los animales del campo,

las aves del cielo, los peces del mar,
y todo lo que surca los senderos del mar.

Y, paradójicamente, aunque la cosmovisión cristiana reviste al hombre de dignidad como ninguna otra, el hecho de que Dios en Jesucristo tuviera que rescatar al hombre del atolladero en el que se había metido y del cual no podía salir solo (la caída) funciona como la misma razón por la cual, aunque digno, el orgullo humano no tiene cabida, a diferencia de concepciones humanistas como las de la Modernidad. En ausencia de Dios, todo en el hombre es «infección y podrida llaga», como dijera el profeta veterotestamentario. O, como lo dijera el apóstol después, en ausencia de Dios el hombre es «vil y despreciable».

Sí, Dios creó al hombre digno, pero el hombre revolcó en el fango esa dignidad y la ensució tanto que ya él mismo no se la encontró. Sin embargo, Dios lo consideró tan valioso que no titubeó en hacerse hombre y morir por él, para restaurarle su valor intrínseco. Ese valor supremo de dignidad, entendido como comunión con Dios, está disponible para todo el que lo reconozca por la fe. Fue Dios quien creó digno al hombre, y es Dios quien le rescata la dignidad al hacer que Jesús muriera por sus pecados. «No por obras, para que nadie se jacte».

La provocación protestante de la ciencia

Han surgido debates recientes al interior del protestantismo acerca de su influencia en ese concepto —algo etéreo— de lo que hoy llamamos ciencia. Por ejemplo, en el portal de internet español Protestante digital, donde escriben reconocidos pensadores protestantes ibéricos, se presentó hace poco un cruce de columnas entre sus opinadores por las posiciones divergentes al respecto.

Todo empezó con una entrada de César Vidal llamada Protestantismo y revolución científica en el blog La voz, cuya lectura recomiendo al lector. En ella argumenta que el protestantismo provocó (y nótese que el verbo es provocar, no originar) la revolución científica. Dice Vidal que las naciones que adoptaron el protestantismo eran en general más pobres que las naciones católicas a finales del Medioevo, momento en que se inicia la Reforma. Y, sintetizando la idea, esa situación se volteó gracias al impulso de la Reforma a la sociedad y en particular a la ciencia.

No carece de razón Vidal en su afirmación. Cuando estaba en mi pregrado tuve la oportunidad de asistir a un curso llamado Introducción a la modernidad: Reforma, dentro de una serie de varios cursos semestrales que dictó Rubén Jaramillo Vélez. Recuerdo haber leído allí unas afirmaciones de Lutero sobre el cambio sustancial que vivió Alemania gracias a la Reforma. Decía Lutero que, entre muchas otras cosas, incluso en las ropas se veía la mejoría en la Alemania de inicios del s. XVII. Y realmente así era. La Reforma tuvo un efecto básico importantísimo que se expandió rápidamente por toda la Europa protestante: la alfabetización de los países que afectó, impulsada por el mismo Lutero para que cada persona pudiera leer la Biblia en su idioma.

La alfabetización tiene resultados directos tangibles… por ejemplo, que al leer se aprende a hacer los mejores vestidos que vio Lutero, claro. Otro resultado es que un grupo no pequeño de los alfabetizados quiere conocer cada vez más; y en aquel momento coyuntural muchos de ese grupo, como también lo señala Vidal en su columna, fueron cristianos protestantes que vieron en la ciencia una forma de entender a Dios por sus obras en la naturaleza, su palabra creada; por eso en sus orígenes la ciencia moderna también se llamó teología natural. El más grande de estos científicos protestantes —y de toda la historia— fue sin duda Isaac Newton, quien escribió más sobre teología que sobre ciencia y quien fuera además el creador del cálculo, la mecánica y la óptica.

Por supuesto, Newton no fue el único; como menciona Vidal hubo otros protestantes con grandes contribuciones para la ciencia. Lineo (taxonomía), Euler (matemático, quedó ciego muchos años antes de morir pero aun así continuó haciendo grandes contribuciones y podía recitar gran parte de la Biblia de memoria), John Dalton (la teoría atómica), Michael Faraday (electricidad) y JC Maxwell (electromagnetismo) son solo algunos de ellos.

Sin embargo, a todo esto responde Pablo de Felipe (aquí y aquí), protestante, bioquímico y también columnista de la mencionada publicación, que la ciencia no fue casi un monopolio protestante, como lo afirma Vidal. Para ello recurre correctamente a ejemplos de grandes científicos católicos de la época —y, obviamente, tratándose de Europa Occidental, en aquel momento histórico no había sino las opciones de catolicismo y protestantismo— que difícilmente pueden pasarse por alto: Copérnico (heliocentrismo), Veselius (anatomía moderna), Descartes (filósofo e implementador del plano cartesiano) y Fermat (matemático), entre muchos otros; más recientemente, los grandes Mendel (padre de la genética), Pasteur (microbiólogo y químico francés) y Lemaître (padre de la teoría del Big Bang).

Estos son datos incontestables. Sin embargo, lo que no puede negarse es que lo que hoy llamamos revolución científica habría sido imposible sin el protestantismo, pues vale la pena añadir que, antes de la Reforma, el conocimiento estaba restringido al clero y a los poderosos, de modo que la democratización del conocimiento solo se hizo posible gracias a la ya explicada alfabetización de la Europa protestante, que terminó ampliándose a todo el continente gracias a la revolución social que significó la Reforma. Sin este cambio social nunca habría ocurrido la llamada revolución científica, pues para ser verdadera revolución, de efectos sociales notorios, necesitaba ir mucho más allá del clero católico y, de no haber sido por el protestantismo, los pocos científicos católicos de la época no habrían podido generar una revolución social en nombre de la ciencia… sobre todo si se considera la forma en que Roma trataba las ideas que consideraba contrarias y «peligrosas»: la Inquisición.

En resumen, no puede afirmarse con base en la historia que el protestantismo sea algo así como el padre de la ciencia, pues también existieron muchos científicos anteriores a la Reforma. Pero tampoco puede negarse que la ciencia moderna usó y requirió del protestantismo para llegar a ser. No podemos decir que sin protestantismo habría existido una ciencia (o no) porque eso nunca lo sabremos; pero repito: esto que hoy llamamos ciencia, la ciencia —y que no sabemos muy bien cómo definir— no habría existido sin el protestantismo, sin la Reforma.